viernes, 19 de agosto de 2011

Breve Periplo de un Escritor Exhaustivo




Me reconozco anormalmente exhaustivo desde que tenía dos años, once meses y diecisiete días, cuando le arranqué a mi madre una pestaña del párpado superior izquierdo para emparejar su cantidad con el derecho.

La hiperexhaustividad es considerada una patología, lo que juzgo una verdadera injusticia en tanto no lo sean también la hiperinteligencia o la supersimpatía.

Debí padecer psicólogos desde muy chico. Fueron veintisiete hasta la fecha y si de algo me han convencido ha sido de la extrema amplitud de criterio de la ciencia psicológica, que en su excelsa policromía llega a incluir dentro su rica estructura conceptual, montones de afirmaciones con sus negaciones, aunque nunca —y esto hay que decirlo— esgrimidas ambas por el mismo terapeuta.

Tengo la desgracia de portar tres nombres y dos apellidos, y nunca he podido evitar la mención de la ristra completa, lo que me ha traído ciertas incomodidades de chico, cuando, por ejemplo, algún compañerito de escuela me preguntaba el nombre en el recreo del primer día de clases. La misma situación se agravaría más tarde, con el florecer adolescente y el devenir de los acercamientos amorosos, cuando entre la oscuridad y los relámpagos de luces, se intercambiaban los nombres en el barullo aquel de las discotecas.

—¿Cómoooo? —gritaba la chica.
—Pedro, Evaristo, Nicolás, Arroyo, Maldonaaaadoooo —repetía yo en una ceremonia absurda que nunca entregaba más resultado que la afonía.
Comencé a escribir a los veintitrés años, nueve meses y 14 días de edad, un 7 de febrero, luego de mi distanciamiento de Carola.


Carola Santos era empleada de la Delegación Regional del Registro Civil. La conocí en ocasión de tramitar una denuncia por extravío de documento.

—¡Por fin alguien que me dice todo su maldito nombre de una sola vez! —dijo. Y nos enamoramos.

Fueron dos meses plenos de detalles maravillosos. Pero las cosas no funcionaron. Creo que mi manía de pedirle precisiones a su acostumbrado gimoteo en las inmediaciones del climax, terminaron por hartarla.

—¡Más! —reclamaba ella.
—¿Más qué?
—Más… más…
—No sé mi amor… Sin sujeto y predicado yo no te entiendo.


Ignoro si habrá sido aquello, pero una noche interrumpió todo justo allí, se fue al baño, se enjuagó la cara, se vistió sin mirarme y se marchó volteándose apenas para recoger la cartera. ¿Qué podría haberle molestado tanto? Son raras las mujeres, ya me lo habían dicho.


Los días siguientes me sentí desgarradoramente solo, mucho más solo que antes de conocerla, lo que prueba que una ausencia concreta es mucho peor que la soledad indefinida.


Tal vez para mitigar mi amargura —como decía mi psicólogo—, para plasmarla en palabras, para sacarla del “adentro” y volverla visible, fue que comencé a escribir.


Recuerdo que aquel día regresé a casa, me senté frente al teclado y me puse a escribir sin más trámite. Escribí y escribí, tal como si siempre lo hubiera hecho, como si desde la cuna ese hubiera sido mi destino, habitando en mi alma, adormecida y latente, aquella habilidad que súbitamente estallaba como una flor de primavera.


Escribí durante tres días seguidos, casi sin comer ni dormir. Realmente no podía parar de escribir. Al amanecer del cuarto día, mi primera obra literaria estaba concluida. Se trataba de una novela descriptiva de setecientas carillas —Arial n°8, interlineado simple— que versaba sobre los detalles y la historia de una correa dentada A-37. La obra, que no dude en titular “La Correa Dentada”, abarcaba desde el origen de la materia prima hasta el final de la vida útil, incluyendo los procesos de fabricación, empaque y comercialización y, por supuesto, las particularidades de su aplicación. Intercalados en la acción, se mencionaban aspectos del diseño, métodos de cálculo, criterios de selección e innumerables detalles más. Tengo un recuerdo borroso de las piruetas argumentales de mi psicólogo para explicar el modo como la temática de la obra, subrepticiamente elegida por mi inconciente, habría de mitigar mi atribulada situación sentimental.

Los meses que siguieron a mi epopeya literaria fundacional, estuvieron signados por la obsesiva búsqueda de un editor. “¿Para qué se escribe una novela?”, me pregunté; para publicarla, por supuesto.

Dejé copias del original en varias editoriales; en muchas editoriales, casi en todas. Para un artista no hay nada peor que ser ignorado, y sintiendo en los huesos la verdad de aquella máxima, a los dos meses emprendí la recorrida pidiendo explicaciones.

—Ah si, “La Correa Dentada” —decía un pavote detrás de su escritorio, espiando el título debajo del polvo—. Por el momento no estamos interesados en narrativa descriptiva.
—Pero ¿qué les pareció?
—En realidad, no lo sabemos. No hemos podido atravesar la cuarta página. Y esto ya es dato suficiente para saber que no la publicaremos.

Solo una pequeña editorial cumplimentó su obligación de leer la obra completa.


—A la novela le faltan tres elementos, Maldonado. Y no son menores, el lector los reclama.
—¿Qué elementos? —me intrigué.
—Introducción, nudo y desenlace —dijo—. Uno mantiene hasta el final la esperanza de reencontrarse con los tres, apretujados en la última oración; pero ese final, Maldonado… —abrió la copia en la última hoja y leyó—, “Y así concluye la historia de una correa dentada A-37.”, deja al lector con una mezcla de sentimientos que van desde la defraudación hasta la furia.

Me permitiré prescindir del detalle de los hechos acaecidos durante mi recorrida en pos de una respuesta. Prefiero centrarme en la exitosa culminación de mi periplo.


Mi relación con Editorial Luján de Cuyo tiene también su historia.

Roberto Ramiro Ramos, quien fuera el padre de la editorial (y tal vez también su único pariente) solía recalar en un barcito de la avenida Boedo, cerca de casa.


A Roberto Ramiro le gustaba beber y hablar, y era admirable la puntualidad con que lo primero iba transformando lo segundo. Así, conforme aumentaba el número de copas, se incrementaban también su verborragia, su extroversión y el volumen de su voz. Era imposible frecuentar el bar más de tres veces sin trabar conversación con Ramos.

—¿Así que vos escribís? —me dijo una noche, después de varias copas—. ¿Y qué escribís?
—Novelas —respondí mintiendo la pluralidad del sustantivo.
—Vaya —dijo— ¿Sabés quien soy yo?

Antes de poder responder, ya estaba el hombre contestando su propia pregunta.

—Soy el accionista mayoritario de la editorial Luján de Cuyo. Llevamos publicadas unas veinte obras de los más exóticos géneros. Nos especializamos en la literatura extraña, distinta, transgresora. Es una estrategia difícil. Realmente cuesta mucho hallar autores comprometidos con la originalidad. El 99% de lo que circula es plagio maquillado. “Romeo y Julieta” ya se escribió 7000 veces: La chica y el muchacho se aman y sus familias se odian. Pavadas. El tópico ya era moneda corriente en los tiempos de la juglaría, mucho antes de Shakespeare. Hasta mi suegra odiaba a mi madre.

Rápidamente nos dejamos llevar por el impulso de un diálogo fluido y enriquecedor, donde las preguntas, las respuestas y las matizaciones se intercalaban en el discurso de un único orador: Roberto Ramiro Ramos. Aunque breve y postrera, mi participación en el intercambio fue crucial: Cuando propuso reunirnos al día siguiente, en el mismo bar y a la misma hora para revisar los detalles de mi novela, le dije que sí.

Comparecí con una copia anillada del trabajo ya bien muerto el atardecer del día siguiente. Encontré a Ramos acodado junto a la ventana, al pié de una mesa donde una parejita escuchaba su monólogo atenta a consagrar con dos palabras cualquier indicio de un final de discurso.

—Maldonado, lo estaba esperando —gritó revelando en el volumen el número de copas de su pasado reciente.
Nos sentamos y Ramos comenzó a hojear el trabajo. Era extraño el procedimiento: Abrió el texto por el medio, leyó un párrafo, luego fue hacia atrás, leyó otro párrafo; retrocedió hasta el principio; avanzó casi hasta el final; leyó el final y volvió al medio.

—Muy interesante. Llevo cinco minutos leyendo y aún no se qué es —levantó la vista y me miró—. Eso es bueno Maldonado, eso es bueno.

Pidió otra ginebra y retomó su inspección sobre el texto, saltando caóticamente de un lado a otro, intercalando comentarios literarios que no pude comprender con precisión. Advertí, empero, que conforme progresaba la evaluación, sus observaciones se transformaban en loas.


—La intensidad descriptiva es abrumadora, Maldonado.

Y más adelante.


—¡Qué sutil metáfora de la pasión viril, el tenso ensarte de la correa en el canal de la polea! —vociferaba, para rematar luego— Y de la perversión: una correa, dos poleas.

Rato después, promediando la cuarta copa, ya visiblemente emocionado, con los ojos cargados de lágrimas y señales manifiestas de relajación en la lengua, Roberto Ramiro Ramos dio su veredicto.

—Maldonado: la novela se bubligaaa —dijo al tiempo que golpeaba la mesa con la palma, inclinando el torso hacia delante y mirándome muy de cera, con el rostro apuntando hacia abajo y los ojos apretados hacia arriba.
La novela salió en Abril y vendió solo 27 unidades, luego de descontar los ejemplares devueltos.

—Estamos domando a los lectores —decía Ramos—. Tranquilo —y guiñaba un ojo—. Lo mismo nos pasó con “Tarareos” —agregaba refiriéndose a una novela que, al parecer, tenía la curiosa cualidad de poder leerse en cualquier idioma pese a no contener una sola palabra de ninguno.

Ramos no solo se excusaba sino que me alentaba a escribir una nueva obra.

—El estilo está perfecto, solo habría que agregar algo de trama a la historia ¿Se entiende? Enredos y esas cosas.

En mi segunda novela la trama lo era todo y debo decir que me costó más de lo esperado. “La Grama” narraba los enrevesados detalles del césped del jardín trasero de la vieja casa de mis abuelos paternos, mencionados escrupulosamente, hoja por hoja, esqueje por esqueje. La trama era intensa y, por cierto, muy difícil de describir en todo su detalle sin recurrir a disonantes repeticiones de adverbios de lugar, como “izquierda”, “derecha”, “delante” y “detrás”.

—Vaya, en plan de domar a los lectores, esta obra les dará unos cuantos latigazos en las ancas —dijo Ramos y la publicó.

Ignoro el éxito de la novela porque Ramos nunca reveló los detalles. Cada vez que lo inquiría, me cambiaba el tema con sugerencias acerca de la escritura.

—Tal vez sea conveniente enriquecer un poco el vocabulario, Maldonado. Si tenés que decir “termina”, escribí “culmina”; y anota “se bifurca” o “se desdobla” en lugar del simple “se abre en dos”. Intentá darle más vida a las historias, más poesía más emoción. Te falta consignar el dolor que nos infringe la vida cuando nos cuece en su salsa.

La idea de mi tercera novela era perfecta para conciliar las recomendaciones de Ramos con mi exhaustividad natural. “Verbigracia: La Cebolla” consistía en un mero texto culinario donde cada receta era narrada por alguno de sus ingredientes, por ejemplo: la cebolla.

“Dos mil quinientos cuarenta y cuatro granos de sal llovieron sobre mi cuerpo ardiendo en mi piel, exacerbando hasta lo indecible el tormento de tanta cocción y tanta picadura.” (Cap. III: Bolognesa, pag. 122)


Este trabajo tuvo más aceptación, particularmente en el mundillo literario local, donde unos y otros ya comenzaban a arriesgar nombres para el género.


—Los estamos domando —repetía Ramos mientras me frotaba la espalda con afecto. Pero a juzgar por las profundas diferencias entre mi opera prima y esto otro, yo pensaba que por el contrario, ellos nos estaban domando a nosotros.


Nada sé del éxito comercial de Verbigracia…, pero la novela llegó a merecer una pequeña nota en la sección literaria de un diario importante. Allí, sobre una foto mía ¬—blanco y negro, tres cuartos, perfil derecho— rezaba un título en forma de pregunta “¿Un genio o un idiota?”.


Pero la vida es como el futbol y a veces, cuando mejor se está jugando, nos meten un gol de contragolpe. Agobiada por una crítica situación financiera, Luján de Cuyo debió cerrar sus puertas dos meses y tres días después de “Verbigracia…”. Ramos no pudo resistir el golpe y falleció dos semanas más tarde a causa de una cirrosis.

En cuanto a mi, ya no logré encontrar otro editor. Y pude advertir que la búsqueda hallaba la negativa de un modo mucho más expeditivo que antes: Ahora me despachaban como a un vendedor ambulante apenas miraba tres cuartos hacia la derecha.


Hoy mi psicólogo me hizo comprender que la función terapéutica de mi periplo literario ya ha concluido y que debo retomar mi vida allí donde la he dejado. De modo que volví a casa y aquí estoy, detrás de la puerta que se llevó a Carola. Después de tanto tiempo, el picaporte aún conserva su perfume. Un aroma levísimo que se clava en el centro de mi cráneo y me hace doler el corazón.
Son raras las mujeres. Ya me lo habían dicho.


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