sábado, 23 de julio de 2011

El Plomero





La fachada del viejo caserón se hundía detrás de un jardín frondoso y profundo. Hilario se internó por el sendero de lajas que serpenteaba entre las ramas y ascendía hasta la puerta principal. No había timbre a la vista. Colocó su carpeta debajo de la axila; batió palmas tres veces; se asomó por una ventana entreabierta que aspiraba el día entre colgajos de madreselva. Insistió con un aplauso y esperó.

—¿Quién es? —preguntó una voz de mujer.

—Hablamos ayer. Soy yo, el plomero, Hilario. —respondió el hombre de atrás para delante, revelando en el acento su ascendiente paraguayo.

Ernestina Thomson abrió dos cerraduras y entreabrió la puerta. Lo miró seria por la hendija, luego fingió una sonrisa exagerada de maestra de preescolar y señaló la aldaba en forma de herradura que pendía del pórtico. El plomero la miró confundido de modo que la mujer debió ejecutar un par de “tocs” para mostrar el sencillo mecanismo de llamada.

—Y yo buscando el timbre entre los yuyos —comentó Hilario con muy poca fortuna.

La señora Thomson borró su sonrisa y lo miró un segundo con dureza.

—Sígame —dijo. Se dio vuelta y se internó en la sala.

Detrás del breve zaguán surgió una habitación enorme, deliciosamente decorada. El piso era un espejo de baldosones negros y rosados, alternados como un tablero de ajedrez. Casi todo el mobiliario variaba del negro a diversos tonos de rojos y rosas. Las cortinas, de un blanco vaporoso, filtraban el inquieto juego de luces y sombras que provenía del jardín. Dentro de la sala, la vegetación se continuaba en varios rincones donde unos maceteros antiguos decoraban sendos espacios independientes, amueblados con pequeñas mesas y silloncitos de estilo. Sobre la pared de la izquierda se imponía una escalera ancha de roble lustrado y contra el fondo ascendía un hogar de leña reconvertido a gas.

Segundos después, unos ladridos agudos y crecientes se acercaron a la sala temerariamente. Un pequeño maltés muy blanco y muy peludo irrumpió exaltadísimo dirigiéndose hacia el visitante a toda velocidad. Pasó a su lado y siguió de largo resbalando sobre el porcelanato hasta embestir la pata de una mesa. Intercaló un aullido y siguió ladrando mientras daba la vuelta trabajosamente e intentaba sin suerte reanudar su embestida.

—¡Socrates! —gritó Ernestina— ¡Deja al plomero tranquilo!

La bravata finalizó con una olfateada profunda a los zapatos de Hilario. Luego se dirigió a uno de los sillones, se detuvo frente al mullido tapizado, giró la cabeza y espió a su ama con cara de pedir permiso, moviendo la cola muy veloz y muy cortito.

—¡No! —ordenó Ernestina.

El animalito se escabulló con gran lentitud debajo del sillón haciéndose un ovillo y se mantuvo al asecho espiando al visitante con la trompa debajo de las patas.

El problema de Ernestina era evidente. A un metro de la puerta que daba al sanitario, justo de frente a toda la belleza de la sala, una grisácea mancha de humedad afloraba desde las insondables entrañas del muro.

—Este domingo tengo la reunión del Rotary en casa; vendrán todas las chicas del club. No la puedo suspender ni sería bien visto alquilar un local —Ernestina señaló la mancha y siguió hablando—. Apareció hace tres semanas y desde entonces no he logrado dar con un plomero. Me contacté con cinco de ellos. Tres se apersonaron para ver el trabajo: dos me hablaron de plazos inadmisibles y el tercero me sugirió que oculte la mancha con una mesa o un macetón. ¿Se imagina, una mesa al lado del sanitario? Absurdo… Es como confundir un jardín con un montón de yuyos —deslizó.

Mientras Hilario acariciaba la pared con la palma abierta, Ernestina seguía su perorata.

—Ahora tenemos tres días para romper la pared, y tal vez el piso, vaya uno a saber hasta donde; cambiar el caño, revocar todo, soplar para que se seque y pintar.

—¿Donde está la cocina? —Preguntó Hilario, que parecía no preocuparse por los tiempos.

La señora Thomson condujo a Hilario hasta la cocina, un poco más tranquila luego de percibir la inmutabilidad del hombrecillo.

—Marita Balcarce me dio su número y me dijo que usted es mágico. No sé a qué se referiría, pero ciertamente va a tener que serlo para arreglar esto en tiempo y forma.

Mientras el plomero iba y venía siguiendo senderos invisibles en las paredes y el piso, Ernestina describía la concurrencia del domingo, enumerando una lista de nombres de mujer y apellidos de próceres de la independencia.

—No se preocupe señora —dijo Hilario interrumpiendo el rezongo de Ernestina—; esto lo arreglamos en un rato y no será necesario romper nada. Necesito un ventilador, un caloventor o algún artefacto que sople mucho aire, y de ser posible, caliente.

—Creo que tengo uno en “el cuartito” —recordó Ernestina derrumbando su discurso desde Saavedras y Zorrillas hasta el desván de la casa—. Pero ¿Lo va arreglar ahora, así, sin más herramientas que esa carpeta? —agregó espiando lo que parecía ser una carpeta negra debajo de su brazo.

—No es una carpeta, señora, son mis herramientas —respondió el plomero sacudiendo lo que en realidad era una caja negra plana y metálica repleta de objetos.

—Vaya. No imagino lo que lleva allí.

—Es mi equipo de magia —respondió Hilario con una sonrisa levísima.

El hombre colocó el caloventor frente a la mancha de humedad y lo puso en marcha.

Ernestina miraba y formulaba todo tipo de preguntas.

—Mientras yo reparo el caño, tenemos que ir secando la pared. La humedad es muy reciente y la pintura siquiera se ha ampollado. Cuando la pared se seque quedará como antes de mojarse, impecable.

—Pero ¿Cómo piensa reparar el caño sin romper la pared?

Hilario no respondió. Solo agregó.

—Ahora me voy a encerrar en el baño. Nadie, por ninguna razón debe entrar al baño mientras yo estoy trabajando ¿Comprende? Esto es muy importante. Si alguien entra, yo me voy y no reparo nada.

—Pero ¿qué va a hacer?

—La gracia de los magos es no revelar los trucos —dijo Hilario sonriendo. Y dicho esto, entró al baño y entornó la puerta casi completamente, de modo que no era posible mirar hacia adentro.

Ernestina Thomson se quedó inmóvil junto a la puerta entrecerrada. Por un momento sintió miedo. ¿Quién era este desconocido atrincherado en su baño? ¿Por qué no podía verse lo que estaba haciendo? Enseguida comprendió que no había nada de valor que defender allí, y que no era razonable imaginar al sujeto huyendo por la claraboya con las toallas y los jabones.

Ernestina se recluyó en la cocina y por un fugaz instante extrañó la presencia de un hombre en la casa. La mujer siempre había vivido sola, desde que sus padres resolvieron radicarse en Londres y ella prefirió quedarse, movida por un temor a migrar más que por su amor a Buenos Aires. Se quedó sola con ese caserón en Olivos y un puñado de propiedades que le permitían vivir de las rentas con todas las comodidades que exigía su alcurnia. En los tiempos de la vehemencia juvenil, cuando el futuro aun prefiguraba una familia y unos niños correteando bajo el sol, había convivido con dos o tres parejas sucesivas y fugaces, pero nada había funcionado. Y por más que se afanaran, ninguna de sus eternas amigas de la infancia le había arrancado jamás una explicación clara respecto de las causas de las sucesivas rupturas. Ahora, ya cerca de los 45 años de edad, había resignado la familia y la maternidad, aunque aun se mostraba sensual y atractiva ante la vista masculina. En su entorno social, la señora Thomson era el partido perfecto para una casta de sesentones inútiles, que habían nacido ricos por obra y gracia de la providencia y que luego de una vida de desórdenes y juerga continuada, debían sentar cabeza para afrontar el cercano trámite de la vejez. Paciente y meticulosamente, Ernestina los desestimaba, uno a uno, apenas se insinuaban las intenciones de su grupo de amigas.

Hilario abrió su extraño maletín sobre la tabla del retrete. Allí dentro podía verse un equipo de herramientas parecidas a las de un relojero o un dentista, delgadas y alargadas, con su parte funcional en una de las puntas. El cuerpo de las herramientas no era una varilla rígida sino un resorte fino y apretado que permitía curvarlas hacia uno y otro lado.

Con mucho cuidado, Hilario removió la canilla de agua fría de la ducha hasta dejar libre la boca del caño que se internaba en la pared. Comprobó que la instalación era de hierro galvanizado. En virtud de ello, seleccionó algunas herramientas de su maletín y las fue enhebrando por el caño una tras otra. Luego se quitó toda la ropa, introdujo el índice derecho en el agujero y comenzó a empujar suavemente hacia adentro. A los pocos segundos, toda su mano se perdía dentro de la pared. Con monstruosa naturalidad, Hilario siguió empujando, y sin mayor esfuerzo, su cuerpo se fue licuando hasta la textura de una pasta cremosa, insertándose en el caño con facilidad. De este modo introdujo todo su brazo, luego la cabeza, el otro brazo, el torso completo y ambas piernas hasta la altura de los gemelos. Allí se detuvo.

Dentro de la tubería, Hilario reptó como una lombriz hasta hallar la zona crítica. Provisto de una delgada linterna pudo ver el desperfecto con facilidad. En las construcciones antiguas, las paredes muchas veces sufren deformaciones imperceptibles y cruciales. Este era el caso aquí, donde un duro grumo de cemento había aplastado el caño hacía mucho tiempo. Después, debido a la humedad que se filtra por los túneles dejados por décadas de insectos, el punto de contacto entre la abolladura y el cemento se había corroído hasta perforarse completamente. Hilario conformó pulgar e índice para sujetar una piedra abrasiva parecida al torno de un dentista con la que comenzó a raer el nudo de cemento desde el agujero del caño. Una vez que hubo liberado el material que aplastaba el caño desde fuera, se abultó con fuerza y comenzó a desplazarse hacia delante y hacia atrás dentro del caño hasta estirarlo hacia fuera devolviéndole su diámetro original. Ahora restaba limpiar la corrosión y sellar con masilla la obturación. Los movimientos de Hilario dentro de la tubería eran automáticos, hábiles e indescriptibles. Según lo necesitara, configuraba una u otra parte de su anatomía, pero de un modo abstruso, reñido con toda cristiandad.

Desde recónditos lugares de la casa llegaba el gorgoteo de múltiples cursos de agua que discurrían por otros caños de la tubería. Como en un ensueño, vino a su memoria el ancho río marrón de su niñez, y las salidas de pesca con el tío Herme en el pequeño bote que medraba cerca de la orilla, debajo de un techo exuberante de ramas retorcidas que pendían hasta lamer la correntada. Y atrapado en los meandros de la tubería, envuelto en un concierto fantasmal de reverberaciones acuosas, Hilario sintió la más absoluta soledad. Añoró su temprana pasión por el gran Houdini y el mundo de la magia. Recordó sus primeras secretas experiencias de metamorfosis, cuando en su mundo de troncos y redes de pesca diseñaba los más descabellados escapismos. Tiempo después, su padre lo trajo a Buenos Aires como peón de albañil, pero él planeaba, secretamente, descollar en el mundo de la magia. No tardó en comprender que la Metrópoli absurda, demandaba muchos más plomeros y gasistas que magos y saltimbanquis.

La voz lejana de Ernestina lo sacó su ensueño.

—¿Le voy preparando un cafecito?

Si bien los ruidos dentro de la pared fueron tranquilizando a la mujer porque entregaban algo parecido a lo esperado; Ernestina no dejaba de sentir cierta inquietud ante tanto misterio.

—Si señora, cuando termine aquí le voy a aceptar uno.

Ernestina se sobresaltó. La voz del plomero, deformada y espectral, provenía directamente de la canilla de la cocina.

La mujer salió al pasillo, giró despacio hasta la sala y el corazón le dio un vuelco. La puerta del baño se hallaba completamente abierta. Desde allí podía verse el curioso maletín abierto sobre la tapa del retrete y los cuartos traseros de Sócrates, con la cola tiesa y medio cuerpo oculto en dirección a la ducha. En ese momento, Ernestina entró al baño.

La visión duró un instante. Apretujadas contra el agujero del grifo, las piernas de Hilario se afinaban abruptamente hasta perderse dentro de la pared, dejando fuera media pierna y ambos pies, con un leve y esporádico movimiento de pulgares. La señora Thomson perdió el conocimiento.

Despertó cerca del anochecer, recostada en el sillón de la sala. Hilario había trabajado duro hasta terminar, se había deslizado hacia fuera y la había hallado inconciente tirada en el baño. Ahora estaba apantallándola con una revista y una sonrisa.

—No me hizo caso. Le dije que no entrara por ningún motivo. Pero no podré cumplir con mi amenaza de marcharme sin reparar la pérdida porque el trabajo ya está listo.

Minutos más tarde, sentados en la cocina frente a un café y un bizcochuelo, Hilario contaba su historia confesando el inesperado secreto de su magia. Afuera retumbaban los truenos de una tormenta en ciernes.

Conversaron largamente. Hilario narró sus inicios, cuando descubrió su rara habilidad y relató un millón de anécdotas de su vida dentro de las tuberías. Describió sus movimientos, sus destrezas, la manera como se deslizaba reptando con suavidad o hinchándose para fregar con fuerza, o desdoblándose para avanzar por dos ramales a la vez. Ernestina comenzaba a verlo primero con normalidad y luego con interés. Este hombrecillo era un sujeto realmente curioso. Pero evitaba a su vez explayarse sobre su vida, más allá del problema del caño, la mancha en la pared y las amigas del Rotary.

Afuera llovía copiosamente.

Finalmente, Hilario notó que Ernestina ya no contestaba. Solo escuchaba sus historias y viajaba con el pensamiento.

—Debo irme —dijo.

—Sí, por supuesto.

La señora Thomson se incorporó pisando la cola de Sócrates que profirió un aullido corto y estridente. Se agachó para mimarlo a modo de disculpa y con un movimiento torpe tiró al suelo su taza y su plato. Hilario la ayudó a recoger los tiestos minimizando el episodio, mientras Sócrates huía a toda velocidad.

Avanzaron hacia la puerta de calle. Ella aceleró para tomar la delantera. Se detuvo un instante con cierta agitación. Desde hacía largo rato, su cabeza bullía con un vértigo febril, en cierto modo alimentado por las historias de Hilario; un vértigo que le calentaba las mejillas y le aceleraba el corazón. Abrió la puerta y observó la cortina de agua que descendía al final del alero. La calle era un río oscuro y torrentoso y el cielo negro se encendía y se apagaba al tiempo que estallaba en bramidos estentóreos.

La señora Thomson giró y quedaron enfrentados, muy cerca. Ella lo miró a los ojos.

—No se va a ir con esta lluvia, Hilario —sugirió. Luego le espió la boca y volvió a sus ojos, lentamente.

—Quédese a pasar la noche — dijo. Y sin dejar de mirarlo, cerró la puerta.









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