viernes, 3 de enero de 2014

Esta somera luz



¿Qué es esta somera luz?

El Sol impetuoso
El oleaje de espigas en el campo
El amanecer brumoso
La letanía de los grillos
La ciudad
El golpeteo de las máquinas
La colmena de hombres
Y la suave presencia del cielo
Agonizan
Cuando esta somera luz se apaga
Y festejan existir
Cuando se enciende

¿Qué es esta somera luz?
Dime si lo sabes
Si no lo sabes
No me entiendes

lunes, 9 de septiembre de 2013

Las inquietas manecillas




Recuerdas, hace mucho tiempo
Las cosas eran rojas, azules o amarillas
Los malos eran malos
Los buenos eran buenos
Y la magia era mejor que el viento
Para hacer volar un barrilete
Buscábamos la luz en el futuro
Mientras jugábamos en medio del sol.
La vida era una casa, un árbol, un perro,
Un disfraz, una hamaca, un patio, una escuela
Raspones en las rodillas
Y cosquillas en el corazón
No había que pensar qué hacer mañana
Y podíamos estar enamorados
Sin saber qué cosa era el amor

Fue entonces que giraron y giraron
Las inquietas manecillas



sábado, 20 de julio de 2013

Buenos Aires Service



La mujer me abrió la puerta con la inminencia del mediodía en la expresión, un batón de sintético antiarrugas, floreado verde y blanco y una operación de oferta debajo de los párpados.
 
—Es la heladera —dijo—. No me lee los huevos.
 
Nos paramos en el punto fijo. Ella ordenó “Configuración Cocina”. Insistió un par de veces cambiando la modulación: “Configuración Cocina”. “Configuración Cocina”. Finalmente la casa reconoció la orden. Esperamos en medio de un silencio incómodo que aquella habitación de dos por tres operara su chirriante transformación de “modo living” a “modo cocina”. Finalmente, una voz fría de mujer ordenó desde el parlante “Configuración Cocina: Asegurada”
 
Allí estaba la heladera, junto a una mesada de símil mármol, frente a una ventana de pantalla 3D que mostraba unos patos en una laguna.
 
—¿Demorará mucho? A las 12:30 llegan los chicos y tengo que estar en “comedor” con la comida lista.
 
—Todo depende de cuanto tarde en detectar el problema, señora.
 
Apoyé la valija de instrumentos sobre la mesada y comencé a interrogar a la mujer sobre los detalles del desperfecto. Siempre he pensado que la mujer está, por naturaleza, impedida de explicar un estado de cosas prescindiendo de la historia que lo llevó hasta allí.
 
—Me di cuenta anteayer, cuando saqué el quinto huevo —comenzó—. Tengo configurado en cinco el stock mínimo de huevos de la heladera, de modo que deberían haber aparecido en el reporte de reposición de ayer a la mañana; pero nada. Saqué un huevo más y nada. No aparecían. Quité todos los huevos, los volví a guardar, modifiqué el stock mínimo, pero nada de nada. No aparecían de ninguna manera en el reporte porque siquiera se actualizaba el stock físico. Es evidente que no lee los huevos. Hoy, después del desayuno probé de nuevo. Tuve que lavar unas cosas que me quedaron de anoche, porque ya era tarde y tuvimos que poner “dormitorio”…
 
—Está bien —interrumpí—. Déjeme ver.
 
Extraje un huevo del refrigerador y lo observé con cuidado. No parecía haber problemas con la grafía del código de barras, pero mejor sería verificar el caso. Abrí la valija de instrumentos, desenrollé la lámina con el teclado y me dispuse a verificar la lectura del código de barras en el ordenador. Rápidamente comprobé que mi lectora tampoco reconocía el condenado huevo de gallina.
 
—El problema no es la heladera señora, sino el huevo. El código de barras es de alguna manera defectuoso y el sistema de lectura de productos no logra registrarlo.
 
—Ah. ¿Y no estarán vencidos?
 
—No lo creo. El problema del código no tiene nada que ver con eso. Seguramente se trata de una mutación en la gallina ponedora.
 
—¿Pero cómo? ¿La gallina pone huevos con código de barra y todo?
 
—¿Y por qué no? ¿La gallina transgénica? Tranquilamente. Los ingenieros desarrollaron un código genético que induce un moteado exactamente igual al código de barras que tenemos para el huevo de gallina. Hay una cepa nueva que se implantó hace un año y medio, más o menos. La idea se está usando mucho en huevos, frutas y verduras. Pero yo no sé…
 
Me detuve porque no quise abrumar a la mujer con mis sospechas respecto a las filtraciones de radiación de las cúpulas, que si bien ya eran vox pópuli , aún no se habían admitido oficialmente. Si el exceso de radiación estaba aumentando la frecuencia de mutaciones en las gallinas y otros orgánicos, también nos debía estar afectando a nosotros, como yo pensaba desde hacía tiempo.
 
Dejé el tema allí y cerré la valija.
 
—¿Cuánto le debo? —dijo, en cierto modo aliviada por la velocidad del trámite.
 
—Son ce treinta y efe señora.
 
—¿Ce treinta hexayuanes? ¡¿Por mirar un mísero huevo?!
 
—Ce treinta y efe, señora. Y no es solo mirar el huevo. Hay que saber que el problema puede estar en el huevo, hay que tener el dispositivo para la comprobación ¿Usted sabe cuanto cuesta esta valijita?
 
Rezongó un poco más.
 
—Este mes ya se me vació la tarjeta —dijo.
 
Me dio ce cuarenta en billetes y me reclamó el yuan de vuelto con seriedad.
 
—Porque ustedes siempre se quedan con la monedita —protestó mientras esperaba, inmóvil, atrincherada detrás de su palma vacía.
 
Me largué de allí. Descendí por la escalera. Eran solo tres pisos. Los ascensores de esos edificios hacinados no se pueden pescar jamás.
 
Salí a la calle. El aire no se podía respirar. Hacía tiempo que el sistema de ventilación de la ciudad estaba saturado. Miré hacia arriba y me quedé observando la cúpula inconmensurable, con su pantalla de cielo tridimensional disimulando el encierro, enrarecida por el smog que ya formaba una nube en el centro de la inmensa bóveda. Llenando el espacio, una horda desprolija y neblinosa de aerotores zumbaba como moscas del estiércol, ignorando frecuentemente el violáceo holograma con el trazado espacial de rutas. Buenos Aires se revolcaba en su hervor de las doce dentro de la cúpula. La querida y odiada cúpula que nos permitía vivir en este mundo contaminado hasta la saciedad. La peligrosa y sospechada cúpula, cuyo poder de aislarnos de todo mal sembraba cada vez más dudas. La cúpula vital, cuya salud era nuestra salud y su enfermedad nuestra enfermedad. En este absurdo recoveco de la historia que me había tocado en suerte, una cúpula tiznada era la vida, y el cielo era la muerte.
 
Vivíamos debajo de las cúpulas hacía unos ciento veinte años.
 
Después de la crisis del petróleo, todo el parque de producción de energía se recostó sobre las usinas nucleares. Había uranio para muchos siglos y, por lo tanto, teníamos tiempo para pensar en algo mejor. Pero con el aumento del número de reactores instalados, se incrementaron también los pequeños accidentes. Nunca nada importante. Una fuga menor por aquí, otra por allá. Nada que no pudiera arreglarse con un poco de alambre. Cuando el número de reactores llegó a cien mil, se hizo evidente que la contaminación atmosférica global pronto rebasaría los límites de seguridad. Hubo una crisis política, los ecologistas llegaron al gobierno en casi todas las naciones desarrolladas y luego de la Convención de las Naciones Unidas para el Problema Radiactivo del año 2149, se llegó a la conclusión de que los reactores no se podrían detener sin una crisis económica inmediata, que la atmósfera no se podría descontaminar de ninguna manera razonable y que lo único que quedaba era mitigar los efectos de la radiación mediante protección antirradiactiva.
 
Así surgió la idea de las cúpulas. Los “verdes” abrazaron el proyecto y posiblemente también las acciones de un puñado de empresas “cupuleras” que se enriquecieron de la noche a la mañana. Toda región donde vivieran humanos o se produjeran alimentos se confinaría debajo de cúpulas antiradiactivas. Una vez hecho esto, la presión sobre la seguridad de las centrales nucleares se relajó, los desperfectos y accidentes se hicieron más frecuentes y rápidamente la atmósfera se tornó inhabitable.
 
En los mediodías, las veredas eran un infierno. Sobre las inmóviles cintas transportadoras que alguna vez funcionaron, discurría una colmena de humanos ajetreados, apretujados unos contra otros por obra y gracia de su implacable frenesí reproductor. Me inyecté en la caravana a fuerza de empujones y emprendí el regreso hacia el estacionamiento de aerotores de Perón 43. En el trayecto pude ver la legión de mendigos aplastados contra las paredes con sus viejos posnets inalámbricos apenas extendidos, con la esperanza de que alguno de los autómatas que éramos, arrastrara su tarjeta por un yuan. Eché en algún bolsillo de limosna una moneda de dos, y seguí la marcha imbuido de un bienestar incomprensible.
 
El estacionamiento estaba atestado de aerotores en levitación, dispuestos en su arreglo tridimensional ortogonal. Levité hasta mi aero contando pasillos, hileras y niveles. Una vez allí, pude ver que mi cubo tenía obturadas las seis direcciones de salida y no sería posible sacar la máquina. Es norma dejar libre la salida hacia arriba, pero un vehículo había quedado cruzado con algún desperfecto. Un hombrecillo chiquito y obeso se afanaba transpirado debajo del motor.
 
—Si no le doy una mano me quedo a vivir aquí —le dije con una mezcla de generosidad y fastidio.
 
El individuo se incorporó con su rostro engrasado y sudoroso y nos miramos un momento, flotando en el metro 35.
 
—Se detuvo justo aquí y no quiere arrancar más.
 
Sin decir palabra, abrí mi aero y desplegué la valija de instrumentos sobre el asiento.
 
—Déjeme ver un poco.
 
Me situé en la cabina de su viejo “avioncito” e intenté dar arranque. Enseguida resultó evidente que la plaqueta de arranque no entregaba señal. La extraje con cuidado y me dispuse a controlarla con mi equipo.
 
—Se le “pinchó” el confinador de coherencia, Jefe —le dije gritando sobre mi hombro—. No le llega superposición de estados a los inyectores.
 
—Ahá —dijo.
 
Todos los técnicos tenemos claro que no nos entienden un cuerno. Pero nos gusta.
 
—¿Y se puede arreglar? —agregó.
 
—Va tener que cambiar la plaqueta. Cuesta un ojo de la cara.
 
—¿Y no se puede arreglar? —repitió, ahora con alguna connotación emocional.
 
—Las venden reparadas, pero no se las recomiendo. Les agregan unos microimanes para emparchar el confinador, pero la coherencia cuántica le dura lo que un pedo en un canasto.
 
—Qué cagada —reflexionó.
 
—Yo ahora le voy a dar señal con mi equipo para que pueda llegar a su casa —pensé y dije. Y sobre todo y fundamentalmente para que me despeje la condenada salida, pensé y no dije.
 
Salí del estacionamiento hacia arriba y me inyecté en la Evita 32. Miré el localizador de la consola para elegir la ruta. No había muchas alternativas. La Evita 12 había entrado en turbulencia de aerotores y era un empaste de vehículos inmóviles flotando. Las turbulencias de tránsito siempre me han resultado curiosas. Se trata de un conjunto de vehículos que ingresan en un loop inevitable de esquives mutuos, apartándose de los trazados en una trayectoria espiralada que muere en un centro del que solo se puede escapar hacia arriba o hacia abajo. Cuando ambas salidas están obturadas, se producen colisiones, muchas veces masivas. No tenía más opción que subir por la Perón 78, pero a lo lejos podía divisarla como un volcán de diminutas partículas que ascendían como el tronco de un ombú monstruoso y lento. Resolví arriesgarme y doblé hacia allá, por Evita 16.
 
Hacía tiempo ya que todas las calles verticales se llamaban Perón y todas las horizontales, Evita; y para prevenir la evidente ineficacia del sistema, se había procedido a numerarlas. Era una consecuencia lejana y menor del régimen de partido único. Pero no debe creerse que el país estaba bajo el yugo de un gobierno dictatorial perpetuo. Muy por el contrario, dentro del partido convivían las más variadas posiciones, coincidentes todas en su ignorancia casi absoluta acerca de los próceres de la gesta del ’45. Por lo demás, y como si fuera una humorada de la historia, “perón” y “evita” ya se usaban en la jerga vulgar como simples sinónimos de “vertical” y “horizontal”.
 
Solo tenía que subir por la 78 hasta el metro 250, pero la columna de ascenso era tan espesa que demoraría cerca de 15 minutos en llegar hasta allí. Los congestionamientos perón son mucho más molestos que los evita, porque todo el peso del cuerpo descansa sobre el respaldo, cuando se sube, y sobre el arnés del pecho, cuando se baja.
 
De los diecisiete cañones que se habían diseñado para proyectar el mapa holográfico de aerocalles, solo se habían fabricado 12 y solo funcionaban cuatro, de modo que el trazado era tan tenue que resultaba difícil de distinguir cuando el cielo estaba soleado en la pantalla de la cúpula. Por lo general, la ciudad era un caos vehicular, y para resolverlo, los responsables de la Oficina de Tránsito estaban permanentemente modificando el sentido de las calles. Reprogramaban un sentido y uno tenía al instante el dato en la consola. Y era muy frecuente encontrarse transitando una calle que súbitamente cambiaba de mano, con el consecuente embate de aerotores de frente que generalmente avanzaban huyendo de una congestión.
 
Pero aquél mediodía, mientras padecía la parálisis de Perón 78, la telaraña holográfica parpadeó, cobró intensidad y luego se apagó completamente. Al instante, el espacio se tornó ininteligible y los vehículos, libres del corsé, se lanzaron a la caza de los huecos vacíos.
 
Yo me quedé inmóvil mirando como cientos de miles de vehículos rompían filas y se enredaban como una nube de insectos zigzagueantes llenando todo el espacio debajo de la cúpula. En unos segundos más, se intensificarían las colisiones y los avioncitos comenzarían a llover sobre las casas. Resolví bajar despacio hasta donde pudiera. Dejé mi aerotor flotando bajo un techo cualquiera y baje levitando lentamente hasta la acera. Mientras descendía pude ver las cuadrillas rojas de reparaciones viales, con sus luces y sirenas, dirigirse raudamente hacia uno de los enormes cañones proyectores.
 
No estaba tan lejos de casa. Eran unas quince cuadras a pie sobre calles peatonales atestadas de gente confundida y asustada. A poco de andar, el holograma comenzó a prefigurarse nuevamente. Habían logrado reparar un par de proyectores y, con un atardecer prematuro y tormentoso dibujado en la pantalla del techo, hay que decir que el mapa se veía. Dude entre seguir la caminata o volver a buscar el aerotor. Me di cuenta que el congestionamiento continuaría por un largo tiempo y seguí caminando.
 
Entonces se apagó el cielo.
 
La ciudad enmudeció y miró hacia arriba. Jamás había ocurrido semejante cosa. Crecíamos con el cielo de pantalla desde niños y eso era todo lo que habíamos visto allí durante toda nuestra vida. La cúpula siempre fue un cielo arriba de nuestras cabezas. Ahora la pantalla se había apagado y el real estado de la cúpula se hacía evidente con toda crudeza. La cúpula era un verdadero colador, plagado de diminutos orificios de diferentes tamaños por los que se filtraba desde el exterior una luz azul intensa y desconocida. Entre agujero y agujero discurrían unas grietas negras de evidente antigüedad, y el resto de la superficie dejaba ver un cuarteado irregular, como el suelo reseco de un desierto. Aquí y allá, encaramados en una infinita red de andamios y arneses se afanaban unos pocos hombrecillos diminutos y lejanos, vestidos de blanco de la cabeza a los pies, con su atuendo antiradiactivo, practicando soldaduras y demás tareas de mantenimiento que resultaban a todas luces insuficientes.
 
Quince segundos duró la visión de la cúpula ruinosa, luego se reestableció la imagen de un cielo maravilloso. Un aluvión de preguntas me asalto el pensamiento. ¿Desde cuando teníamos la cúpula en esas condiciones? ¿No deberían filtrarse las radiaciones nocivas por esos agujeros? Si así fuera ¿Por qué no se estaba muriendo la gente? ¿Existía allí fuera una atmósfera radiactiva o todo era un gran fraude?
 
Apenas el cielo se encendió nuevamente, la gente bajó sus rostros y reanudó su marcha. Algunos iban pensativos, otros ignoraron el episodio.
 
A mi derecha, una viejecita con una grande y pesada bolsa se quedó mirando el cielo. Tenía el rostro muy arrugado, tres hileras de pliegues debajo de los parpados, una cabellera rala y blanca, apenas peinada; el cuerpo chichito y encorvado en un armazón de huesos frágiles como el cristal.
 
Levantó la bolsa con una dificultad absoluta y la volvió a dejar en el piso. Desprendió del bulto el levitador de pesos y comenzó a agitarlo mientras presionaba sus botones caóticamente. Me miró y habló.
 
—Parece que se descompuso el levitador —dijo. Volvió a jalar de la bolsa y la volvió a dejar en el suelo—. A ver si al menos puedo llamar a mi hijo para que me venga a buscar.
 
Resolví ayudarla.
 
—Permítame —dije y tomé el levitador descompuesto.
 
Extraje la tapa trasera y pude ver que el indicador de energía del acumulador estaba casi en cero.
 
—Se olvidó de recargar las baterías señora —le dije.
 
—No puede ser. Lo tengo permanentemente cargando. Lo desenchufé antes de salir.
 
Por si acaso, abrí mi valija de instrumentos y verifiqué la carga. El acumulador estaba vacío. Afortunadamente, yo siempre llevaba acumuladores universales cargados como parte de mi equipo de service. Era muy frecuente que la gente reclamara mis servicios por un simple acumulador descargado.
 
Le cambié el acumulador al aparato y lo abroché a la bolsa.
 
—Prueba ahora, señora.
 
La mujer levantó la bolsa como si fuera un pluma.
 
—¡Gracias joven! Usted es un genio.
 
—No señora. Soy un simple técnico. Me especializo en estas cosas.
 
 
—Ah. Debe tener mucho trabajo. Las cosas se rompen todo el tiempo. Y las que no se rompen es porque ya están rotas.
 
Hizo un silencio de cinco segundos, luego miró hacia arriba.
 
—¿Esos eran agujeros? —dijo señalando el cielo.
 
—Sí, parecían agujeros.
 
—¡Qué barbaridad! ¡Nos vamos a morir todos! ¡Nos vamos a morir todos!
 
Se fue alejando hundida en el rezongo de su plegaria macabra, caminando despacito, encorvada, consumida, calcinada. Y me quedé allí, observándola marcharse, pensando que alguna vez habría sido joven y vehemente, y que su presente, apenas sustentado en la dudosa magia de las medicinas, era una metáfora del mundo.
 
Arriba, el émulo del sol ya brillaba en el cielo de la cúpula y una suave llovizna de luz nos bronceaba las vísceras.
 
 

sábado, 18 de mayo de 2013

Traducción al Frances

 
 
Agradezco a Jean-Claude Parat por su interés en traducir y publicar mi relato "El enigma del bar de los viejos y los gatos", que viera la luz en Axxón 226 en enero del 2012.
La publicación en francés está aquí
Esta es mi primera publicación fuera del español, y es bastante más de lo que pensé que ocurriría  cuando abandoné los cuadernos y abrí este blog para escribir mis borradores.

domingo, 17 de febrero de 2013

Buenos Aires bajo el río



Este cuento fue publicado por AXXON el 11 de febrero de 2013. Consta de cuatro capítulos. Se brinda aquí el primero. Para la lectura completa puedes dirigirte a
donde te recomendamos además cliquear sobre las imágenes y observar en tamaño natural las maravillosas ilustraciones de Guillermo Vidal.
 
 
1. Elvira

Pisar el agua no es, en sí, desagradable; pero sí lo es despertarse, desperezarse, sentarse
en la cama y pisar el agua. Un agua que sube hasta los tobillos; un agua que no debiera estar allí; un agua marrón con basuritas en el lomo que hace olitas contra la pared y va dejando la marca, y sube y baja brevemente sobre la pierna y va ganando piel seca, carcomiéndola con ese frío de todas las aguas, y sobre todo de las que se acometen al despertar, al pie de la cama, inesperadamente. Un frío que de alguna manera profundiza y gana el hueso, subiendo por la tibia y el peroné hasta producirle a uno escalofríos en la espalda. 

Así me encontró aquella mañana; temblando de frío en pleno verano, con una confusión absoluta, atascado entre  el sueño y la vigilia, con los pies hundidos y unos vestigios oníricos que escapaban dejando esa sensación que nunca alcanza para reconstruir el sueño.

Reagrupé las naves, piernas arriba, y me quedé en la cama mirando el inhóspito paisaje de la habitación, inundada con diez centímetros de un agua marrón en todas partes; porque el agua nunca inunda la mitad del piso, se lo come íntegro la desgraciada, y moja todo a su paso. Moja y ensucia. Su naturaleza invasiva  ya había tomado la parte baja del placard, los zapatos, los bolsos, el cajón inferior de la mesa de luz y todas las cosas que moran debajo de la cama.

Hay que decir que las inundaciones son muy raras en un departamento de segundo piso, y siempre es difícil conjeturar acerca de las causas. ¿Un caño muy roto en el departamento nueve?, ¿una gotera tipo “chorrito”? Pero ¿por qué no se había escurrido el agua por la hendija de la puerta y, de allí, escaleras abajo? ¿Se habría obturado la puerta con algún trapo?

Sin salir de la cama, configuré una tesis acerca de la sarta de enseres estropeados en el resto de la casa. Cuando cerré los ojos para imaginar el desastre, el agua enloqueció. Súbitamente, el nivel subió medio metro más empapando la cama íntegra y toda mi humanidad, que abandonó la sosegada estimación de los daños para pegar un salto por puro instinto de supervivencia. El agua bajó hasta abandonar la habitación y volvió a subir en una suerte de oleaje que derribaba definitivamente la hipótesis del chorrito.

Salí de la habitación con ese paso teatral que se da evitando el agua cuando se ingresa en el mar; atravesé el comedor y levanté la persiana principal. Embistiéndome de frente, un cuadro dantesco me dio en los ojos: el agua inundaba el barrio entero hasta donde llegaba la vista, seis o siete metros por sobre el nivel de la calle. Los edificios asomaban como juncos en medio de un pantano y las casas desaparecían debajo de la sopa, dejando su impronta en un afloramiento de tanques y antenas distribuidos sin diseño. La superficie del agua rebanaba por igual la copa de los árboles, los postes de luz y las marquesinas más altas. Los cables de electricidad besaban el agua en el vértice de su catenaria, se elevaban hacia los postes y se abrazaban a los bornes con desesperación. Sobre los techos de los edificios, bandadas de palomas despegaban de tanto en tanto, efectuaban un vuelo circular y volvían al mismo techo con los picos vacíos y los nidos gimientes. Salí al balcón y me asomé a ambos lados para contemplar el paisaje de la calle inundada hasta el horizonte y por un momento sentí la belleza del desastre como un estremecimiento en algún rincón del alma. El amanecer era una gelatina gris que lo empastaba todo. Algunas caras en el edificio de enfrente eran un espejo de la mía. No había luz ni gas ni teléfono. La ciudad estaba muerta y su cadáver conservaba, como pulgas en el cuero de un perro agonizante, a un puñado de personas aturdidas que se preguntaban qué había ocurrido; un puñado de individuos solitarios que acababan de quedarse sin la rutina de la mañana.

En medio del cuadro, un sujeto en una lancha dobló la esquina y avanzó despacio parando en todas las ventanas (que ahora eran puertas al abismo) preguntando a viva voz:

—¿Necesita algo, doña? ¿Todo bien, abuelo?

Desde uno de los edificios de enfrente, un hombre le hizo señas. La lancha se acercó, solícita, y luego de varios minutos de ajetreo, bamboleo y más oleaje, un joven y una señora mayor subieron a bordo y la lancha se marchó remontando la avenida hacia el oeste. Detrás de la lancha, el pequeño oleaje de la estela removió cosas de las profundidades y, para mi gran sobresalto, un cuerpo surgió desde abajo justo frente a mi balcón y quedó flotando allí, a escasos metros de donde me encontraba. Era el cuerpo de una mujer obesa y blanca, que se mecía boca abajo, con el cabello lacio y negro que enseguida formó un abanico entorno a su cabeza. Tenía las piernas surcadas por várices de varios colores, que el movimiento del agua vestía y desvestía conforme bailoteaba su pollera. El cuerpo giró lentamente siguiendo el curso de una correntada casi imperceptible, ganó el centro de la calle y continuó desplazándose en dirección al centro. Creo que recién entonces, todos los que estábamos mirando comenzamos a tomar conciencia de las consecuencias del desastre.

La inundación había cubierto todas las casas y todos los departamentos de la planta baja y el primer piso. ¿Cuánta gente habitaba en ese estrato? ¿Dónde estaban todos ellos? ¿Cuán repentinamente había ocurrido aquello que ningún griterío de migración masiva me había despertado por la noche? ¿Qué habría sucedido con la parejita de abajo? ¿Y con la señora de los nenes chiquitos? Conforme preguntaba, la muerte se acercaba a las respuestas y las rondaba con ese permiso que otorga la ignorancia. Muchos no habrían podido salir a tiempo, muchos habrían quedado atrapados en la masacre del parque automotor. Muchos muertos, muchos cuerpos, y un agua de río que se iría pudriendo con los días.

Abandoné la ventana balcón. Inspeccioné la casa en una recorrida desgarbada y por fin me dirigí a la puerta. Salí al pasillo común del edificio, chapoteé hasta la escalera. Cierto escalofrío me sacudió la nuca al ver que el tramo de bajada había desaparecido por completo debajo del agua turbia. Enfilé hacia arriba. Sentí un alivio al pisar el suelo seco. Un aire de normalidad invadía el pasillo del tercer piso, con su cantero y su ventana angosta y alta de vidrios esmerilados, y su luz suave que traía ese brillo acogedor de las mañanas. Dudé un instante y llamé a la puerta del departamento nueve. Allí vivía Elvira, una señora mayor, muy amable, con la que realmente no tenía mucho trato. Confiaba que ahora la desventura nos acercaría. Luego de unos minutos, se escuchó su voz cascada detrás de la puerta.

—¿Quién es?

—Soy yo, Elvira. Fernando, del cinco.

—Ah, Fernando —dijo la mujer sintonizando lentamente en la memoria—. Sí, Fernando, esperame un minutito que ya te abro ¿eh? —y pasaron varios minutos más hasta que la llave comenzó a crujir al otro lado de la puerta.

Elvira tenía una bata de cama que le llegaba hasta los pies, el cabello muy blanco insuficientemente conjurado con un hormigueo de hebillas muy negras y el rostro más avejentado que de costumbre.

—Hola, Fernando. Qué temprano que te levantaste hoy. Parece que no tenemos luz.

Enseguida entendí que la anciana ignoraba por completo lo que estaba ocurriendo. Su vida estaba a punto de cambiar radicalmente, de dar un paso grande hacia el infierno, y yo era el emisario del demonio.

—Pasá, pasá, nene. No anda la luz. Sentate un minutito que voy a levantar las persianas —dijo. Y luego de semblantearme de cuerpo entero, agregó—¿Qué te pusiste? ¿Te viniste en calzoncillos?

Me quedé como un estúpido, parado en medio del comedor sin decidir si hablar o sentarme a esperar que la mujer levantara la persiana y el desastre se mostrara por sí solo; y todo eso mientras comprobaba que, efectivamente, con semejante mañanita me había olvidado ese detalle de vestirme antes de salir. Finalmente no hice nada. Al momento estaba Elvira petrificada frente a la ventana, muda, con los ojos muy abiertos y los labios en leve “o”, viendo como el Río de la Plata discurría mansamente frente a su departamento de Avenida Rivadavia, entre Floresta y Flores. A continuación, comenzó a invocar en voz baja a una legión de santos y vírgenes que iban cambiando de nombre conforme viraba la vista de aquí para allá.

Abajo, en el río, dos chicos muy pequeños flotaban dentro de una piletita inflable muy cerca de unos cuerpos dislocados que ya empezaban a nutrir la superficie. El más grande tenía unos siete u ocho años y trataba de impulsar la improvisada barcaza hacia delante, desde el centro hacia el oeste suburbano. El más chico estaba recostado, con su manito cacheteando el agua, dotado de una alegría patética. Alguien los señaló desde el edificio de enfrente. Se armó un pequeño alboroto y finalmente un hombre mayor, corpulento y al parecer bastante atlético se zambulló de cabeza y salió a nado a cazar a los pibes. Al rato, ya estaban los niños envueltos en sendos toallones, observando la calle desde una ventana.

La vieja, que estaba absorta mirando todo como si fuera la novela de las tres de la tarde, volvió en sí despacio y se metió adentro.

—¿Qué pasó, nene? —preguntó.

—Parece que se inundó la ciudad, Elvira —respondí.

—Ah… ¡Qué barbaridad!

—Terrible.

Elvira se quedó un rato más mirando por la ventana mientras yo me preguntaba por qué razón las personas dialogamos aún cuando no tenemos nada que decirnos, y reflexionaba sobre el modo en que esta práctica irreprimible suele pauperizar la calidad del discurso resultante hasta los límites de la estupidez.

—Y parece que va a seguir lloviendo —agregó, ahora mirando el cielo con las manos en la cintura. Evidentemente, Elvira había abrazado una teoría equivocada respecto a la causa del desastre. Resultaba claro que la subida de nivel del río debía continuarse en el mar porque de lo contrario no había forma de explicar unas aguas tan mansas, casi sin corrientes definidas. Esta inundación debía ser algún tipo de catástrofe mayúscula. Pero no me pareció pertinente corregir a la anciana cuando me hallaba en su casa, con la vida hecha añicos y la osamenta en calzoncillos, mojados, además, y obstinadamente adheridos a las cosas que hay debajo.

Tomé de la mano a Elvira y la conduje hacia una poltrona vieja que estaba justo frente al televisor.

—Venga, siéntese un minuto —le dije, mientras giraba el sillón hacia la mesa ratona. Me senté frente a ella y me incliné hacia delante para hablar.

—Lo que ha ocurrido es una terrible desgracia, Elvira. A juzgar por lo que veo, Buenos Aires íntegra se ha inundado. Tal vez millones de personas hayan resultado afectadas. Tiene que haber muchos muertos. Ya ha visto usted algunos cadáveres flotando en el río. Esto es un desastre sin parangón. No sé qué harán las autoridades al respecto, pero es seguro que sin ayuda no vamos a poder salir de aquí. Y es muy posible que la ayuda tarde en llegar porque los afectados son muchos.

— ¿Y el gastroenterólogo? —interrumpió—. Yo esta tarde tenía turno con el gastroenterólogo. ¿Cómo voy a hacer ahora para ir hasta allá? Con tanta agua no debe haber colectivos. ¿Sabés? —dijo, bajando la voz—. Hace varios días que no voy de cuerpo. El me da unas pastillitas para el tránsito intestinal que son muy buenas. Son unas pastillitas amarillas que tengo que tomar después de las comidas. Ahora no sé que voy a hacer, porque las pastillas se me acabaron hace tres días y necesito la receta del doctor. Sin receta no te las venden. Al menos el de la farmacia de acá no te las vende —negó con el índice—. Anoche me tuve que tomar algo porque no daba más. Me sentía hinchada como un sapo y no me podía mover. Además, si pasa mucho tiempo, después se te hace un bolo fecal y tenés que ir a que te lo saquen. Una vez me pasó.

Elvira hablaba lento y con ese acento de película de Enrique Muiño de la década del ‘50. Siseaba un poco debido a las ausencias dentales. Debía tener ya más de ochenta años y su edad se hacía evidente en su discurso, en los colgajos de su antebrazo, en la crispación de sus falanges, en las manchas de las manos y en los innumerables pliegues de su rostro.

Me rasqué la cabeza mientras progresaba su parsimoniosa descripción del procedimiento de extracción del bolo fecal, al tiempo que detrás de ella, el ventanal mostraba el tránsito de una curiosa embarcación improvisada con una caja de camioneta o algo así. Estaba repleta de enceres embalados en bolsas de nylon, algunos muebles, un colchón enroscado y cuatro o cinco muchachos que trataban de hacerla progresar en medio de un griterío de indicaciones cruzadas, imperativas, monosilábicas, y plagadas de insultos utilizados como muletilla.

—Escúcheme un poco, Elvira —resolví interrumpirla—. El gastroenterólogo debe estar tanto o más inundado que nosotros, si es que no se ahogó —la vieja se persignó y musitó una plegaria breve—. La farmacia está bajo el agua y debe ser muy difícil conseguir medicamentos en medio de este desastre. Yo le aconsejo que no se preocupe ahora por su constipación porque no sabemos qué vamos a comer cuando se nos acabe lo que tenemos, ni qué agua vamos a tomar cuando se vacíen los tanques del edificio. Yo, personalmente, no tengo siquiera dónde dormir, porque cada vez que pasa un bote, el oleaje hace subir el agua hasta acá —indiqué unos ochenta centímetros con la mano—. Justamente por eso la vengo a molestar. Quería pedirle refugio por unos días hasta que vea qué hago.

Largos segundos después Elvira dio señales de entendimiento.

—¿Vos decís, quedarte acá?

—No tengo dónde dormir. Es por unos días, nada más. Toda mi familia está en Misiones, mis compañeros de la carpintería no sé cómo estarán, supongo que tan desesperados como yo. El taller se inundó, seguro que se inundó. En fin, Elvira, mi única salida es encontrar ayuda aquí en el edificio; y como usted vive sola, pensé que no tendría inconvenientes. Además, puedo ayudarla con todo lo que habrá que hacer dada la situación.

La anciana se quedó muda, imaginando, tal vez, las instancias de su convivencia conmigo. Cuando rompió el silencio dijo:

—¿Y vas a andar así, en calzoncillos?

Bajé la cabeza y me miré la prenda.

—No, no. Esto es una eventualidad. Tuve que saltar de la cama porque el agua la tapó íntegra. Imagínese, cuando vi lo que había pasado, salí al pasillo sin darme cuenta de nada.

—Yo vivo sola desde hace veintidós años, cuando falleció Francisco. Veintidós años y cuatro meses ya. Él tuvo un tumor en la garganta que lo fulminó en dos semanas. Fumaba mucho. Yo le decía: “Francisco, no fumes más que el cigarrillo te va a matar” pero él siempre contestaba: “Morir, nos vamos a morir todos; pero es mejor morir después de haber vivido”. Y seguía fumando. Hasta que se murió nomás. Porque no me hizo caso… Veintidós años hace ya… Veintidós años y cuatro meses.

Elvira recordaba con la mirada incrustada en medio del aire como si una pantalla invisible proyectara ante sus ojos imágenes lejanas de su vida pasada. Finalmente, me miró.

—Y ahora vos me decís de venirte acá. No sé. Creo que no me acostumbraría.

—Mire, usted no tiene que acostumbrarse a nada porque van a ser unos días nada más —mentí—. Pero, además, para usted va a ser imprescindible que alguien la ayude. Piense en esto: se le acaba la comida en la heladera ¿qué hace? La feria no va a estar más, porque la armaban en la calle; el supermercadito está inundado y con toda la mercadería arruinada; lo mismo la carnicería. ¿Entiende? Usted sola no podría siquiera conseguir algo para poner en la heladera.

—Ah… ¿Y vos cómo vas a hacer?

Y yo no tenía la menor idea, maldita sea. Mi único objetivo era convencer a la vieja para que me tirara un colchón; recalar en algún sitio decente hasta ordenar las ideas. Y más allá de los problemas de abastecimiento, el departamento de Elvira estaba intacto, sequito, precioso.

—Voy a tener que conseguir algo que flote y remontar Rivadavia para el lado de Liniers. En algún momento tienen que aparecer zonas secas, con negocios y todo —yo estaba pensando mientras hablaba—. Con tal de que podamos conseguir un poco de carne y verdura…

—Fijate que esté linda.

—…y agua también. Se pueden traer bidones para el consumo y tratar de usar el agua del río para todo lo demás…

—Yo tomo la de “Manantiales de Mendoza” porque las otras me secan de vientre.

—Además, vamos a tener que ver qué hacemos con el sanitario, porque es seguro que el sistema de cloacas ya no funciona. Seguramente el inodoro no se va a poder usar…

—Bah. Yo ya casi no lo uso.

Hice un silencio largo para ir cerrando la idea.

—Son muchas cosas, Elvira, y usted no va a poder sola con todo. Pero no se preocupe porque aquí estaré yo para ayudarla y a usted no le va a faltar nada.

—Gracias, Fernando. Es una suerte que estés vos; yo no sé cómo haría.

—Lo único que necesito es un lugarcito para tirar un colchón. ¿Qué hay en esa habitación?

El departamento tenía un ambiente principal y dos habitaciones más. En una de ellas dormía la anciana. Yo preguntaba por la otra. Abrí la puerta con cuidado hasta que la sentí chocar contra algo, al otro lado. La habitación estaba repleta de muebles viejos cubiertos de polvo. Dos mesas grandes y una selva de sillas y sillones invertidos apoyados sobre ellas, todo en roble lustrado. Atrás asomaba un aparador en el mismo estilo y varios muebles más, amontonados aquí y allá de un modo tan abigarrado que resultaba difícil ingresar al recinto

—Son los muebles de la casa de mamá —dijo Elvira—. Cuando falleció tuvimos que vender la casa y ¿qué íbamos a hacer con estos muebles tan finos? Los trajimos para acá. Me acuerdo lo que nos costó subirlos. Cómo protestaba Francisco… Pero no los íbamos a tirar, si son carísimos.

Yo me di la vuelta y comencé a buscar un sitio en el comedor.

—Si corremos un poco este sillón, aquí cabe un colchón perfectamente, Elvira. Durante el día lo sacamos y lo escondemos en la habitación de los muebles. ¿Qué le parece?

La vieja hizo silencio y miró con cara de asco el sitio de la idea.

—Entonces vos decís quedarte acá —preguntó afirmando.

—Es lo mejor para los dos.

Elvira se dio vuelta y se marchó a la cocina.

—No desayunamos nada. ¿Querés unos mates?

—Me encantaría.

Dejé a Elvira preparando el mate y me fui al departamento a vestirme, y a traer algunas cosas, incluyendo ropa, un colchón enrollado que guardaba en la parte superior del placard y todos mis ahorros.

Cuando regresé, me encontré a Elvira realmente preocupada, los ojos grandes y las cejas hasta el cielo.

—¿Cómo voy a calentar el agua, nene, si no hay gas?

Conforme comenzaba a ejecutar su rutina, Elvira descubría la real magnitud del problema.

—¡Tiene razón! Pero no se preocupe, podemos improvisar una parrilla en el balcón. Algo así como una cocina a leña.

Elvira dudó.

—¿Y de dónde vamos a sacar la leña?

En su mente aturdida, las carencias comenzaban a aflorar de una en una, como cachetadas de una realidad que empezaba a pegarle en la cara, y esto era suficiente para saturar su capacidad de adaptación. Por un momento imaginé que el imperativo de armar una vida nueva a los ochenta años debía ser como si a uno lo abandonaran en la Luna.

Yo miré de soslayo la habitación de los muebles viejos.

—No se preocupe, Elvira —le dije—. Leña conseguimos.

 

Hacia media mañana, algunas embarcaciones comenzaron a recorrer las aguas de la avenida Rivadavia. Era un espectáculo curioso verlas allí. Pequeños botes y veleros, seguramente desbaratados en los puertos luego de la crecida, habían sido capturados y rápidamente domesticados por individuos de la más diversa calaña, ignorantes hasta entonces de sus habilidades para la piratería de pequeña escala.

Desde la mañana del primer día hasta dos semanas después de la inundación, helicópteros y aviones recorrieron los cielos de la ciudad emitiendo por altoparlantes diversos comunicados a la población. La recomendación, en resumidas cuentas, era no autoevacuarse y esperar a las cuadrillas de socorro. Durante ese mismo lapso, embarcaciones de la Prefectura y otras tantas menos oficiales transitaron la avenida instando a la gente a abandonar sus hogares y a marchar hacia tierra firme. En este punto, debo decir que no me fue posible sacar a Elvira de allí. La vieja no quería irse y al segundo día de discusiones se metió en la cama aduciendo todo tipo de dolencias improbables que sus mismas actividades contradecían a poco de haber sido esgrimidas.

La mayoría de la gente quiso huir y se marchó con las cuadrillas de salvataje. Pero muchos permanecieron en sus casas y, con el correr de los días, una lenta y progresiva actividad comenzó a enhebrarse entre los despojos de la Buenos Aires sumergida.

Hacia la tercera semana las cuadrillas cejaron, los helicópteros y aviones abandonaron sus esfuerzos y nada más fue visto en el aire hasta tiempo después, cuando otros objetos más extraños comenzaron a surcar los cielos con frecuencia creciente.