sábado, 18 de mayo de 2013

Traducción al Frances

 
 
Agradezco a Jean-Claude Parat por su interés en traducir y publicar mi relato "El enigma del bar de los viejos y los gatos", que viera la luz en Axxón 226 en enero del 2012.
La publicación en francés está aquí
Esta es mi primera publicación fuera del español, y es bastante más de lo que pensé que ocurriría  cuando abandoné los cuadernos y abrí este blog para escribir mis borradores.

domingo, 17 de febrero de 2013

Buenos Aires bajo el río



Este cuento fue publicado por AXXON el 11 de febrero de 2013. Consta de cuatro capítulos. Se brinda aquí el primero. Para la lectura completa puedes dirigirte a
donde te recomendamos además cliquear sobre las imágenes y observar en tamaño natural las maravillosas ilustraciones de Guillermo Vidal.
 
 
1. Elvira

Pisar el agua no es, en sí, desagradable; pero sí lo es despertarse, desperezarse, sentarse
en la cama y pisar el agua. Un agua que sube hasta los tobillos; un agua que no debiera estar allí; un agua marrón con basuritas en el lomo que hace olitas contra la pared y va dejando la marca, y sube y baja brevemente sobre la pierna y va ganando piel seca, carcomiéndola con ese frío de todas las aguas, y sobre todo de las que se acometen al despertar, al pie de la cama, inesperadamente. Un frío que de alguna manera profundiza y gana el hueso, subiendo por la tibia y el peroné hasta producirle a uno escalofríos en la espalda. 

Así me encontró aquella mañana; temblando de frío en pleno verano, con una confusión absoluta, atascado entre  el sueño y la vigilia, con los pies hundidos y unos vestigios oníricos que escapaban dejando esa sensación que nunca alcanza para reconstruir el sueño.

Reagrupé las naves, piernas arriba, y me quedé en la cama mirando el inhóspito paisaje de la habitación, inundada con diez centímetros de un agua marrón en todas partes; porque el agua nunca inunda la mitad del piso, se lo come íntegro la desgraciada, y moja todo a su paso. Moja y ensucia. Su naturaleza invasiva  ya había tomado la parte baja del placard, los zapatos, los bolsos, el cajón inferior de la mesa de luz y todas las cosas que moran debajo de la cama.

Hay que decir que las inundaciones son muy raras en un departamento de segundo piso, y siempre es difícil conjeturar acerca de las causas. ¿Un caño muy roto en el departamento nueve?, ¿una gotera tipo “chorrito”? Pero ¿por qué no se había escurrido el agua por la hendija de la puerta y, de allí, escaleras abajo? ¿Se habría obturado la puerta con algún trapo?

Sin salir de la cama, configuré una tesis acerca de la sarta de enseres estropeados en el resto de la casa. Cuando cerré los ojos para imaginar el desastre, el agua enloqueció. Súbitamente, el nivel subió medio metro más empapando la cama íntegra y toda mi humanidad, que abandonó la sosegada estimación de los daños para pegar un salto por puro instinto de supervivencia. El agua bajó hasta abandonar la habitación y volvió a subir en una suerte de oleaje que derribaba definitivamente la hipótesis del chorrito.

Salí de la habitación con ese paso teatral que se da evitando el agua cuando se ingresa en el mar; atravesé el comedor y levanté la persiana principal. Embistiéndome de frente, un cuadro dantesco me dio en los ojos: el agua inundaba el barrio entero hasta donde llegaba la vista, seis o siete metros por sobre el nivel de la calle. Los edificios asomaban como juncos en medio de un pantano y las casas desaparecían debajo de la sopa, dejando su impronta en un afloramiento de tanques y antenas distribuidos sin diseño. La superficie del agua rebanaba por igual la copa de los árboles, los postes de luz y las marquesinas más altas. Los cables de electricidad besaban el agua en el vértice de su catenaria, se elevaban hacia los postes y se abrazaban a los bornes con desesperación. Sobre los techos de los edificios, bandadas de palomas despegaban de tanto en tanto, efectuaban un vuelo circular y volvían al mismo techo con los picos vacíos y los nidos gimientes. Salí al balcón y me asomé a ambos lados para contemplar el paisaje de la calle inundada hasta el horizonte y por un momento sentí la belleza del desastre como un estremecimiento en algún rincón del alma. El amanecer era una gelatina gris que lo empastaba todo. Algunas caras en el edificio de enfrente eran un espejo de la mía. No había luz ni gas ni teléfono. La ciudad estaba muerta y su cadáver conservaba, como pulgas en el cuero de un perro agonizante, a un puñado de personas aturdidas que se preguntaban qué había ocurrido; un puñado de individuos solitarios que acababan de quedarse sin la rutina de la mañana.

En medio del cuadro, un sujeto en una lancha dobló la esquina y avanzó despacio parando en todas las ventanas (que ahora eran puertas al abismo) preguntando a viva voz:

—¿Necesita algo, doña? ¿Todo bien, abuelo?

Desde uno de los edificios de enfrente, un hombre le hizo señas. La lancha se acercó, solícita, y luego de varios minutos de ajetreo, bamboleo y más oleaje, un joven y una señora mayor subieron a bordo y la lancha se marchó remontando la avenida hacia el oeste. Detrás de la lancha, el pequeño oleaje de la estela removió cosas de las profundidades y, para mi gran sobresalto, un cuerpo surgió desde abajo justo frente a mi balcón y quedó flotando allí, a escasos metros de donde me encontraba. Era el cuerpo de una mujer obesa y blanca, que se mecía boca abajo, con el cabello lacio y negro que enseguida formó un abanico entorno a su cabeza. Tenía las piernas surcadas por várices de varios colores, que el movimiento del agua vestía y desvestía conforme bailoteaba su pollera. El cuerpo giró lentamente siguiendo el curso de una correntada casi imperceptible, ganó el centro de la calle y continuó desplazándose en dirección al centro. Creo que recién entonces, todos los que estábamos mirando comenzamos a tomar conciencia de las consecuencias del desastre.

La inundación había cubierto todas las casas y todos los departamentos de la planta baja y el primer piso. ¿Cuánta gente habitaba en ese estrato? ¿Dónde estaban todos ellos? ¿Cuán repentinamente había ocurrido aquello que ningún griterío de migración masiva me había despertado por la noche? ¿Qué habría sucedido con la parejita de abajo? ¿Y con la señora de los nenes chiquitos? Conforme preguntaba, la muerte se acercaba a las respuestas y las rondaba con ese permiso que otorga la ignorancia. Muchos no habrían podido salir a tiempo, muchos habrían quedado atrapados en la masacre del parque automotor. Muchos muertos, muchos cuerpos, y un agua de río que se iría pudriendo con los días.

Abandoné la ventana balcón. Inspeccioné la casa en una recorrida desgarbada y por fin me dirigí a la puerta. Salí al pasillo común del edificio, chapoteé hasta la escalera. Cierto escalofrío me sacudió la nuca al ver que el tramo de bajada había desaparecido por completo debajo del agua turbia. Enfilé hacia arriba. Sentí un alivio al pisar el suelo seco. Un aire de normalidad invadía el pasillo del tercer piso, con su cantero y su ventana angosta y alta de vidrios esmerilados, y su luz suave que traía ese brillo acogedor de las mañanas. Dudé un instante y llamé a la puerta del departamento nueve. Allí vivía Elvira, una señora mayor, muy amable, con la que realmente no tenía mucho trato. Confiaba que ahora la desventura nos acercaría. Luego de unos minutos, se escuchó su voz cascada detrás de la puerta.

—¿Quién es?

—Soy yo, Elvira. Fernando, del cinco.

—Ah, Fernando —dijo la mujer sintonizando lentamente en la memoria—. Sí, Fernando, esperame un minutito que ya te abro ¿eh? —y pasaron varios minutos más hasta que la llave comenzó a crujir al otro lado de la puerta.

Elvira tenía una bata de cama que le llegaba hasta los pies, el cabello muy blanco insuficientemente conjurado con un hormigueo de hebillas muy negras y el rostro más avejentado que de costumbre.

—Hola, Fernando. Qué temprano que te levantaste hoy. Parece que no tenemos luz.

Enseguida entendí que la anciana ignoraba por completo lo que estaba ocurriendo. Su vida estaba a punto de cambiar radicalmente, de dar un paso grande hacia el infierno, y yo era el emisario del demonio.

—Pasá, pasá, nene. No anda la luz. Sentate un minutito que voy a levantar las persianas —dijo. Y luego de semblantearme de cuerpo entero, agregó—¿Qué te pusiste? ¿Te viniste en calzoncillos?

Me quedé como un estúpido, parado en medio del comedor sin decidir si hablar o sentarme a esperar que la mujer levantara la persiana y el desastre se mostrara por sí solo; y todo eso mientras comprobaba que, efectivamente, con semejante mañanita me había olvidado ese detalle de vestirme antes de salir. Finalmente no hice nada. Al momento estaba Elvira petrificada frente a la ventana, muda, con los ojos muy abiertos y los labios en leve “o”, viendo como el Río de la Plata discurría mansamente frente a su departamento de Avenida Rivadavia, entre Floresta y Flores. A continuación, comenzó a invocar en voz baja a una legión de santos y vírgenes que iban cambiando de nombre conforme viraba la vista de aquí para allá.

Abajo, en el río, dos chicos muy pequeños flotaban dentro de una piletita inflable muy cerca de unos cuerpos dislocados que ya empezaban a nutrir la superficie. El más grande tenía unos siete u ocho años y trataba de impulsar la improvisada barcaza hacia delante, desde el centro hacia el oeste suburbano. El más chico estaba recostado, con su manito cacheteando el agua, dotado de una alegría patética. Alguien los señaló desde el edificio de enfrente. Se armó un pequeño alboroto y finalmente un hombre mayor, corpulento y al parecer bastante atlético se zambulló de cabeza y salió a nado a cazar a los pibes. Al rato, ya estaban los niños envueltos en sendos toallones, observando la calle desde una ventana.

La vieja, que estaba absorta mirando todo como si fuera la novela de las tres de la tarde, volvió en sí despacio y se metió adentro.

—¿Qué pasó, nene? —preguntó.

—Parece que se inundó la ciudad, Elvira —respondí.

—Ah… ¡Qué barbaridad!

—Terrible.

Elvira se quedó un rato más mirando por la ventana mientras yo me preguntaba por qué razón las personas dialogamos aún cuando no tenemos nada que decirnos, y reflexionaba sobre el modo en que esta práctica irreprimible suele pauperizar la calidad del discurso resultante hasta los límites de la estupidez.

—Y parece que va a seguir lloviendo —agregó, ahora mirando el cielo con las manos en la cintura. Evidentemente, Elvira había abrazado una teoría equivocada respecto a la causa del desastre. Resultaba claro que la subida de nivel del río debía continuarse en el mar porque de lo contrario no había forma de explicar unas aguas tan mansas, casi sin corrientes definidas. Esta inundación debía ser algún tipo de catástrofe mayúscula. Pero no me pareció pertinente corregir a la anciana cuando me hallaba en su casa, con la vida hecha añicos y la osamenta en calzoncillos, mojados, además, y obstinadamente adheridos a las cosas que hay debajo.

Tomé de la mano a Elvira y la conduje hacia una poltrona vieja que estaba justo frente al televisor.

—Venga, siéntese un minuto —le dije, mientras giraba el sillón hacia la mesa ratona. Me senté frente a ella y me incliné hacia delante para hablar.

—Lo que ha ocurrido es una terrible desgracia, Elvira. A juzgar por lo que veo, Buenos Aires íntegra se ha inundado. Tal vez millones de personas hayan resultado afectadas. Tiene que haber muchos muertos. Ya ha visto usted algunos cadáveres flotando en el río. Esto es un desastre sin parangón. No sé qué harán las autoridades al respecto, pero es seguro que sin ayuda no vamos a poder salir de aquí. Y es muy posible que la ayuda tarde en llegar porque los afectados son muchos.

— ¿Y el gastroenterólogo? —interrumpió—. Yo esta tarde tenía turno con el gastroenterólogo. ¿Cómo voy a hacer ahora para ir hasta allá? Con tanta agua no debe haber colectivos. ¿Sabés? —dijo, bajando la voz—. Hace varios días que no voy de cuerpo. El me da unas pastillitas para el tránsito intestinal que son muy buenas. Son unas pastillitas amarillas que tengo que tomar después de las comidas. Ahora no sé que voy a hacer, porque las pastillas se me acabaron hace tres días y necesito la receta del doctor. Sin receta no te las venden. Al menos el de la farmacia de acá no te las vende —negó con el índice—. Anoche me tuve que tomar algo porque no daba más. Me sentía hinchada como un sapo y no me podía mover. Además, si pasa mucho tiempo, después se te hace un bolo fecal y tenés que ir a que te lo saquen. Una vez me pasó.

Elvira hablaba lento y con ese acento de película de Enrique Muiño de la década del ‘50. Siseaba un poco debido a las ausencias dentales. Debía tener ya más de ochenta años y su edad se hacía evidente en su discurso, en los colgajos de su antebrazo, en la crispación de sus falanges, en las manchas de las manos y en los innumerables pliegues de su rostro.

Me rasqué la cabeza mientras progresaba su parsimoniosa descripción del procedimiento de extracción del bolo fecal, al tiempo que detrás de ella, el ventanal mostraba el tránsito de una curiosa embarcación improvisada con una caja de camioneta o algo así. Estaba repleta de enceres embalados en bolsas de nylon, algunos muebles, un colchón enroscado y cuatro o cinco muchachos que trataban de hacerla progresar en medio de un griterío de indicaciones cruzadas, imperativas, monosilábicas, y plagadas de insultos utilizados como muletilla.

—Escúcheme un poco, Elvira —resolví interrumpirla—. El gastroenterólogo debe estar tanto o más inundado que nosotros, si es que no se ahogó —la vieja se persignó y musitó una plegaria breve—. La farmacia está bajo el agua y debe ser muy difícil conseguir medicamentos en medio de este desastre. Yo le aconsejo que no se preocupe ahora por su constipación porque no sabemos qué vamos a comer cuando se nos acabe lo que tenemos, ni qué agua vamos a tomar cuando se vacíen los tanques del edificio. Yo, personalmente, no tengo siquiera dónde dormir, porque cada vez que pasa un bote, el oleaje hace subir el agua hasta acá —indiqué unos ochenta centímetros con la mano—. Justamente por eso la vengo a molestar. Quería pedirle refugio por unos días hasta que vea qué hago.

Largos segundos después Elvira dio señales de entendimiento.

—¿Vos decís, quedarte acá?

—No tengo dónde dormir. Es por unos días, nada más. Toda mi familia está en Misiones, mis compañeros de la carpintería no sé cómo estarán, supongo que tan desesperados como yo. El taller se inundó, seguro que se inundó. En fin, Elvira, mi única salida es encontrar ayuda aquí en el edificio; y como usted vive sola, pensé que no tendría inconvenientes. Además, puedo ayudarla con todo lo que habrá que hacer dada la situación.

La anciana se quedó muda, imaginando, tal vez, las instancias de su convivencia conmigo. Cuando rompió el silencio dijo:

—¿Y vas a andar así, en calzoncillos?

Bajé la cabeza y me miré la prenda.

—No, no. Esto es una eventualidad. Tuve que saltar de la cama porque el agua la tapó íntegra. Imagínese, cuando vi lo que había pasado, salí al pasillo sin darme cuenta de nada.

—Yo vivo sola desde hace veintidós años, cuando falleció Francisco. Veintidós años y cuatro meses ya. Él tuvo un tumor en la garganta que lo fulminó en dos semanas. Fumaba mucho. Yo le decía: “Francisco, no fumes más que el cigarrillo te va a matar” pero él siempre contestaba: “Morir, nos vamos a morir todos; pero es mejor morir después de haber vivido”. Y seguía fumando. Hasta que se murió nomás. Porque no me hizo caso… Veintidós años hace ya… Veintidós años y cuatro meses.

Elvira recordaba con la mirada incrustada en medio del aire como si una pantalla invisible proyectara ante sus ojos imágenes lejanas de su vida pasada. Finalmente, me miró.

—Y ahora vos me decís de venirte acá. No sé. Creo que no me acostumbraría.

—Mire, usted no tiene que acostumbrarse a nada porque van a ser unos días nada más —mentí—. Pero, además, para usted va a ser imprescindible que alguien la ayude. Piense en esto: se le acaba la comida en la heladera ¿qué hace? La feria no va a estar más, porque la armaban en la calle; el supermercadito está inundado y con toda la mercadería arruinada; lo mismo la carnicería. ¿Entiende? Usted sola no podría siquiera conseguir algo para poner en la heladera.

—Ah… ¿Y vos cómo vas a hacer?

Y yo no tenía la menor idea, maldita sea. Mi único objetivo era convencer a la vieja para que me tirara un colchón; recalar en algún sitio decente hasta ordenar las ideas. Y más allá de los problemas de abastecimiento, el departamento de Elvira estaba intacto, sequito, precioso.

—Voy a tener que conseguir algo que flote y remontar Rivadavia para el lado de Liniers. En algún momento tienen que aparecer zonas secas, con negocios y todo —yo estaba pensando mientras hablaba—. Con tal de que podamos conseguir un poco de carne y verdura…

—Fijate que esté linda.

—…y agua también. Se pueden traer bidones para el consumo y tratar de usar el agua del río para todo lo demás…

—Yo tomo la de “Manantiales de Mendoza” porque las otras me secan de vientre.

—Además, vamos a tener que ver qué hacemos con el sanitario, porque es seguro que el sistema de cloacas ya no funciona. Seguramente el inodoro no se va a poder usar…

—Bah. Yo ya casi no lo uso.

Hice un silencio largo para ir cerrando la idea.

—Son muchas cosas, Elvira, y usted no va a poder sola con todo. Pero no se preocupe porque aquí estaré yo para ayudarla y a usted no le va a faltar nada.

—Gracias, Fernando. Es una suerte que estés vos; yo no sé cómo haría.

—Lo único que necesito es un lugarcito para tirar un colchón. ¿Qué hay en esa habitación?

El departamento tenía un ambiente principal y dos habitaciones más. En una de ellas dormía la anciana. Yo preguntaba por la otra. Abrí la puerta con cuidado hasta que la sentí chocar contra algo, al otro lado. La habitación estaba repleta de muebles viejos cubiertos de polvo. Dos mesas grandes y una selva de sillas y sillones invertidos apoyados sobre ellas, todo en roble lustrado. Atrás asomaba un aparador en el mismo estilo y varios muebles más, amontonados aquí y allá de un modo tan abigarrado que resultaba difícil ingresar al recinto

—Son los muebles de la casa de mamá —dijo Elvira—. Cuando falleció tuvimos que vender la casa y ¿qué íbamos a hacer con estos muebles tan finos? Los trajimos para acá. Me acuerdo lo que nos costó subirlos. Cómo protestaba Francisco… Pero no los íbamos a tirar, si son carísimos.

Yo me di la vuelta y comencé a buscar un sitio en el comedor.

—Si corremos un poco este sillón, aquí cabe un colchón perfectamente, Elvira. Durante el día lo sacamos y lo escondemos en la habitación de los muebles. ¿Qué le parece?

La vieja hizo silencio y miró con cara de asco el sitio de la idea.

—Entonces vos decís quedarte acá —preguntó afirmando.

—Es lo mejor para los dos.

Elvira se dio vuelta y se marchó a la cocina.

—No desayunamos nada. ¿Querés unos mates?

—Me encantaría.

Dejé a Elvira preparando el mate y me fui al departamento a vestirme, y a traer algunas cosas, incluyendo ropa, un colchón enrollado que guardaba en la parte superior del placard y todos mis ahorros.

Cuando regresé, me encontré a Elvira realmente preocupada, los ojos grandes y las cejas hasta el cielo.

—¿Cómo voy a calentar el agua, nene, si no hay gas?

Conforme comenzaba a ejecutar su rutina, Elvira descubría la real magnitud del problema.

—¡Tiene razón! Pero no se preocupe, podemos improvisar una parrilla en el balcón. Algo así como una cocina a leña.

Elvira dudó.

—¿Y de dónde vamos a sacar la leña?

En su mente aturdida, las carencias comenzaban a aflorar de una en una, como cachetadas de una realidad que empezaba a pegarle en la cara, y esto era suficiente para saturar su capacidad de adaptación. Por un momento imaginé que el imperativo de armar una vida nueva a los ochenta años debía ser como si a uno lo abandonaran en la Luna.

Yo miré de soslayo la habitación de los muebles viejos.

—No se preocupe, Elvira —le dije—. Leña conseguimos.

 

Hacia media mañana, algunas embarcaciones comenzaron a recorrer las aguas de la avenida Rivadavia. Era un espectáculo curioso verlas allí. Pequeños botes y veleros, seguramente desbaratados en los puertos luego de la crecida, habían sido capturados y rápidamente domesticados por individuos de la más diversa calaña, ignorantes hasta entonces de sus habilidades para la piratería de pequeña escala.

Desde la mañana del primer día hasta dos semanas después de la inundación, helicópteros y aviones recorrieron los cielos de la ciudad emitiendo por altoparlantes diversos comunicados a la población. La recomendación, en resumidas cuentas, era no autoevacuarse y esperar a las cuadrillas de socorro. Durante ese mismo lapso, embarcaciones de la Prefectura y otras tantas menos oficiales transitaron la avenida instando a la gente a abandonar sus hogares y a marchar hacia tierra firme. En este punto, debo decir que no me fue posible sacar a Elvira de allí. La vieja no quería irse y al segundo día de discusiones se metió en la cama aduciendo todo tipo de dolencias improbables que sus mismas actividades contradecían a poco de haber sido esgrimidas.

La mayoría de la gente quiso huir y se marchó con las cuadrillas de salvataje. Pero muchos permanecieron en sus casas y, con el correr de los días, una lenta y progresiva actividad comenzó a enhebrarse entre los despojos de la Buenos Aires sumergida.

Hacia la tercera semana las cuadrillas cejaron, los helicópteros y aviones abandonaron sus esfuerzos y nada más fue visto en el aire hasta tiempo después, cuando otros objetos más extraños comenzaron a surcar los cielos con frecuencia creciente.

lunes, 18 de junio de 2012

Una escena en Gödelia



—Estamos llegando a reemplazar un oso por un perro —dijo el sujeto, y azuzó a la yunta de caballos.
Como en casi todo el trayecto, la frase carecía de sentido.
—Eso es bueno, los perros son más mansitos —comenté para no dejarlo tan solo en su delirio.
El hombre me volvió a mirar de reojo, conjuró un leve gesto de fastidio y aclaró.
—“Reemplazar un oso por un perro” es el nombre del pueblo al que estamos llegando.
Siempre había que tomarse unos segundos para interpretar lo que decía. Su discurso, sintácticamente impecable tenía sin embargo una semántica enrevesada y muchas veces ininteligible.
—Vaya nombre para un pueblo —dije, y me quedé buscando el caserío entre el devenir de las lomadas.
—Es el nombre más común del mundo. Es como llamar Rubia a una rubia o Negro a un negro.
Hablaba mirando la lejanía mientras guiaba el tiro de la carreta.
—En “Reemplazar un oso por un perro”, la gente se pasa la vida reemplazando un oso por un perro. No podría, entonces, existir un nombre más común para este pueblo.
Algo enrarecía la frase una vez más. ¿Se pasan la vida reemplazando osos por perros o un único oso por un único perro? Lo primero tenía más sentido, pero en el fondo, la frase decía lo segundo.
—Con esa práctica, ya no deben quedar osos en la región —arriesgué.
—Nunca ha habido osos por aquí.
Creo que el sujeto realmente ignoraba que estas acotaciones me dejaban sumido en una crispación del intelecto que oscilaba entre el intento de resolver el enigma y la duda acerca de su inescrutable cordura.
Resolví dejar de lado la actitud timorata de quien supone que no está entendiendo lo evidente, para impactar de plano con la lógica de Aristóteles.
—Si nunca ha habido osos —lo increpé— ¿Cómo es que se pasan la vida reemplazándolos por perros?
El hombre detuvo la yunta, se acomodó en el banquillo apuntando hacia mi humanidad y me miró directamente a los ojos.
—Reemplazar “un oso” por “un perro” en “Reemplazar un oso por un perro” es igual que “Reemplazar un perro por un perro”. Y no necesitamos osos para eso ¿verdad?
Por varios minutos permanecí absorto tratando de elucidar el acertijo.
Ahora la carreta se había detenido en un cruce de caminos. Una flecha a la derecha rezaba “Reemplazar un oso por un perro, 10 Km”.
Entretanto, el acertijo no cedía. Yo negué con la cabeza y expresé por lo bajo
—Eso nunca nadie lo entenderá.
El sujeto meneó a su vez la suya y remató por lo bajo
—“Nunca nadie” es “a veces alguien”. Pero, ciertamente, no será usted. ¡Arre!
Los caballos aceleraron como despertando de un ensueño y la carreta siguió de largo ignorando el cruce.
—¿No vamos a pasar por el pueblo?
—Olvídelo. No tiene caso.

sábado, 19 de noviembre de 2011

La Niña sin Sueños


A Mechita le encantaba mirar el lago, sentada en la piedra grande con los pies descalzos acariciando el agua. Jugaba a salpicar a los patos que se deslizaban como por arte de magia, remando con sus patitas invisibles hundidas en el agua. De pronto alguno sumergía la cabeza, de pronto otro, más allá. Y la niña sonreía. Siempre sonreía.

A su lado, Canica había traído un hueso y rascaba la tierra con sus pezuñas embarradas. Más atrás, Capota lo miraba con ganas de jugar. Los perros siempre estaban jugando. Se trenzaban en una lucha falsa de morderse trompa contra trompa. Mechita sabía que era falsa porque jugaban sonriendo; y muchas veces se sumaba a revolcarse con ellos.

Mamá Samanta miraba la escena con una sonrisa triste desde la ventana de la cocina.

Amarrados a un pequeño muelle, un par de botecitos despintados bailoteaban con el oleaje de la orilla. Hacia la derecha, el lago se afinaba hasta llegar a su afluente que se perdía entre un bosque de olivos silvestres; hacia la izquierda, desaguaba por un cauce empinado que el agua había excavado en la ladera, para seguir su curso hasta el valle. Sobre el desagüe empinado cruzaba un puentecito de madera y unos metros más abajo funcionaba una vieja turbina hidráulica que generaba algo de electricidad para el consumo doméstico.

Mechita había dejado de jugar y avanzaba hacia la casa con un perro bajo el brazo.

—Mamá, se apagó Capota.
La madre se secó las manos en el delantal.
—Ay, Mechi, no puedes tener a los animales encendidos todo el día
—Los patos nunca se apagan —dijo la niña.
—Los patos se recargan solos, hija. Se estacionan en la correntada y se recargan con una ruedita que tienen en la panza.
La niña se dio vuelta y se quedó perpleja, mirando los patos a lo lejos, con la boca entreabierta.
Samanta abrió un puertita disimulada en el peludo lomo de Capota y extrajo un cable fino y largo que enchufó a la pared.
—Vamos a darle una recarga y con un poco de suerte, quizá nos aparezca también una actualización.
—¿Puedo llevarme a Pimpi? —preguntó la niña.
—Sí. Llámalo fuerte para que se encienda y venga.
—¡Pimpi! ¡Pimpi! ¡Vamos a jugar!
El gato gordo y gris salió de la habitación de la niña con un andar pesado y somnoliento. Canica movió la cola y los tres salieron al parque.
—No te acerques al puentecito —le gritó la madre desde la puerta.
Mechita hizo un gesto con la mano, sin darse vuelta, y salió al trote con su perro, su gato y su vestidito rosa de jugar.


La casa del lago era simple y bella. Tenía un grueso techo de paja vinílica sobre el que afloraban las antenas. Dos dormitorios con amplios ventanales que daban al frente y una gran sala de estar que se prolongaba en la cocina. Un alero ancho cobijaba la salida al parque, donde se habían dispuesto unos silloncitos de madera rústica y una mesa baja en el mismo estilo.

Caía la tarde mansamente cuando Pedro emergió entre los olivos, zigzagueando a gran velocidad con su deslizador vertical, de pié sobre la tabla flotante, firmemente sujetado al manubrio y con el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante como un esquiador.

Cortó camino flotando sobre el lago, esquivando a los patos y marcando una suave estela sobre la superficie del agua. Dejó el vehículo bajo el alero, apoyado contra la pared, y saludó a la niña con un beso.

—¿Que llevas allí? —preguntó Mechita al ver la enorme caja que Pedro estaba desatando del portaobjetos.
—Es para ti, pero debes abrirla después.
—¿Por qué?
—Porque primero debemos enchufarla un rato.
—¿Pero qué es?
—No te lo diré.
Pedro entró a la casa con la niña revoloteando alrededor.
—Dime con qué letra empieza.
—Solo te daré una pista: “deja de revolotearme como… un montón de mariposas”
La pista no sirvió y costó un poco de trabajo conseguir que Mechita volviera al parque.

Mamá Samanta saludó a Pedro con una sonrisa y un reproche.

—¿De nuevo por aquí?
—Es lo único que se me ocurre hacer cada vez que comienzo a extrañarte —dijo él.
Ella lo ignoró con alguna incomodidad.
—Vamos, enchufa ya esas mariposas —dijo.

Pedro colocó la caja sobre la mesa, extrajo un cable del costado sin romper más que una porción del envoltorio y lo enchufó a la pared. Luego se sentó y cruzó las piernas. Samanta se hundió en la mesada de la cocina previendo el interrogatorio.

—¿Cómo estás? —dijo él después de un silencio largo.
—Bien. ¿Quieres un café?
—Si, por favor; si con eso logro que podamos estar un rato sentados conversando.
—No quiero hablar de eso. Ya lo sabes.
—Yo no he hablado de nada, solo te pregunté: ¿Cómo estás?

Pedro enfatizó la pregunta para volver a instalarla.
Ella hizo un silencio y aceleró sus quehaceres en la cocina. Hizo ruido con las tazas, abrió puertitas, sacó la azucarera, dispuso las cucharitas. Luego se detuvo un instante, se secó las lágrimas con los nudillos, resopló una expiración rápida, tomó la bandeja y ya recompuesta llevó todo a la mesa.

—Bien —dijo—. Estoy bien.

Hablaron un rato laxamente, fingiendo un entusiasmo por los temas que ninguno de los dos sentía. Él, mordiéndose la lengua. Ella, deseando que no la suelte.
Un aleteo creciente dentro de la caja interrumpió la farsa. Pedro desenvolvió el paquete y pudo verse un recipiente cúbico de vidrio repleto de mariposas de todos los colores que se agitaban y entrechocaban a causa de la estrechez.

—Con este botón se abre la puertita y salen —explicó Pedro—. Con este otro botón, vuelven a la caja. Si se descargan, vuelven solas. Una vez en la caja, la enchufas y se cargan todas. Y con esta red, la niña jugará a cazarlas.

—¡Qué bonitas! —dijo Samanta— ¿Cuántas hay?
—Noventa y siete.
Samanta lo miró incrédula. Pedro giró la caja y leyó mientras subrayaba con el dedo
—“Contiene noventa y siete mariposas”. Supongo que así parecen más naturales.

En las últimas tres décadas, un furor llamado Tecnorrenacentismo pugnaba por reproducir la naturaleza tal como era, en todos sus detalles. Cien o cincuenta eran números andrógenos, y debían aparecer con la misma frecuencia que cualquier otro en los sistemas naturales reproducidos. Así, noventa y siete mariposas, estaba bien.

—Ya estoy viendo a Mechita corriendo por el parque, todo el día cazando mariposas —dijo Samanta, que se había acercado a la ventana y observaba como la niña, arrodillada en la orilla del lago hostigaba a un pato atrapado entre los postes del muelle con una larga rama que apenas controlaba, para tratar de ponerlo patas para arriba.

Pedro se acercó a Samanta y ambos observaron en silencio las peripecias de Mechita.

—¿Cómo estás con la niña?
Ella hizo un largo silencio y los ojos se le volvieron a cargar de lágrimas.
—Es maravillosa —balbuceó con una voz quebrada. Y rompió en un llanto franco que ya no pudo contener.

Pedro la abrazó. Ella se tapo el rostro con ambas manos y lo apoyó sobre su pecho.
El joven la acarició un largo rato. Luego rompió el silencio.

—No sigas con esto mi amor. No te hace bien.
Ella no respondió.
—Quiero volver —continuó él—. Esto ya no puedo soportarlo. Te extraño todo el tiempo ¿Crees que ha sido fácil para mi? Quiero Volver.

Samanta negó con la cabeza sin saber cómo justificar la negativa.

—No estoy preparada.
—Ya pasaron seis meses, mi amor.
—Al mundo le han pasado seis meses. Yo estoy detenida en el minuto cero. He sobrevivido gracias a la niña.
—Déjame ayudarte. Yo también quiero ayudarte. Déjame volver.

Samanta se desprendió suavemente de Pedro, caminó unos pasos y volvió a hundirse en la mesada de la cocina.

—Tengo que preparar la cena.
—¿Me invitarás a cenar?
—Había pensado que no.

El se acercó, la sujetó de los hombros y la giró suavemente.

—Te amo —le dijo, con una mirada intensa y húmeda.

Samanta no respondió.

El hombre le acarició la mejilla y sin decir palabra, dio la vuelta y partió hacia la puerta. Una vez allí, hizo un gesto de payaso recordando algo, con los dos índices señalando al techo.

—Casi me olvidaba.
Volvió hacia la mesa, presionó el botón de la caja de vidrio y liberó a las mariposas.
Súbitamente, la cocina se llenó de vida y color.

—¡Mariposas! ¡Mariposas! —gritó él saltando como un niño— ¡A cazar mariposas!
Samanta destrabó el nudo en su garganta con una carcajada entrecortada.
Uno a uno, los diminutos ingenios fueron encontrando la salida hacia el parque y detrás salió Pedro con su red.
—¡A cazar mariposas! ¡A cazar mariposas!
Poco tardó en pasarle la posta a Mechita, que salió correteando detrás de los bichitos. Luego se subió al deslizador y partió.
—¡Pedrito! —gritó la mujer desde la puerta— Mañana prepararé unos buñuelos…

El hombre levantó un pulgar a la distancia y se perdió detrás del olivar.


Las últimas luces del día ya plateaban el paisaje. Con la noche incipiente, la casa del lago comenzaba a exudar una melancolía vestida de lilas y violáceos. Los faroles del parque ya se habían encendido convocando hordas diminutas de insectos voladores. Ajena a la tristeza de fondo y a los hechos del pasado reciente, Mechita seguía corriendo tras las mariposas. De tanto en tanto entraba a la casa para guardar su captura en la caja de vidrio. Pero hacía largo rato que Mechita no entraba, de modo que mamá Samanta salió al parque para ver en que andaba la niña.
Con espanto, Samanta la vio subida al puentecito, apoyada sobre la baranda con el torso lanzado hacia el vacío, tratando de atrapar su mariposa.

—¡Mechi! ¡No! —gritó la madre.

La niña se quedó petrificada con el grito, parada en medio del puente con la red en su mano. Samanta salió corriendo a su encuentro.

—Quédate quietita que ya va mamá.

Llegó a su encuentro y la abrazó fuertemente.

—Mechita, nunca vuelvas a este puente. Nunca.

Y allí, con la brisa batiendo su cabello, y con el embate hostil de la noche oscura, Samanta cerró lo ojos y volvió a revivir toda la tragedia. Su amada hija desapareciendo detrás de la baranda, cayendo de cabeza al arroyo torrentoso. La desesperada carrera en su auxilio, y el horror de hallarla en ese estado, enredada entre las aspas de la turbina con su cuerpecito casi partido a la mitad y esa savia bermellón manando de sus vísceras, desbaratándose en el torbellino de los rápidos. Y sus ojos, gélidos y abiertos, mirando el cielo para siempre desde el fondo del agua.
Mamá Samanta lloró amargamente aquella noche, en medio del puente, abrazada al cuerpo de Mechita, que ya se había olvidado de su mariposa; recordando la absurda muerte de su hijita en las fauces del generador. La niña contaba entonces con seis años y su vida no pudo seguir más allá. Y detenida en ese mismo punto, había quedado también la vida de Samanta.


Mamá Samanta apagó la luz del comedor. En su habitación, Mechita jugaba con muñecos.

—¿Te has lavado las manos? —preguntó la madre.
—¿Las manos y la cara y los dientes? —precisó la niña.
—Si.
—No.
—Pues ve. Ya es tarde, hijita.

Por unos minutos, mamá Samanta sintió el agua correr en el baño. Luego salió la niña con una mancha de dentífrico en la mejilla.

—Listo —dijo.

Mamá Samanta sonrió y le limpió la cara. La llevó a su habitación, le quitó la ropa y los zapatos, le puso un camisón blanco con florcitas rojas que costó pasar por su cabeza. La metió en la cama y la tapó. Encendió el velador, apagó la luz grande y corrió la cortina para que entrara la luz de la luna.

—¿Ahora voy a dormir?
—Si mi amor.
—¿Y voy a soñar?
—Si mi amor.
—¿Y con qué quieres que sueñe?
Mamá Samanta se arrodilló junto a la cama y le acarició los bucles.
—Quiero que sueñes con los angelitos.
Mechita sonrió, giró la cabeza y miró por la ventana.
—Buenas noches mamá.
—Buenas noches mi amor.

Mechita cerró los ojos y se quedó dormida. Mamá Samanta la miró con ternura durante unos segundos. Luego, como volviendo de un ensueño, hundió su mano debajo de las mantas, hurgó en el cuerpo de la niña y desde algún lugar de su espalda extrajo un cable fino color carmín que rápidamente enchufó a la pared.

Samanta imaginaba que algún día, algo mágico traerían esos cables, y la niña podría también soñar. Entonces ya no habría diferencias, y todo sería como antes. Y juntos los tres, volverían a ser una familia, y jugarían con los perros, y pasearían en bote por el lago, y hablarían de la simple vida, y jugarían a imaginar el futuro. Y los aciagos sucesos del pasado reciente ya no serían recordados. Si tan solo pudiera soñar…

Mamá Samanta apagó el velador, apoyo su mejilla contra el rostro inerte de la muñeca y se quedó allí, como todas las noches, acariciando su pelito amarillo, mirando los dibujos de la luna contra la pared de los muñecos, y repitiendo en voz baja su inútil letanía.

—Si mi amor… sueña. Por favor…




domingo, 18 de septiembre de 2011

La Sociedad de los Ovos




El supervisor Seiscientos diecisiete se enjuagó la cara, se secó y espió en el espejo ese rostro blanco como la muerte. Colocó su ovo sobre la cabeza y volvió a mirarse. El espejo devolvió ahora su apariencia de siempre: la forma ovoide del casco, afinada hacia abajo y ligeramente inclinada hacia delante, siguiendo la anatomía del mentón. El ovo cubría toda su cabeza hasta el cuello, incluyendo el rostro, y solo mostraba al frente un display con su número, y las dos pequeñas entradas de aire a los costados. Acercó su cabeza al espejo y lustró con la toalla unas marcas dactilares hasta dejar el liso cascarón de plástico brillando como una perla.

Seiscientos diecisiete salió del pequeño toilette de su oficina y se sentó frente al ventanal que monitoreaba desde la altura la enorme línea de control y empaque. Allí abajo, los ovos relucientes del personal se alineaban a ambos lados de las cintas transportadoras y asemejaban una colonia de hormigas cultivando sus hongos debajo de la tierra.

Trescientos cuarenta y cuatro yacía casi inmóvil frente a la cinta, observando en la pantalla interna de su ovo el monótono desfile de los brownies en sus pilotines de aluminio y celofán. Como todos, Trescientos cuarenta y cuatro utilizaba la pantalla interna dividida en dos: la parte inferior reservada para las imágenes de realidad virtual reconstruidas desde el exterior, y la parte superior para sus actividades personales en la red.

Los ovos vieron la luz al confluir la tecnología de Internet por Wifi con la telefonía celular y la adicción por ambas cosas. El problema que planteaban las tablets y los celulares de utilizar las manos para sujetar el aparato y digitar, se resolvió cuando aparecieron los cascos con pantalla interna y cliqueo por guiño. El primer ovo fue una revolución y en pocos años la humanidad entera se enterró debajo de esos cascos de cabeza y rostro. El dispositivo permitía un estado de comunicación permanente con el mundo de la red y a su vez, un regenerador de realidad virtual entregaba en 3D las imágenes normales del entorno para que el sujeto pudiera desarrollar sus actividades con el casco puesto, sin necesidad de mantener libre la vista.

Después de una rápida evolución, los ovos terminaron por cerrarse contra el cuello, incorporando un sistema de filtrado de aire que reducía la polución, y un realce de colores que mostraba un entorno mucho más brillante y luminoso que el real.

Luego de unos escarceos iniciales debidos al uso de ovos en el ámbito laboral, la justicia había resuelto que los actos privados de los individuos debían resguardarse aún dentro del trabajo. Así pues, todo el mundo vestía sus ovos a toda hora. Sin excepción.

En la parte externa de la carcasa, los ovos presentaban un pequeño display donde la gente configuraba lo que, dada la ausencia de un rostro, sería su identificación visual ante el mundo. Pero dentro del trabajo, el display exterior debía mostrar el número de legajo personal.

Trescientos cuarenta y cuatro aborrecía el modo como algunos individuos dejaban rastro de sus actividades privadas con el ovo. Frente a él, Ciento treinta y cinco se pasaba el día siguiendo un ritmo con la cabeza, y Mil treinta y tres exhibía una actitud tan desvergonzada que todo el mundo podía imaginar cómo mientras por su pantalla inferior desfilaban los brownies de chocolate, la pantalla superior mostraba bizarras escenas de sexo explícito. Por su parte, Setecientos era una mujer insufrible, mal educada. Trescientos cuarenta y cuatro no la soportaba, pero la tenía justo a su izquierda. Resultaba evidente que Setecientos se dormía en horas de trabajo porque su ovo se ladeaba hacia un costado y permanecía inmóvil durante largos minutos mientras frente a ella desfilaba una legión de brownies defectuosos, tal como lo indicaban las imágenes del “Muestrario de Fallas Típicas” que pendía en el centro de la línea. Era frecuente que Trecientos cuarenta y cuatro tuviera que redoblar su atención para separar las unidades anómalas que Setecientos dejaba pasar.  Y varias veces al día la llamaba al orden.

—¡Eh! ¡Setecientos! Despertate que estás dejando pasar sapos embarazados.
—¿Y a vos que mierda te importa? —respondía la mujer—. La puta que te parió. Metido de mierda… Puto —murmuraba al tiempo que retomaba la tarea.

Trecientos cuarenta y cuatro tenía una gran actividad en la red. Era miembro del grupo de elite del sitio internacional de ajedrez, participaba asiduamente en la red social unificada y tenía permanentemente configurados a no menos de treinta amigos y parientes con los que conversaba todo el tiempo en el modo de video conferencia. Su nick en la red era “enroquededama” aunque sus interlocutores lo llamaban simplemente “Enroque”. Hacía tiempo ya que los nombres institucionales habían entrado en desuso quedando relegados a los documentos de identidad y la papelería oficial. Toda la gente se llamaba por su nick, incluyendo las madres a los hijos.  El  ambiente de Enroque dentro del ovo se encontraba perfumado y permanentemente acompañado por una suave cumbia sinfónica de fondo. En las imágenes de la red, los ovos no existían y toda la gente se mostraba con sus rostros humanos reales o animaciones digitalizadas de los mismos.

Trescientos cuarenta y cuatro estaba exaltado. Hacía varias semanas había conocido a Guinea en una discusión acerca de la Apertura Catalana, donde Enroque defendía la postura ortodoxa sosteniendo que la apertura conduce invariablemente a tablas. Rápidamente comprendió que Guinea solo conocía el movimiento de las piezas y que su intervención en el debate debía perseguir otros objetivos. La relación con Guinea se desplazó fuera de los debates de ajedrez y lentamente comenzaron a conocerse. Guinea era una chica uruguaya, ligeramente rubia y de tez muy blanca. Tenía un discurso simple que no revelaba grandes aptitudes intelectuales. Pero poseía la rara habilidad de dar una señal de acercamiento con cada comentario.

—Soy jefa de vendedoras en una importante tienda de Montevideo —le había dicho.
—Yo soy Arquitecto —había respondido él. Y ambos habían mentido.

A la semana de conocerse, Guinea había convencido a Enroque para que instale en su ovo el sistema de simulación de movimientos corporales. Desde entonces, sus encuentros se desarrollaban de cuerpo entero en el espacio virtual de la red. Trescientos cuarenta y cuatro pasaba gran parte del día paseando por sitios de ensueño, junto a Guinea, en la mitad superior de la pantalla; y en la profundidad inmensurable de algún bosque de pixels, bajo el cobijo verdeado del dosel, el arrullo de las piadas, y una bruma de sol, Trescientos cuarenta y cuatro se fue enamorando de Guinea.

—¿Cómo será besarse, en este sitio? —había dicho él.
Ella se acercó.
—Probemos —propuso, y se estrelló en la imagen de sus labios.
Se separaron y se miraron.
—Es como besarse —sentenció Guinea. Y se quedaron abrazados en medio del bosque.

El pudo sentirla como si fuera real. Mejor aun. Era un abrazo de enamorados, tan certero, tan profundo… En tanto, allí abajo, como una sombra absurda, como el tironeo molesto de una realidad opaca y gris, seguían desfilando en su cinta los brownies de chocolate.

Trescientos cuarenta y cuatro comprendió que estaba listo para un encuentro personal con Guinea. Sintió algo de temor por sus mentiras: Siguiendo la práctica usual del internauta, el hombre había falseado, al menos, su profesión, su empleo y su ciudad de residencia. Pero la relación pedía un encuentro.
En los días siguientes lo planearon todo: Se reunirían en el verano de París.
En la sociedad de los ovos, París era una mosca en la leche. Allí la gente marchaba por la calle con sus rostros al viento, y el uso de ovos estaba prohibido en todo sitio público. Gracias a estas medidas, la ciudad se había convertido en un centro turístico orientado a las parejas y los jóvenes.

Al día siguiente Trescientos cuarenta y cuatro llamó a la puerta del supervisor. Segundos después, Seiscientos diecisiete lo invitó a pasar y a tomar asiento.
—Necesito adelantar una semana de vacaciones —dijo Trescientos cuarenta y cuatro—; del 2 al 8 de Julio.
Largos segundos después, el supervisor enderezó levemente su ovo en dirección al empleado.
—¿Qué necesita? —preguntó.
—Le decía: Necesito adelantar una semana de mis vacaciones…
—No —respondió el jefe.
Hubo un silencio.
—Bien —reconvino el empleado—, entonces solicito una semana de permiso sin goce de sueldo, del 2 al 8 de Julio.
Hubo otro largo silencio. Realmente, Setecientos diecisiete estaba mirando una película de acción en la pantalla superior de su ovo y toda la situación le resultaba una interrupción fastidiosa. Hacía largas pausas en el diálogo para no perderse las escenas más vertiginosas.
—Dígame, Trescientos cuarenta y cuatro ¿Cuál es la cosa tan urgente que debe hacer en Julio?
El empleado titubeó un instante.
—Debo hacer un viaje para reunirme con… una persona, señor.
El supervisor pausó la película, se acomodó contra el respaldo e increpó al hombre con precisión certera.
—Usted va a viajar en busca de sexo, Trescientos cuarenta y cuatro. Dígame si me equivoco.
Algo sorprendido, el empleado habló con franqueza.
—Realmente no lo sé señor. Es una posibilidad. Pero una relación importante es mucho más que sexo.
—Nunca es más que sexo, Trescientos cuarenta y cuatro. Siempre es solo sexo, aunque deseemos convencernos de que hay algo más. El sexo es la razón de ser de la existencia humana.
—Bueno, eso es una opinión —respondió—. Hay otras. Sartre, por ejemplo, decía que no hay una razón para la existencia humana.
Ahora el supervisor hizo un gran ademán con ambas manos.
—Ah sí, Jean-Paul Sartre, el filósofo de moda. Vaya impostor. En efecto, sostenía que nuestra existencia no tiene una razón, nuestra naturaleza no es lo que somos sino lo que hacemos, entonces la clave de todo es la libertad de elegir lo que haremos. Consecuentemente, Sartre construyó una moral que magnificó la importancia de la libertad en el humano. Y una vez que logró difundir esa moral hasta que fuera aceptada en su forma más extrema con más unción que Los Diez Mandamientos, le dijo a su amada compañera, Simone de Beauvoir, que ambos serían libres de mantener otras relaciones paralelas —hizo una pausa y continuó—. Mire este rostro. ¿Qué ve?
En el ovo de Trescientos cuarenta y cuatro apareció el rostro de un hombre sesentón, con el cabello fino y engominado peinado hacia atrás, unos lentes redondos, los labios gruesos en una boca de pescado, un ojo mirando hacia delante y el otro intentando escapar hacia un costado por debajo del lente.
—Es Sartre —Dijo el empleado.
—No le pregunté el nombre (que ya lo sé) sino qué ve allí. Se trata de un rostro de muy desafortunada apariencia  ¿Comprende? Consciente de su fealdad estrábica, Sartre perpetró una estrategia de seducción basada en el intelecto. Pero no se hizo notar ante las hembras con cualquier idea exótica, no. El hombre pergeñó una filosofía a partir de la cual pudiera inferir y difundir una moral que le diera permiso para copular con la mayor cantidad de mujeres posibles. Su obra no es consecuencia de su ejercicio de la libertad, sino de una subrepticia y muy poderosa punción sexual, única razón de la existencia humana.
Trescientos cuarenta y cuatro saboreó con cierto deleite el extravagante argumento del jefe y comenzó su partida de ajedrez.
—Realmente no lo entiendo —dijo.
—Es muy simple ¿Se lo explico de nuevo?
—No no. Comprendo perfectamente la lógica de su argumento. Lo que no entiendo es otra cosa. Verá, si usted es conciente de que el sexo es lo más importante, la razón de ser de la existencia humana y ya ha descubierto que voy a viajar por sexo ¿Por qué me niega el permiso? Es evidente que no lo pido por una nimiedad; me lo impone la razón de ser de mi existencia.
El supervisor se movió en su asiento, acusando el golpe.
—No es eso —zozobró—. Es que… ya hemos armado el esquema de vacaciones invernales y hay muchas ausencias programadas en su sector. Déjeme ver un poco.
Durante largos minutos, Seiscientos diecisiete siguió musitando mientras abría archivos de cronogramas en la pantalla de su ovo.
—Bien —concluyó—. Creo que habrá un lugarcito más para que adelante sus vacaciones en Julio.

A las 16, Trescientos cuarenta y cuatro marcó la salida en el reloj y abandonó el establecimiento junto a doscientos empleados más. Hizo un par de guiños en la barra de herramientas y configuró su avatar en el display externo. Otro tanto hicieron los demás, y antes de concluir la primera cuadra, ya eran doscientos desconocidos caminando juntos hacia los centros de transporte.
En la calle, el escenario urbano mostraba la sociedad de los ovos con toda su crudeza. Las personas eran zombies que deambulaban titubeantes, ausentes y con suma lentitud. Era común encontrar individuos haciendo ademanes con la espalda contra la pared o contra un poste de iluminación, o simplemente detenidos en la mitad de la acera, con su ovo apuntado hacia un lado, ligeramente hacia arriba, en ese gesto de los ciegos que buscan un sonido.
La marcha de los transeúntes era una danza aletargada y pastosa de sujetos entregados a múltiples y secretas actividades dentro de sus ovos y que solo cumplimentaban a desgano el fatigoso tramite de arrastrar sus cuerpos por el mundo. Nadie hacía jamás lo que estaba haciendo. Nadie estaba donde estaba. La vida real era esa cosa que ocurría en la mitad inferior de la pantalla, y todo el mundo se movía al ritmo que les permitía la intermitencia con la que espiaban esa vida.

Las relaciones en vivo eran secas y sumamente desatentas.

—¿Qué quiere? —decía el carnicero, y volvía a la pantalla superior para leer un mensaje de “Gonzalito_12.347”
—Dos bifes de lomo.
El carnicero tomaba una tira de asado, la dejaba, tanteaba una pieza de cuadril, la dejaba y finalmente levantaba el costillar de bifes.
—¿Estos?
—Si. Dos.
El carnicero cortaba uno; se detenía; irrumpía en una estruendosa carcajada y regresaba lentamente para preguntar.
—¿Cuántos quiere?

No había grupos en la geografía urbana, solo individuos sueltos que interactuaban con otros individuos de la red a través de sus cascos de conectividad permanente. Los bares solo contaban con mesas de un único asiento. La  persona formulaba su pedido ingresando desde su ovo en el menú del sitio y al rato un camarero arrojaba su bandeja sobre la mesa. La gente desmontaba el cobertor de nariz y boca para ingerir los alimentos y allí se podían escuchar sus conversaciones y ver parte de sus gestos faciales. Entre bocado y bocado, en la más absoluta soledad, todo el mundo hablaba, escuchaba, reía, enfurecía, daba órdenes, reconvenía, realizaba ampulosos ademanes y se enternecía hasta las lágrimas.

La estética de los ovos había sufrido también su evolución. En un principio, dejaban libre la nariz y la boca, pero el formato integral se puso a la moda rápidamente. La gente deseaba ver sobre sus hombros un huevo perfecto, completamente liso y con un leve brillo mate. Los hombres utilizaban variantes de gris, negro, marrón, azul y verde oliva. Las damas, más arrojadas, usaban el rosa, el lila y el blanco. Los jóvenes preferían variantes con diseños psicodélicos o rayos surcando la superficie en un sentido aerodinámico. Muchos adultos utilizaban los modelos juveniles para disimular la edad, pero ésta se hacía evidente de todos modos cada vez que se sentaban  o se paraban.

En la mañana del 30 de junio, Trescientos cuarenta y cuatro ingresó al Espigón Internacional de la Estación de Trenes de Buenos Aires. Media hora después, estaba confortablemente sentado en una butaca del tren interoceánico. En tres horas estaría en Madrid y desde allí, París en unos instantes más. Se entretuvo los primeros minutos con el documental del tren de alta velocidad. El monorriel viajaba dentro de un túnel de vacío de nanotubos de carbono, construido en trozos de un kilómetro de largo que se soportaban sobre miles de bases flotantes, cada una de las cuales ajustaba permanentemente su posición con una exactitud milimétrica mediante un sistema inteligente de control por GPS. Asimismo, cada base producía la electricidad para energizar su tramo mediante generadores mareológicos. Cada veinte o treinta balsas, había una estación habitada por servicio técnico permanente. En varios puntos del trazado, algunos tramos de túnel se descalzaban en horarios programados y giraban 90° para permitir el paso de los enormes barcos de carga que surcaban el océano en todas direcciones.

Con el suave traqueteo de las uniones  de tramos, Trescientos cuarenta y cuatro se quedó profundamente dormido. Despertó en Madrid, donde el convoy realizó una breve parada para que bajaran y subieran pasajeros. Unos minutos después de reanudada la marcha, una voz femenina informó que se  encontraban próximos a llegar a París y que por disposiciones vigentes debían quitarse los ovos.

Se escuchó un ruido de cierres plásticos que se destrababan y el roce de muchos cascos removidos al mismo tiempo. Hubo también un murmullo de alivio, de liberación, como si un cargamento de esclavos de pronto se viera libre de sus cadenas. La gente se miró las caras con extrañeza, con placer, con curiosidad. Trescientos cuarenta y cuatro cruzó miradas con una señora a su derecha y presagiando el maravilloso modo de vida de París, intercambiaron saludos.
—Buen día —dijo ella.
—Buen día. —repuso él. “Maravilloso”, pensó.

Descendieron y marcharon por un largo corredor iluminado por altos ventanales bajo los cuales progresaba una hilera de canteros florecidos. La realidad visual era un tanto opaca pero plena de detalles y Trescientos cuarenta y cuatro se maravilló por los papelitos en el suelo, el polvo sobre las ventanas y sobre todo, las innumerables arrugas en los rostros. A poco de andar desembocaron en una galería inmensa. La Estación Internacional de Trenes de París bullía de gente. Las personas marchaban en grupos o parejas y atestaban los barcitos de manera bulliciosa y desenfadada. Muchos grupos de jóvenes marchaban en medio de risotadas y abrazos, con sus guitarras y sus bolsos colgados en la espalda.
Trescientos cuarenta y cuatro tomó un taxi hasta el hotel, realizó el check in y se internó en su habitación. Luego de una rápida inspección del lugar, se quedó absorto frente a la ventana que mostraba París desde el piso diecisiete. Luego se colocó el ovo y comprobó que Guinea no estaba en la red, clara señal de que ya se hallaba en París.

Enroque y Guinea se encontraron a las cinco de la tarde en la Avenida de los Campos Elíseos, a pocas cuadras del Arco del Triunfo, en un punto programado de antemano.
—¿Enroque? —dijo ella señalándolo con una sonrisa.
—Guinea —confirmo él.
Se dieron un beso en la mejilla con un abrazo tibio y formal.
—¿Qué tal tu viaje? —dijo la chica luego de un silencio incómodo.
—He dormido todo el tiempo.
Enroque sintió que la confesión resultaba un tanto sosa como respuesta a una primera pregunta.
—Soñé con este encuentro —agregó—, pero no con los detalles de la charla.
Ella rió de más.
—¿Y como has encontrado París? —preguntó.
—París es una fiesta —dijo él citando a Hemingway, vanamente.
—Vamos a divertirnos, entonces.
La chica lo tomó del brazo.
­—Las tiendas son extraordinarias ­—dijo.
Iniciaron un paseo despreocupado por las anchísimas veredas de la avenida. Guinea estaba encantada con las vidrieras y no dejaba de hacer comentarios acerca de los vestidos y las carteras, admirando una belleza para la que Enroque no tenía sentidos. Conversaban animados y, sin proponérselo, ambos seguían utilizando el español neutro de la red.
Lentamente se fueron acercando a lo que parecía ser un tumulto en medio de la acera. Detrás del amontonamiento había una mesita bajo una sombrilla, y un joven subido a una banqueta pronunciaba una arenga en francés. A su lado, una chica entregaba folletos a los curiosos. Guinea se intercaló entre la multitud y al rato reapareció sonriente con un manojo de folletines. Se trataba de un mitin de la Internacional Antiovos. En uno de los folletos se veía una figura humana invertida con la cabeza enterrada hasta el cuello debajo de la tierra, los brazos a 45° y las manos muy abiertas. Arriba, titulaba una leyenda: “Eres libre, no elijas ser esclavo”. Otra publicidad mostraba una fotografía de Sartre y la leyenda: “Liberate de tus cadenas y ponte en acción”, y más abajo: “Lo que hagas, es todo lo que serás”.

La Internacional Antiovos era una agrupación que pugnaba por la prohibición absoluta del uso de ovos en lugares públicos. Sostenía que los ovos eran el inicio del fin, el suicidio de la humanidad, que no habían llegado para prestarnos un servicio sino para sumirnos en una adicción que estaba conduciendo a la sociedad hacia un aletargamiento irremediable y fatal.  Los más extremistas afirmaban que la extraordinaria difusión del adminículo era parte de un plan mentado por las Multinacionales y las Corporaciones para mantener a las masas adormecidas, mientras acumulaban más y más poder.
En sus variantes más virulentas, algunas facciones de la organización desarrollaban actos vandálicos en distintas ciudades, destruyendo comercios de artículos electrónicos e incendiando automóviles, en algunos casos.

Rato después, Enroque y Guinea tomaban un trago sentados en los esterillados silloncitos de un bar muy concurrido.
—¿Qué piensas de esto? Dijo él señalando los folletos.
—Por mi parte, prefiero mirarte en vivo y en directo —respondió la chica acodada en la mesa con la cabeza inclinada y una mirada levemente provocadora.
El se quedó observándola, recordando la pasión con que se trataban en el espacio virtual y decidió ir adelante.
—¿Cómo será besarse en este sitio? —dijo, al tiempo que acercaba su rostro.
—Probemos —dijo ella.
Se besaron un momento.
—Es mejor —dijo la chica—. Definitivamente —sonrió. Luego tomó los folletos y bromeó—. Debemos afiliarnos ahora mismo.

Continuaron el paseo abrazados. Ya entrada la noche, caminaron hasta la puerta del hotel donde Guinea se alojaba.
—¿Quieres entrar a conocer? —dijo la chica
—Quiero entrar —respondió él—, pero no exactamente para conocer el hotel.
Guinea moduló una carcajadita breve, lo tomó del brazo y lo empujó hacia adentro.

La habitación era amplia y tenía cierta espectacularidad debida, en parte, a un sector del techo consistente en una gran placa de vidrio que caía como un tejado, dejando ver al otro lado el negro cielo nocturno. La chica espió al pasar, su ovo tirado en un estante del vestidor, con el display centellante de mensajes pendientes.

—Observa esto —dijo, y apagó casi todas las luces.
Sin nubes y sin luna, el cielo pareció encenderse con millones de chispas detrás del vidrio.
Enroque y Guinea se abrazaron, cayeron sobre la cama e hicieron el amor bajo la luz de la Vía Láctea.
Varias horas después se despidieron en la puerta.
—Fue la mejor noche de mi vida —dijo ella.
—Esperemos a ver las siguientes —Respondió él. Se fundieron en una larga despedida y el hombre se marchó.
Guinea cerró la puerta, se quedó inmóvil un instante llevándose las uñas a la boca. Volvió a espiar su ovo centellante en el estante y se abalanzó sobre él, ansiosa por develar uno a uno el manojo de mensajes que hacinaban el buzón.

Conforme avanzaba la semana, la rutina de Enroque y Guinea incluía cada vez menos paseos y más momentos de privacidad. Pero el viernes, la relación dio un salto hacia delante.
Regresaban de un almuerzo liviano hacia el hotel de Enroque cuando vieron avanzar de frente a un grupo de al menos cien manifestantes violando la prohibición de uso de ovos, con pancartas alusivas a la libertad de elección del ciudadano. “Si eres libre, debes poder elegir”, rezaba una. Otros enarbolaban una enorme caricatura de Sartre en blanco y negro bajo la leyenda “Libertad es libertad de elección” y “Fuera la prohibición”.
Así como existía un grupo que denostaba la irrupción de los ovos, existía otro que se oponía a la prohibición. El primero hablaba de “liberación” y el segundo de “libertad”. Y como al Moisés de los judíos y los musulmanes, ambos ensalzaban a Sartre.
Enroque se volteó y observó que detrás de ellos avanzaba una formación de policías antidisturbios alineados detrás de sus escudos, dispuestos a reprimir la protesta.
Los manifestantes comenzaron a tirar piedras a la policía, y esta respondió con gases y una arremetida a paso vivo, de modo que la pareja quedó en medio de un fuego cruzado.
Enroque arrastró a Guinea hacia una vidriera para evitar el choque, pero los activistas avanzaron rompiendo los negocios con sus palos. Rápidamente cundió el caos y un desorden de corridas y gritos ganó la calle. Enroque volvió a buscar refugio aplastándose contra una puerta, abrazando bien fuerte a Guinea, mientras pensaba en la curiosa antinomia. ¿Dónde estaba la libertad? ¿Era libertad deshacerse de la adicción aletargante por los ovos o lo era dejar que las personas sucumbieran a ella, si así lo deseaban, aunque esto condujera a una declinación de la raza humana? Se quedó inmóvil buscando una respuesta en la enorme imagen de Sartre que avanzaba sacudiéndose en lo alto; pero no encontró en esos ojos más que una metáfora de la encrucijada.
Guinea se hundió en el pecho de Enroque, cerró los ojos con pavor y sintió que su hombre era una gran muralla protectora que la defendía de todos los males, y que nada le ocurriría mientras mantuviera los ojos cerrados y la cabeza apretada contra su pecho. En ese momento comprendió que hasta entonces todo había sido una mera aventura amorosa, y que ahora estaba perdidamente enamorada.
Esa noche fue distinta. Fue mejor. Permanecieron recostados uno contra el otro. Conversando, expresándose sus mutuos sentimientos. Por primera vez habló Guinea de formar una familia, de pasar la vida juntos. El asintió y agregó muchos hijos a la historia. Enroque se había enamorado ya en aquellos días de los encuentros virtuales.

El domingo lloraron en la despedida. Lloraron muchas veces y se prometieron nuevos encuentros. Ya lo arreglarían en sus contactos virtuales. Formarían una familia, tendrían muchos hijos y una vida plena de felicidad. Solo restaba el trámite aquel de develarse sus mutuas “mentiras de internauta”. Luego hablarían de eso. Jamás durante la triste despedida.
Enroque marchó hacia la estación de trenes y Guinea tomó un auto al aeropuerto. Su avión despegó a las 11:50. Instantes después se apagó la luz de prohibición de ovos y todos los pasajeros se colocaron sus cascos con la ansiedad de un síndrome de abstinencia. El bólido realizó un suave giro y se inyectó en el cielo a la velocidad de un rayo con su cargamento de personas sin miradas.

Dos meses después, Guinea confirmó sus sospechas. Salió del consultorio con el ancho sobre blanco del laboratorio. Ya no cabían dudas, esperaba un hijo de Enroque.
Sintió emoción y algo de temor. El plan de una familia debía acelerarse. ¿Cómo lo tomaría él? Bien, sin duda. Si Enroque deseaba muchos hijos, no podía ofuscarse con el primero. ¿Cómo se lo diría? ¿Cuándo se lo diría?

Ese día Guinea entró a la planta con la mente en cualquier sitio. Marcó su ingreso en el reloj y caminó por los oscuros pasillos hasta su sector de trabajo. Su mente volaba, iba y venía, imaginaba el futuro y le temía, y a la vez lo deseaba. Tomó asiento en su silla y realizó un rápido paneo. Contempló por un instante el perezoso bamboleo de los ovos sobre las cabezas de ese ejército sin rostros.  Hoy era distinta la rutina. En dos horas se conectaría con Enroque. En dos horas le daría la noticia. En dos horas cambiaría su vida.
Su compañero a la derecha llegó y tomó asiento. Guinea sintió el roce hostil de su uniforme contra ella. El hombre saludó con un impersonal “Buenos días”. Ella lo espió y volvió a mirar al frente con desprecio. Hoy no se preocuparía por ese imbécil, por más que se pasara el día montado sobre su hombro, espiando su trabajo, presto a saltar sobre ella en cuanto dejara pasar un brownie con la puntita mellada.
—Idiota —masculló—. Metido de mierda… Puto.