sábado, 4 de enero de 2014

Esta somera luz



¿Qué es esta somera luz?

El Sol impetuoso
El oleaje de espigas en el campo
El amanecer brumoso
La letanía de los grillos
La ciudad
El golpeteo de las máquinas
La colmena de hombres
Y la suave presencia del cielo
Agonizan
Cuando esta somera luz se apaga
Y festejan existir
Cuando se enciende

¿Qué es esta somera luz?
Dime si lo sabes
Si no lo sabes
No me entiendes

martes, 10 de septiembre de 2013

Las inquietas manecillas




Recuerdas, hace mucho tiempo
Las cosas eran rojas, azules o amarillas
Los malos eran malos
Los buenos eran buenos
Y la magia era mejor que el viento
Para hacer volar un barrilete
Buscábamos la luz en el futuro
Mientras jugábamos en medio del sol.
La vida era una casa, un árbol, un perro,
Un disfraz, una hamaca, un patio, una escuela
Raspones en las rodillas
Y cosquillas en el corazón
No había que pensar qué hacer mañana
Y podíamos estar enamorados
Sin saber qué cosa era el amor

Fue entonces que giraron y giraron
Las inquietas manecillas



domingo, 21 de julio de 2013

Buenos Aires Service



La mujer me abrió la puerta con la inminencia del mediodía en la expresión, un batón de sintético antiarrugas, floreado verde y blanco y una operación de oferta debajo de los párpados.
 
—Es la heladera —dijo—. No me lee los huevos.
 
Nos paramos en el punto fijo. Ella ordenó “Configuración Cocina”. Insistió un par de veces cambiando la modulación: “Configuración Cocina”. “Configuración Cocina”. Finalmente la casa reconoció la orden. Esperamos en medio de un silencio incómodo que aquella habitación de dos por tres operara su chirriante transformación de “modo living” a “modo cocina”. Finalmente, una voz fría de mujer ordenó desde el parlante “Configuración Cocina: Asegurada”
 
Allí estaba la heladera, junto a una mesada de símil mármol, frente a una ventana de pantalla 3D que mostraba unos patos en una laguna.
 
—¿Demorará mucho? A las 12:30 llegan los chicos y tengo que estar en “comedor” con la comida lista.
 
—Todo depende de cuanto tarde en detectar el problema, señora.
 
Apoyé la valija de instrumentos sobre la mesada y comencé a interrogar a la mujer sobre los detalles del desperfecto. Siempre he pensado que la mujer está, por naturaleza, impedida de explicar un estado de cosas prescindiendo de la historia que lo llevó hasta allí.
 
—Me di cuenta anteayer, cuando saqué el quinto huevo —comenzó—. Tengo configurado en cinco el stock mínimo de huevos de la heladera, de modo que deberían haber aparecido en el reporte de reposición de ayer a la mañana; pero nada. Saqué un huevo más y nada. No aparecían. Quité todos los huevos, los volví a guardar, modifiqué el stock mínimo, pero nada de nada. No aparecían de ninguna manera en el reporte porque siquiera se actualizaba el stock físico. Es evidente que no lee los huevos. Hoy, después del desayuno probé de nuevo. Tuve que lavar unas cosas que me quedaron de anoche, porque ya era tarde y tuvimos que poner “dormitorio”…
 
—Está bien —interrumpí—. Déjeme ver.
 
Extraje un huevo del refrigerador y lo observé con cuidado. No parecía haber problemas con la grafía del código de barras, pero mejor sería verificar el caso. Abrí la valija de instrumentos, desenrollé la lámina con el teclado y me dispuse a verificar la lectura del código de barras en el ordenador. Rápidamente comprobé que mi lectora tampoco reconocía el condenado huevo de gallina.
 
—El problema no es la heladera señora, sino el huevo. El código de barras es de alguna manera defectuoso y el sistema de lectura de productos no logra registrarlo.
 
—Ah. ¿Y no estarán vencidos?
 
—No lo creo. El problema del código no tiene nada que ver con eso. Seguramente se trata de una mutación en la gallina ponedora.
 
—¿Pero cómo? ¿La gallina pone huevos con código de barra y todo?
 
—¿Y por qué no? ¿La gallina transgénica? Tranquilamente. Los ingenieros desarrollaron un código genético que induce un moteado exactamente igual al código de barras que tenemos para el huevo de gallina. Hay una cepa nueva que se implantó hace un año y medio, más o menos. La idea se está usando mucho en huevos, frutas y verduras. Pero yo no sé…
 
Me detuve porque no quise abrumar a la mujer con mis sospechas respecto a las filtraciones de radiación de las cúpulas, que si bien ya eran vox pópuli , aún no se habían admitido oficialmente. Si el exceso de radiación estaba aumentando la frecuencia de mutaciones en las gallinas y otros orgánicos, también nos debía estar afectando a nosotros, como yo pensaba desde hacía tiempo.
 
Dejé el tema allí y cerré la valija.
 
—¿Cuánto le debo? —dijo, en cierto modo aliviada por la velocidad del trámite.
 
—Son ce treinta y efe señora.
 
—¿Ce treinta hexayuanes? ¡¿Por mirar un mísero huevo?!
 
—Ce treinta y efe, señora. Y no es solo mirar el huevo. Hay que saber que el problema puede estar en el huevo, hay que tener el dispositivo para la comprobación ¿Usted sabe cuanto cuesta esta valijita?
 
Rezongó un poco más.
 
—Este mes ya se me vació la tarjeta —dijo.
 
Me dio ce cuarenta en billetes y me reclamó el yuan de vuelto con seriedad.
 
—Porque ustedes siempre se quedan con la monedita —protestó mientras esperaba, inmóvil, atrincherada detrás de su palma vacía.
 
Me largué de allí. Descendí por la escalera. Eran solo tres pisos. Los ascensores de esos edificios hacinados no se pueden pescar jamás.
 
Salí a la calle. El aire no se podía respirar. Hacía tiempo que el sistema de ventilación de la ciudad estaba saturado. Miré hacia arriba y me quedé observando la cúpula inconmensurable, con su pantalla de cielo tridimensional disimulando el encierro, enrarecida por el smog que ya formaba una nube en el centro de la inmensa bóveda. Llenando el espacio, una horda desprolija y neblinosa de aerotores zumbaba como moscas del estiércol, ignorando frecuentemente el violáceo holograma con el trazado espacial de rutas. Buenos Aires se revolcaba en su hervor de las doce dentro de la cúpula. La querida y odiada cúpula que nos permitía vivir en este mundo contaminado hasta la saciedad. La peligrosa y sospechada cúpula, cuyo poder de aislarnos de todo mal sembraba cada vez más dudas. La cúpula vital, cuya salud era nuestra salud y su enfermedad nuestra enfermedad. En este absurdo recoveco de la historia que me había tocado en suerte, una cúpula tiznada era la vida, y el cielo era la muerte.
 
Vivíamos debajo de las cúpulas hacía unos ciento veinte años.
 
Después de la crisis del petróleo, todo el parque de producción de energía se recostó sobre las usinas nucleares. Había uranio para muchos siglos y, por lo tanto, teníamos tiempo para pensar en algo mejor. Pero con el aumento del número de reactores instalados, se incrementaron también los pequeños accidentes. Nunca nada importante. Una fuga menor por aquí, otra por allá. Nada que no pudiera arreglarse con un poco de alambre. Cuando el número de reactores llegó a cien mil, se hizo evidente que la contaminación atmosférica global pronto rebasaría los límites de seguridad. Hubo una crisis política, los ecologistas llegaron al gobierno en casi todas las naciones desarrolladas y luego de la Convención de las Naciones Unidas para el Problema Radiactivo del año 2149, se llegó a la conclusión de que los reactores no se podrían detener sin una crisis económica inmediata, que la atmósfera no se podría descontaminar de ninguna manera razonable y que lo único que quedaba era mitigar los efectos de la radiación mediante protección antirradiactiva.
 
Así surgió la idea de las cúpulas. Los “verdes” abrazaron el proyecto y posiblemente también las acciones de un puñado de empresas “cupuleras” que se enriquecieron de la noche a la mañana. Toda región donde vivieran humanos o se produjeran alimentos se confinaría debajo de cúpulas antiradiactivas. Una vez hecho esto, la presión sobre la seguridad de las centrales nucleares se relajó, los desperfectos y accidentes se hicieron más frecuentes y rápidamente la atmósfera se tornó inhabitable.
 
En los mediodías, las veredas eran un infierno. Sobre las inmóviles cintas transportadoras que alguna vez funcionaron, discurría una colmena de humanos ajetreados, apretujados unos contra otros por obra y gracia de su implacable frenesí reproductor. Me inyecté en la caravana a fuerza de empujones y emprendí el regreso hacia el estacionamiento de aerotores de Perón 43. En el trayecto pude ver la legión de mendigos aplastados contra las paredes con sus viejos posnets inalámbricos apenas extendidos, con la esperanza de que alguno de los autómatas que éramos, arrastrara su tarjeta por un yuan. Eché en algún bolsillo de limosna una moneda de dos, y seguí la marcha imbuido de un bienestar incomprensible.
 
El estacionamiento estaba atestado de aerotores en levitación, dispuestos en su arreglo tridimensional ortogonal. Levité hasta mi aero contando pasillos, hileras y niveles. Una vez allí, pude ver que mi cubo tenía obturadas las seis direcciones de salida y no sería posible sacar la máquina. Es norma dejar libre la salida hacia arriba, pero un vehículo había quedado cruzado con algún desperfecto. Un hombrecillo chiquito y obeso se afanaba transpirado debajo del motor.
 
—Si no le doy una mano me quedo a vivir aquí —le dije con una mezcla de generosidad y fastidio.
 
El individuo se incorporó con su rostro engrasado y sudoroso y nos miramos un momento, flotando en el metro 35.
 
—Se detuvo justo aquí y no quiere arrancar más.
 
Sin decir palabra, abrí mi aero y desplegué la valija de instrumentos sobre el asiento.
 
—Déjeme ver un poco.
 
Me situé en la cabina de su viejo “avioncito” e intenté dar arranque. Enseguida resultó evidente que la plaqueta de arranque no entregaba señal. La extraje con cuidado y me dispuse a controlarla con mi equipo.
 
—Se le “pinchó” el confinador de coherencia, Jefe —le dije gritando sobre mi hombro—. No le llega superposición de estados a los inyectores.
 
—Ahá —dijo.
 
Todos los técnicos tenemos claro que no nos entienden un cuerno. Pero nos gusta.
 
—¿Y se puede arreglar? —agregó.
 
—Va tener que cambiar la plaqueta. Cuesta un ojo de la cara.
 
—¿Y no se puede arreglar? —repitió, ahora con alguna connotación emocional.
 
—Las venden reparadas, pero no se las recomiendo. Les agregan unos microimanes para emparchar el confinador, pero la coherencia cuántica le dura lo que un pedo en un canasto.
 
—Qué cagada —reflexionó.
 
—Yo ahora le voy a dar señal con mi equipo para que pueda llegar a su casa —pensé y dije. Y sobre todo y fundamentalmente para que me despeje la condenada salida, pensé y no dije.
 
Salí del estacionamiento hacia arriba y me inyecté en la Evita 32. Miré el localizador de la consola para elegir la ruta. No había muchas alternativas. La Evita 12 había entrado en turbulencia de aerotores y era un empaste de vehículos inmóviles flotando. Las turbulencias de tránsito siempre me han resultado curiosas. Se trata de un conjunto de vehículos que ingresan en un loop inevitable de esquives mutuos, apartándose de los trazados en una trayectoria espiralada que muere en un centro del que solo se puede escapar hacia arriba o hacia abajo. Cuando ambas salidas están obturadas, se producen colisiones, muchas veces masivas. No tenía más opción que subir por la Perón 78, pero a lo lejos podía divisarla como un volcán de diminutas partículas que ascendían como el tronco de un ombú monstruoso y lento. Resolví arriesgarme y doblé hacia allá, por Evita 16.
 
Hacía tiempo ya que todas las calles verticales se llamaban Perón y todas las horizontales, Evita; y para prevenir la evidente ineficacia del sistema, se había procedido a numerarlas. Era una consecuencia lejana y menor del régimen de partido único. Pero no debe creerse que el país estaba bajo el yugo de un gobierno dictatorial perpetuo. Muy por el contrario, dentro del partido convivían las más variadas posiciones, coincidentes todas en su ignorancia casi absoluta acerca de los próceres de la gesta del ’45. Por lo demás, y como si fuera una humorada de la historia, “perón” y “evita” ya se usaban en la jerga vulgar como simples sinónimos de “vertical” y “horizontal”.
 
Solo tenía que subir por la 78 hasta el metro 250, pero la columna de ascenso era tan espesa que demoraría cerca de 15 minutos en llegar hasta allí. Los congestionamientos perón son mucho más molestos que los evita, porque todo el peso del cuerpo descansa sobre el respaldo, cuando se sube, y sobre el arnés del pecho, cuando se baja.
 
De los diecisiete cañones que se habían diseñado para proyectar el mapa holográfico de aerocalles, solo se habían fabricado 12 y solo funcionaban cuatro, de modo que el trazado era tan tenue que resultaba difícil de distinguir cuando el cielo estaba soleado en la pantalla de la cúpula. Por lo general, la ciudad era un caos vehicular, y para resolverlo, los responsables de la Oficina de Tránsito estaban permanentemente modificando el sentido de las calles. Reprogramaban un sentido y uno tenía al instante el dato en la consola. Y era muy frecuente encontrarse transitando una calle que súbitamente cambiaba de mano, con el consecuente embate de aerotores de frente que generalmente avanzaban huyendo de una congestión.
 
Pero aquél mediodía, mientras padecía la parálisis de Perón 78, la telaraña holográfica parpadeó, cobró intensidad y luego se apagó completamente. Al instante, el espacio se tornó ininteligible y los vehículos, libres del corsé, se lanzaron a la caza de los huecos vacíos.
 
Yo me quedé inmóvil mirando como cientos de miles de vehículos rompían filas y se enredaban como una nube de insectos zigzagueantes llenando todo el espacio debajo de la cúpula. En unos segundos más, se intensificarían las colisiones y los avioncitos comenzarían a llover sobre las casas. Resolví bajar despacio hasta donde pudiera. Dejé mi aerotor flotando bajo un techo cualquiera y baje levitando lentamente hasta la acera. Mientras descendía pude ver las cuadrillas rojas de reparaciones viales, con sus luces y sirenas, dirigirse raudamente hacia uno de los enormes cañones proyectores.
 
No estaba tan lejos de casa. Eran unas quince cuadras a pie sobre calles peatonales atestadas de gente confundida y asustada. A poco de andar, el holograma comenzó a prefigurarse nuevamente. Habían logrado reparar un par de proyectores y, con un atardecer prematuro y tormentoso dibujado en la pantalla del techo, hay que decir que el mapa se veía. Dude entre seguir la caminata o volver a buscar el aerotor. Me di cuenta que el congestionamiento continuaría por un largo tiempo y seguí caminando.
 
Entonces se apagó el cielo.
 
La ciudad enmudeció y miró hacia arriba. Jamás había ocurrido semejante cosa. Crecíamos con el cielo de pantalla desde niños y eso era todo lo que habíamos visto allí durante toda nuestra vida. La cúpula siempre fue un cielo arriba de nuestras cabezas. Ahora la pantalla se había apagado y el real estado de la cúpula se hacía evidente con toda crudeza. La cúpula era un verdadero colador, plagado de diminutos orificios de diferentes tamaños por los que se filtraba desde el exterior una luz azul intensa y desconocida. Entre agujero y agujero discurrían unas grietas negras de evidente antigüedad, y el resto de la superficie dejaba ver un cuarteado irregular, como el suelo reseco de un desierto. Aquí y allá, encaramados en una infinita red de andamios y arneses se afanaban unos pocos hombrecillos diminutos y lejanos, vestidos de blanco de la cabeza a los pies, con su atuendo antiradiactivo, practicando soldaduras y demás tareas de mantenimiento que resultaban a todas luces insuficientes.
 
Quince segundos duró la visión de la cúpula ruinosa, luego se reestableció la imagen de un cielo maravilloso. Un aluvión de preguntas me asalto el pensamiento. ¿Desde cuando teníamos la cúpula en esas condiciones? ¿No deberían filtrarse las radiaciones nocivas por esos agujeros? Si así fuera ¿Por qué no se estaba muriendo la gente? ¿Existía allí fuera una atmósfera radiactiva o todo era un gran fraude?
 
Apenas el cielo se encendió nuevamente, la gente bajó sus rostros y reanudó su marcha. Algunos iban pensativos, otros ignoraron el episodio.
 
A mi derecha, una viejecita con una grande y pesada bolsa se quedó mirando el cielo. Tenía el rostro muy arrugado, tres hileras de pliegues debajo de los parpados, una cabellera rala y blanca, apenas peinada; el cuerpo chichito y encorvado en un armazón de huesos frágiles como el cristal.
 
Levantó la bolsa con una dificultad absoluta y la volvió a dejar en el piso. Desprendió del bulto el levitador de pesos y comenzó a agitarlo mientras presionaba sus botones caóticamente. Me miró y habló.
 
—Parece que se descompuso el levitador —dijo. Volvió a jalar de la bolsa y la volvió a dejar en el suelo—. A ver si al menos puedo llamar a mi hijo para que me venga a buscar.
 
Resolví ayudarla.
 
—Permítame —dije y tomé el levitador descompuesto.
 
Extraje la tapa trasera y pude ver que el indicador de energía del acumulador estaba casi en cero.
 
—Se olvidó de recargar las baterías señora —le dije.
 
—No puede ser. Lo tengo permanentemente cargando. Lo desenchufé antes de salir.
 
Por si acaso, abrí mi valija de instrumentos y verifiqué la carga. El acumulador estaba vacío. Afortunadamente, yo siempre llevaba acumuladores universales cargados como parte de mi equipo de service. Era muy frecuente que la gente reclamara mis servicios por un simple acumulador descargado.
 
Le cambié el acumulador al aparato y lo abroché a la bolsa.
 
—Prueba ahora, señora.
 
La mujer levantó la bolsa como si fuera un pluma.
 
—¡Gracias joven! Usted es un genio.
 
—No señora. Soy un simple técnico. Me especializo en estas cosas.
 
 
—Ah. Debe tener mucho trabajo. Las cosas se rompen todo el tiempo. Y las que no se rompen es porque ya están rotas.
 
Hizo un silencio de cinco segundos, luego miró hacia arriba.
 
—¿Esos eran agujeros? —dijo señalando el cielo.
 
—Sí, parecían agujeros.
 
—¡Qué barbaridad! ¡Nos vamos a morir todos! ¡Nos vamos a morir todos!
 
Se fue alejando hundida en el rezongo de su plegaria macabra, caminando despacito, encorvada, consumida, calcinada. Y me quedé allí, observándola marcharse, pensando que alguna vez habría sido joven y vehemente, y que su presente, apenas sustentado en la dudosa magia de las medicinas, era una metáfora del mundo.
 
Arriba, el émulo del sol ya brillaba en el cielo de la cúpula y una suave llovizna de luz nos bronceaba las vísceras.
 
 

sábado, 18 de mayo de 2013

Traducción al Frances

 
 
Agradezco a Jean-Claude Parat por su interés en traducir y publicar mi relato "El enigma del bar de los viejos y los gatos", que viera la luz en Axxón 226 en enero del 2012.
La publicación en francés está aquí
Esta es mi primera publicación fuera del español, y es bastante más de lo que pensé que ocurriría  cuando abandoné los cuadernos y abrí este blog para escribir mis borradores.

martes, 19 de junio de 2012

Una escena en Gödelia



—Estamos llegando a reemplazar un oso por un perro —dijo el sujeto, y azuzó a la yunta de caballos.
Como en casi todo el trayecto, la frase carecía de sentido.
—Eso es bueno, los perros son más mansitos —comenté para no dejarlo tan solo en su delirio.
El hombre me volvió a mirar de reojo, conjuró un leve gesto de fastidio y aclaró.
—“Reemplazar un oso por un perro” es el nombre del pueblo al que estamos llegando.
Siempre había que tomarse unos segundos para interpretar lo que decía. Su discurso, sintácticamente impecable tenía sin embargo una semántica enrevesada y muchas veces ininteligible.
—Vaya nombre para un pueblo —dije, y me quedé buscando el caserío entre el devenir de las lomadas.
—Es el nombre más común del mundo. Es como llamar Rubia a una rubia o Negro a un negro.
Hablaba mirando la lejanía mientras guiaba el tiro de la carreta.
—En “Reemplazar un oso por un perro”, la gente se pasa la vida reemplazando un oso por un perro. No podría, entonces, existir un nombre más común para este pueblo.
Algo enrarecía la frase una vez más. ¿Se pasan la vida reemplazando osos por perros o un único oso por un único perro? Lo primero tenía más sentido, pero en el fondo, la frase decía lo segundo.
—Con esa práctica, ya no deben quedar osos en la región —arriesgué.
—Nunca ha habido osos por aquí.
Creo que el sujeto realmente ignoraba que estas acotaciones me dejaban sumido en una crispación del intelecto que oscilaba entre el intento de resolver el enigma y la duda acerca de su inescrutable cordura.
Resolví dejar de lado la actitud timorata de quien supone que no está entendiendo lo evidente, para impactar de plano con la lógica de Aristóteles.
—Si nunca ha habido osos —lo increpé— ¿Cómo es que se pasan la vida reemplazándolos por perros?
El hombre detuvo la yunta, se acomodó en el banquillo apuntando hacia mi humanidad y me miró directamente a los ojos.
—Reemplazar “un oso” por “un perro” en “Reemplazar un oso por un perro” es igual que “Reemplazar un perro por un perro”. Y no necesitamos osos para eso ¿verdad?
Por varios minutos permanecí absorto tratando de elucidar el acertijo.
Ahora la carreta se había detenido en un cruce de caminos. Una flecha a la derecha rezaba “Reemplazar un oso por un perro, 10 Km”.
Entretanto, el acertijo no cedía. Yo negué con la cabeza y expresé por lo bajo
—Eso nunca nadie lo entenderá.
El sujeto meneó a su vez la suya y remató por lo bajo
—“Nunca nadie” es “a veces alguien”. Pero, ciertamente, no será usted. ¡Arre!
Los caballos aceleraron como despertando de un ensueño y la carreta siguió de largo ignorando el cruce.
—¿No vamos a pasar por el pueblo?
—Olvídelo. No tiene caso.

domingo, 18 de septiembre de 2011

La Sociedad de los Ovos




El supervisor Seiscientos diecisiete se enjuagó la cara, se secó y espió en el espejo ese rostro blanco como la muerte. Colocó su ovo sobre la cabeza y volvió a mirarse. El espejo devolvió ahora su apariencia de siempre: la forma ovoide del casco, afinada hacia abajo y ligeramente inclinada hacia delante, siguiendo la anatomía del mentón. El ovo cubría toda su cabeza hasta el cuello, incluyendo el rostro, y solo mostraba al frente un display con su número, y las dos pequeñas entradas de aire a los costados. Acercó su cabeza al espejo y lustró con la toalla unas marcas dactilares hasta dejar el liso cascarón de plástico brillando como una perla.

Seiscientos diecisiete salió del pequeño toilette de su oficina y se sentó frente al ventanal que monitoreaba desde la altura la enorme línea de control y empaque. Allí abajo, los ovos relucientes del personal se alineaban a ambos lados de las cintas transportadoras y asemejaban una colonia de hormigas cultivando sus hongos debajo de la tierra.

Trescientos cuarenta y cuatro yacía casi inmóvil frente a la cinta, observando en la pantalla interna de su ovo el monótono desfile de los brownies en sus pilotines de aluminio y celofán. Como todos, Trescientos cuarenta y cuatro utilizaba la pantalla interna dividida en dos: la parte inferior reservada para las imágenes de realidad virtual reconstruidas desde el exterior, y la parte superior para sus actividades personales en la red.

Los ovos vieron la luz al confluir la tecnología de Internet por Wifi con la telefonía celular y la adicción por ambas cosas. El problema que planteaban las tablets y los celulares de utilizar las manos para sujetar el aparato y digitar, se resolvió cuando aparecieron los cascos con pantalla interna y cliqueo por guiño. El primer ovo fue una revolución y en pocos años la humanidad entera se enterró debajo de esos cascos de cabeza y rostro. El dispositivo permitía un estado de comunicación permanente con el mundo de la red y a su vez, un regenerador de realidad virtual entregaba en 3D las imágenes normales del entorno para que el sujeto pudiera desarrollar sus actividades con el casco puesto, sin necesidad de mantener libre la vista.

Después de una rápida evolución, los ovos terminaron por cerrarse contra el cuello, incorporando un sistema de filtrado de aire que reducía la polución, y un realce de colores que mostraba un entorno mucho más brillante y luminoso que el real.

Luego de unos escarceos iniciales debidos al uso de ovos en el ámbito laboral, la justicia había resuelto que los actos privados de los individuos debían resguardarse aún dentro del trabajo. Así pues, todo el mundo vestía sus ovos a toda hora. Sin excepción.

En la parte externa de la carcasa, los ovos presentaban un pequeño display donde la gente configuraba lo que, dada la ausencia de un rostro, sería su identificación visual ante el mundo. Pero dentro del trabajo, el display exterior debía mostrar el número de legajo personal.

Trescientos cuarenta y cuatro aborrecía el modo como algunos individuos dejaban rastro de sus actividades privadas con el ovo. Frente a él, Ciento treinta y cinco se pasaba el día siguiendo un ritmo con la cabeza, y Mil treinta y tres exhibía una actitud tan desvergonzada que todo el mundo podía imaginar cómo mientras por su pantalla inferior desfilaban los brownies de chocolate, la pantalla superior mostraba bizarras escenas de sexo explícito. Por su parte, Setecientos era una mujer insufrible, mal educada. Trescientos cuarenta y cuatro no la soportaba, pero la tenía justo a su izquierda. Resultaba evidente que Setecientos se dormía en horas de trabajo porque su ovo se ladeaba hacia un costado y permanecía inmóvil durante largos minutos mientras frente a ella desfilaba una legión de brownies defectuosos, tal como lo indicaban las imágenes del “Muestrario de Fallas Típicas” que pendía en el centro de la línea. Era frecuente que Trecientos cuarenta y cuatro tuviera que redoblar su atención para separar las unidades anómalas que Setecientos dejaba pasar.  Y varias veces al día la llamaba al orden.

—¡Eh! ¡Setecientos! Despertate que estás dejando pasar sapos embarazados.
—¿Y a vos que mierda te importa? —respondía la mujer—. La puta que te parió. Metido de mierda… Puto —murmuraba al tiempo que retomaba la tarea.

Trecientos cuarenta y cuatro tenía una gran actividad en la red. Era miembro del grupo de elite del sitio internacional de ajedrez, participaba asiduamente en la red social unificada y tenía permanentemente configurados a no menos de treinta amigos y parientes con los que conversaba todo el tiempo en el modo de video conferencia. Su nick en la red era “enroquededama” aunque sus interlocutores lo llamaban simplemente “Enroque”. Hacía tiempo ya que los nombres institucionales habían entrado en desuso quedando relegados a los documentos de identidad y la papelería oficial. Toda la gente se llamaba por su nick, incluyendo las madres a los hijos.  El  ambiente de Enroque dentro del ovo se encontraba perfumado y permanentemente acompañado por una suave cumbia sinfónica de fondo. En las imágenes de la red, los ovos no existían y toda la gente se mostraba con sus rostros humanos reales o animaciones digitalizadas de los mismos.

Trescientos cuarenta y cuatro estaba exaltado. Hacía varias semanas había conocido a Guinea en una discusión acerca de la Apertura Catalana, donde Enroque defendía la postura ortodoxa sosteniendo que la apertura conduce invariablemente a tablas. Rápidamente comprendió que Guinea solo conocía el movimiento de las piezas y que su intervención en el debate debía perseguir otros objetivos. La relación con Guinea se desplazó fuera de los debates de ajedrez y lentamente comenzaron a conocerse. Guinea era una chica uruguaya, ligeramente rubia y de tez muy blanca. Tenía un discurso simple que no revelaba grandes aptitudes intelectuales. Pero poseía la rara habilidad de dar una señal de acercamiento con cada comentario.

—Soy jefa de vendedoras en una importante tienda de Montevideo —le había dicho.
—Yo soy Arquitecto —había respondido él. Y ambos habían mentido.

A la semana de conocerse, Guinea había convencido a Enroque para que instale en su ovo el sistema de simulación de movimientos corporales. Desde entonces, sus encuentros se desarrollaban de cuerpo entero en el espacio virtual de la red. Trescientos cuarenta y cuatro pasaba gran parte del día paseando por sitios de ensueño, junto a Guinea, en la mitad superior de la pantalla; y en la profundidad inmensurable de algún bosque de pixels, bajo el cobijo verdeado del dosel, el arrullo de las piadas, y una bruma de sol, Trescientos cuarenta y cuatro se fue enamorando de Guinea.

—¿Cómo será besarse, en este sitio? —había dicho él.
Ella se acercó.
—Probemos —propuso, y se estrelló en la imagen de sus labios.
Se separaron y se miraron.
—Es como besarse —sentenció Guinea. Y se quedaron abrazados en medio del bosque.

El pudo sentirla como si fuera real. Mejor aun. Era un abrazo de enamorados, tan certero, tan profundo… En tanto, allí abajo, como una sombra absurda, como el tironeo molesto de una realidad opaca y gris, seguían desfilando en su cinta los brownies de chocolate.

Trescientos cuarenta y cuatro comprendió que estaba listo para un encuentro personal con Guinea. Sintió algo de temor por sus mentiras: Siguiendo la práctica usual del internauta, el hombre había falseado, al menos, su profesión, su empleo y su ciudad de residencia. Pero la relación pedía un encuentro.
En los días siguientes lo planearon todo: Se reunirían en el verano de París.
En la sociedad de los ovos, París era una mosca en la leche. Allí la gente marchaba por la calle con sus rostros al viento, y el uso de ovos estaba prohibido en todo sitio público. Gracias a estas medidas, la ciudad se había convertido en un centro turístico orientado a las parejas y los jóvenes.

Al día siguiente Trescientos cuarenta y cuatro llamó a la puerta del supervisor. Segundos después, Seiscientos diecisiete lo invitó a pasar y a tomar asiento.
—Necesito adelantar una semana de vacaciones —dijo Trescientos cuarenta y cuatro—; del 2 al 8 de Julio.
Largos segundos después, el supervisor enderezó levemente su ovo en dirección al empleado.
—¿Qué necesita? —preguntó.
—Le decía: Necesito adelantar una semana de mis vacaciones…
—No —respondió el jefe.
Hubo un silencio.
—Bien —reconvino el empleado—, entonces solicito una semana de permiso sin goce de sueldo, del 2 al 8 de Julio.
Hubo otro largo silencio. Realmente, Setecientos diecisiete estaba mirando una película de acción en la pantalla superior de su ovo y toda la situación le resultaba una interrupción fastidiosa. Hacía largas pausas en el diálogo para no perderse las escenas más vertiginosas.
—Dígame, Trescientos cuarenta y cuatro ¿Cuál es la cosa tan urgente que debe hacer en Julio?
El empleado titubeó un instante.
—Debo hacer un viaje para reunirme con… una persona, señor.
El supervisor pausó la película, se acomodó contra el respaldo e increpó al hombre con precisión certera.
—Usted va a viajar en busca de sexo, Trescientos cuarenta y cuatro. Dígame si me equivoco.
Algo sorprendido, el empleado habló con franqueza.
—Realmente no lo sé señor. Es una posibilidad. Pero una relación importante es mucho más que sexo.
—Nunca es más que sexo, Trescientos cuarenta y cuatro. Siempre es solo sexo, aunque deseemos convencernos de que hay algo más. El sexo es la razón de ser de la existencia humana.
—Bueno, eso es una opinión —respondió—. Hay otras. Sartre, por ejemplo, decía que no hay una razón para la existencia humana.
Ahora el supervisor hizo un gran ademán con ambas manos.
—Ah sí, Jean-Paul Sartre, el filósofo de moda. Vaya impostor. En efecto, sostenía que nuestra existencia no tiene una razón, nuestra naturaleza no es lo que somos sino lo que hacemos, entonces la clave de todo es la libertad de elegir lo que haremos. Consecuentemente, Sartre construyó una moral que magnificó la importancia de la libertad en el humano. Y una vez que logró difundir esa moral hasta que fuera aceptada en su forma más extrema con más unción que Los Diez Mandamientos, le dijo a su amada compañera, Simone de Beauvoir, que ambos serían libres de mantener otras relaciones paralelas —hizo una pausa y continuó—. Mire este rostro. ¿Qué ve?
En el ovo de Trescientos cuarenta y cuatro apareció el rostro de un hombre sesentón, con el cabello fino y engominado peinado hacia atrás, unos lentes redondos, los labios gruesos en una boca de pescado, un ojo mirando hacia delante y el otro intentando escapar hacia un costado por debajo del lente.
—Es Sartre —Dijo el empleado.
—No le pregunté el nombre (que ya lo sé) sino qué ve allí. Se trata de un rostro de muy desafortunada apariencia  ¿Comprende? Consciente de su fealdad estrábica, Sartre perpetró una estrategia de seducción basada en el intelecto. Pero no se hizo notar ante las hembras con cualquier idea exótica, no. El hombre pergeñó una filosofía a partir de la cual pudiera inferir y difundir una moral que le diera permiso para copular con la mayor cantidad de mujeres posibles. Su obra no es consecuencia de su ejercicio de la libertad, sino de una subrepticia y muy poderosa punción sexual, única razón de la existencia humana.
Trescientos cuarenta y cuatro saboreó con cierto deleite el extravagante argumento del jefe y comenzó su partida de ajedrez.
—Realmente no lo entiendo —dijo.
—Es muy simple ¿Se lo explico de nuevo?
—No no. Comprendo perfectamente la lógica de su argumento. Lo que no entiendo es otra cosa. Verá, si usted es conciente de que el sexo es lo más importante, la razón de ser de la existencia humana y ya ha descubierto que voy a viajar por sexo ¿Por qué me niega el permiso? Es evidente que no lo pido por una nimiedad; me lo impone la razón de ser de mi existencia.
El supervisor se movió en su asiento, acusando el golpe.
—No es eso —zozobró—. Es que… ya hemos armado el esquema de vacaciones invernales y hay muchas ausencias programadas en su sector. Déjeme ver un poco.
Durante largos minutos, Seiscientos diecisiete siguió musitando mientras abría archivos de cronogramas en la pantalla de su ovo.
—Bien —concluyó—. Creo que habrá un lugarcito más para que adelante sus vacaciones en Julio.

A las 16, Trescientos cuarenta y cuatro marcó la salida en el reloj y abandonó el establecimiento junto a doscientos empleados más. Hizo un par de guiños en la barra de herramientas y configuró su avatar en el display externo. Otro tanto hicieron los demás, y antes de concluir la primera cuadra, ya eran doscientos desconocidos caminando juntos hacia los centros de transporte.
En la calle, el escenario urbano mostraba la sociedad de los ovos con toda su crudeza. Las personas eran zombies que deambulaban titubeantes, ausentes y con suma lentitud. Era común encontrar individuos haciendo ademanes con la espalda contra la pared o contra un poste de iluminación, o simplemente detenidos en la mitad de la acera, con su ovo apuntado hacia un lado, ligeramente hacia arriba, en ese gesto de los ciegos que buscan un sonido.
La marcha de los transeúntes era una danza aletargada y pastosa de sujetos entregados a múltiples y secretas actividades dentro de sus ovos y que solo cumplimentaban a desgano el fatigoso tramite de arrastrar sus cuerpos por el mundo. Nadie hacía jamás lo que estaba haciendo. Nadie estaba donde estaba. La vida real era esa cosa que ocurría en la mitad inferior de la pantalla, y todo el mundo se movía al ritmo que les permitía la intermitencia con la que espiaban esa vida.

Las relaciones en vivo eran secas y sumamente desatentas.

—¿Qué quiere? —decía el carnicero, y volvía a la pantalla superior para leer un mensaje de “Gonzalito_12.347”
—Dos bifes de lomo.
El carnicero tomaba una tira de asado, la dejaba, tanteaba una pieza de cuadril, la dejaba y finalmente levantaba el costillar de bifes.
—¿Estos?
—Si. Dos.
El carnicero cortaba uno; se detenía; irrumpía en una estruendosa carcajada y regresaba lentamente para preguntar.
—¿Cuántos quiere?

No había grupos en la geografía urbana, solo individuos sueltos que interactuaban con otros individuos de la red a través de sus cascos de conectividad permanente. Los bares solo contaban con mesas de un único asiento. La  persona formulaba su pedido ingresando desde su ovo en el menú del sitio y al rato un camarero arrojaba su bandeja sobre la mesa. La gente desmontaba el cobertor de nariz y boca para ingerir los alimentos y allí se podían escuchar sus conversaciones y ver parte de sus gestos faciales. Entre bocado y bocado, en la más absoluta soledad, todo el mundo hablaba, escuchaba, reía, enfurecía, daba órdenes, reconvenía, realizaba ampulosos ademanes y se enternecía hasta las lágrimas.

La estética de los ovos había sufrido también su evolución. En un principio, dejaban libre la nariz y la boca, pero el formato integral se puso a la moda rápidamente. La gente deseaba ver sobre sus hombros un huevo perfecto, completamente liso y con un leve brillo mate. Los hombres utilizaban variantes de gris, negro, marrón, azul y verde oliva. Las damas, más arrojadas, usaban el rosa, el lila y el blanco. Los jóvenes preferían variantes con diseños psicodélicos o rayos surcando la superficie en un sentido aerodinámico. Muchos adultos utilizaban los modelos juveniles para disimular la edad, pero ésta se hacía evidente de todos modos cada vez que se sentaban  o se paraban.

En la mañana del 30 de junio, Trescientos cuarenta y cuatro ingresó al Espigón Internacional de la Estación de Trenes de Buenos Aires. Media hora después, estaba confortablemente sentado en una butaca del tren interoceánico. En tres horas estaría en Madrid y desde allí, París en unos instantes más. Se entretuvo los primeros minutos con el documental del tren de alta velocidad. El monorriel viajaba dentro de un túnel de vacío de nanotubos de carbono, construido en trozos de un kilómetro de largo que se soportaban sobre miles de bases flotantes, cada una de las cuales ajustaba permanentemente su posición con una exactitud milimétrica mediante un sistema inteligente de control por GPS. Asimismo, cada base producía la electricidad para energizar su tramo mediante generadores mareológicos. Cada veinte o treinta balsas, había una estación habitada por servicio técnico permanente. En varios puntos del trazado, algunos tramos de túnel se descalzaban en horarios programados y giraban 90° para permitir el paso de los enormes barcos de carga que surcaban el océano en todas direcciones.

Con el suave traqueteo de las uniones  de tramos, Trescientos cuarenta y cuatro se quedó profundamente dormido. Despertó en Madrid, donde el convoy realizó una breve parada para que bajaran y subieran pasajeros. Unos minutos después de reanudada la marcha, una voz femenina informó que se  encontraban próximos a llegar a París y que por disposiciones vigentes debían quitarse los ovos.

Se escuchó un ruido de cierres plásticos que se destrababan y el roce de muchos cascos removidos al mismo tiempo. Hubo también un murmullo de alivio, de liberación, como si un cargamento de esclavos de pronto se viera libre de sus cadenas. La gente se miró las caras con extrañeza, con placer, con curiosidad. Trescientos cuarenta y cuatro cruzó miradas con una señora a su derecha y presagiando el maravilloso modo de vida de París, intercambiaron saludos.
—Buen día —dijo ella.
—Buen día. —repuso él. “Maravilloso”, pensó.

Descendieron y marcharon por un largo corredor iluminado por altos ventanales bajo los cuales progresaba una hilera de canteros florecidos. La realidad visual era un tanto opaca pero plena de detalles y Trescientos cuarenta y cuatro se maravilló por los papelitos en el suelo, el polvo sobre las ventanas y sobre todo, las innumerables arrugas en los rostros. A poco de andar desembocaron en una galería inmensa. La Estación Internacional de Trenes de París bullía de gente. Las personas marchaban en grupos o parejas y atestaban los barcitos de manera bulliciosa y desenfadada. Muchos grupos de jóvenes marchaban en medio de risotadas y abrazos, con sus guitarras y sus bolsos colgados en la espalda.
Trescientos cuarenta y cuatro tomó un taxi hasta el hotel, realizó el check in y se internó en su habitación. Luego de una rápida inspección del lugar, se quedó absorto frente a la ventana que mostraba París desde el piso diecisiete. Luego se colocó el ovo y comprobó que Guinea no estaba en la red, clara señal de que ya se hallaba en París.

Enroque y Guinea se encontraron a las cinco de la tarde en la Avenida de los Campos Elíseos, a pocas cuadras del Arco del Triunfo, en un punto programado de antemano.
—¿Enroque? —dijo ella señalándolo con una sonrisa.
—Guinea —confirmo él.
Se dieron un beso en la mejilla con un abrazo tibio y formal.
—¿Qué tal tu viaje? —dijo la chica luego de un silencio incómodo.
—He dormido todo el tiempo.
Enroque sintió que la confesión resultaba un tanto sosa como respuesta a una primera pregunta.
—Soñé con este encuentro —agregó—, pero no con los detalles de la charla.
Ella rió de más.
—¿Y como has encontrado París? —preguntó.
—París es una fiesta —dijo él citando a Hemingway, vanamente.
—Vamos a divertirnos, entonces.
La chica lo tomó del brazo.
­—Las tiendas son extraordinarias ­—dijo.
Iniciaron un paseo despreocupado por las anchísimas veredas de la avenida. Guinea estaba encantada con las vidrieras y no dejaba de hacer comentarios acerca de los vestidos y las carteras, admirando una belleza para la que Enroque no tenía sentidos. Conversaban animados y, sin proponérselo, ambos seguían utilizando el español neutro de la red.
Lentamente se fueron acercando a lo que parecía ser un tumulto en medio de la acera. Detrás del amontonamiento había una mesita bajo una sombrilla, y un joven subido a una banqueta pronunciaba una arenga en francés. A su lado, una chica entregaba folletos a los curiosos. Guinea se intercaló entre la multitud y al rato reapareció sonriente con un manojo de folletines. Se trataba de un mitin de la Internacional Antiovos. En uno de los folletos se veía una figura humana invertida con la cabeza enterrada hasta el cuello debajo de la tierra, los brazos a 45° y las manos muy abiertas. Arriba, titulaba una leyenda: “Eres libre, no elijas ser esclavo”. Otra publicidad mostraba una fotografía de Sartre y la leyenda: “Liberate de tus cadenas y ponte en acción”, y más abajo: “Lo que hagas, es todo lo que serás”.

La Internacional Antiovos era una agrupación que pugnaba por la prohibición absoluta del uso de ovos en lugares públicos. Sostenía que los ovos eran el inicio del fin, el suicidio de la humanidad, que no habían llegado para prestarnos un servicio sino para sumirnos en una adicción que estaba conduciendo a la sociedad hacia un aletargamiento irremediable y fatal.  Los más extremistas afirmaban que la extraordinaria difusión del adminículo era parte de un plan mentado por las Multinacionales y las Corporaciones para mantener a las masas adormecidas, mientras acumulaban más y más poder.
En sus variantes más virulentas, algunas facciones de la organización desarrollaban actos vandálicos en distintas ciudades, destruyendo comercios de artículos electrónicos e incendiando automóviles, en algunos casos.

Rato después, Enroque y Guinea tomaban un trago sentados en los esterillados silloncitos de un bar muy concurrido.
—¿Qué piensas de esto? Dijo él señalando los folletos.
—Por mi parte, prefiero mirarte en vivo y en directo —respondió la chica acodada en la mesa con la cabeza inclinada y una mirada levemente provocadora.
El se quedó observándola, recordando la pasión con que se trataban en el espacio virtual y decidió ir adelante.
—¿Cómo será besarse en este sitio? —dijo, al tiempo que acercaba su rostro.
—Probemos —dijo ella.
Se besaron un momento.
—Es mejor —dijo la chica—. Definitivamente —sonrió. Luego tomó los folletos y bromeó—. Debemos afiliarnos ahora mismo.

Continuaron el paseo abrazados. Ya entrada la noche, caminaron hasta la puerta del hotel donde Guinea se alojaba.
—¿Quieres entrar a conocer? —dijo la chica
—Quiero entrar —respondió él—, pero no exactamente para conocer el hotel.
Guinea moduló una carcajadita breve, lo tomó del brazo y lo empujó hacia adentro.

La habitación era amplia y tenía cierta espectacularidad debida, en parte, a un sector del techo consistente en una gran placa de vidrio que caía como un tejado, dejando ver al otro lado el negro cielo nocturno. La chica espió al pasar, su ovo tirado en un estante del vestidor, con el display centellante de mensajes pendientes.

—Observa esto —dijo, y apagó casi todas las luces.
Sin nubes y sin luna, el cielo pareció encenderse con millones de chispas detrás del vidrio.
Enroque y Guinea se abrazaron, cayeron sobre la cama e hicieron el amor bajo la luz de la Vía Láctea.
Varias horas después se despidieron en la puerta.
—Fue la mejor noche de mi vida —dijo ella.
—Esperemos a ver las siguientes —Respondió él. Se fundieron en una larga despedida y el hombre se marchó.
Guinea cerró la puerta, se quedó inmóvil un instante llevándose las uñas a la boca. Volvió a espiar su ovo centellante en el estante y se abalanzó sobre él, ansiosa por develar uno a uno el manojo de mensajes que hacinaban el buzón.

Conforme avanzaba la semana, la rutina de Enroque y Guinea incluía cada vez menos paseos y más momentos de privacidad. Pero el viernes, la relación dio un salto hacia delante.
Regresaban de un almuerzo liviano hacia el hotel de Enroque cuando vieron avanzar de frente a un grupo de al menos cien manifestantes violando la prohibición de uso de ovos, con pancartas alusivas a la libertad de elección del ciudadano. “Si eres libre, debes poder elegir”, rezaba una. Otros enarbolaban una enorme caricatura de Sartre en blanco y negro bajo la leyenda “Libertad es libertad de elección” y “Fuera la prohibición”.
Así como existía un grupo que denostaba la irrupción de los ovos, existía otro que se oponía a la prohibición. El primero hablaba de “liberación” y el segundo de “libertad”. Y como al Moisés de los judíos y los musulmanes, ambos ensalzaban a Sartre.
Enroque se volteó y observó que detrás de ellos avanzaba una formación de policías antidisturbios alineados detrás de sus escudos, dispuestos a reprimir la protesta.
Los manifestantes comenzaron a tirar piedras a la policía, y esta respondió con gases y una arremetida a paso vivo, de modo que la pareja quedó en medio de un fuego cruzado.
Enroque arrastró a Guinea hacia una vidriera para evitar el choque, pero los activistas avanzaron rompiendo los negocios con sus palos. Rápidamente cundió el caos y un desorden de corridas y gritos ganó la calle. Enroque volvió a buscar refugio aplastándose contra una puerta, abrazando bien fuerte a Guinea, mientras pensaba en la curiosa antinomia. ¿Dónde estaba la libertad? ¿Era libertad deshacerse de la adicción aletargante por los ovos o lo era dejar que las personas sucumbieran a ella, si así lo deseaban, aunque esto condujera a una declinación de la raza humana? Se quedó inmóvil buscando una respuesta en la enorme imagen de Sartre que avanzaba sacudiéndose en lo alto; pero no encontró en esos ojos más que una metáfora de la encrucijada.
Guinea se hundió en el pecho de Enroque, cerró los ojos con pavor y sintió que su hombre era una gran muralla protectora que la defendía de todos los males, y que nada le ocurriría mientras mantuviera los ojos cerrados y la cabeza apretada contra su pecho. En ese momento comprendió que hasta entonces todo había sido una mera aventura amorosa, y que ahora estaba perdidamente enamorada.
Esa noche fue distinta. Fue mejor. Permanecieron recostados uno contra el otro. Conversando, expresándose sus mutuos sentimientos. Por primera vez habló Guinea de formar una familia, de pasar la vida juntos. El asintió y agregó muchos hijos a la historia. Enroque se había enamorado ya en aquellos días de los encuentros virtuales.

El domingo lloraron en la despedida. Lloraron muchas veces y se prometieron nuevos encuentros. Ya lo arreglarían en sus contactos virtuales. Formarían una familia, tendrían muchos hijos y una vida plena de felicidad. Solo restaba el trámite aquel de develarse sus mutuas “mentiras de internauta”. Luego hablarían de eso. Jamás durante la triste despedida.
Enroque marchó hacia la estación de trenes y Guinea tomó un auto al aeropuerto. Su avión despegó a las 11:50. Instantes después se apagó la luz de prohibición de ovos y todos los pasajeros se colocaron sus cascos con la ansiedad de un síndrome de abstinencia. El bólido realizó un suave giro y se inyectó en el cielo a la velocidad de un rayo con su cargamento de personas sin miradas.

Dos meses después, Guinea confirmó sus sospechas. Salió del consultorio con el ancho sobre blanco del laboratorio. Ya no cabían dudas, esperaba un hijo de Enroque.
Sintió emoción y algo de temor. El plan de una familia debía acelerarse. ¿Cómo lo tomaría él? Bien, sin duda. Si Enroque deseaba muchos hijos, no podía ofuscarse con el primero. ¿Cómo se lo diría? ¿Cuándo se lo diría?

Ese día Guinea entró a la planta con la mente en cualquier sitio. Marcó su ingreso en el reloj y caminó por los oscuros pasillos hasta su sector de trabajo. Su mente volaba, iba y venía, imaginaba el futuro y le temía, y a la vez lo deseaba. Tomó asiento en su silla y realizó un rápido paneo. Contempló por un instante el perezoso bamboleo de los ovos sobre las cabezas de ese ejército sin rostros.  Hoy era distinta la rutina. En dos horas se conectaría con Enroque. En dos horas le daría la noticia. En dos horas cambiaría su vida.
Su compañero a la derecha llegó y tomó asiento. Guinea sintió el roce hostil de su uniforme contra ella. El hombre saludó con un impersonal “Buenos días”. Ella lo espió y volvió a mirar al frente con desprecio. Hoy no se preocuparía por ese imbécil, por más que se pasara el día montado sobre su hombro, espiando su trabajo, presto a saltar sobre ella en cuanto dejara pasar un brownie con la puntita mellada.
—Idiota —masculló—. Metido de mierda… Puto.