sábado 19 de noviembre de 2011

La Niña sin Sueños


A Mechita le encantaba mirar el lago, sentada en la piedra grande con los pies descalzos acariciando el agua. Jugaba a salpicar a los patos que se deslizaban como por arte de magia, remando con sus patitas invisibles hundidas en el agua. De pronto alguno sumergía la cabeza, de pronto otro, más allá. Y la niña sonreía. Siempre sonreía.

A su lado, Canica había traído un hueso y rascaba la tierra con sus pezuñas embarradas. Más atrás, Capota lo miraba con ganas de jugar. Los perros siempre estaban jugando. Se trenzaban en una lucha falsa de morderse trompa contra trompa. Mechita sabía que era falsa porque jugaban sonriendo; y muchas veces se sumaba a revolcarse con ellos.

Mamá Samanta miraba la escena con una sonrisa triste desde la ventana de la cocina.

Amarrados a un pequeño muelle, un par de botecitos despintados bailoteaban con el oleaje de la orilla. Hacia la derecha, el lago se afinaba hasta llegar a su afluente que se perdía entre un bosque de olivos silvestres; hacia la izquierda, desaguaba por un cauce empinado que el agua había excavado en la ladera, para seguir su curso hasta el valle. Sobre el desagüe empinado cruzaba un puentecito de madera y unos metros más abajo funcionaba una vieja turbina hidráulica que generaba algo de electricidad para el consumo doméstico.

Mechita había dejado de jugar y avanzaba hacia la casa con un perro bajo el brazo.

—Mamá, se apagó Capota.
La madre se secó las manos en el delantal.
—Ay, Mechi, no puedes tener a los animales encendidos todo el día
—Los patos nunca se apagan —dijo la niña.
—Los patos se recargan solos, hija. Se estacionan en la correntada y se recargan con una ruedita que tienen en la panza.
La niña se dio vuelta y se quedó perpleja, mirando los patos a lo lejos, con la boca entreabierta.
Samanta abrió un puertita disimulada en el peludo lomo de Capota y extrajo un cable fino y largo que enchufó a la pared.
—Vamos a darle una recarga y con un poco de suerte, quizá nos aparezca también una actualización.
—¿Puedo llevarme a Pimpi? —preguntó la niña.
—Sí. Llámalo fuerte para que se encienda y venga.
—¡Pimpi! ¡Pimpi! ¡Vamos a jugar!
El gato gordo y gris salió de la habitación de la niña con un andar pesado y somnoliento. Canica movió la cola y los tres salieron al parque.
—No te acerques al puentecito —le gritó la madre desde la puerta.
Mechita hizo un gesto con la mano, sin darse vuelta, y salió al trote con su perro, su gato y su vestidito rosa de jugar.


La casa del lago era simple y bella. Tenía un grueso techo de paja vinílica sobre el que afloraban las antenas. Dos dormitorios con amplios ventanales que daban al frente y una gran sala de estar que se prolongaba en la cocina. Un alero ancho cobijaba la salida al parque, donde se habían dispuesto unos silloncitos de madera rústica y una mesa baja en el mismo estilo.

Caía la tarde mansamente cuando Pedro emergió entre los olivos, zigzagueando a gran velocidad con su deslizador vertical, de pié sobre la tabla flotante, firmemente sujetado al manubrio y con el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante como un esquiador.

Cortó camino flotando sobre el lago, esquivando a los patos y marcando una suave estela sobre la superficie del agua. Dejó el vehículo bajo el alero, apoyado contra la pared, y saludó a la niña con un beso.

—¿Que llevas allí? —preguntó Mechita al ver la enorme caja que Pedro estaba desatando del portaobjetos.
—Es para ti, pero debes abrirla después.
—¿Por qué?
—Porque primero debemos enchufarla un rato.
—¿Pero qué es?
—No te lo diré.
Pedro entró a la casa con la niña revoloteando alrededor.
—Dime con qué letra empieza.
—Solo te daré una pista: “deja de revolotearme como… un montón de mariposas”
La pista no sirvió y costó un poco de trabajo conseguir que Mechita volviera al parque.

Mamá Samanta saludó a Pedro con una sonrisa y un reproche.

—¿De nuevo por aquí?
—Es lo único que se me ocurre hacer cada vez que comienzo a extrañarte —dijo él.
Ella lo ignoró con alguna incomodidad.
—Vamos, enchufa ya esas mariposas —dijo.

Pedro colocó la caja sobre la mesa, extrajo un cable del costado sin romper más que una porción del envoltorio y lo enchufó a la pared. Luego se sentó y cruzó las piernas. Samanta se hundió en la mesada de la cocina previendo el interrogatorio.

—¿Cómo estás? —dijo él después de un silencio largo.
—Bien. ¿Quieres un café?
—Si, por favor; si con eso logro que podamos estar un rato sentados conversando.
—No quiero hablar de eso. Ya lo sabes.
—Yo no he hablado de nada, solo te pregunté: ¿Cómo estás?

Pedro enfatizó la pregunta para volver a instalarla.
Ella hizo un silencio y aceleró sus quehaceres en la cocina. Hizo ruido con las tazas, abrió puertitas, sacó la azucarera, dispuso las cucharitas. Luego se detuvo un instante, se secó las lágrimas con los nudillos, resopló una expiración rápida, tomó la bandeja y ya recompuesta llevó todo a la mesa.

—Bien —dijo—. Estoy bien.

Hablaron un rato laxamente, fingiendo un entusiasmo por los temas que ninguno de los dos sentía. Él, mordiéndose la lengua. Ella, deseando que no la suelte.
Un aleteo creciente dentro de la caja interrumpió la farsa. Pedro desenvolvió el paquete y pudo verse un recipiente cúbico de vidrio repleto de mariposas de todos los colores que se agitaban y entrechocaban a causa de la estrechez.

—Con este botón se abre la puertita y salen —explicó Pedro—. Con este otro botón, vuelven a la caja. Si se descargan, vuelven solas. Una vez en la caja, la enchufas y se cargan todas. Y con esta red, la niña jugará a cazarlas.

—¡Qué bonitas! —dijo Samanta— ¿Cuántas hay?
—Noventa y siete.
Samanta lo miró incrédula. Pedro giró la caja y leyó mientras subrayaba con el dedo
—“Contiene noventa y siete mariposas”. Supongo que así parecen más naturales.

En las últimas tres décadas, un furor llamado Tecnorrenacentismo pugnaba por reproducir la naturaleza tal como era, en todos sus detalles. Cien o cincuenta eran números andrógenos, y debían aparecer con la misma frecuencia que cualquier otro en los sistemas naturales reproducidos. Así, noventa y siete mariposas, estaba bien.

—Ya estoy viendo a Mechita corriendo por el parque, todo el día cazando mariposas —dijo Samanta, que se había acercado a la ventana y observaba como la niña, arrodillada en la orilla del lago hostigaba a un pato atrapado entre los postes del muelle con una larga rama que apenas controlaba, para tratar de ponerlo patas para arriba.

Pedro se acercó a Samanta y ambos observaron en silencio las peripecias de Mechita.

—¿Cómo estás con la niña?
Ella hizo un largo silencio y los ojos se le volvieron a cargar de lágrimas.
—Es maravillosa —balbuceó con una voz quebrada. Y rompió en un llanto franco que ya no pudo contener.

Pedro la abrazó. Ella se tapo el rostro con ambas manos y lo apoyó sobre su pecho.
El joven la acarició un largo rato. Luego rompió el silencio.

—No sigas con esto mi amor. No te hace bien.
Ella no respondió.
—Quiero volver —continuó él—. Esto ya no puedo soportarlo. Te extraño todo el tiempo ¿Crees que ha sido fácil para mi? Quiero Volver.

Samanta negó con la cabeza sin saber cómo justificar la negativa.

—No estoy preparada.
—Ya pasaron seis meses, mi amor.
—Al mundo le han pasado seis meses. Yo estoy detenida en el minuto cero. He sobrevivido gracias a la niña.
—Déjame ayudarte. Yo también quiero ayudarte. Déjame volver.

Samanta se desprendió suavemente de Pedro, caminó unos pasos y volvió a hundirse en la mesada de la cocina.

—Tengo que preparar la cena.
—¿Me invitarás a cenar?
—Había pensado que no.

El se acercó, la sujetó de los hombros y la giró suavemente.

—Te amo —le dijo, con una mirada intensa y húmeda.

Samanta no respondió.

El hombre le acarició la mejilla y sin decir palabra, dio la vuelta y partió hacia la puerta. Una vez allí, hizo un gesto de payaso recordando algo, con los dos índices señalando al techo.

—Casi me olvidaba.
Volvió hacia la mesa, presionó el botón de la caja de vidrio y liberó a las mariposas.
Súbitamente, la cocina se llenó de vida y color.

—¡Mariposas! ¡Mariposas! —gritó él saltando como un niño— ¡A cazar mariposas!
Samanta destrabó el nudo en su garganta con una carcajada entrecortada.
Uno a uno, los diminutos ingenios fueron encontrando la salida hacia el parque y detrás salió Pedro con su red.
—¡A cazar mariposas! ¡A cazar mariposas!
Poco tardó en pasarle la posta a Mechita, que salió correteando detrás de los bichitos. Luego se subió al deslizador y partió.
—¡Pedrito! —gritó la mujer desde la puerta— Mañana prepararé unos buñuelos…

El hombre levantó un pulgar a la distancia y se perdió detrás del olivar.


Las últimas luces del día ya plateaban el paisaje. Con la noche incipiente, la casa del lago comenzaba a exudar una melancolía vestida de lilas y violáceos. Los faroles del parque ya se habían encendido convocando hordas diminutas de insectos voladores. Ajena a la tristeza de fondo y a los hechos del pasado reciente, Mechita seguía corriendo tras las mariposas. De tanto en tanto entraba a la casa para guardar su captura en la caja de vidrio. Pero hacía largo rato que Mechita no entraba, de modo que mamá Samanta salió al parque para ver en que andaba la niña.
Con espanto, Samanta la vio subida al puentecito, apoyada sobre la baranda con el torso lanzado hacia el vacío, tratando de atrapar su mariposa.

—¡Mechi! ¡No! —gritó la madre.

La niña se quedó petrificada con el grito, parada en medio del puente con la red en su mano. Samanta salió corriendo a su encuentro.

—Quédate quietita que ya va mamá.

Llegó a su encuentro y la abrazó fuertemente.

—Mechita, nunca vuelvas a este puente. Nunca.

Y allí, con la brisa batiendo su cabello, y con el embate hostil de la noche oscura, Samanta cerró lo ojos y volvió a revivir toda la tragedia. Su amada hija desapareciendo detrás de la baranda, cayendo de cabeza al arroyo torrentoso. La desesperada carrera en su auxilio, y el horror de hallarla en ese estado, enredada entre las aspas de la turbina con su cuerpecito casi partido a la mitad y esa savia bermellón manando de sus vísceras, desbaratándose en el torbellino de los rápidos. Y sus ojos, gélidos y abiertos, mirando el cielo para siempre desde el fondo del agua.
Mamá Samanta lloró amargamente aquella noche, en medio del puente, abrazada al cuerpo de Mechita, que ya se había olvidado de su mariposa; recordando la absurda muerte de su hijita en las fauces del generador. La niña contaba entonces con seis años y su vida no pudo seguir más allá. Y detenida en ese mismo punto, había quedado también la vida de Samanta.


Mamá Samanta apagó la luz del comedor. En su habitación, Mechita jugaba con muñecos.

—¿Te has lavado las manos? —preguntó la madre.
—¿Las manos y la cara y los dientes? —precisó la niña.
—Si.
—No.
—Pues ve. Ya es tarde, hijita.

Por unos minutos, mamá Samanta sintió el agua correr en el baño. Luego salió la niña con una mancha de dentífrico en la mejilla.

—Listo —dijo.

Mamá Samanta sonrió y le limpió la cara. La llevó a su habitación, le quitó la ropa y los zapatos, le puso un camisón blanco con florcitas rojas que costó pasar por su cabeza. La metió en la cama y la tapó. Encendió el velador, apagó la luz grande y corrió la cortina para que entrara la luz de la luna.

—¿Ahora voy a dormir?
—Si mi amor.
—¿Y voy a soñar?
—Si mi amor.
—¿Y con qué quieres que sueñe?
Mamá Samanta se arrodilló junto a la cama y le acarició los bucles.
—Quiero que sueñes con los angelitos.
Mechita sonrió, giró la cabeza y miró por la ventana.
—Buenas noches mamá.
—Buenas noches mi amor.

Mechita cerró los ojos y se quedó dormida. Mamá Samanta la miró con ternura durante unos segundos. Luego, como volviendo de un ensueño, hundió su mano debajo de las mantas, hurgó en el cuerpo de la niña y desde algún lugar de su espalda extrajo un cable fino color carmín que rápidamente enchufó a la pared.

Samanta imaginaba que algún día, algo mágico traerían esos cables, y la niña podría también soñar. Entonces ya no habría diferencias, y todo sería como antes. Y juntos los tres, volverían a ser una familia, y jugarían con los perros, y pasearían en bote por el lago, y hablarían de la simple vida, y jugarían a imaginar el futuro. Y los aciagos sucesos del pasado reciente ya no serían recordados. Si tan solo pudiera soñar…

Mamá Samanta apagó el velador, apoyo su mejilla contra el rostro inerte de la muñeca y se quedó allí, como todas las noches, acariciando su pelito amarillo, mirando los dibujos de la luna contra la pared de los muñecos, y repitiendo en voz baja su inútil letanía.

—Si mi amor… sueña. Por favor…




domingo 18 de septiembre de 2011

La Sociedad de los Ovos




El supervisor Seiscientos diecisiete se enjuagó la cara, se secó y espió en el espejo ese rostro blanco como la muerte. Colocó su ovo sobre la cabeza y volvió a mirarse. El espejo devolvió ahora su apariencia de siempre: la forma ovoide del casco, afinada hacia abajo y ligeramente inclinada hacia delante, siguiendo la anatomía del mentón. El ovo cubría toda su cabeza hasta el cuello, incluyendo el rostro, y solo mostraba al frente un display con su número, y las dos pequeñas entradas de aire a los costados. Acercó su cabeza al espejo y lustró con la toalla unas marcas dactilares hasta dejar el liso cascarón de plástico brillando como una perla.

Seiscientos diecisiete salió del pequeño toilette de su oficina y se sentó frente al ventanal que monitoreaba desde la altura la enorme línea de control y empaque. Allí abajo, los ovos relucientes del personal se alineaban a ambos lados de las cintas transportadoras y asemejaban una colonia de hormigas cultivando sus hongos debajo de la tierra.

Trescientos cuarenta y cuatro yacía casi inmóvil frente a la cinta, observando en la pantalla interna de su ovo el monótono desfile de los brownies en sus pilotines de aluminio y celofán. Como todos, Trescientos cuarenta y cuatro utilizaba la pantalla interna dividida en dos: la parte inferior reservada para las imágenes de realidad virtual reconstruidas desde el exterior, y la parte superior para sus actividades personales en la red.

Los ovos vieron la luz al confluir la tecnología de Internet por Wifi con la telefonía celular y la adicción por ambas cosas. El problema que planteaban las tablets y los celulares de utilizar las manos para sujetar el aparato y digitar, se resolvió cuando aparecieron los cascos con pantalla interna y cliqueo por guiño. El primer ovo fue una revolución y en pocos años la humanidad entera se enterró debajo de esos cascos de cabeza y rostro. El dispositivo permitía un estado de comunicación permanente con el mundo de la red y a su vez, un regenerador de realidad virtual entregaba en 3D las imágenes normales del entorno para que el sujeto pudiera desarrollar sus actividades con el casco puesto, sin necesidad de mantener libre la vista.

Después de una rápida evolución, los ovos terminaron por cerrarse contra el cuello, incorporando un sistema de filtrado de aire que reducía la polución, y un realce de colores que mostraba un entorno mucho más brillante y luminoso que el real.

Luego de unos escarceos iniciales debidos al uso de ovos en el ámbito laboral, la justicia había resuelto que los actos privados de los individuos debían resguardarse aún dentro del trabajo. Así pues, todo el mundo vestía sus ovos a toda hora. Sin excepción.

En la parte externa de la carcasa, los ovos presentaban un pequeño display donde la gente configuraba lo que, dada la ausencia de un rostro, sería su identificación visual ante el mundo. Pero dentro del trabajo, el display exterior debía mostrar el número de legajo personal.

Trescientos cuarenta y cuatro aborrecía el modo como algunos individuos dejaban rastro de sus actividades privadas con el ovo. Frente a él, Ciento treinta y cinco se pasaba el día siguiendo un ritmo con la cabeza, y Mil treinta y tres exhibía una actitud tan desvergonzada que todo el mundo podía imaginar cómo mientras por su pantalla inferior desfilaban los brownies de chocolate, la pantalla superior mostraba bizarras escenas de sexo explícito. Por su parte, Setecientos era una mujer insufrible, mal educada. Trescientos cuarenta y cuatro no la soportaba, pero la tenía justo a su izquierda. Resultaba evidente que Setecientos se dormía en horas de trabajo porque su ovo se ladeaba hacia un costado y permanecía inmóvil durante largos minutos mientras frente a ella desfilaba una legión de brownies defectuosos, tal como lo indicaban las imágenes del “Muestrario de Fallas Típicas” que pendía en el centro de la línea. Era frecuente que Trecientos cuarenta y cuatro tuviera que redoblar su atención para separar las unidades anómalas que Setecientos dejaba pasar.  Y varias veces al día la llamaba al orden.

—¡Eh! ¡Setecientos! Despertate que estás dejando pasar sapos embarazados.
—¿Y a vos que mierda te importa? —respondía la mujer—. La puta que te parió. Metido de mierda… Puto —murmuraba al tiempo que retomaba la tarea.

Trecientos cuarenta y cuatro tenía una gran actividad en la red. Era miembro del grupo de elite del sitio internacional de ajedrez, participaba asiduamente en la red social unificada y tenía permanentemente configurados a no menos de treinta amigos y parientes con los que conversaba todo el tiempo en el modo de video conferencia. Su nick en la red era “enroquededama” aunque sus interlocutores lo llamaban simplemente “Enroque”. Hacía tiempo ya que los nombres institucionales habían entrado en desuso quedando relegados a los documentos de identidad y la papelería oficial. Toda la gente se llamaba por su nick, incluyendo las madres a los hijos.  El  ambiente de Enroque dentro del ovo se encontraba perfumado y permanentemente acompañado por una suave cumbia sinfónica de fondo. En las imágenes de la red, los ovos no existían y toda la gente se mostraba con sus rostros humanos reales o animaciones digitalizadas de los mismos.

Trescientos cuarenta y cuatro estaba exaltado. Hacía varias semanas había conocido a Guinea en una discusión acerca de la Apertura Catalana, donde Enroque defendía la postura ortodoxa sosteniendo que la apertura conduce invariablemente a tablas. Rápidamente comprendió que Guinea solo conocía el movimiento de las piezas y que su intervención en el debate debía perseguir otros objetivos. La relación con Guinea se desplazó fuera de los debates de ajedrez y lentamente comenzaron a conocerse. Guinea era una chica uruguaya, ligeramente rubia y de tez muy blanca. Tenía un discurso simple que no revelaba grandes aptitudes intelectuales. Pero poseía la rara habilidad de dar una señal de acercamiento con cada comentario.

—Soy jefa de vendedoras en una importante tienda de Montevideo —le había dicho.
—Yo soy Arquitecto —había respondido él. Y ambos habían mentido.

A la semana de conocerse, Guinea había convencido a Enroque para que instale en su ovo el sistema de simulación de movimientos corporales. Desde entonces, sus encuentros se desarrollaban de cuerpo entero en el espacio virtual de la red. Trescientos cuarenta y cuatro pasaba gran parte del día paseando por sitios de ensueño, junto a Guinea, en la mitad superior de la pantalla; y en la profundidad inmensurable de algún bosque de pixels, bajo el cobijo verdeado del dosel, el arrullo de las piadas, y una bruma de sol, Trescientos cuarenta y cuatro se fue enamorando de Guinea.

—¿Cómo será besarse, en este sitio? —había dicho él.
Ella se acercó.
—Probemos —propuso, y se estrelló en la imagen de sus labios.
Se separaron y se miraron.
—Es como besarse —sentenció Guinea. Y se quedaron abrazados en medio del bosque.

El pudo sentirla como si fuera real. Mejor aun. Era un abrazo de enamorados, tan certero, tan profundo… En tanto, allí abajo, como una sombra absurda, como el tironeo molesto de una realidad opaca y gris, seguían desfilando en su cinta los brownies de chocolate.

Trescientos cuarenta y cuatro comprendió que estaba listo para un encuentro personal con Guinea. Sintió algo de temor por sus mentiras: Siguiendo la práctica usual del internauta, el hombre había falseado, al menos, su profesión, su empleo y su ciudad de residencia. Pero la relación pedía un encuentro.
En los días siguientes lo planearon todo: Se reunirían en el verano de París.
En la sociedad de los ovos, París era una mosca en la leche. Allí la gente marchaba por la calle con sus rostros al viento, y el uso de ovos estaba prohibido en todo sitio público. Gracias a estas medidas, la ciudad se había convertido en un centro turístico orientado a las parejas y los jóvenes.

Al día siguiente Trescientos cuarenta y cuatro llamó a la puerta del supervisor. Segundos después, Seiscientos diecisiete lo invitó a pasar y a tomar asiento.
—Necesito adelantar una semana de vacaciones —dijo Trescientos cuarenta y cuatro—; del 2 al 8 de Julio.
Largos segundos después, el supervisor enderezó levemente su ovo en dirección al empleado.
—¿Qué necesita? —preguntó.
—Le decía: Necesito adelantar una semana de mis vacaciones…
—No —respondió el jefe.
Hubo un silencio.
—Bien —reconvino el empleado—, entonces solicito una semana de permiso sin goce de sueldo, del 2 al 8 de Julio.
Hubo otro largo silencio. Realmente, Setecientos diecisiete estaba mirando una película de acción en la pantalla superior de su ovo y toda la situación le resultaba una interrupción fastidiosa. Hacía largas pausas en el diálogo para no perderse las escenas más vertiginosas.
—Dígame, Trescientos cuarenta y cuatro ¿Cuál es la cosa tan urgente que debe hacer en Julio?
El empleado titubeó un instante.
—Debo hacer un viaje para reunirme con… una persona, señor.
El supervisor pausó la película, se acomodó contra el respaldo e increpó al hombre con precisión certera.
—Usted va a viajar en busca de sexo, Trescientos cuarenta y cuatro. Dígame si me equivoco.
Algo sorprendido, el empleado habló con franqueza.
—Realmente no lo sé señor. Es una posibilidad. Pero una relación importante es mucho más que sexo.
—Nunca es más que sexo, Trescientos cuarenta y cuatro. Siempre es solo sexo, aunque deseemos convencernos de que hay algo más. El sexo es la razón de ser de la existencia humana.
—Bueno, eso es una opinión —respondió—. Hay otras. Sartre, por ejemplo, decía que no hay una razón para la existencia humana.
Ahora el supervisor hizo un gran ademán con ambas manos.
—Ah sí, Jean-Paul Sartre, el filósofo de moda. Vaya impostor. En efecto, sostenía que nuestra existencia no tiene una razón, nuestra naturaleza no es lo que somos sino lo que hacemos, entonces la clave de todo es la libertad de elegir lo que haremos. Consecuentemente, Sartre construyó una moral que magnificó la importancia de la libertad en el humano. Y una vez que logró difundir esa moral hasta que fuera aceptada en su forma más extrema con más unción que Los Diez Mandamientos, le dijo a su amada compañera, Simone de Beauvoir, que ambos serían libres de mantener otras relaciones paralelas —hizo una pausa y continuó—. Mire este rostro. ¿Qué ve?
En el ovo de Trescientos cuarenta y cuatro apareció el rostro de un hombre sesentón, con el cabello fino y engominado peinado hacia atrás, unos lentes redondos, los labios gruesos en una boca de pescado, un ojo mirando hacia delante y el otro intentando escapar hacia un costado por debajo del lente.
—Es Sartre —Dijo el empleado.
—No le pregunté el nombre (que ya lo sé) sino qué ve allí. Se trata de un rostro de muy desafortunada apariencia  ¿Comprende? Consciente de su fealdad estrábica, Sartre perpetró una estrategia de seducción basada en el intelecto. Pero no se hizo notar ante las hembras con cualquier idea exótica, no. El hombre pergeñó una filosofía a partir de la cual pudiera inferir y difundir una moral que le diera permiso para copular con la mayor cantidad de mujeres posibles. Su obra no es consecuencia de su ejercicio de la libertad, sino de una subrepticia y muy poderosa punción sexual, única razón de la existencia humana.
Trescientos cuarenta y cuatro saboreó con cierto deleite el extravagante argumento del jefe y comenzó su partida de ajedrez.
—Realmente no lo entiendo —dijo.
—Es muy simple ¿Se lo explico de nuevo?
—No no. Comprendo perfectamente la lógica de su argumento. Lo que no entiendo es otra cosa. Verá, si usted es conciente de que el sexo es lo más importante, la razón de ser de la existencia humana y ya ha descubierto que voy a viajar por sexo ¿Por qué me niega el permiso? Es evidente que no lo pido por una nimiedad; me lo impone la razón de ser de mi existencia.
El supervisor se movió en su asiento, acusando el golpe.
—No es eso —zozobró—. Es que… ya hemos armado el esquema de vacaciones invernales y hay muchas ausencias programadas en su sector. Déjeme ver un poco.
Durante largos minutos, Seiscientos diecisiete siguió musitando mientras abría archivos de cronogramas en la pantalla de su ovo.
—Bien —concluyó—. Creo que habrá un lugarcito más para que adelante sus vacaciones en Julio.

A las 16, Trescientos cuarenta y cuatro marcó la salida en el reloj y abandonó el establecimiento junto a doscientos empleados más. Hizo un par de guiños en la barra de herramientas y configuró su avatar en el display externo. Otro tanto hicieron los demás, y antes de concluir la primera cuadra, ya eran doscientos desconocidos caminando juntos hacia los centros de transporte.
En la calle, el escenario urbano mostraba la sociedad de los ovos con toda su crudeza. Las personas eran zombies que deambulaban titubeantes, ausentes y con suma lentitud. Era común encontrar individuos haciendo ademanes con la espalda contra la pared o contra un poste de iluminación, o simplemente detenidos en la mitad de la acera, con su ovo apuntado hacia un lado, ligeramente hacia arriba, en ese gesto de los ciegos que buscan un sonido.
La marcha de los transeúntes era una danza aletargada y pastosa de sujetos entregados a múltiples y secretas actividades dentro de sus ovos y que solo cumplimentaban a desgano el fatigoso tramite de arrastrar sus cuerpos por el mundo. Nadie hacía jamás lo que estaba haciendo. Nadie estaba donde estaba. La vida real era esa cosa que ocurría en la mitad inferior de la pantalla, y todo el mundo se movía al ritmo que les permitía la intermitencia con la que espiaban esa vida.

Las relaciones en vivo eran secas y sumamente desatentas.

—¿Qué quiere? —decía el carnicero, y volvía a la pantalla superior para leer un mensaje de “Gonzalito_12.347”
—Dos bifes de lomo.
El carnicero tomaba una tira de asado, la dejaba, tanteaba una pieza de cuadril, la dejaba y finalmente levantaba el costillar de bifes.
—¿Estos?
—Si. Dos.
El carnicero cortaba uno; se detenía; irrumpía en una estruendosa carcajada y regresaba lentamente para preguntar.
—¿Cuántos quiere?

No había grupos en la geografía urbana, solo individuos sueltos que interactuaban con otros individuos de la red a través de sus cascos de conectividad permanente. Los bares solo contaban con mesas de un único asiento. La  persona formulaba su pedido ingresando desde su ovo en el menú del sitio y al rato un camarero arrojaba su bandeja sobre la mesa. La gente desmontaba el cobertor de nariz y boca para ingerir los alimentos y allí se podían escuchar sus conversaciones y ver parte de sus gestos faciales. Entre bocado y bocado, en la más absoluta soledad, todo el mundo hablaba, escuchaba, reía, enfurecía, daba órdenes, reconvenía, realizaba ampulosos ademanes y se enternecía hasta las lágrimas.

La estética de los ovos había sufrido también su evolución. En un principio, dejaban libre la nariz y la boca, pero el formato integral se puso a la moda rápidamente. La gente deseaba ver sobre sus hombros un huevo perfecto, completamente liso y con un leve brillo mate. Los hombres utilizaban variantes de gris, negro, marrón, azul y verde oliva. Las damas, más arrojadas, usaban el rosa, el lila y el blanco. Los jóvenes preferían variantes con diseños psicodélicos o rayos surcando la superficie en un sentido aerodinámico. Muchos adultos utilizaban los modelos juveniles para disimular la edad, pero ésta se hacía evidente de todos modos cada vez que se sentaban  o se paraban.

En la mañana del 30 de junio, Trescientos cuarenta y cuatro ingresó al Espigón Internacional de la Estación de Trenes de Buenos Aires. Media hora después, estaba confortablemente sentado en una butaca del tren interoceánico. En tres horas estaría en Madrid y desde allí, París en unos instantes más. Se entretuvo los primeros minutos con el documental del tren de alta velocidad. El monorriel viajaba dentro de un túnel de vacío de nanotubos de carbono, construido en trozos de un kilómetro de largo que se soportaban sobre miles de bases flotantes, cada una de las cuales ajustaba permanentemente su posición con una exactitud milimétrica mediante un sistema inteligente de control por GPS. Asimismo, cada base producía la electricidad para energizar su tramo mediante generadores mareológicos. Cada veinte o treinta balsas, había una estación habitada por servicio técnico permanente. En varios puntos del trazado, algunos tramos de túnel se descalzaban en horarios programados y giraban 90° para permitir el paso de los enormes barcos de carga que surcaban el océano en todas direcciones.

Con el suave traqueteo de las uniones  de tramos, Trescientos cuarenta y cuatro se quedó profundamente dormido. Despertó en Madrid, donde el convoy realizó una breve parada para que bajaran y subieran pasajeros. Unos minutos después de reanudada la marcha, una voz femenina informó que se  encontraban próximos a llegar a París y que por disposiciones vigentes debían quitarse los ovos.

Se escuchó un ruido de cierres plásticos que se destrababan y el roce de muchos cascos removidos al mismo tiempo. Hubo también un murmullo de alivio, de liberación, como si un cargamento de esclavos de pronto se viera libre de sus cadenas. La gente se miró las caras con extrañeza, con placer, con curiosidad. Trescientos cuarenta y cuatro cruzó miradas con una señora a su derecha y presagiando el maravilloso modo de vida de París, intercambiaron saludos.
—Buen día —dijo ella.
—Buen día. —repuso él. “Maravilloso”, pensó.

Descendieron y marcharon por un largo corredor iluminado por altos ventanales bajo los cuales progresaba una hilera de canteros florecidos. La realidad visual era un tanto opaca pero plena de detalles y Trescientos cuarenta y cuatro se maravilló por los papelitos en el suelo, el polvo sobre las ventanas y sobre todo, las innumerables arrugas en los rostros. A poco de andar desembocaron en una galería inmensa. La Estación Internacional de Trenes de París bullía de gente. Las personas marchaban en grupos o parejas y atestaban los barcitos de manera bulliciosa y desenfadada. Muchos grupos de jóvenes marchaban en medio de risotadas y abrazos, con sus guitarras y sus bolsos colgados en la espalda.
Trescientos cuarenta y cuatro tomó un taxi hasta el hotel, realizó el check in y se internó en su habitación. Luego de una rápida inspección del lugar, se quedó absorto frente a la ventana que mostraba París desde el piso diecisiete. Luego se colocó el ovo y comprobó que Guinea no estaba en la red, clara señal de que ya se hallaba en París.

Enroque y Guinea se encontraron a las cinco de la tarde en la Avenida de los Campos Elíseos, a pocas cuadras del Arco del Triunfo, en un punto programado de antemano.
—¿Enroque? —dijo ella señalándolo con una sonrisa.
—Guinea —confirmo él.
Se dieron un beso en la mejilla con un abrazo tibio y formal.
—¿Qué tal tu viaje? —dijo la chica luego de un silencio incómodo.
—He dormido todo el tiempo.
Enroque sintió que la confesión resultaba un tanto sosa como respuesta a una primera pregunta.
—Soñé con este encuentro —agregó—, pero no con los detalles de la charla.
Ella rió de más.
—¿Y como has encontrado París? —preguntó.
—París es una fiesta —dijo él citando a Hemingway, vanamente.
—Vamos a divertirnos, entonces.
La chica lo tomó del brazo.
­—Las tiendas son extraordinarias ­—dijo.
Iniciaron un paseo despreocupado por las anchísimas veredas de la avenida. Guinea estaba encantada con las vidrieras y no dejaba de hacer comentarios acerca de los vestidos y las carteras, admirando una belleza para la que Enroque no tenía sentidos. Conversaban animados y, sin proponérselo, ambos seguían utilizando el español neutro de la red.
Lentamente se fueron acercando a lo que parecía ser un tumulto en medio de la acera. Detrás del amontonamiento había una mesita bajo una sombrilla, y un joven subido a una banqueta pronunciaba una arenga en francés. A su lado, una chica entregaba folletos a los curiosos. Guinea se intercaló entre la multitud y al rato reapareció sonriente con un manojo de folletines. Se trataba de un mitin de la Internacional Antiovos. En uno de los folletos se veía una figura humana invertida con la cabeza enterrada hasta el cuello debajo de la tierra, los brazos a 45° y las manos muy abiertas. Arriba, titulaba una leyenda: “Eres libre, no elijas ser esclavo”. Otra publicidad mostraba una fotografía de Sartre y la leyenda: “Liberate de tus cadenas y ponte en acción”, y más abajo: “Lo que hagas, es todo lo que serás”.

La Internacional Antiovos era una agrupación que pugnaba por la prohibición absoluta del uso de ovos en lugares públicos. Sostenía que los ovos eran el inicio del fin, el suicidio de la humanidad, que no habían llegado para prestarnos un servicio sino para sumirnos en una adicción que estaba conduciendo a la sociedad hacia un aletargamiento irremediable y fatal.  Los más extremistas afirmaban que la extraordinaria difusión del adminículo era parte de un plan mentado por las Multinacionales y las Corporaciones para mantener a las masas adormecidas, mientras acumulaban más y más poder.
En sus variantes más virulentas, algunas facciones de la organización desarrollaban actos vandálicos en distintas ciudades, destruyendo comercios de artículos electrónicos e incendiando automóviles, en algunos casos.

Rato después, Enroque y Guinea tomaban un trago sentados en los esterillados silloncitos de un bar muy concurrido.
—¿Qué piensas de esto? Dijo él señalando los folletos.
—Por mi parte, prefiero mirarte en vivo y en directo —respondió la chica acodada en la mesa con la cabeza inclinada y una mirada levemente provocadora.
El se quedó observándola, recordando la pasión con que se trataban en el espacio virtual y decidió ir adelante.
—¿Cómo será besarse en este sitio? —dijo, al tiempo que acercaba su rostro.
—Probemos —dijo ella.
Se besaron un momento.
—Es mejor —dijo la chica—. Definitivamente —sonrió. Luego tomó los folletos y bromeó—. Debemos afiliarnos ahora mismo.

Continuaron el paseo abrazados. Ya entrada la noche, caminaron hasta la puerta del hotel donde Guinea se alojaba.
—¿Quieres entrar a conocer? —dijo la chica
—Quiero entrar —respondió él—, pero no exactamente para conocer el hotel.
Guinea moduló una carcajadita breve, lo tomó del brazo y lo empujó hacia adentro.

La habitación era amplia y tenía cierta espectacularidad debida, en parte, a un sector del techo consistente en una gran placa de vidrio que caía como un tejado, dejando ver al otro lado el negro cielo nocturno. La chica espió al pasar, su ovo tirado en un estante del vestidor, con el display centellante de mensajes pendientes.

—Observa esto —dijo, y apagó casi todas las luces.
Sin nubes y sin luna, el cielo pareció encenderse con millones de chispas detrás del vidrio.
Enroque y Guinea se abrazaron, cayeron sobre la cama e hicieron el amor bajo la luz de la Vía Láctea.
Varias horas después se despidieron en la puerta.
—Fue la mejor noche de mi vida —dijo ella.
—Esperemos a ver las siguientes —Respondió él. Se fundieron en una larga despedida y el hombre se marchó.
Guinea cerró la puerta, se quedó inmóvil un instante llevándose las uñas a la boca. Volvió a espiar su ovo centellante en el estante y se abalanzó sobre él, ansiosa por develar uno a uno el manojo de mensajes que hacinaban el buzón.

Conforme avanzaba la semana, la rutina de Enroque y Guinea incluía cada vez menos paseos y más momentos de privacidad. Pero el viernes, la relación dio un salto hacia delante.
Regresaban de un almuerzo liviano hacia el hotel de Enroque cuando vieron avanzar de frente a un grupo de al menos cien manifestantes violando la prohibición de uso de ovos, con pancartas alusivas a la libertad de elección del ciudadano. “Si eres libre, debes poder elegir”, rezaba una. Otros enarbolaban una enorme caricatura de Sartre en blanco y negro bajo la leyenda “Libertad es libertad de elección” y “Fuera la prohibición”.
Así como existía un grupo que denostaba la irrupción de los ovos, existía otro que se oponía a la prohibición. El primero hablaba de “liberación” y el segundo de “libertad”. Y como al Moisés de los judíos y los musulmanes, ambos ensalzaban a Sartre.
Enroque se volteó y observó que detrás de ellos avanzaba una formación de policías antidisturbios alineados detrás de sus escudos, dispuestos a reprimir la protesta.
Los manifestantes comenzaron a tirar piedras a la policía, y esta respondió con gases y una arremetida a paso vivo, de modo que la pareja quedó en medio de un fuego cruzado.
Enroque arrastró a Guinea hacia una vidriera para evitar el choque, pero los activistas avanzaron rompiendo los negocios con sus palos. Rápidamente cundió el caos y un desorden de corridas y gritos ganó la calle. Enroque volvió a buscar refugio aplastándose contra una puerta, abrazando bien fuerte a Guinea, mientras pensaba en la curiosa antinomia. ¿Dónde estaba la libertad? ¿Era libertad deshacerse de la adicción aletargante por los ovos o lo era dejar que las personas sucumbieran a ella, si así lo deseaban, aunque esto condujera a una declinación de la raza humana? Se quedó inmóvil buscando una respuesta en la enorme imagen de Sartre que avanzaba sacudiéndose en lo alto; pero no encontró en esos ojos más que una metáfora de la encrucijada.
Guinea se hundió en el pecho de Enroque, cerró los ojos con pavor y sintió que su hombre era una gran muralla protectora que la defendía de todos los males, y que nada le ocurriría mientras mantuviera los ojos cerrados y la cabeza apretada contra su pecho. En ese momento comprendió que hasta entonces todo había sido una mera aventura amorosa, y que ahora estaba perdidamente enamorada.
Esa noche fue distinta. Fue mejor. Permanecieron recostados uno contra el otro. Conversando, expresándose sus mutuos sentimientos. Por primera vez habló Guinea de formar una familia, de pasar la vida juntos. El asintió y agregó muchos hijos a la historia. Enroque se había enamorado ya en aquellos días de los encuentros virtuales.

El domingo lloraron en la despedida. Lloraron muchas veces y se prometieron nuevos encuentros. Ya lo arreglarían en sus contactos virtuales. Formarían una familia, tendrían muchos hijos y una vida plena de felicidad. Solo restaba el trámite aquel de develarse sus mutuas “mentiras de internauta”. Luego hablarían de eso. Jamás durante la triste despedida.
Enroque marchó hacia la estación de trenes y Guinea tomó un auto al aeropuerto. Su avión despegó a las 11:50. Instantes después se apagó la luz de prohibición de ovos y todos los pasajeros se colocaron sus cascos con la ansiedad de un síndrome de abstinencia. El bólido realizó un suave giro y se inyectó en el cielo a la velocidad de un rayo con su cargamento de personas sin miradas.

Dos meses después, Guinea confirmó sus sospechas. Salió del consultorio con el ancho sobre blanco del laboratorio. Ya no cabían dudas, esperaba un hijo de Enroque.
Sintió emoción y algo de temor. El plan de una familia debía acelerarse. ¿Cómo lo tomaría él? Bien, sin duda. Si Enroque deseaba muchos hijos, no podía ofuscarse con el primero. ¿Cómo se lo diría? ¿Cuándo se lo diría?

Ese día Guinea entró a la planta con la mente en cualquier sitio. Marcó su ingreso en el reloj y caminó por los oscuros pasillos hasta su sector de trabajo. Su mente volaba, iba y venía, imaginaba el futuro y le temía, y a la vez lo deseaba. Tomó asiento en su silla y realizó un rápido paneo. Contempló por un instante el perezoso bamboleo de los ovos sobre las cabezas de ese ejército sin rostros.  Hoy era distinta la rutina. En dos horas se conectaría con Enroque. En dos horas le daría la noticia. En dos horas cambiaría su vida.
Su compañero a la derecha llegó y tomó asiento. Guinea sintió el roce hostil de su uniforme contra ella. El hombre saludó con un impersonal “Buenos días”. Ella lo espió y volvió a mirar al frente con desprecio. Hoy no se preocuparía por ese imbécil, por más que se pasara el día montado sobre su hombro, espiando su trabajo, presto a saltar sobre ella en cuanto dejara pasar un brownie con la puntita mellada.
—Idiota —masculló—. Metido de mierda… Puto.

viernes 19 de agosto de 2011

Breve Periplo de un Escritor Exhaustivo




Me reconozco anormalmente exhaustivo desde que tenía dos años, once meses y diecisiete días, cuando le arranqué a mi madre una pestaña del párpado superior izquierdo para emparejar su cantidad con el derecho.

La hiperexhaustividad es considerada una patología, lo que juzgo una verdadera injusticia en tanto no lo sean también la hiperinteligencia o la supersimpatía.

Debí padecer psicólogos desde muy chico. Fueron veintisiete hasta la fecha y si de algo me han convencido ha sido de la extrema amplitud de criterio de la ciencia psicológica, que en su excelsa policromía llega a incluir dentro su rica estructura conceptual, montones de afirmaciones con sus negaciones, aunque nunca —y esto hay que decirlo— esgrimidas ambas por el mismo terapeuta.

Tengo la desgracia de portar tres nombres y dos apellidos, y nunca he podido evitar la mención de la ristra completa, lo que me ha traído ciertas incomodidades de chico, cuando, por ejemplo, algún compañerito de escuela me preguntaba el nombre en el recreo del primer día de clases. La misma situación se agravaría más tarde, con el florecer adolescente y el devenir de los acercamientos amorosos, cuando entre la oscuridad y los relámpagos de luces, se intercambiaban los nombres en el barullo aquel de las discotecas.

—¿Cómoooo? —gritaba la chica.
—Pedro, Evaristo, Nicolás, Arroyo, Maldonaaaadoooo —repetía yo en una ceremonia absurda que nunca entregaba más resultado que la afonía.
Comencé a escribir a los veintitrés años, nueve meses y 14 días de edad, un 7 de febrero, luego de mi distanciamiento de Carola.


Carola Santos era empleada de la Delegación Regional del Registro Civil. La conocí en ocasión de tramitar una denuncia por extravío de documento.

—¡Por fin alguien que me dice todo su maldito nombre de una sola vez! —dijo. Y nos enamoramos.

Fueron dos meses plenos de detalles maravillosos. Pero las cosas no funcionaron. Creo que mi manía de pedirle precisiones a su acostumbrado gimoteo en las inmediaciones del climax, terminaron por hartarla.

—¡Más! —reclamaba ella.
—¿Más qué?
—Más… más…
—No sé mi amor… Sin sujeto y predicado yo no te entiendo.


Ignoro si habrá sido aquello, pero una noche interrumpió todo justo allí, se fue al baño, se enjuagó la cara, se vistió sin mirarme y se marchó volteándose apenas para recoger la cartera. ¿Qué podría haberle molestado tanto? Son raras las mujeres, ya me lo habían dicho.


Los días siguientes me sentí desgarradoramente solo, mucho más solo que antes de conocerla, lo que prueba que una ausencia concreta es mucho peor que la soledad indefinida.


Tal vez para mitigar mi amargura —como decía mi psicólogo—, para plasmarla en palabras, para sacarla del “adentro” y volverla visible, fue que comencé a escribir.


Recuerdo que aquel día regresé a casa, me senté frente al teclado y me puse a escribir sin más trámite. Escribí y escribí, tal como si siempre lo hubiera hecho, como si desde la cuna ese hubiera sido mi destino, habitando en mi alma, adormecida y latente, aquella habilidad que súbitamente estallaba como una flor de primavera.


Escribí durante tres días seguidos, casi sin comer ni dormir. Realmente no podía parar de escribir. Al amanecer del cuarto día, mi primera obra literaria estaba concluida. Se trataba de una novela descriptiva de setecientas carillas —Arial n°8, interlineado simple— que versaba sobre los detalles y la historia de una correa dentada A-37. La obra, que no dude en titular “La Correa Dentada”, abarcaba desde el origen de la materia prima hasta el final de la vida útil, incluyendo los procesos de fabricación, empaque y comercialización y, por supuesto, las particularidades de su aplicación. Intercalados en la acción, se mencionaban aspectos del diseño, métodos de cálculo, criterios de selección e innumerables detalles más. Tengo un recuerdo borroso de las piruetas argumentales de mi psicólogo para explicar el modo como la temática de la obra, subrepticiamente elegida por mi inconciente, habría de mitigar mi atribulada situación sentimental.

Los meses que siguieron a mi epopeya literaria fundacional, estuvieron signados por la obsesiva búsqueda de un editor. “¿Para qué se escribe una novela?”, me pregunté; para publicarla, por supuesto.

Dejé copias del original en varias editoriales; en muchas editoriales, casi en todas. Para un artista no hay nada peor que ser ignorado, y sintiendo en los huesos la verdad de aquella máxima, a los dos meses emprendí la recorrida pidiendo explicaciones.

—Ah si, “La Correa Dentada” —decía un pavote detrás de su escritorio, espiando el título debajo del polvo—. Por el momento no estamos interesados en narrativa descriptiva.
—Pero ¿qué les pareció?
—En realidad, no lo sabemos. No hemos podido atravesar la cuarta página. Y esto ya es dato suficiente para saber que no la publicaremos.

Solo una pequeña editorial cumplimentó su obligación de leer la obra completa.


—A la novela le faltan tres elementos, Maldonado. Y no son menores, el lector los reclama.
—¿Qué elementos? —me intrigué.
—Introducción, nudo y desenlace —dijo—. Uno mantiene hasta el final la esperanza de reencontrarse con los tres, apretujados en la última oración; pero ese final, Maldonado… —abrió la copia en la última hoja y leyó—, “Y así concluye la historia de una correa dentada A-37.”, deja al lector con una mezcla de sentimientos que van desde la defraudación hasta la furia.

Me permitiré prescindir del detalle de los hechos acaecidos durante mi recorrida en pos de una respuesta. Prefiero centrarme en la exitosa culminación de mi periplo.


Mi relación con Editorial Luján de Cuyo tiene también su historia.

Roberto Ramiro Ramos, quien fuera el padre de la editorial (y tal vez también su único pariente) solía recalar en un barcito de la avenida Boedo, cerca de casa.


A Roberto Ramiro le gustaba beber y hablar, y era admirable la puntualidad con que lo primero iba transformando lo segundo. Así, conforme aumentaba el número de copas, se incrementaban también su verborragia, su extroversión y el volumen de su voz. Era imposible frecuentar el bar más de tres veces sin trabar conversación con Ramos.

—¿Así que vos escribís? —me dijo una noche, después de varias copas—. ¿Y qué escribís?
—Novelas —respondí mintiendo la pluralidad del sustantivo.
—Vaya —dijo— ¿Sabés quien soy yo?

Antes de poder responder, ya estaba el hombre contestando su propia pregunta.

—Soy el accionista mayoritario de la editorial Luján de Cuyo. Llevamos publicadas unas veinte obras de los más exóticos géneros. Nos especializamos en la literatura extraña, distinta, transgresora. Es una estrategia difícil. Realmente cuesta mucho hallar autores comprometidos con la originalidad. El 99% de lo que circula es plagio maquillado. “Romeo y Julieta” ya se escribió 7000 veces: La chica y el muchacho se aman y sus familias se odian. Pavadas. El tópico ya era moneda corriente en los tiempos de la juglaría, mucho antes de Shakespeare. Hasta mi suegra odiaba a mi madre.

Rápidamente nos dejamos llevar por el impulso de un diálogo fluido y enriquecedor, donde las preguntas, las respuestas y las matizaciones se intercalaban en el discurso de un único orador: Roberto Ramiro Ramos. Aunque breve y postrera, mi participación en el intercambio fue crucial: Cuando propuso reunirnos al día siguiente, en el mismo bar y a la misma hora para revisar los detalles de mi novela, le dije que sí.

Comparecí con una copia anillada del trabajo ya bien muerto el atardecer del día siguiente. Encontré a Ramos acodado junto a la ventana, al pié de una mesa donde una parejita escuchaba su monólogo atenta a consagrar con dos palabras cualquier indicio de un final de discurso.

—Maldonado, lo estaba esperando —gritó revelando en el volumen el número de copas de su pasado reciente.
Nos sentamos y Ramos comenzó a hojear el trabajo. Era extraño el procedimiento: Abrió el texto por el medio, leyó un párrafo, luego fue hacia atrás, leyó otro párrafo; retrocedió hasta el principio; avanzó casi hasta el final; leyó el final y volvió al medio.

—Muy interesante. Llevo cinco minutos leyendo y aún no se qué es —levantó la vista y me miró—. Eso es bueno Maldonado, eso es bueno.

Pidió otra ginebra y retomó su inspección sobre el texto, saltando caóticamente de un lado a otro, intercalando comentarios literarios que no pude comprender con precisión. Advertí, empero, que conforme progresaba la evaluación, sus observaciones se transformaban en loas.


—La intensidad descriptiva es abrumadora, Maldonado.

Y más adelante.


—¡Qué sutil metáfora de la pasión viril, el tenso ensarte de la correa en el canal de la polea! —vociferaba, para rematar luego— Y de la perversión: una correa, dos poleas.

Rato después, promediando la cuarta copa, ya visiblemente emocionado, con los ojos cargados de lágrimas y señales manifiestas de relajación en la lengua, Roberto Ramiro Ramos dio su veredicto.

—Maldonado: la novela se bubligaaa —dijo al tiempo que golpeaba la mesa con la palma, inclinando el torso hacia delante y mirándome muy de cera, con el rostro apuntando hacia abajo y los ojos apretados hacia arriba.
La novela salió en Abril y vendió solo 27 unidades, luego de descontar los ejemplares devueltos.

—Estamos domando a los lectores —decía Ramos—. Tranquilo —y guiñaba un ojo—. Lo mismo nos pasó con “Tarareos” —agregaba refiriéndose a una novela que, al parecer, tenía la curiosa cualidad de poder leerse en cualquier idioma pese a no contener una sola palabra de ninguno.

Ramos no solo se excusaba sino que me alentaba a escribir una nueva obra.

—El estilo está perfecto, solo habría que agregar algo de trama a la historia ¿Se entiende? Enredos y esas cosas.

En mi segunda novela la trama lo era todo y debo decir que me costó más de lo esperado. “La Grama” narraba los enrevesados detalles del césped del jardín trasero de la vieja casa de mis abuelos paternos, mencionados escrupulosamente, hoja por hoja, esqueje por esqueje. La trama era intensa y, por cierto, muy difícil de describir en todo su detalle sin recurrir a disonantes repeticiones de adverbios de lugar, como “izquierda”, “derecha”, “delante” y “detrás”.

—Vaya, en plan de domar a los lectores, esta obra les dará unos cuantos latigazos en las ancas —dijo Ramos y la publicó.

Ignoro el éxito de la novela porque Ramos nunca reveló los detalles. Cada vez que lo inquiría, me cambiaba el tema con sugerencias acerca de la escritura.

—Tal vez sea conveniente enriquecer un poco el vocabulario, Maldonado. Si tenés que decir “termina”, escribí “culmina”; y anota “se bifurca” o “se desdobla” en lugar del simple “se abre en dos”. Intentá darle más vida a las historias, más poesía más emoción. Te falta consignar el dolor que nos infringe la vida cuando nos cuece en su salsa.

La idea de mi tercera novela era perfecta para conciliar las recomendaciones de Ramos con mi exhaustividad natural. “Verbigracia: La Cebolla” consistía en un mero texto culinario donde cada receta era narrada por alguno de sus ingredientes, por ejemplo: la cebolla.

“Dos mil quinientos cuarenta y cuatro granos de sal llovieron sobre mi cuerpo ardiendo en mi piel, exacerbando hasta lo indecible el tormento de tanta cocción y tanta picadura.” (Cap. III: Bolognesa, pag. 122)


Este trabajo tuvo más aceptación, particularmente en el mundillo literario local, donde unos y otros ya comenzaban a arriesgar nombres para el género.


—Los estamos domando —repetía Ramos mientras me frotaba la espalda con afecto. Pero a juzgar por las profundas diferencias entre mi opera prima y esto otro, yo pensaba que por el contrario, ellos nos estaban domando a nosotros.


Nada sé del éxito comercial de Verbigracia…, pero la novela llegó a merecer una pequeña nota en la sección literaria de un diario importante. Allí, sobre una foto mía ¬—blanco y negro, tres cuartos, perfil derecho— rezaba un título en forma de pregunta “¿Un genio o un idiota?”.


Pero la vida es como el futbol y a veces, cuando mejor se está jugando, nos meten un gol de contragolpe. Agobiada por una crítica situación financiera, Luján de Cuyo debió cerrar sus puertas dos meses y tres días después de “Verbigracia…”. Ramos no pudo resistir el golpe y falleció dos semanas más tarde a causa de una cirrosis.

En cuanto a mi, ya no logré encontrar otro editor. Y pude advertir que la búsqueda hallaba la negativa de un modo mucho más expeditivo que antes: Ahora me despachaban como a un vendedor ambulante apenas miraba tres cuartos hacia la derecha.


Hoy mi psicólogo me hizo comprender que la función terapéutica de mi periplo literario ya ha concluido y que debo retomar mi vida allí donde la he dejado. De modo que volví a casa y aquí estoy, detrás de la puerta que se llevó a Carola. Después de tanto tiempo, el picaporte aún conserva su perfume. Un aroma levísimo que se clava en el centro de mi cráneo y me hace doler el corazón.
Son raras las mujeres. Ya me lo habían dicho.


sábado 23 de julio de 2011

El Plomero





La fachada del viejo caserón se hundía detrás de un jardín frondoso y profundo. Hilario se internó por el sendero de lajas que serpenteaba entre las ramas y ascendía hasta la puerta principal. No había timbre a la vista. Colocó su carpeta debajo de la axila; batió palmas tres veces; se asomó por una ventana entreabierta que aspiraba el día entre colgajos de madreselva. Insistió con un aplauso y esperó.

—¿Quién es? —preguntó una voz de mujer.

—Hablamos ayer. Soy yo, el plomero, Hilario. —respondió el hombre de atrás para delante, revelando en el acento su ascendiente paraguayo.

Ernestina Thomson abrió dos cerraduras y entreabrió la puerta. Lo miró seria por la hendija, luego fingió una sonrisa exagerada de maestra de preescolar y señaló la aldaba en forma de herradura que pendía del pórtico. El plomero la miró confundido de modo que la mujer debió ejecutar un par de “tocs” para mostrar el sencillo mecanismo de llamada.

—Y yo buscando el timbre entre los yuyos —comentó Hilario con muy poca fortuna.

La señora Thomson borró su sonrisa y lo miró un segundo con dureza.

—Sígame —dijo. Se dio vuelta y se internó en la sala.

Detrás del breve zaguán surgió una habitación enorme, deliciosamente decorada. El piso era un espejo de baldosones negros y rosados, alternados como un tablero de ajedrez. Casi todo el mobiliario variaba del negro a diversos tonos de rojos y rosas. Las cortinas, de un blanco vaporoso, filtraban el inquieto juego de luces y sombras que provenía del jardín. Dentro de la sala, la vegetación se continuaba en varios rincones donde unos maceteros antiguos decoraban sendos espacios independientes, amueblados con pequeñas mesas y silloncitos de estilo. Sobre la pared de la izquierda se imponía una escalera ancha de roble lustrado y contra el fondo ascendía un hogar de leña reconvertido a gas.

Segundos después, unos ladridos agudos y crecientes se acercaron a la sala temerariamente. Un pequeño maltés muy blanco y muy peludo irrumpió exaltadísimo dirigiéndose hacia el visitante a toda velocidad. Pasó a su lado y siguió de largo resbalando sobre el porcelanato hasta embestir la pata de una mesa. Intercaló un aullido y siguió ladrando mientras daba la vuelta trabajosamente e intentaba sin suerte reanudar su embestida.

—¡Socrates! —gritó Ernestina— ¡Deja al plomero tranquilo!

La bravata finalizó con una olfateada profunda a los zapatos de Hilario. Luego se dirigió a uno de los sillones, se detuvo frente al mullido tapizado, giró la cabeza y espió a su ama con cara de pedir permiso, moviendo la cola muy veloz y muy cortito.

—¡No! —ordenó Ernestina.

El animalito se escabulló con gran lentitud debajo del sillón haciéndose un ovillo y se mantuvo al asecho espiando al visitante con la trompa debajo de las patas.

El problema de Ernestina era evidente. A un metro de la puerta que daba al sanitario, justo de frente a toda la belleza de la sala, una grisácea mancha de humedad afloraba desde las insondables entrañas del muro.

—Este domingo tengo la reunión del Rotary en casa; vendrán todas las chicas del club. No la puedo suspender ni sería bien visto alquilar un local —Ernestina señaló la mancha y siguió hablando—. Apareció hace tres semanas y desde entonces no he logrado dar con un plomero. Me contacté con cinco de ellos. Tres se apersonaron para ver el trabajo: dos me hablaron de plazos inadmisibles y el tercero me sugirió que oculte la mancha con una mesa o un macetón. ¿Se imagina, una mesa al lado del sanitario? Absurdo… Es como confundir un jardín con un montón de yuyos —deslizó.

Mientras Hilario acariciaba la pared con la palma abierta, Ernestina seguía su perorata.

—Ahora tenemos tres días para romper la pared, y tal vez el piso, vaya uno a saber hasta donde; cambiar el caño, revocar todo, soplar para que se seque y pintar.

—¿Donde está la cocina? —Preguntó Hilario, que parecía no preocuparse por los tiempos.

La señora Thomson condujo a Hilario hasta la cocina, un poco más tranquila luego de percibir la inmutabilidad del hombrecillo.

—Marita Balcarce me dio su número y me dijo que usted es mágico. No sé a qué se referiría, pero ciertamente va a tener que serlo para arreglar esto en tiempo y forma.

Mientras el plomero iba y venía siguiendo senderos invisibles en las paredes y el piso, Ernestina describía la concurrencia del domingo, enumerando una lista de nombres de mujer y apellidos de próceres de la independencia.

—No se preocupe señora —dijo Hilario interrumpiendo el rezongo de Ernestina—; esto lo arreglamos en un rato y no será necesario romper nada. Necesito un ventilador, un caloventor o algún artefacto que sople mucho aire, y de ser posible, caliente.

—Creo que tengo uno en “el cuartito” —recordó Ernestina derrumbando su discurso desde Saavedras y Zorrillas hasta el desván de la casa—. Pero ¿Lo va arreglar ahora, así, sin más herramientas que esa carpeta? —agregó espiando lo que parecía ser una carpeta negra debajo de su brazo.

—No es una carpeta, señora, son mis herramientas —respondió el plomero sacudiendo lo que en realidad era una caja negra plana y metálica repleta de objetos.

—Vaya. No imagino lo que lleva allí.

—Es mi equipo de magia —respondió Hilario con una sonrisa levísima.

El hombre colocó el caloventor frente a la mancha de humedad y lo puso en marcha.

Ernestina miraba y formulaba todo tipo de preguntas.

—Mientras yo reparo el caño, tenemos que ir secando la pared. La humedad es muy reciente y la pintura siquiera se ha ampollado. Cuando la pared se seque quedará como antes de mojarse, impecable.

—Pero ¿Cómo piensa reparar el caño sin romper la pared?

Hilario no respondió. Solo agregó.

—Ahora me voy a encerrar en el baño. Nadie, por ninguna razón debe entrar al baño mientras yo estoy trabajando ¿Comprende? Esto es muy importante. Si alguien entra, yo me voy y no reparo nada.

—Pero ¿qué va a hacer?

—La gracia de los magos es no revelar los trucos —dijo Hilario sonriendo. Y dicho esto, entró al baño y entornó la puerta casi completamente, de modo que no era posible mirar hacia adentro.

Ernestina Thomson se quedó inmóvil junto a la puerta entrecerrada. Por un momento sintió miedo. ¿Quién era este desconocido atrincherado en su baño? ¿Por qué no podía verse lo que estaba haciendo? Enseguida comprendió que no había nada de valor que defender allí, y que no era razonable imaginar al sujeto huyendo por la claraboya con las toallas y los jabones.

Ernestina se recluyó en la cocina y por un fugaz instante extrañó la presencia de un hombre en la casa. La mujer siempre había vivido sola, desde que sus padres resolvieron radicarse en Londres y ella prefirió quedarse, movida por un temor a migrar más que por su amor a Buenos Aires. Se quedó sola con ese caserón en Olivos y un puñado de propiedades que le permitían vivir de las rentas con todas las comodidades que exigía su alcurnia. En los tiempos de la vehemencia juvenil, cuando el futuro aun prefiguraba una familia y unos niños correteando bajo el sol, había convivido con dos o tres parejas sucesivas y fugaces, pero nada había funcionado. Y por más que se afanaran, ninguna de sus eternas amigas de la infancia le había arrancado jamás una explicación clara respecto de las causas de las sucesivas rupturas. Ahora, ya cerca de los 45 años de edad, había resignado la familia y la maternidad, aunque aun se mostraba sensual y atractiva ante la vista masculina. En su entorno social, la señora Thomson era el partido perfecto para una casta de sesentones inútiles, que habían nacido ricos por obra y gracia de la providencia y que luego de una vida de desórdenes y juerga continuada, debían sentar cabeza para afrontar el cercano trámite de la vejez. Paciente y meticulosamente, Ernestina los desestimaba, uno a uno, apenas se insinuaban las intenciones de su grupo de amigas.

Hilario abrió su extraño maletín sobre la tabla del retrete. Allí dentro podía verse un equipo de herramientas parecidas a las de un relojero o un dentista, delgadas y alargadas, con su parte funcional en una de las puntas. El cuerpo de las herramientas no era una varilla rígida sino un resorte fino y apretado que permitía curvarlas hacia uno y otro lado.

Con mucho cuidado, Hilario removió la canilla de agua fría de la ducha hasta dejar libre la boca del caño que se internaba en la pared. Comprobó que la instalación era de hierro galvanizado. En virtud de ello, seleccionó algunas herramientas de su maletín y las fue enhebrando por el caño una tras otra. Luego se quitó toda la ropa, introdujo el índice derecho en el agujero y comenzó a empujar suavemente hacia adentro. A los pocos segundos, toda su mano se perdía dentro de la pared. Con monstruosa naturalidad, Hilario siguió empujando, y sin mayor esfuerzo, su cuerpo se fue licuando hasta la textura de una pasta cremosa, insertándose en el caño con facilidad. De este modo introdujo todo su brazo, luego la cabeza, el otro brazo, el torso completo y ambas piernas hasta la altura de los gemelos. Allí se detuvo.

Dentro de la tubería, Hilario reptó como una lombriz hasta hallar la zona crítica. Provisto de una delgada linterna pudo ver el desperfecto con facilidad. En las construcciones antiguas, las paredes muchas veces sufren deformaciones imperceptibles y cruciales. Este era el caso aquí, donde un duro grumo de cemento había aplastado el caño hacía mucho tiempo. Después, debido a la humedad que se filtra por los túneles dejados por décadas de insectos, el punto de contacto entre la abolladura y el cemento se había corroído hasta perforarse completamente. Hilario conformó pulgar e índice para sujetar una piedra abrasiva parecida al torno de un dentista con la que comenzó a raer el nudo de cemento desde el agujero del caño. Una vez que hubo liberado el material que aplastaba el caño desde fuera, se abultó con fuerza y comenzó a desplazarse hacia delante y hacia atrás dentro del caño hasta estirarlo hacia fuera devolviéndole su diámetro original. Ahora restaba limpiar la corrosión y sellar con masilla la obturación. Los movimientos de Hilario dentro de la tubería eran automáticos, hábiles e indescriptibles. Según lo necesitara, configuraba una u otra parte de su anatomía, pero de un modo abstruso, reñido con toda cristiandad.

Desde recónditos lugares de la casa llegaba el gorgoteo de múltiples cursos de agua que discurrían por otros caños de la tubería. Como en un ensueño, vino a su memoria el ancho río marrón de su niñez, y las salidas de pesca con el tío Herme en el pequeño bote que medraba cerca de la orilla, debajo de un techo exuberante de ramas retorcidas que pendían hasta lamer la correntada. Y atrapado en los meandros de la tubería, envuelto en un concierto fantasmal de reverberaciones acuosas, Hilario sintió la más absoluta soledad. Añoró su temprana pasión por el gran Houdini y el mundo de la magia. Recordó sus primeras secretas experiencias de metamorfosis, cuando en su mundo de troncos y redes de pesca diseñaba los más descabellados escapismos. Tiempo después, su padre lo trajo a Buenos Aires como peón de albañil, pero él planeaba, secretamente, descollar en el mundo de la magia. No tardó en comprender que la Metrópoli absurda, demandaba muchos más plomeros y gasistas que magos y saltimbanquis.

La voz lejana de Ernestina lo sacó su ensueño.

—¿Le voy preparando un cafecito?

Si bien los ruidos dentro de la pared fueron tranquilizando a la mujer porque entregaban algo parecido a lo esperado; Ernestina no dejaba de sentir cierta inquietud ante tanto misterio.

—Si señora, cuando termine aquí le voy a aceptar uno.

Ernestina se sobresaltó. La voz del plomero, deformada y espectral, provenía directamente de la canilla de la cocina.

La mujer salió al pasillo, giró despacio hasta la sala y el corazón le dio un vuelco. La puerta del baño se hallaba completamente abierta. Desde allí podía verse el curioso maletín abierto sobre la tapa del retrete y los cuartos traseros de Sócrates, con la cola tiesa y medio cuerpo oculto en dirección a la ducha. En ese momento, Ernestina entró al baño.

La visión duró un instante. Apretujadas contra el agujero del grifo, las piernas de Hilario se afinaban abruptamente hasta perderse dentro de la pared, dejando fuera media pierna y ambos pies, con un leve y esporádico movimiento de pulgares. La señora Thomson perdió el conocimiento.

Despertó cerca del anochecer, recostada en el sillón de la sala. Hilario había trabajado duro hasta terminar, se había deslizado hacia fuera y la había hallado inconciente tirada en el baño. Ahora estaba apantallándola con una revista y una sonrisa.

—No me hizo caso. Le dije que no entrara por ningún motivo. Pero no podré cumplir con mi amenaza de marcharme sin reparar la pérdida porque el trabajo ya está listo.

Minutos más tarde, sentados en la cocina frente a un café y un bizcochuelo, Hilario contaba su historia confesando el inesperado secreto de su magia. Afuera retumbaban los truenos de una tormenta en ciernes.

Conversaron largamente. Hilario narró sus inicios, cuando descubrió su rara habilidad y relató un millón de anécdotas de su vida dentro de las tuberías. Describió sus movimientos, sus destrezas, la manera como se deslizaba reptando con suavidad o hinchándose para fregar con fuerza, o desdoblándose para avanzar por dos ramales a la vez. Ernestina comenzaba a verlo primero con normalidad y luego con interés. Este hombrecillo era un sujeto realmente curioso. Pero evitaba a su vez explayarse sobre su vida, más allá del problema del caño, la mancha en la pared y las amigas del Rotary.

Afuera llovía copiosamente.

Finalmente, Hilario notó que Ernestina ya no contestaba. Solo escuchaba sus historias y viajaba con el pensamiento.

—Debo irme —dijo.

—Sí, por supuesto.

La señora Thomson se incorporó pisando la cola de Sócrates que profirió un aullido corto y estridente. Se agachó para mimarlo a modo de disculpa y con un movimiento torpe tiró al suelo su taza y su plato. Hilario la ayudó a recoger los tiestos minimizando el episodio, mientras Sócrates huía a toda velocidad.

Avanzaron hacia la puerta de calle. Ella aceleró para tomar la delantera. Se detuvo un instante con cierta agitación. Desde hacía largo rato, su cabeza bullía con un vértigo febril, en cierto modo alimentado por las historias de Hilario; un vértigo que le calentaba las mejillas y le aceleraba el corazón. Abrió la puerta y observó la cortina de agua que descendía al final del alero. La calle era un río oscuro y torrentoso y el cielo negro se encendía y se apagaba al tiempo que estallaba en bramidos estentóreos.

La señora Thomson giró y quedaron enfrentados, muy cerca. Ella lo miró a los ojos.

—No se va a ir con esta lluvia, Hilario —sugirió. Luego le espió la boca y volvió a sus ojos, lentamente.

—Quédese a pasar la noche — dijo. Y sin dejar de mirarlo, cerró la puerta.