martes, 9 de febrero de 2010

Naturaleza Reincidente





En ese barrio el otoño era hermoso. Sobre sus veredas se alternaban árboles de todo tipo. Alineados a un metro del cordón, se erguían hasta confundirse en un ramaje ancho que formaba un techo sobre la calle y acariciaba la fachada de los edificios. Cada especie adquiría un tono diferente que variaba del verde lima al ocre oscuro y otorgaba al paisaje un atuendo maravilloso. Desprendidas al ritmo intermitente de la brisa, las hojas bajaban como copos de una nieve dorada y se amontonaban formando un colchón crujiente en todas las calles y veredas.
Esteban amaba el otoño. Buscaba pretextos para salir a caminar y hundirse en ese paisaje subyugante. Mucho más que la primavera, el otoño lo llamaba a la pasión. Todas las mujeres eran bellas en otoño y casi no había dama transeúnte cuyo cruce ocasional no despertara una historia íntima en su imaginación.
De ningún modo esa muchacha pasaría desapercibida. Era delgada, pequeña y sinuosa. Un cabello marrón claro le caía en bucles hasta los hombros, llevaba un vestido claro y etéreo que le llegaba hasta las rodillas y unas sandalias celestes. Traía varias bolsas de supermercado en cada mano y la señal del esfuerzo en el rostro.
Se detuvo, apoyó las bolsas en el suelo, las soltó con cuidado, se irguió y resopló relajando los hombros, con la mirada ocasionalmente detenida en Esteban, que avanzaba de frente.
—O la muchacha es muy pequeña o las bolsas muy pesadas —le dijo con una sonrisa.
—No importa —dijo ella— casi estoy llegando. Además, no son tan pesadas como parece.
—Tanto mejor. Me costará menos averiguar tu nombre y tu dirección —contestó Esteban mientras levantaba las bolsas frente a la poco convincente negativa de la joven.
En el camino supo que se llamaba Úrsula y que tenía treinta y cinco años, algunos más de los que aparentaba, tal vez debido a su menuda contextura. Comprobó también que la muchacha era sumamente locuaz.
Llegaron a un edificio viejo y un tanto descuidado. Ella abrió la puerta del palier sin dejar de hablar.
—El ascensor no funciona, tendremos que utilizar las escaleras ¿De veras no quieres que te ayude con alguna bolsa?
—No, está bien —contestó mientras rearmaba los hombros y enderezaba la espalda. Las bolsas eran más pesadas de lo que pensaba y el esfuerzo iba trocando la simpatía y el ingenio sutil por unas bocanadas notorias y un sudor que ya se hacía gota en la punta de una ceja.
—Son tres pisos —dijo ella, y comenzó a bajar escaleras.
Era mucho mejor descender que arrastrar esos bultos hacia arriba, pero no dejaba de ser curioso un edificio con apartamentos en un tercer nivel de subsuelo.
Se detuvieron frente a una puerta marrón. Esteban notó que la escalera seguía descendiendo. Ambos entraron: ella hablando, él en silencio.
Desde una habitación interior llegó una voz cascada de mujer mayor.
— ¿Úrsuli, eres tu?
—Sí madre, y he conseguido una ayudita en el camino.
Salió de la cocina una mujer mayor muy desarreglada. Tenía el cabello entrecano, grasiento y notablemente despeinado, y sobre una blusa raída llevaba un batón claro ennegrecido por la añosa acumulación de mancha sobre mancha. Dio unos pasos chancleteando unas zapatillas viejas, agujereadas en los pulgares.
—Ah, muchacho, qué amable. Siéntese. Debe estar cansado. Siéntese. A ver si tengo algo fresco en la heladera. Siéntese, siéntese.
—No quisiera molestar —dijo el joven, que realmente quería eludir el compromiso de sentarse en ese sillón, tan desvencijado y mugriento como el batón de la vieja. Pero la muchacha lo convenció con una leve caricia en la cintura y una amplia sonrisa.
—Vamos, tienes que relajarte un poco.
La caricia lavó el tapizado del sillón y disciplinó sus resortes más temibles, y todo estuvo bien con el mueble; de mil maravillas. La caricia era la señal, la luz al final del camino, la razón de su estancia en esa pocilga absurda, hundida en la tierra y regenteada por una verdadera bruja del medioevo. La caricia era la certeza de que llegaría, y de que llegaría rápido. “Cuánto más rápido llegas, más rápido te vas”, solía decirse, porque la acción está en el vértice de una parábola invertida que porta a izquierda y derecha el acercamiento excelso y el desinterés más abismal, igual que esa biología que llama al agua con la sed y luego la repudia con la saciedad, a diestra y siniestra de la ingesta. Y ella también lo sabía, y porque lo sabía se prestaba al juego, esgrimiendo en ese guiño, todas las fichas y el tablero.
Esteban se sentó y bebió una soda con hielo mientras ella, que se había colocado detrás, le daba masajes en los hombros.
Conversaron un rato, pero a la tercera interrupción de la madre, Úrsula levantó los vasos y lo invitó a su habitación. Estaba hecho. Esteban conocía ese lenguaje que tantas veces había barruntado: la habitación de la dama es la dama, y entrar es entrar.
Por un momento pensó en Marisa, su dulce Marisa. La vio blanca, pura, ingenua, adolescente, dulce, amorosa, lejana, lejana, lejana; escondida tras la neblina de esta urgencia que le calentaba las mejillas y le aceleraba el corazón. Su amor por Marisa no mermaría un ápice con esta y otras aventuras. Y ella no podría sufrir en tanto lo ignorara todo. Así justificado, su abandono a los instintos no tenía inhibición.
Se fugaron por una puerta que daba a un pasillo corto y al final una escalera descendente. Úrsula empezó a bajar mientras Esteban bromeaba con el paralelismo entre el bajo mundo y las bajas pasiones.
—Claro tonto, por eso te llevo a mi habitación —replicó la menuda mujer, cuyas intenciones ya estaban declaradas y reanimaban a Esteban con una eficacia mayor que mil horas de masajes en los hombros.
Continuaron bajando por la escalera angosta. Eran tramos de distinta longitud seguidos de un descanso con giro de 180° y vuelta a bajar. No había ninguna puerta en los niveles intermedios. El aire se tornaba húmedo y difícil de respirar y conforme descendían disminuía la temperatura de manera sensible. Bajaron, bajaron y bajaron.
— ¿Qué clase de edificio es este? —preguntó Esteban al fin.
—Te llevo al infierno porque necesito un demonio —fue la respuesta jocosa. Y rápidamente apareció una puerta justo al final de la escalera.
Ingresaron a una habitación baja, iluminada de rojo y verde. El aire era un bloque de granito y había que respirar muchas veces para obtener una buena dosis de oxígeno. Un ventilador de techo comenzó a girar con un quejido rítmico de roce de metales. No había ventanas, por supuesto. Una puerta entreabierta daba a un baño oscuro y otra más permanecía cerrada al fondo de la habitación.
Úrsula lo tomó del cinturón y lo condujo a la cama. Comenzó a desabrocharle el pantalón y al momento ya estaba sirviéndose su contenido. Esteban estaba excitado y mareado a la vez. Momentos después, la muchacha ya gateaba desnuda sobre la cama.
— ¡Golpéame! —Reclamaba dándose nalgadas—. Más fuerte. Recuerda que estamos en el infierno.
Pero Esteban perdía la excitación cuando intensificaba la golpiza y desatendía la golpiza cuando recuperaba la excitación.
— ¡Vamos! ¿Qué te pasa? Quiero sentirte escarbándome el estómago.
Fueron y vinieron en ese vaivén de reclamos grotescos y respuestas incompletas hasta que Úrsula se puso de pié, lo sujetó de un brazo y lo condujo hacia la puerta del fondo.
—Necesitamos elementos apropiados —dijo simulando pensar.
Abrió la puerta y se internaron en una suerte de túnel acabado con revoque grueso donde una escalera caracol se internaba hacia abajo; siempre hacia abajo. Estaba apenas iluminada por unas lámparas amarillentas desprolijamente escupidas desde la pared, colgando de los cables y dispuestas a intervalos aleatorios, siempre insuficientes. El olor a moho le oprimía el pecho y un mareo leve y persistente lo hacía tambalear. Bajaron muchos metros y se hundieron bajo una arcada pequeña, detrás de una cortina de carnicería. Desembocaron en una habitación sin formas definidas. Las paredes parecían ser de roca y chorreaban un jugo frío y aceitoso. Algunas antorchas pequeñas iluminaban la caverna produciendo el baile alocado de las sombras. Desde el techo colgaban cadenas oxidadas y unas sogas gruesas y percudidas. Sobre una cómoda vieja, una variedad de elementos estaban dispuestos sin ningún orden. Arneses de cuero y metal, látigos de distintos tipos y otros objetos cuyos propósitos aterraba imaginar, yacían desperdigados como si recién hubieran sido utilizados.
Úrsula sujetó uno de los látigos, tomó posición sobre unos almohadones y comenzó a castigarse el cuerpo con vigor mientras lo fulminaba con miradas provocativas.
Esteban estaba sumido en una hipnosis que le atrofiaba toda voluntad, viendo a la mujer bailotear y auto infligirse entre las sombras fantasmales de las cadenas y las sogas y el brillo trémulo del líquido que impregnaba la roca. Simplemente yacía, allí, en una cueva a mil metros bajo tierra frente a una mujer desnuda que danzaba y se retorcía como un personaje dantesco perpetrado para enloquecerlo.
Con un vestigio de conciencia, Esteban comprendió que, en efecto, aquello era el infierno. Quiso huir. Giró y marchó a los tumbos hacia la cortina de la arcada, se frenó al pié de la escalera caracol y se quedó pasmado al comprobar que ya no existía el tramo que subía; en su lugar se continuaba la tosca pared de roca de la habitación. Tanteó el muro intentando verificar que fuera real, se miró las manos, cubiertas del sudor grasiento de la piedra, se paró frente al tramo de bajada, descendió unos cuantos escalones y se asomó por el hueco que se abría tras la baranda. La escalera caracol no tenía fin, simplemente descendía y descendía como una espiral hacia el infierno, tachonada de antorchas desordenadas que se amontonaban contra el infinito. Desde lo profundo del hueco ascendía un hedor putrefacto cuya brisa helada le desgarraba la piel y las vísceras. Bajó meneándose unos cuantos escalones más con la esperanza de encontrar una salida. Fue inútil. Ya no había un aire que pudiera respirarse. Se agazapó apoyando las palmas contra los escalones y quedó tendido sobre la escalera, boca arriba. Entre sueños pudo ver a una Úrsula verdosa y desnuda con las piernas abiertas sobre su cara, meciéndose al ritmo de unos cánticos corales que ascendían reverberando desde el abismo.
— ¿Te quieres ir justo ahora, cuando comienza la diversión? —Se burlaba la mujer— ¿Pero qué nos vas a hacer ahora con la cosita esa, eh? Dile que vuelva. Ya no la recuerdo —reía a carcajadas y continuaba—. ¿Qué ocurre? ¿Te asustan las escaleras? Solo queremos saber cuán bajo puedes caer corriendo detrás de una mujer. Mira —mostró una inscripción sobre la roca— ¡ciento veintisiete metros! ¡Toda una marca, eh! Con más de cincuenta metros ya no dejamos regresar a nadie.
Entonces Esteban comprendió que ya no habría forma de salir de allí. Cerró los ojos, lloró, se lamentó y pensó en Marisa, y la vio blanca y pura, y la vio ingenua y adolescente y dulce y amorosa y lejana y lejana y lejana; escondida detrás de una luz intensísima, habitando en el confín del mundo. ¿Qué podría buscar en esta oscuridad quien había sido poseedor de tanta luz? Entre lágrimas, le juró fidelidad eterna; entre lágrimas se arrepintió de todos sus desvíos; juró por Dios, él, que no creía; y pidió por favor una salida. Ofreció su castidad hasta la muerte; juró abstinencia indeclinable; imploró en el nombre de todos los santos; comprobó que no los conocía. Lloró y no supo cuanto tiempo, hasta qué ya no tuvo lágrimas, entonces comenzó a resignarse. Después de la sentencia corresponde la condena. Y la acusación estaba bien fundada, y la condena era ese abismo de escalones y de antorchas, o peor aun, el mismo infierno; era ver el rostro del demonio; era ese ahogo insoportable oprimiéndole el pecho por el resto de sus días, y también después, en esa eternidad oscura que se extiende más allá de la muerte; porque si existe el infierno, existe el alma.
El volumen de los cánticos aumentaba, como si una multitud de criaturas inconcebibles se acercara marchando desde lo profundo, escaleras arriba, avanzando hacia su presa.
Fue suficiente. La débil voluntad del muchacho ya no pudo resistir tanta locura, Cerró los ojos y quedó inconciente con la cabeza desplomada sobre el vértice de un escalón.
Despertó en la calle, tendido sobre el colchón de hojas, rodeado de caras curiosas y un murmullo bajo. Un hombre muy blanco de camisa verde agua gesticulaba frente a su cara.
— ¿Cuántos dedos puede ver?
—Tres.
— ¿Cómo se llama?
—Esteban.
— ¿En qué año estamos?
—Dos mil diez.
—Bien Esteban, quédese tranquilo. Parece que sufrió algún tipo de intoxicación. Lo vamos a trasladar a una unidad sanitaria. Ahora descanse.
Esteban volvió a la inconciencia y durmió todo el viaje en ambulancia. Durmió y soñó con el infierno; y con unos demonios negros con cabeza de lobo y cornamenta en la frente, y con colas que se retorcían como serpientes sobre un lodo rojizo, y con miembros enormes y erectos, exaltados con movimientos espasmódicos. Detrás, con una túnica blanca, una mujer lo miraba desafiante. Al principio del sueño, ella era Úrsula, pero luego, cuando se acercó flotando y lo señaló con el índice, pudo ver que era el rostro de Marisa.
Se despertó sobresaltado en un pabellón de hospital, rodeado de camas y de cuerpos que se inflaban y desinflaban como focas diseminadas al sol. Se quedó mirando el lugar sin poder pensar en nada. Las camas se alineaban sobre dos paredes enfrentadas dejando un espacioso pasillo en el centro. La pared de enfrente era en verdad una sucesión de ventanales que llegaban hasta el suelo frente a los cuales colgaban dispuestas a distinta altura unas persianas americanas saturadas de polvo.
Una enfermera se acercó al rato. Era morocha y llevaba un guardapolvo muy ceñido debajo del cual no se vislumbraba mucha ropa.
Con afán de estimarle la temperatura, la joven se acercó y colocó la mano sobre la frente del muchacho, dejando su escote generoso a merced de su mirada furtiva.
— ¿Qué me ocurrió? —inquirió el paciente.
—Una intoxicación con… —contestó ella mientras se estiraba para tratar de leer una tarjeta que colgaba al pié de la cama— ¡uf! con un montón de cosas ¿Qué estuvo haciendo? Bueno, no importa. Ahora descanse —le acarició la mejilla con el dorso de los dedos y continuó su recorrida por las otras camas.
Una intoxicación, por supuesto. El médico había dicho lo mismo en la vereda. Pero ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Habría algo en la soda? ¿O en el aire? No podía ser. El había estado en ese sitio. La escalera que salía hacia arriba realmente había desaparecido cuando intentó huir. El había sido examinado y había calificado plenamente para permanecer en el infierno. La realidad de los hechos vividos no dejaba resquicio para la duda.
Esteban recordaba y trataba de rearmar una secuencia razonable en su cabeza mientras seguía mecánicamente los movimientos de la enfermera que saltaba de cama en cama como un colibrí de flor en flor. El delantal era realmente corto y no alcanzaba a volver hacia adentro luego de caer desde los glúteos.
Además, ¿Cómo había aparecido en la calle luego de desfallecer? ¿Qué manos lo habían transportado escaleras arriba hasta devolverlo a la superficie? Ni Úrsula ni su madre parecían capaces de tal ejercicio.
La chica se estiró para abrir unas ventanas sobre la hilera de camas de enfrente, al fondo de la sala, dejando ver unas piernas doradas y perfectas que parecían proceder de una de esas fotografías de las revistas, que son editadas para borrar hasta la última mácula.
Lo cierto es que allí estaba, librado de la más horrible pesadilla y podía sentir lo maravilloso que resulta volver al mundo de los mortales después de haber rozado el infierno eterno. Era maravilloso poder respirar. El aire era maravilloso. Y esa paz de la sala de hospital era como un bálsamo que pronto curaría sus heridas. Y era maravilloso el modo como las piernas de la enfermera se abultaban hasta perderse en el misterio, debajo de la falda.
Seguramente Marisa llegaría de un momento a otro. Cómo la amaba ahora que la tenía de regreso, después de creerla perdida para siempre. Deseaba verla, acariciar su cabello suave, lamer con el dedo sus mejillas, besar su frente de niña y abrazarla y mimarla y sentirla suya y cercana, por fin cercana.
Desde la cama de enfrente llegaban unos ronroneos metálicos. La muchacha estaba ajustando la inclinación de la cama y se había agachado para girar una palanca endurecida. Se irguió sin haber logrado el cometido. Tenía las mejillas rojas por el esfuerzo y el delantal arrugado haciendo un pico a la altura de la cola. Dio un paso atrás y se sentó en la baranda al pié de la cama de Esteban. Recuperó el aliento, se levantó y volvió a intentarlo, ahora con éxito. Cruzó unas palabras con el paciente de esa cama. Se sirvió un vaso de agua, se paró frente al ventanal, apoyó un pie sobre la silla de acompañante y bebió su agua mientras el inconmensurable sol de la tarde la mostraba a trasluz, de perfil, con la cabeza hacia atrás, transparentando toda la energía de su silueta desnuda y sinuosa, como una diosa jugando con su belleza joven y salvaje, ajena a los ojos que la miraban extasiados.
Y todavía reverberaban los cánticos del abismo, y todavía lo ahogaban los vahos del infierno y todavía sentía la presencia del diablo y estaba aun tibia la sensación de perder a Marisa para siempre y aún resonaban sus plegarias de arrepentimiento desesperado y su juramento inapelable cuando Esteban, como un esclavo de sí mismo, acarreando la carga de su naturaleza animal, sintió un llamado ancestral que le calentaba las mejillas y le aceleraba el corazón. Allí, hundido en esa cama de hospital, empequeñecido hasta la nada, escabulló las manos debajo de la manta, cerró los ojos sin darse cuenta, profirió una exhalación profunda y comenzó a fantasear con la enfermera.

4 comentarios:

  1. Wao! Cuánta imaginación...tendría tantas cosas por comentar pero no se como expresarlas...Cómo no ibas publicar esto,caramba!Me interné de tal manera en la trama,que al igual que Esteban,me costó salir del "infierno".Felicitaciones,estoy...sin palabras.

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  2. ¡Me alegra que te halla gustado Silvia! Me costó bastante resolver el último párrafo para que el remate no quedara descolgado. Gracias por animarme a publicarlo.

    Un saludos.

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  3. Buenísisma historia. Al fin una de hombres. Me gusta cómo lo has desnudado. A veces me parece que sólo las mujeres sabemos protagonizar y expresar con intrepidez y soltura esos atávicos instintos.
    Sigue escribiendo, y seguiré leyendo.
    Cariños. Nancy.

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  4. Gracias Nancy! Seguiré escribiendo... cuando sepa qué.
    Un beso desde Buenos Aires bajo el río.

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