domingo, 11 de abril de 2010

La Manchita

El señor Toledo era un amante de la pulcritud absoluta. Esa mancha en el ventanal de la oficina debía resultarle inadmisible. Torció la boca hacia la puerta y gritó un nombre. Al momento acudió una mujer, morocha y corpulenta. Vestía un delantal azul claro, y llevaba en la mano un trapo rejilla gris oscuro.
— ¿Que es esto Irene? —dijo el hombre en tono imperativo.
La mujer se quedó muda, un poco por terror, y otro poco por ignorar con qué se saldría ahora el despiadado.
Al cabo de un lapso atiborrado de mirada, Irene contestó
— ¿La ventana, señor?
— ¡No! Esto, esto aquí. ¿No lo ve?
Todo el cuerpo del señor Toledo se había contorsionado en torno a la mancha en el vidrio, que yacía inerte al final de su dedo cadavérico.
La mujer se acercó y contempló la pequeña manchita del tamaño de una pulga.
—Enseguida me ocupo señor —dijo ella.
—No, ahora ya es tarde, necesito la oficina. Tendré que utilizarla así. Mañana se me viene más temprano. A las ocho ese vidrio tiene que estar limpio.
Irene se retiró jurando máxima eficiencia para el día siguiente.
A las siete, ya estaba la pobre fregando la mancha. Primero la acometió con un simple paño húmedo. Luego, con un limpiador multiuso y una esponjita dura. Más tarde, ya cerca de las ocho menos cuarto, intentó con ácido muriático y la punta de un cuchillo. Pero la mancha no cedía ante nada. Y se hicieron las ocho, y la mujer seguía agazapada contra el vidrio, y a su espalda ya se oían los gritos del señor Toledo.
— ¿No le dije que viniera más temprano para atender ese asunto?
— Señor, vine hace una hora, pero la manchita no sale.
— ¿Usted me ve cara de idiota?
Toledo levantó el teléfono y ordenó
— Leticia, que me preparen la liquidación de Irene Rivero. Mañana pasará por ella.
Y sin siquiera mirar a la mujer, vomito un “Junte todo eso y váyase”

Toledo tenía cosas que atender esa tarde. Al día siguiente se reuniría el Directorio, y como responsable de Cuentas Corrientes, tendría muchas preguntas que responder sobre clientes en mora y otros asuntos. Al Directorio había que explicarle todo. Habían quedado atrás los tiempos de aquella comunión de ejecutivos preocupados por el desempeño de la empresa; ahora el “alto mando” estaba formado por una lacra de jovencillos germinados en las universidades, capitaneados por ese niño absurdo que el benemérito señor Pastrana, padre y fundador de la firma, había tenido la mala suerte engendrar. Y en su ignorancia supina, los niños preguntarían todo con ademán desafiante y gesto de entendidos. Pero un Directorio hostil no le preocupaba. A él nadie podría tocarlo. Treinta años de servicio no eran poco y un despido estaba fuera de toda conveniencia para la economía de la empresa.
Enfurecido a expensas de sus propios pensamientos, Toledo hundió el cerebro en el monitor de la PC y estuvo acomodando números hasta las cinco de la tarde.
A su espalda, como una daga diminuta que le picoteaba el cuello y le toqueteaba el alma, yacía la mancha en la ventana.
Ya avanzada la tarde, suspendió toda actividad y se aglutinó contra el vidrio, trincheta en mano, con la firme decisión de extirpar la mácula inquietante.
No tardó mucho en comprender que no se trataba de una mancha sino más bien de una melladura en el vidrio, capaz de confundir al observador porque su diminuta concavidad portaba una negrura absoluta.
Solo había una forma de librarse del condenado puntito negro. Se puso de pié, sujetó su sillón desde el respaldo y golpeó el amplio vidriado con las patas del mueble, produciéndole al instante un teselado irregular y diminuto que se extendió rápidamente por la superficie del vidrio. Acto seguido, levantó el teléfono y ordenó
—Leticia, llame a algún vidriero que pueda venir mañana temprano. Ha estallado el vidrio de mi ventanal.

Entre las ocho y las nueve, Toledo enloqueció a Leticia, quien tuvo que llamar a la vidriería no menos de cuatro veces para averiguar el por qué de la tardanza. Finalmente, hacia las nueve y cuarto le empresa se hizo presente.
—Para la tarde lo tenemos solucionado, Don Toledo—dijo el vidriero—. Tomamos las medidas, lo cortamos en el taller y lo venimos a colocar.
— ¡De ninguna manera! Necesito esto resuelto ahora mismo. ¿Por qué no vinieron más temprano?
El oficial del vidrio hizo un gesto de fastidio y rápidamente se recompuso.
—Bien —dijo—, cuando usted encuentre alguien que lo haga “ahora mismo”, coménteme quién es, que tendré curiosidad por conocerlo. Vamos —le dijo a su ayudante y enfiló para la puerta.
—Venga para acá y no se haga el idiota.
Como siempre ocurre en estos casos, el señor Toledo tuvo que avenirse a las condiciones impuestas por el vidriero, además de anteponer una costosísima disculpa por el apelativo de “idiota”. Así eran las cosas siempre: cuando había que hacerlas se tardaba más.

Su participación en la reunión de Directorio no fue nada feliz. Los Directores se centraron en la cuenta de Galíndez & Baumann. Justo esa cuenta. Preguntaron todos los detalles y enseguida se hizo evidente que Toledo había estado manipulando los movimientos. El hombre no podía dejar de transpirar mientras hacía sus defensas retóricas tratando de eludir las preguntas, amalgamando el tema concreto con menciones de su fidelidad a la empresa, sus treinta años de servicio y su impecable legajo. Nadie se atrevió a acusarlo de nada, pero en lo más comprometido de la interpelación, Javier Pastrana, el joven presidente lo excusó ante todos los presentes considerando que el señor Toledo seguramente se encontraba exhausto y que creía oportuno cerrar el tema allí.
Ese desgraciado. Se pasaba el día contrariándolo en casi todos los frentes: “Esas prácticas están fuera de moda, Toledo”, “Esos sistemas ya fueron superados”, y que la Internet “esto” y el Departamento de Sistemas “aquello”; y ahora se mostraba caritativo frente a sus pares. A los ojos de Toledo, su aparente acción piadosa era realmente una muestra de la más vulgar hipocresía.
Regresó a su oficina con el abatimiento escrito en la cara. La ventana se encontraba totalmente abierta, sin vidrio de ninguna clase y un viento huracanado le despeinó el escritorio cuando abrió la puerta para entrar.
Colocó unos papeles en su portafolio y salió inmediatamente.
—Regresan a las cuatro señor, y en una hora lo dejan instalado —dijo Leticia ante la tibia consulta de Toledo—. ¿Se encuentra bien? —agregó.
—Sí. Bien, bien —dijo como pensando en otra cosa—. Yo me retiro entonces. Hasta mañana.
Condujo turbado por la autopista, que todavía tenía buen ritmo de marcha. Bajó hacia la derecha donde siempre, y se detuvo a recargar combustible. Luego aparcó y se sentó en una mesita, en el luminoso bar de la estación de servicio. Allí se percató de que realmente tenía hambre.
Pidió unas hamburguesas. Comió y bebió y su ánimo comenzó a recuperarse. ¿Qué tenían para reprocharle esos imberbes, esas pequeñas cucarachas de cajón? Por supuesto que había adulterado las cuantas de Galíndez & Baumann. Aquella empresa había cerrado sus puertas de un día para otro y los responsables habían desaparecido. Toledo diseñó una pirueta contable para sustraer los últimos tres pagos que Galíndez formalizó antes de cerrar, haciéndolos desaparecer de su cuenta corriente con la certeza de que nadie vendría a reclamar. No estaban lejanos los tiempos de su retiro y era el momento de hacerse un capital. Don Pastrana había muerto hacía más de un año. A él jamás le hubiera hecho una chanchada; pero al Javier este... Era un niño bien, que había heredado una bonanza de la que no era merecedor. Y ahora la usufructuaba a costa de individuos como él, que con su esfuerzo abnegado sin duda había aportado más que nadie por construir la Compañía. ¿Por qué debía marcharse con las manos vacías? ¿Acaso era justo? Si la ley no aseguraba la justicia, él haría justicia fuera de la ley.
Y así, con el estómago lleno, Toledo halló las fuerzas necesarias para justificar el desfalco ante su propia conciencia. Ahora fijaría una estrategia. Si bien resultaba imposible limpiar completamente las sospechas de fraude, también sería imposible probar la estafa ante un tribunal. Dejaría todo lo suficientemente confuso para que nadie pudiera probar nada. Y si querían despedirlo, adelante, su indemnización ascendía a una pequeña fortuna.

Al día siguiente Toledo llegó a las ocho, como siempre. Le pidió a Leticia que no le pase los llamados. Ingresó a su despacho y se complació de ver el amplio ventanal inmaculado ataviado de ciudad y de cielo, y de un brillo conmovedor. Tomó asiento en la cómoda butaca giratoria y se sumió en el abigarrado desfile de reportes y aplicaciones del Sistema de Cuentas Corrientes. Trabajó de corrido hasta las diez, tratando de dar forma a su dibujo. Luego, un principio de contractura lumbar le indicó que ya era tiempo de un respiro. Se puso de pié, se desperezó estirando los brazos hacia el techo con los dedos entrecruzados hacia arriba, realizó un par de movimientos de elongación de espalda y cuello, se preparó un café instantáneo y cuando regresaba a su butaca quedó paralizado frente al vidrio, inmerso en la más absoluta confusión. En el mismo exacto sitio que en la víspera, incrustada en el vidrio con igual tesón e igual negrura, podía verse nuevamente esa manchita oscura, chiquita, del tamaño de una pulga.
La escena no tenía sentido. Él mismo había visto el vidrio aquel, cuarteado en mil pedazos como el suelo reseco del Atacama. Él mismo había visto el marco vacío del ventanal, trayendo los vientos del río. Y él mismo se había deleitado esa mañana con la pulcritud del vidrio nuevo. ¿Qué era entonces esta mancha, ahora? La pregunta no tenía respuesta ni la iba a tener ni era el momento de ocuparse de ese asunto. Muy perturbado, Toledo se dirigió a su butaca con paso vacilante y la taza de café temblándole en la mano, tomó asiento y se volvió a hundir en la pantalla.
Le llevó media hora darse cuenta de que ya no podría concentrarse. La mancha era un áspid venenoso espectando agazapado a sus espaldas. No había forma de ignorar su presencia. Ya no era una simple mancha, era una mancha que había sobrevivido a la remoción del vidrio en que yacía, una mancha absurda, contraria a la razón. Ahora era una mancha misteriosa, era lo desconocido fastidiándole la mente justo desde atrás.
Por horas el hombre intentó e insistió con sus tareas, pero no había caso. Sus ojos miraban adelante y sus pensamientos miraban hacia atrás.
Promediando la tarde Toledo dio un golpe con la palma sobre el escritorio, apagó la PC, giró 180° la butaca y se agazapó frente a la mancha para observarla desde muy cerca. Hubiera jurado que ahora era más grande. Tratando de aprenderla, la picoteó con la punta del bolígrafo. Rápidamente volvió a comprobar que parecía ser más bien una mella en el cristal. Siguió con el suave martilleo y ahora sí, decididamente la mancha comenzó a extenderse, aumentando de tamaño visiblemente. Pronto superó el grosor del cuerpo de la lapicera. Probó golpearla nuevamente pero ahora el bolígrafo se hundió varios centímetros dentro de lo que parecía ser más bien un agujero. Pero un agujero extraño, porque no era posible ver el trozo de bolígrafo saliendo al otro lado del cristal. Probó insertarla casi por completo y nada vio salir del otro lado.
El miedo dio paso a la curiosidad, y Toledo se pasó un largo rato jugando con su hallazgo, mientras la extraña oquedad continuaba extendiéndose en el vidrio. Toledo metía la mano hasta el codo y la sacaba nuevamente, y no veía la mano del otro lado del cristal, ni sentía el frío o la brisa de la intemperie. Además, la mano desaparecía en la negrura apenas traspasaba la superficie definida por el vidrio, y volvía a aparecer al extraerla. Era como si un espacio nuevo hubiera aparecido en la oficina. Algo que se abría entre el ventanal y el exterior. Además, la mano no chocaba contra nada, y podía revolver la cavidad sin tocar objeto alguno, incluso doblando el brazo hacia atrás. Con el brazo metido en el hueco hasta el hombro, probó darse un puñetazo en la cara, pero presintió el brazo, sin verlo, seguir de largo hasta la altura de la nuca. Era una sensación extraña y divertida. Su brazo estaba en otro universo.
A la media hora, la mancha tenía el tamaño de un neumático. Toledo no resistió la tentación de meterse a investigar. Buscó una linterna en el cajón de su escritorio y se sumergió de cabeza en el hueco, linterna en mano. Estaba ya metido hasta la cintura cuando dijo visiblemente conmovido
— ¡Dios mío! ¿Qué es eso?
Despegó los pies del piso y apuró el trámite para terminar de entrar.
Cuando hubo desaparecido completamente dentro del hueco, la mancha comenzó a cerrarse tras él. Y nada de él surgió del agujero mientras éste se cerraba. Ni un pié, ni un grito, ni una palabra. Varios minutos demoró la mancha en contraerse. Se redujo hasta su tamaño inicial y aún más, hasta perderse de vista.

Al día siguiente, nadie supo nada de Toledo. Era extraño porque nunca se ausentaba sin aviso. Luego de tres días de ausencia y en vista de que Toledo no tenía parientes en la ciudad, la empresa dio parte a la policía. Unas horas después, dos oficiales se apersonaron para recabar información. Le hicieron muchas preguntas a Leticia, su secretaria.
—Llegó a las ocho, como siempre —dijo—. Me pidió que no le pasara las llamadas. Estuvo trabajando hasta el mediodía, luego salió a almorzar y regresó a la media hora. Me repitió que no le pasara llamadas y permaneció en su oficina hasta que me fui. Siempre me voy antes que él. Al día siguiente no vino y pude comprobar que se había olvidado el portafolio. Ni siquiera lo había cerrado. Eso sí me llamó la atención, pero un poco, nada más.
Los oficiales ingresaron a la oficina de Toledo y cerraron la puerta tras de sí. Observaron el lugar, revolvieron el cesto de papeles, encendieron la PC y anotaron el nombre de los últimos archivos abiertos, revisaron los armarios, encontraron allí el tarro de café instantáneo, lo abrieron con cuidado, prepararon dos cafés, se sentaron y tomaron un refrigerio que duró hasta el final de la requisa. Luego se retiraron agradeciendo a Leticia su colaboración.

Al día siguiente, luego de anunciarse, un sujeto ingresó en la oficina de Javier Pastrana. Tenía el cabello negro muy corto, casi rapado, y una barba candado muy prolija. Vestía un traje negro de solapas mínimas y un leve brillo mate, una camisa lila claro y una curiosa corbata negra con lunares rosados. Llevaba un reloj de oro y una pulsera a continuación. Se hacía llamar Carlos García.
—Tome asiento por favor —Indicó el joven empresario— ¿Desea tomar algo?
—No, gracias —dijo el sujeto mientras se sentaba.
Ambos rostros estaban serios y tensos.
—El trabajo está hecho —dijo el visitante.
Pastrana se acomodó contra el respaldo e intentó cuestionar.
—En realidad, el señor Toledo solo ha desaparecido hace cuatro días y no tenemos certeza…
—Amigo Pastrana —interrumpió el sujeto abruptamente—, entiéndame bien lo que voy a decirle, porque no pienso a repetirlo: El señor Toledo no está más.
—Comprendo —balbuceó Javier.
—El trabajo está hecho —repitió el barbado.
Pastrana modeló una sonrisa amplia para cortar la tensión.
—De acuerdo, de acuerdo. Pero ¿Dígame, como lo hicieron? No hay registro de ningún accidente, no hay cuerpo, no hay evidencias.
—Tal como le dije en su momento, Javier, utilizamos una técnica nueva, muy reciente, muy efectiva y muy limpia. Nos hemos especializado en esto y somos los mejores. Pero no puedo darle los detalles del procedimiento.
—Entiendo —Pastrana hizo silencio y agregó—. Y esta técnica que ustedes usan ¿Es muy dolorosa para la víctima?
—No ha sido así en este caso. Tal como usted lo pidió, nos abocamos a su mera desaparición y el señor Toledo no ha sufrido en absoluto. Pero en otras aplicaciones, esta tecnología puede ser sumamente dolorosa. De hecho, podemos provocar tanto dolor como es posible infligir a un ser humano; un dolor desesperante en cada centímetro cúbico del cuerpo. Un dolor horroroso, un sufrimiento lento, punzante, insoportable. Todo depende del servicio contratado por el cliente.
El hombre de negro relataba el horror absoluto con la misma soltura y frialdad con que se comenta un partido de futbol.
Pastrana, en cambio, se puso pálido frente a semejante descripción.
— ¿Y hay mucha gente que contrata ese tipo de… servicios? —preguntó.
—No sabe nuestra mano izquierda lo que hace la derecha —fue la respuesta.
Pastrana abrió un cajón del escritorio y extrajo un cheque ya conformado. Lo miro un instante y se lo entregó.
—Tenga usted, lo que habíamos acordado.
El hombre lo guardó dentro del traje sin mirarlo
—Gracias.
— ¿No piensa verificar la cifra?
—No hace falta. Nadie cometería la estupidez de engañarnos.
Pastrana sonrió mientras tragaba saliva.
Antes de salir, el señor García se volteó y agregó una cosa más.
—Ya me olvidaba. Mañana por la mañana concurrirá una persona de nuestra agencia para realizar una última “limpieza” en la oficina del señor Toledo. Se hará pasar por personal de una empresa de telefonía.
Pastrana se alarmó.
—Pero la policía ya ha registrado el lugar.
Ahora García sonrió abiertamente.
—No se preocupe por eso. Solo asegúrese de que lo dejen entrar.
El sujeto se marchó y Pastrana se desplomó en su sillón. Pensó en lo que acababa de hacer mientras miraba cómo su índice izquierdo escarbaba la uña del índice derecho. Toledo se lo merecía. No había hecho nada por intentar acercarse a la nueva conducción. Por el contrario, lo había estafado. No le había dejado alternativas. Y aún así él había tenido la delicadeza de regalarle los candores de una desaparición indolora.
Levantó el teléfono.
—Leticia. Mañana por la mañana vendrá personal de la empresa de telefonía a realizar una instalación en la oficina de Toledo. Hágalo pasar y asegúrese de que nadie lo moleste.
— Si señor.

El hombrecito era un verdadero personaje. Muy bajito, ligeramente obeso, tenía la cabeza redonda y pelada al centro. Una nariz breve y respingada sobre la que a duras penas se mantenían sus gafas redondas. Vestía un mameluco gris y llevaba una valija de herramientas de aluminio.
—Usted es Leticia —afirmó con una sonrisa juguetona.
—Si Señor —respondió Leticia, que ya trataba de “señor” hasta a su propio gato.
— ¿Ha visto? Se lo leí en la mirada, porque sus ojos hablan ¿lo sabía? Y tal vez, también le espié el nombre en el carnet que lleva prendido del bolsillo de la blusa.
Ambos rieron.
—Usted debe ser de la empresa de telefonía —dijo Leticia.
—Así es, y vengo a trabajar en la oficina de un señor Toledo. Pero ahora tengo más ganas de quedarme aquí, conversando con usted.
Leticia se puso de pié y lo condujo a la oficina mientras lo amenazaba.
—Mire que mi novio es muy alto y muy celoso.
—Si. Pero no está.
La puerta se cerró dejando a Leticia afuera, al hombrecillo adentro y sonrisas todo alrededor. Pero apenas se hubo cerrado la puerta, el limpiador se puso muy serio.
Abrió la valija sobre el escritorio y allí dentro pudo verse un curioso set de pinzas, bolsitas con cosas, frasquitos y otros objetos más curiosos. Y todo cuidadosamente encastrado en una bandeja de poliuretano expandido, donde cada objeto calzaba en una cavidad exacta.
El limpiador se colocó unos guantes de látex y comenzó a disponer los distintos elementos sobre el escritorio, incluyendo un bolsita especial para residuos, un dispenser de papel tissue, un marcador, un pincelito de acuarela de cerdas azules, un frasquito tan alto como grueso lleno hasta la mitad con una gelatina color ámbar, una pinza de joyero con la punta extremadamente fina, un recipiente parecido a una lata de pomada para lustrar zapatos, más pequeña, con una pastilla de polvo prensado en su interior y otros pomos y frasquitos varios.
Se colocó una especie de vincha con linterna y una lupa de joyero sobre el ojo derecho. A continuación, comenzó a recorrer la superficie del ventanal en busca de la manchita que se había devorado a Toledo. La encontró cinco minutos después. Era una mota negra del tamaño de un grano de polen. Rápidamente tomó el marcador y dibujó un círculo verde en derredor de la mota. Luego, con un gotero dejó caer varias gotas de un líquido muy fluido sobre la pastilla de polvo prensado. Con el pincelito de cerdas azules removió la mezcla hasta formar un almíbar transparente. Con una precaución absoluta, pintó con el almíbar toda el área dentro del círculo verde. Unos segundos después, la superficie así tratada se licuó y comenzó a bullir, al tiempo que todo el ventanal se puso a temblar como tiembla un vidrio detrás de un parlante a todo volumen. Unos segundos más y todo se calmó. El limpiador dejó pasar cinco minutos para que el almíbar trabaje. Luego sujetó la pinza fina, se volvió a calzar la lupa y comprobó que la mota se había removido con éxito de la superficie del vidrio. Intentó sujetarla con la pinza una, dos y tres veces, pero la mota se resbalaba y volvía a su charco de removedor. Al fin logró sujetarla mínimamente, la retiró unos centímetros de la superficie del vidrio y fue entonces que la mota resbaló de la pinza y se cayó. Instintivamente colocó la mano para atajarla y allí fue a dar sobre el guante. El hombrecillo se puso pálido y comenzó a temblar. Sabía que el guante no resistiría, sabía que la mota se adheriría a la piel de su palma y que nada era peor en este mundo que la mota adherida al cuerpo. Se quitó el guante con cuidado y con la lupa comenzó a recorrerse la palma de la mano izquierda. Allí estaba la partícula mortal, en una zona carnosa, cuatro centímetros debajo del meñique, incrustada en la piel con la adherencia más tenaz del universo. El limpiador se quedó inmóvil, temblando de terror, con la mirada perdida en el ventanal. Recordó con horror aquellos videos que le fueran mostrados durante su entrenamiento, donde se exhibía el modo como el dispositivo actuaba cuando se aplicaba sobre el cuerpo de la víctima. Y jamás olvidaría esos gritos desgarrándole el alma, ni la expresión de esos rostros deformados por el dolor mientras el dispositivo transformaba lentamente al desgraciado en un hoyo hacia la nada.
Súbitamente volvió en sí, buscó nuevamente la partícula diabólica en su mano, y la circuló con el marcador verde. Buscó en el escritorio algún objeto duro. La regla de acrílico estaría bien. Se la colocó en la boca y la mordió con fuerza. Embebió el pincel azul en el almíbar removedor, acercó el pincel a la palma, titubeó un instante sobre el círculo verde y aterrizó dentro de él con las cerdas embebidas en el ácido. Profirió un mugido ahogado y sin vocal y comenzó a temblar al tiempo que el removedor le licuaba la piel y la carne dentro del círculo hasta rebullir con un burbujeo pequeño. Un instante después dejó de temblar. Entonces miró el reloj. Debían pasar cinco minutos para que el removedor pudiera arrancarle la mota de la piel. Contó hasta trescientos empapado en sudor, luego miró el reloj. Faltaba un condenado minuto quince. El dolor era insoportable, pero a cualquier precio debía sacar ese objeto de allí. Por fin tomó la pinza y la lupa y enseguida halló la mota, negrísima, nadando en el pastiche marrón. Debió serenarse para mitigar el temblor de su mano, que se amplificaba al final de la pinza. Con un esfuerzo extremo, pudo sujetar con precisión el minúsculo dispositivo. Sin apartarlo de la vista lo llevó hasta el frasco con la gelatina color ámbar y lo introdujo dentro, cuidando que no roce la superficie interior. Se quitó la lupa y la vincha con linterna y profirió un resoplido largo con el cuerpo y con el alma. Se limpió la llaga con un tissue cuidando de tirar todo en la bolsa especial para residuos. Luego se roció la mano con un spray pequeño. Ejecutó la misma limpieza en el vidrio de la ventana. Tiró todo dentro de la bolsa. Abrió un pomo con más gelatina y llenó lo que quedaba del frasco, asegurándose que la mota quedara absolutamente rodeada por el gel. De la parte inferior de la valija, debajo de la bandeja de poliuretano, extrajo un pequeño soplete. Sujetó el frasco con una pinza especial y lo calentó durante cinco minutos. Sacudió el frasco y verificó con éxito que el curado del gel era el adecuado.
Se quitó el guante que le quedaba, y guardó absolutamente todo el equipo en la valija, incluyendo la bolsa de residuos. Luego se vendó la mano con gasa y cinta adhesiva. Se secó el sudor con un pañuelo y se ventiló el pecho sacudiendo el mameluco hacia adentro y hacia fuera. La tarea había terminado. Sujetó la valija, caminó hacia la puerta, antes de abrirla ensayó dos o tres veces la sonrisa y se largó de allí.
—Adiós hermosa —saludó a Leticia.
—Usted, tanto tiempo ahí adentro, no se llevará nada ajeno en esa valija ¿verdad? —bromeó la muchacha ya en confianza.
El hombrecillo se acercó a su oído y contestó la broma sobreactuando discreción.
—Me llevo al tal Toledo metido en un frasquito —dijo.

Esa misma tarde, en el despacho de Javier Pastrana, su vicepresidente discutía con él los pormenores del remplazo de Toledo.
—Mañana mismo viene el reemplazante —dijo Pastrana. Es un muchacho excelente, con antecedentes excepcionales en el análisis de cuentas corrientes. Cené con el la semana pasada… No, perdón, esta semana. Creo que fue el martes. Mañana mismo lo pondré en funciones.
Eduardo Yañiez, su segundo al mando, asintió con la cabeza y refutó con elegancia.
—Usted sabe, Javier, que algunos miembros del Directorio tienen otro postulante para el puesto.
—Lo sé muy bien, Yañiez, pero con su apoyo, no podrán oponerse. Supongo que cuento con usted en esto ¿verdad?
Yañiez hizo un silencio breve que enseguida preocupó al muchacho.
—Por supuesto, por supuesto. Yo estoy con usted, pero no deberíamos subestimar esta diferencia con el Directorio. Yo suspendería la concurrencia de su candidato mañana y enviaría al estudio los antecedentes de ambos postulantes para que se tomen un tiempo en realizar cierta inteligencia sobre los sujetos. Usted y yo sabemos que el informe del estudio se puede manipular. La operación podría demorar tres o cuatro días, pero cerrará la boca de los directores disidentes. Si usted me da esos cuatro días, yo puedo ocuparme.
Pastrana se quedó pensativo mientras se miraba los dedos y se escarbaba las uñas.
—Está bien —convino finalmente—. Esta tarde le hago llegar la carpeta del muchacho. Confío en usted.
—Déjelo en mis manos y despreocúpese —dijo Yañiez y agregó— En cuatro días ya no tendrá que lidiar con el problema. Délo por seguro.
Yañiez se retiró de la oficina y Pastrana se quedó sentado, pensando, mientras se hamacaba en su sillón. Ahora se había introducido la punta de un capuchón de bolígrafo debajo de la uña se su índice derecho. Últimamente el Directorio estaba mostrándose poco dócil. Otros accionistas estaban representados allí. Sin duda disciplinarlos resultaría en lo sucesivo cada vez más complejo. Afortunadamente contaba con Yañiez que era un hábil jugador en ese terreno. De todos modos, la pelea lo crispaba. Era una lucha de poder, un escenario al que debería acostumbrarse. Es solo que ahora, precisamente ahora, la situación le producía una ansiedad irreprimible y no dejaba de escarbar la uña de su dedo derecho con la uña del izquierdo. ¿Acaso era posible que el Directorio se confabulara, que lo hostigara hasta el límite y lo indujera a vender su mayoría accionaria? ¿Existiría un riesgo real de perder el control de la empresa fundada por su padre? Por un momento extrañó a Toledo, que era el pasado. Y extrañó también su aun reciente desmesura juvenil: Las picadas en Avenida del Libertador a las dos de la mañana, los maravillosos excesos de sexo y alcohol, acunados por la noche de la ciudad que no duerme. Las parrandas y el descontrol de dos o tres días sin dormir. ¿No sería mejor dejar este juego de intereses absurdos y volver a la felicidad aquella? Tal vez, realmente él fuera aún muy joven para estas batallas en la cumbre. Pero su espalda ya cargaba con Toledo. Y al fin de cuentas la carga no pesaba tanto. Tal vez realmente tuviera vocación para el mando y solo le faltara hacerse el hábito. Y afortunadamente estaba Yáñiez, para sostenerlo mientras maduraba. Y afortunadamente también, estaba esta persistente suciedad debajo de la uña de su índice derecho, que le permitía escarbar y escarbar hasta mitigar su ansiedad. Era una manchita negra, chiquita, del tamaño de una pulga.

lunes, 5 de abril de 2010

Concierto en Alta Mar







Ella la bella 
embarca la barca 
parte con su arte 
zarpa con su arpa 

la marea la marea 
y con cierto desconcierto 
da un concierto cierto 
sin ningún acierto 

desde los confines 
define delfines 
y desfila en fila 
una sola anguila 

las notas que brotan 
ya desde la borda 
escapan cual hordas 
salvajes confusas 
de semicorcheas 
corcheas y fusas 

insulto reñido 
con toda moral 
desde su escondrijo 
le espeta un coral 

callen a la niña 
gritan y se apiñan 
callen a la bella 
que nos hace mella 

que se parta el arpa 
le grita la carpa 
que se parta el arpa 
y que parta la niña 
o bien parta el arpa 
y la niña se parta 

ajena a los hechos 
que a todo enajena 
la niña se afana 
les toca con ganas 
aprieta los ojos 
retuerce las sienes 
y mece su cuerpo 
con unos vaivenes 

Hartada la fauna 
de tanto estoicismo 
llamaron al pulpo 
que habita el abismo 

el bicho gigante 
lento se aproxima 
tapaban sus oídos 
un par de sardinas 

la asió de un zarpazo 
a la altura del vientre 
daba zapatazos 
la niña gimiente 

Por un orificio 
baboso y sombrío 
se perdió la niña 
su canto y su brío 

Y tuvo aquel pulpo 
gran descompostura 
expelió a la hora 
arpa y partitura 

Dicen que la niña 
en tren de venganza 
le llenó la panza
con pasos de danza

sábado, 20 de marzo de 2010

El Bache

Llovía a baldes justo a la hora en que todos salimos del trabajo para casa. Como ya es habitual, algunas calles comenzaron a anegarse y todo el parque automotor inició ese desfile de vueltas absurdas buscando por dónde salir a la autopista.
No sin cierta duda, me le animé a una calle que no se mostraba tan comprometida. Me perfilé para cruzar la bocacalle, que parecía una laguna, y me aventuré en primera manteniendo el motor sobre acelerado.
Bajé la primera cuneta, subí al lomo de la calle transversal y volví a bajar en la segunda. Pero la segunda cuneta resultó ser una trampa mortal. El auto se internó en un bache inconmensurable y comenzó a bajar y a hundirse hasta perderse completamente bajo el agua. Sentí un ruido de hierros quebrados en el motor, adelante, mientras observaba con desesperación como el agua trepaba por la superficie exterior de los vidrios.
El auto estaba fuera de control y el bache parecía no tener fin. Descendí un buen trecho sumergido, carreteando sobre un lecho pedregoso con el agua filtrándose por los burletes. Finalmente empecé a subir un poco hasta encallar en una barranca de lodo chirlo, ya fuera del agua.
Descendí del vehículo tratando de entender lo que había pasado. Esta no era la calle anegada, del otro lado de la cuneta; esto era una gruta oscura en algún lugar debajo de la calle.
Miré para atrás. La barranca era la orilla arcillosa de un río negro que discurría de izquierda a derecha con buena correntada. Sobre la barranca y dentro de la gruta se hallaban esparcidos decenas, tal vez cientos de autos encallados. Algunos eran realmente muy viejos, casi todos estaban herrumbrados y mostraban los signos de haber sido parcialmente desmantelados. Toda la orilla parecía un depósito de chatarra automotor.

— ¡Jefe! Si no lo corre se lo va a tapar el agua. Mire que está lloviendo mucho.
Miré hacia adentro de la gruta entrecerrando los ojos y apareció una silueta recortada detrás de un resplandor tenue y amarillento que venía de costado.
—Mire, yo le digo por experiencia. El río está lleno de chatarra que se la comió el agua.
— ¿Usted es de acá? —le pregunté.
—Mucho gusto. Julio, para servirle —dijo.
—Fabián —respondí. Y nos dimos la mano.
—De acá, lo que se dice de acá, no soy. Pero ¿vió? Ya hace ocho años que estoy, y al río este lo conozco bien.
Julio era un hombre cincuentón, pura panza y culo. Caminaba como atajando la caída en cada paso y vestía unos harapos que alguna vez fueron pantalón de gabardina y camisa de manga corta.
Apuntó al interior de la gruta y gritó
—Negrete, vení que hay que correr un auto.
Desde la oscuridad llegó un gigante. Medía más de dos metros y era un oso. Me dio la mano sin decir palabra, pero creo que esbozó una sonrisa. Se fue hacia la parte trasera del auto, se puso de espaldas al baúl, lo sujetó del paragolpe y lo movió como diez metros, él solito, caminando hacia atrás barranca arriba.
—Listo Don Julio. Después vemos donde lo ponemos —dijo.
A medida que la vista se me habituaba a la oscuridad, empecé a descubrir la cueva. Era una gruta inmensa con paredes a veces de barro húmedo, a veces de ladrillos viejos. Se internaba perpendicular al río subterráneo y no le podía ver el final. Pegado a las paredes de la gruta estaban emplazados unos asentamientos muy precarios, que eran como cubículos separados por chatarra automotor más o menos plana. Tapas de baúl, techos y puertas servían de separación. En cada cubículo vivía gente. Varios de sus habitantes estaban en la entrada, que siempre daba al pasillo central, sentados sobre butacas de auto en estado calamitoso. Otros merodeaban de pié mirando la escena de mi llegada. Casi todos vestían harapos. Al fondo se escuchaba una radio relatando un partido de futbol con mucha interferencia.
— ¿Dónde estamos, Don Julio? —le pregunté, todavía atontado por el asombro.
—Este es el asentamiento del Bache del Cruce —dijo el hombre mientras emprendíamos la caminata por el pasillo central de la gruta—. Todos los que estamos acá nos fuimos cayendo al bache. Un día uno, otro día otro ¿vio como es? Yo hace ocho años que estoy, pero no soy el más viejo. A mi me sacaron del río con dos costillas rotas. No sabe lo que fue. No se me curaban más. Pero al final se curaron y aquí estoy. Ocho años hace que estoy, ya. Usted tuvo suerte. Cada tanto sacamos algún muerto. Es un bache jodido.
Caminábamos por una superficie tapizada de paneles insonorizantes embebidos en barro. La humedad era sofocante. Había filtraciones por todas partes, algunas importantes, que chorreaban desde el techo y las paredes y formaban charcos grandes sobre el pasillo central y dentro de los sectores habitados. Cada tanto nos llegaban oleadas de un hedor nauseabundo.
— ¿Y por donde se puede salir de acá? —pregunté.
Don Julio me miró entre confundido y compasivo, como si yo hubiera preguntado la mayor barrabasada.
—Mire, primero hay que ver dónde lo ponemos. Dónde se va a quedar, donde va a dormir. Para lo demás hay tiempo. Eso sí, vaya al auto y saque todo lo que pueda. Y ciérrelo bien, con llave. Pero quédese tranquilo, por ahí andan los perros de Negrete que son bravos y ahuyentan a los pibes. Mañana le decimos a Armando que se lo mire un poco.
Amagué volver al auto y retrocedí dubitativo.
— ¿Usted me espera acá? —le dije con el temor de un chico que empieza la escuela y teme que la madre se marche.
—Si, vaya tranquilo hombre.
Troté hasta el auto. Comprobé enseguida que el habitáculo estaba inundado. Me senté en la butaca y no resistí darle arranque para ver que pasaba. Muerte absoluta. Saqué los papeles, los lentes de sol, las llaves y unos cuantos CDs. No omití sustraer un paquete de galletitas aún seco y las cosas del baúl. Cerré todo y volví con el panzón.
Ahora sí, nos internamos en lo profundo de la calle.
Las viviendas eran separaciones apoyadas contra la pared de la cueva, de cuatro o cinco metros de ancho. A excepción de unas pocas, no tenían cerramiento de frente, y las que lo tenían carecían de puerta. No había privacidad. Alguna que otra contaba con televisor blanco y negro, todos invariablemente encendidos y en ausencia de espectadores. Las precarias viviendas estaban iluminadas por faroles que, luego supe, quemaban nafta o gasoil. De tanto en tanto había alguna lamparita eléctrica.
Sobre la calle central de la gruta, tres o cuatro chicos jugaban a salpicarse en un charco marrón crecido por la lluvia. De una de las casas salió una mujer gorda que les grito con algún acento provinciano
— ¡Dejen de joder con el charco, ché! Que después hay que lavar todo.
La mujer tenía en brazos a un chiquito que no llegaba al año, y al parecer estaba embarazada. Le faltaban casi todos los dientes.
—Ramona —dijo Don Julio—. Tiene cinco chicos y está esperando el sexto. Así son. Y de esto hay mucho acá. Se encaman con el primero que pasa y después lloran miseria porque se llenan de hijos.
— ¿Y hace mucho que está acá?
—Ramona nació acá. El padre se cayó al bache de Alcantarilla Grande con un Fiat 1500, creo. Allá se juntó con una chaqueña que murió a poco de nacer la nena. El se vino con Ramona para El Cruce. Pero cuando la chica tenía doce o trece, al hombre le agarró no se que mierda de los huesos y se murió. Así como la ve, apenas pasa los veinte la piba. Ahora está gorda, pero hace unos años era un bomboncito.
Después de hablar un ratito de los antiguos encantos de la joven, se me acercó y me dijo en tono bajo.
— ¿Ve aquel morochito que está pateando el agua? —señaló con discreción a uno de los chicos.
—Si, ¿el que tiene el ombligo para afuera? —busqué confirmar.
—Si, ese, el mayorcito —dijo. Y sin dejar de mirarlo agregó
—Es mío.

Caminamos en silencio un rato más y doblamos por un pasadizo angosto que se abría hacia la izquierda. El olor a excrementos humanos se hizo más intenso.
—Esta es una alcantarilla abandonada que sale a La Plazoleta. Pegadito corre el alcantarillado nuevo, que ahí sí, no tenemos acceso. Son independientes pero cuando llueve mucho, el agua servida se filtra por las grietas y nos trae ese olor que se siente.
— ¿Y es muy grande este sistema de alcantarillas que ustedes usan?
—Inmenso. Hay una ciudad debajo de la ciudad. No son solo las alcantarillas. Por acá corren ríos subterráneos, túneles antiguos, napas vacías o a medio vaciar. Y hasta donde sé, está todo conectado. Usted puede ir de Congreso a Morón caminando por abajo. Eso sí, hay que saber por donde agarrar.
Don Julio gesticulaba y me codeaba continuamente mientras hablaba. Hacía silencios breves y después retomaba el hilo.
—Hay un tipo en Napa Seca que estaba haciendo un plano de todo. Creo que era cartógrafo el tipo. No sé si lo habrá terminado. Acá nos movemos un poco del bache donde nos caímos y ya no sabemos donde estamos; digo, qué barrio pasa por arriba ¿vio?
— ¿Y hay mucha gente viviendo aquí abajo?
—Sí mucha. ¿Quién sabe cuantos?
Hizo un silencio y continuó.
—Alguna vez escuché algo de trecientos mil o tres millones, no me acuerdo bien. Mucha gente, mucha gente. Imagínese, hay como doscientos baches en Capital y dicen que más de mil en el conurbano. Pero ¿Quién va contar a la gente acá abajo? Nacen muchos y se mueren muchos todos los días. Y nada se anota en ningún lado. Registro Civil no tenemos —hizo una carcajadita— y los de arriba no van a venir acá abajo para contarnos a nosotros ¿vio?
—Pero Don Julio, es una barbaridad que esté toda esta gente aquí, viviendo entre la mierda, separada de todo; y que existan esos baches monstruosos, tragándose a los autos vaya uno a saber desde cuando. ¿Cómo no los arreglan?
Entonces el gordo me clavó una mirada casi paternal, como si yo fuera un jovencito que no sabe nada de la vida.
—No los arreglan —dijo— porque a nadie le importa un carajo hasta que se cae acá.

Al final de la alcantarilla vieja se abría una caverna inconmensurable que se hundía hacia abajo más de cien metros. Desde donde estábamos, era como un valle poblado visto desde la sierra. Las casas se distribuían sin orden dejando unos pasillos angostos y serpenteantes que desembocaban de tanto en tanto en callejuelas más anchas. Casi todo estaba iluminado con faroles a nafta y una humareda gris se acumulaba contra el inmenso techo de la caverna.
— ¿Qué es esto? —pregunté conjurando un escalofrío.
—La Plazoleta —dijo Julio—. Linda vista ¿no? Acá vivo yo. Este es el centrito del asentamiento. Desde acá no se alcanza a ver, pero más allá sigue bajando y termina en un lago subterráneo. Casi toda el agua que tomamos sale de ahí. Cuando afuera llueve mucho, el nivel del lago sube y se inundan todas las casitas que están en la orilla. Siempre hay algún pelotudo que se hace la casa ahí. Bah, es que tampoco va quedando mucho espacio.
El gordo señalaba con el dedo desde lo alto, como un guía turístico poco instruido. Empezamos a bajar por un sendero que serpenteaba la pared de la cueva. Cada tanto se intercalaba una escalerita hecha de ladrillos para salvar algún descenso complicado. Un tramo largo de la ladera era una pared de ladrillos. La pared era muy vieja y buena parte estaba apuntalada con un enjambre de durmientes desordenados que la sostenían por todas partes. Inmediatamente después de la pared, el terreno descendía en una barranca pronunciada que llegaba hasta las primeras casas.
—Esta pared en cualquier momento se nos viene. Del otro lado está el alcantarillado activo y cuando se llena hasta arriba, la presión es tremenda y tiemblan todos los ladrillos.
Media hora nos llevó llegar abajo. Don Julio jadeaba y definitivamente había dejado de hablar. Su silencio encendió mis pensamientos.
¿Qué era todo esto? Nutriéndose de gente caída en lo baches de las calles de Buenos Aires, se había edificado esta ciudad subterránea, formada por asentamientos precarios, al costado de ríos de excrementos que drenaban desde la superficie. Una ciudad formada por quién sabe cuántos barrios, construidos con partes herrumbradas de automóviles caídos en desgracia. ¿Qué clase de estupidez era esta? Sin embargo, allí se alzaba frente a mi La Plazoleta, una barriada oscura que se extendía hasta perderse de vista, emplazada en una gruta inmensurable cuyas costas lamían las napas negras de un agua dudosamente potable. Vista desde lo alto, La Plazoleta era el mismo infierno, con su fuego multiplicándose en un millón de farolas y su humo aplastado contra el techo sin posibilidad de fuga. Ya adentrados en el caserío, todo era un enjambre de chicos harapientos jugueteando en el fango, ignorantes del cielo y del sol, fabricando la alegría con sus juegos sin forma para hacerle pedorreta al averno que, tal su mítica naturaleza, debía bregar por el sufrimiento eterno de sus moradores.
Mimetizados con la herrumbre de las casas, todos los ánimos estaban oxidados y nadie hablaba ya de salir de allí. ¿Qué infierno puede prescindir del deseo de fuga de los condenados? Este puede. Poco a poco comprendí que los hombres caídos en los baches debían dedicar tal esfuerzo para vivir el “día a día” en el infierno, que no les quedaban bríos para alimentar la esperanza de volver al cielo. Algunos otros, en cambio, se quedaban porque eran el diablo; y en general resultaba difícil distinguir a los unos de los otros.
Cuando Don Julio dejó de jadear, empezó a hablar.
—Acá es siempre de noche. La mayoría desconoce lo que es la luz del sol; nació acá abajo y no la vio nunca. Pero con los faroles nos arreglamos bien. Por suerte estamos bien provistos de combustible. El negocio de la nafta es del “ruso” Wyzocky. El tiene pinchados los tanques subterráneos de veinte o treinta estaciones de servicio de arriba y sabe cuanto sacarles por día para que no se aviven. Cuando estaba arriba, el tipo trabajaba de eso, y sabe. Al parecer, todos los tanques viejos tienen pérdidas por filtraciones pero cuando las pérdidas son chicas no les conviene arreglarlos. Le agregan agua y listo. Imagínese, para arreglarlos tienen que levantar todo el boliche.
Se interrumpió para saludar a un muchacho levantando la mano aparatosamente. El otro apenas levantó el pulgar desde su silla.
—También tenemos algo de electricidad, porque acá hay cables gruesos que pasan por todos lados. El problema con la electricidad es que hay que distribuirla con cables y es un quilombo. Con la nafta es más fácil: se mete en un tacho y se trae con un carro. Ruedas nos sobran.
Ahora que lo mencionaba, era curioso que con tanto elemento automotor no hubiera automóviles en uso. La Plazoleta contaba con algunas calles suficientemente anchas para circular, pero hasta ahora, solo había visto dos o tres carros conjurados con pedazos de carrocería y tracción a sangre. Se lo pregunté.
—Los autos que se caen en los baches quedan destrozados y mojados hasta la coronilla. No andan más. No se pueden arreglar casi nunca. Y los pocos que lo arreglan se van por donde vinieron.
“Y los pocos que lo arreglan se van por donde vinieron”. El corazón me dio un vuelco. “se van por donde vinieron”. Una algarabía me recorrió la médula. “se van” “se van” “se van”, me sonaba ecualizado en el medio del cráneo.
— ¿Cómo dijo? ¿Si yo arreglo el auto me voy? ¿Y por donde salgo?
—Mire Fernando…
—Fabián.
—Fabián. (¿yo que dije?) Si usted arregla el auto se va, sí, pero lo mejor es que no se haga ilusiones. Los casos de regreso a la superficie son rarísimos y la verdad es que nunca podemos saber si el tipo llega vivo o muerto. Primero hay que tener la enorme fortuna de poder arreglar la mecánica. Después tenemos que pelearnos con el cableado. Generalmente está todo cortocircuitado y no se puede arreglar. Y cada vez lo complican más los hijos de puta: Que la plaqueta de encendido, que la inyección multipunto. Hoy uno se tira un pedo y salta un sensor que le para todo el auto. Caerse al bache es siempre igual de fácil, pero salir es cada vez más difícil.
—Pero esos pocos, poquísimos, que pudieron salir ¿por dónde se fueron?
— ¿Y por donde se van a ir? Se van por donde vinieron. Si usted se puede caer de allá para acá, también se tiene que poder ir de acá para allá por el mismo lugar. Me extraña, Fernando. Nada se pierde, todo se transforma, como dijo Isaac Newman.
Estuve a punto de decirle que Isaac se llamaba Newton, que la máxima era de Lavoisier y que no tenía nada que ver con la reversibilidad de las trayectorias. Pero sentí que sería como escalar el Everest y solo acoté:
—Fabián.
— ¿Qué Fabián?
—Yo. Me llamo Fabián.
Al cabo de un rato ya sabía todo lo necesario. Una vez compuesto el vehículo, debía tomar carrera de frente al río, y lanzarme a sus aguas con la mayor velocidad posible. Y una vez bajo el agua, debía tratar de conducirlo hasta la salida, que debía verse como un agujero de luz, arriba. Eso era todo. Si podía reparar el auto, podría salir.
Me invadió una paz absoluta. El infierno tenía puerta de salida. Y ahora que podía pensar en otras cosas, le cambié de tema.
— ¿Donde estamos yendo, Don Julio?
—Lo llevo a lo de Catalina. Es una viejita macanuda, ya va a ver —su mirada denotaba una trampilla—. Hace poco se le vació el nido y es seguro que tiene lugar para usted.
Súbitamente, de entre la maraña de chicos, el gordo pescó a una niña jalándola de una trenza a medio deshacer.
— ¿No lo saludas más al tío? —le dijo.
La niña tenía unos diez años y mucho miedo.
—Ahora, cuando vuelva te voy a atrapar y te voy a hacer cosquillitas.
La nena se soltó y escapó a la carrera.
—En un par de años va a estar a punto de caramelo la mocosa —remató con una sonrisa amplia mientras veía como la niña se perdía entre el caserío.
Para ese entonces ya quería librarme de ese personaje grotesco. Pero lo necesitaba para llegar al mecánico. El mecánico me abriría la puerta de salida y yo me libraría de ese personaje y de todo su mundo.
Llegamos a la casa de Catalina.
Detrás de un cortinado de tela que hacía las veces de puerta, salió una mujer madura, ya pasada de los sesenta. Su cabello era de un rubio casi blanco y sus cejas de un castaño casi negro. Su rostro mostraba arrugas escasas pero gruesas, y eran más una profundización de antiguos rasgos que arrugas propiamente dichas. Tenía un batón raído que terminaba veinte centímetros arriba de la rodilla y que no alcanzaba para conjurar el amasijo de pechos sin sostén.
Me miró y le dijo a Julio
— ¿Un bachero recién nacido?
—Sí Caty, recién salidito del agua. Y no llega a los cuarenta, según creo.
La vieja me inspeccionó como quien compra a un esclavo. Me dio la vuelta sin dejar de mirarme de arriba abajo.
— ¿Y no tenés donde dormir, vos?
Yo guardé silencio.
—No tiene lengua. ¿Tendrá nombre?
—El muchacho se llama Fernando —dijo Julio haciéndome una mueca furtiva instándome a dar señales de vida.
—Está bien, gordo, me lo quedo —le dijo la vieja. Y se fueron para un rincón de la casucha. Conversaron un instante, Caty le dio una bolsita con prendas y Julio se fue.
Antes de irse me dijo
—Mañana lo paso a buscar para ver lo del auto.
Me quedé solo con la vieja.
—Sentate Fer. Debés estar cansado. Llegar es siempre como un parto, duele como la puta madre, pero uno se va acostumbrando al dolor de vivir en una tumba y enseguida deja de notarlo. Un cliente me dijo una vez: el sufrimiento es la resta entre lo que se desea y lo que se tiene, de modo que para dejar de sufrir, hay que dejar de desear lo que no se puede tener. Y así vivimos acá abajo, sin ganas de nada ¿viste?. Somos todos budistas —hizo una risita— , y eso que la mayoría ignora quien carajo fue Buda.
Mientras hablaba, Caty llenaba un vaso con un agua medio amarillenta.
—Tomá —me dijo—. Ya está hervida. Acá hervimos el agua rigurosamente. Desde que tuvimos la epidemia, hervimos el agua.
Sujeté el vaso y lo miré con una desconfianza absoluta. El agua tenía un suave aroma a baño de estación de tren, y mientras la nariz se negaba, la garganta la pedía a gritos. Resolví la disputa tapándome la nariz y bebiendo todo hasta el fondo como remedio feo.
—Quedate tranquilo. En un par de días el olor a mierda no se siente más.
Me hizo una caricia desde atrás en la mejilla derecha, mientras en la izquierda sentía la presión leve de sus pechos mullidos. Y lejos, lejos de todo raciocinio, me ocurrió un latido de erección incipiente. Resolví hablar para acallarlo.
—Mire Caty, le agradezco mucho su hospitalidad, pero yo pienso irme de aquí cuanto antes, y realmente espero no quedarme ese par de días. Y sería muy feliz si no me adapto al mal olor del aire. Todavía estoy asombrado por la existencia de este mundo aquí abajo. Cuando salga voy a avisarles a todos para que los vengan a sacar. Voy a hacer un gran escándalo.
Caty me miró con ternura y me acarició más.
—Sabés Fer —para entonces ya me había resignado al bautismo—, durante muchos años yo fui la puta más grande de La Plazoleta; algo que los tipos deseaban y podían tener. Y escuché a muchos como vos, recién llegados, con el plan de irse y avisar. La mayoría no pudo salir y respecto a los pocos que se fueron, no sé si habrán avisado, pero nadie nos vino a rescatar. Además, si vinieran yo no sé cuantos se irían.
Se apartó de la silla, se dirigió a una mesada y colocó una olla grande sobre un fuego pequeño.
—Yo soy hija y nieta de bacheros. Cuando mi bisabuelo se cayó con la carreta, acá ya había gente viviendo. ¿A dónde voy a ir? Vos me hablás del olor a mierda y yo casi ya no lo conozco. ¿Quién se va a ir? ¿Don Julio? Ese no se va ni en pedo. Le gustan la nenitas de doce. Arriba termina preso. Acá abajo a nadie le importa. ¿Se van a ir los chicos? ¿A dónde se van a ir?
Cortó en pedacitos una carne rara y la echó a la olla.
—De acá no se va nadie, no porque no haya salida sino porque del otro lado ya está todo lleno. ¿Vos querés avisar? —agregó—. Yo te digo que ya saben.
Al rato estábamos cenando a la luz de un farol que quemaba un trapo sucio embebido en nafta, sobre una mesa oxidada y llena de bollitos.
—Es el techo de un 600 planchado a martillazos —explicó—. Las patas son los parantes originales —agregó orgullosa.
La comida estaba exquisita
— ¿Qué es? —pregunté ya al final del segundo plato.
—Topo con hongos. Sabe a conejo ¿Nunca comiste conejo?
Me quedé unos segundos tratando de registrar al topo. Me acordé del Topo Gigio.
—Pero el topo es un ratón —dije pensando en voz alta.
—En realidad, los ratones son muy chiquitos. Esto es como un ratón, pero del tamaño de un conejo, o un gato.
— ¡Rata! —grité y me puse de pié, mirando el plato.
Caty lanzó una carcajada tirando atrás la cabeza. La vieja y la olla eran ahora una bruja y su caldero.
— ¿Qué esperabas Fernandito, lomo al champignon? No querido. Acá comemos hongos, ratas, rata con hongos y hongos con rata. Otra cosa no hay. Eso sí, hay mil variedades de hongos y cada una le da su gustito. ¿No dijiste que te había gustado? Ahora tranquilizate ¿Qué vas a hacer? Ya te lo comiste.
Y me tranquilicé ¿Qué iba a hacer? Ya me lo había comido.
Charlamos un rato. Me contó que vivían del trueque. Que había un intercambio acotado pero continuo con los de arriba; que por unos agujeros, unos individuos de la superficie, mayoritariamente asiáticos, les pasaban prendas para coser y zurcir, y a cambio del trabajo le entregaban objetos de todo tipo: Televisores y radios usados, del tiempo de la caramañola, especias, vajilla, ropa, todo tipo de cosas; que en general había que trabajar mucho por poco, pero que igual se las rebuscaban para quedarse con mercadería que se “perdía” en el ida y vuelta; que había tantos vestiditos y ropita interior de niña, que terminaron utilizándolos como moneda. Finalmente graficó en tonada de chacarera:


Dos ratas son tres bombachas
Tres ratas, un vestidito
Las picamos con un hacha
Para agregar al guisito

La canción seguía pero me distraje tratando de calcular cuantas bombachas eran un vestidito.
Habló un rato largo la vieja, pero la cena trajo a la modorra y la modorra, el sueño. Y a mi se me cerraron los ojos en el medio de la clase.
Había una sola cama, muy grande, pero muy una. Estaba hecha de neumáticos apoyados sobre el piso, paneles insonorizantes de techo, puerta y baúl y unas frazadas arriba para intentar vanamente alisar todo lo anterior. Caty se quitó el calzado y se acostó. La miré unos segundos y pregunté
— ¿Y yo donde duermo?
—A mi derecha o a mi izquierda. Donde prefieras.
Me pasé los siguientes minutos en un enredo discursivo, tratando de explicarle que yo no quería saber nada con ella…, pero que ella era igual muy atractiva…, pese su avanzada edad…, que no se le notaba para nada…
—Acostate, dormite y dejate de joder —me dijo con un tranquilizador tono de reprimenda.
Me acosté y me dormí mirando una ventana formada por dos puertas con ventanilla, dispuestas una a continuación de la otra.
Me desperté a mitad de la noche con los ardores de un sueño erótico y no pude dejar de notar que la vieja yacía desnuda y con la cabeza encaramada en mi entrepierna, yendo y viniendo, arriba y abajo. Y asimismo, pude comprobar que parte de mi cuerpo se había despertado antes que yo.
Ladeé la cabeza hacia la ventana. El barrio dormía y roncaba. A lo lejos, la pared apuntalada con durmientes parecía a punto de estallar, y entre sus ladrillos viejos ya brotaban las aguas servidas de Buenos Aires, chorreando en hilitos brillantes que se juntaban abajo y formaban un delta marrón que iba abrazando las casas. Volví la cabeza hacia delante. La cosa se estaba poniendo linda. Por un instante me olvide del bache, de la cueva, de las ratas y de la mierda que bajaba como un río y ahí mismo me cogí a la vieja contra el colchón de neumáticos. ¿Qué iba a hacer?
Quedamos tendidos boca arriba mirando las formas del humo que tapizaba el techo de la caverna.
Caty tenía ganas de hablar.
— ¿Sabés? Desde que dejé la prostitución me volvieron las ganas de coger. Mirá que es jodido el humano. Ahora de vieja me desvivo por hacer gratis lo que antes cobraba un dineral.
Hizo un silencio como esperando el contrapunto. Yo permanecí callado.
—Y lo peor es que ya casi no hay tipos. A excepción de los que se caen de los baches, los demás se mueren cada vez más jóvenes. Eso sí, está lleno de chicos. Claro, engendrarlos es fácil y hasta entretenido, pero criarlos, eso es lo difícil. La mayoría se muere de un raspón infectado.
Hizo un silencio como invitando de nuevo. Yo permanecí callado y ella siguió hablando.
Me contó de un lugar llamado Napa Seca, una caverna más grande que diez Plazoletas, poblada hasta las laderas y con un hormigueo permanente hacinando las calles las veinticuatro horas de la noche.
Hizo otro silencio y yo permanecí callado.
— ¿Me estás escuchando? —espetó.
—No.
—Estás pensando en otra cosa —preguntó afirmando.
—Sí.
— A ver, contame. ¿En qué estas pensando? —moduló con la ternura de quien espera a un hombre quebrado al fin, desterrado al infierno, añorando el paraíso, desnudando su alma entre sollozos espasmódicos.
Yo entrecerré los ojos y me despaché con el problema.
—Si dos ratas son tres bombachas y tres ratas un vestidito, entonces un vestidito son cuatro bombachas y media ¿verdad?
—Sí, puede ser —dijo con desilusión.
—Y digamé, Caty, ¿por qué no adoptaron directamente la simple equivalencia de un vestidito por cinco bombachas?
Caty pensó un instante y preguntó genuinamente interesada.
— ¿Y como pago una rata?
No había pensado en eso.
— ¿Ahora como la paga? —inquirí.
—Con un vestidito y tres bombachas de vuelto.
Y me cagó.
Me puse de costado, mirando a la ventana y me volví a dormir.
A las dos horas de un sueño pesado, la vieja y yo saltamos de la cama sacudidos por un estruendo prolongado y un ruido de cosas grandes que se rompían. Miré por la ventana con una jaqueca que me llegaba hasta el alma y una rueda de camioneta dibujada en la espalda. Henchida la alcantarilla de su crema fétida, toda la pared apuntalada con durmientes se había venido abajo. Los escombros rodaron unos cien metros en picada y destruyeron los ranchitos más cercanos. Detrás de los cascotes se abrió paso con un sonido atronador el abominable caudal de aguas servidas, discurriendo como un río por la ladera hasta hacerse laguna en el llano. La mitad de La Plazoleta quedó inundada.
La vieja pegó un salto de la cama y comenzó a mover paquetes desde el piso hasta la mesa. Su cuerpo desnudo tenía ahora la sensualidad de un platelminto. Los paquetes eran fajos de bombachas y vestiditos de todos los colores. Hizo montaña en la mesa y continuó apilando más en los estantes de un modular. La vieja era millonaria. Cuando terminó de salvar el último paquete, un agua espesa y marrón comenzó a filtrarse por debajo de la cortina de entrada.
El aroma de las heces me pegó una cachetada que me arrugó la nariz y todos los músculos de la cara. Atiné a taparme las vías con un trapo cualquiera. Más tarde comprobé que era el batón de la vieja. El agua llegaba a la mitad de los neumáticos y hacía olitas que lamían las mantas de la cama. Me incorporé y hundí los pies en el suave y aterciopelado estiércol. Colgué el batón en la espalda de la vieja y me calcé pantalones y camisa, enchastrando todo.
Salimos afuera. El barrio despertaba con un centelleo de faroles que se encendían por todas partes. Desde la alcantarilla rota seguía bajando un buen caudal. La sopa marrón ya había diseñado un cauce que atravesaba impávido las casas y desaguaba en el lago. El griterío comenzó a ganar la calle. Una cuadrilla improvisada se trepó por el sendero de la ladera y llegó al lugar de los hechos. Al rato, una veintena de chicos estaba levantando una barricada de tierra para obturar la herida de la alcantarilla. Mientras tanto los mayores debatían sobre cual sería la mejor solución, sentados en una plaza de la zona alta.
—Ahí tenés —dijo Caty repentinamente, y señaló la alcantarilla— tu puerta de salida.
La miré con una algarabía que contrastaba con el mundo.
— ¿Cómo dice?
—Según creo, esa alcantarilla te lleva derechito al Riachuelo. Son varios kilómetros, pero si te animás…
Por supuesto que me animaba. Caminamos juntos hasta el comienzo de la barranca empinada. Le dí un beso de telenovela y empecé a trepar. Desde abajo, oigo que me grita.
—Seguí el curso de la mierda, que la mierda te lleva.
Asentí con la cabeza y medio tronco. Llegué arriba; me filtré por el hueco del derrumbe esquivando a los chicos que seguían acarreando tierra. Durante cinco segundos observé el perezoso discurrir de un sorete, y enfilé hacia la derecha.
Después de la segunda curva, la oscuridad se hizo absoluta y tuve que ir tanteando la pared para reconocer el adelante y el atrás. Además del hedor, había allí cosas que se movían, me rozaban las piernas y huían con un chapoteo chiquitito. Soporté el viaje pensando en su destino, y tarareando de a ratos la chacarera de la vieja.
Después de un tiempo imposible de medir con los relojes, divisé una claridad adelante, pegando contra el siguiente codo de la tubería. Llegue al codo y vi más luz en el siguiente. Doblé la última curva y allá al fondo me cegó un semicírculo. Era el final del recorrido. Luego de volar desde el lejano sol hasta la cloaca, la luz transformaba en una lámina de oro a la superficie vaporosa del estiércol. Más allá del agujero se extendía el Riachuelo, y sus aguas negras eran para mí un paraíso de luz y color y aire libre y cielo azul. Desagüé en esa pasta de excrementos y taninos y braceé con energía hasta la orilla. Cual zombie malvado de film holywoodense, salí del fango cubierto de colgajos de pasto macerado. Y como un perro que se rasca el lomo, me revolqué en el pastizal de la rivera para limpiarme lo más grueso de la pátina. Quedé tirado boca arriba con el cuerpo exhausto y la mirada fuera de foco, clavada contra el techo del mundo.
La odisea del bache había terminado.

Después se amontonaron las horas. Caminé hasta dar con un cabo de la Federal. Le pedí que me llevara a la comisaría. El pibe habló por radio con un jefe incrédulo.
—Si Jefe, un masculino.
—Brrubrrrrubrrru…
—El masculino se encuentra en un estado… está lleno de mierda, Jefe.
—Brrubrrubrrruparrracá.
—Yo, así, al patrullero no lo subiría, Jefe.
—¿Brrubrrubrrubrru?
—Afirmativo. Hasta las orejas.
Me vinieron a buscar con un carro de asalto. Me manguerearon desnudo en el patio de la seccional. Me dieron ropa limpia y grande y me llevaron al despacho de un Subinspector Piñeiro.
—Señor… —leyó mi nombre en un papel— Fabián Rubén Lopez ¿Me quiere decir donde mierda se metió?
Le expliqué la historia en resumen, esperando su asombro. El hombre repitió la historia impertérrito, resumiendo un poco más.
—Mhú —dijo—. Se cayó a la cloaca y estuvo con los tipos que viven en la alcantarilla. Finalmente salió por una tubería que da al Riachuelo. Por eso lo encontramos así. Tiene sentido.
Dio vuelta unos formularios sin quitarle la vista de encima y continuó.
—Bien, aquí no hay ningún delito de modo que usted puede irse. Ya dimos aviso a su esposa que viene para acá con una muda de ropa. La pobre mujer estaba muy preocupada. Se ve que lo aprecia mucho…
Me paré para retirarme y el Jefe me detuvo.
—Una cosita mas, Lopez. Usted sabe que revisamos su ropa y… no encontramos calzoncillo —hizo un silencio para pitar su cigarrillo mientras me clavaba una mirada desafiante. Yo hice memoria desesperadamente. El continuó.
— ¿Qué raro no? La mayoría de la gente usa un calzoncillo debajo de los pantalones. No creo que se los haya sacado porque estuvieran cagados ¿no?
Con el apuro de la inundación en La Plazoleta, me había olvidado los calzoncillos en lo de la vieja.
—Vaya —remató con clemencia—. Y le sugiero que a su señora le cuente otra historia.
Llegué a casa y me interné en el baño. Me duché para lavar hasta el último resquicio del estiércol. El agua enjabonada hizo remolino en el desagüe y se fue del mundo. Me duché otra vez para limpiar el alma de toda esa pesadilla absurda. El agua hizo remolino en el desagüe y se fue de mi presencia limpia. Después me duché para lavar los recuerdos, y el agua se fue y se fue. Después sentí una descompostura en el vientre, me senté en el retrete y despedí toda la inmundicia del caldero aquel. Presioné el botón del depósito y un agua cristalina se tiñó de azul cielo con la pastilla desinfectante y lavó la bacinilla dejándola brillante y perfumada, mientras su carga fétida se hundía por los caños y desaparecía con su magia de mi presencia digna, perdiéndose vaya uno a saber dónde, alejándose de mi, alejándose de la civilización, alejándose de todos nosotros. Y al final de mi aseo vi el baño blanco, limpio brillante y perfumado. Sujeté el vaso del enjuague bucal, lo llené de agua y lo levanté en dirección al inodoro.
—Brindo por la civilización —dije en voz alta.
No sentí culpa. Yo era de arriba. Así lo había dispuesto Dios, Nuestro Señor y Padre de todo lo creado.
Los siguientes fueron días de olvidar y olvidar. De olvidar obstinadamente, de olvidar meticulosamente. Atrapaba los recuerdos cuando aparecían y los imaginaba hundiéndose en la tierra, o estallando en una brillantina etérea. Así maté al bache, a la cueva, a Don Julio y a la vieja. Poco a poco me fui deshaciendo de todos los elementos de esa aventura abominable. Y ocupando su espacio, volvía mi vida cómoda de burgués rioplatense; con un trabajo, una casa, una esposa y unos hijos, con reuniones de padres en el colegio, y escapadas al club de tenis, y tertulias familiares los domingos, y encendidas charlas de política local.
Un buen día no tuve más recuerdos. Ya no volvieron las imágenes ni las voces ni el olor. Ese día fui libre. Estuve atento a toda hora y no hubo un solo recuerdo. Y el día siguiente, y el otro, y todos los demás. El bache había muerto. Y yo fui feliz.
Abrí las persianas del semipiso y aspiré a la Buenos Aires amiga. A mi espalda Mozart llenaba los espacios de la casa, a bajo volumen, resblando suavemente sobre el porcelanato. Tuve ganas de reír de alegría y proferí una carcajada. Tuve ganas de cantar y canté. Y así, cantando, pude comprobar que sobre el bloque gélido de recuerdos aciagos, trabajosamente sumergidos en la profundidad del inconciente, perviviendo como un iceberg que anhela el cielo, trayendo el horror a mi garganta, se me había pegado para siempre la copla de esa puta chacarera:

Dos ratas son tres bombachas
Tres ratas, un vestidito
Las picamos con un hacha
Para agregar al guisito

viernes, 26 de febrero de 2010

Entre la Patagonia y el Cielo (cuento)




El motor del auto empezó a toser. Lo arrimé a la banquina, hizo un temblequeo y se detuvo. Las luces parpadearon y se apagó todo. Me bajé a las puteadas. Estaba en el medio de la nada, en una ruta provincial, en Chubut, a mil kilómetros del humano más cercano y a treinta metros de un puentecito que salvaba un arroyo ignoto.
Eran las dos de la mañana. Es el hábito que uno tiene de viajar de noche, para ir tranquilo.
Abrí el capó y me quedé mirando ese revoltijo misterioso de hierros y cables que generalmente está debajo. Intenté una llamada por celular, pero estaba huérfano de toda señal.
A lo lejos, aullaron unos perros, graznaron unas aves, rebuznaron unos caballos y el cielo se empezó a iluminar.
Miré para arriba y me quedé con la boca abierta observando el espectáculo.
A cien metros sobre mi cabeza y un poco hacia el norte, flotaba un objeto inmenso, lentejoide, luminoso y giratorio. Hacía un zumbido finito, como de avispa, que iba cambiando de agudo a grave.
Se me erizaron todos los pelos del cuerpo. No atiné a nada, más que a mirar y encomendarme a Dios.
La maquina infernal dejó de girar. De su piso se abrió un agujero circular y desde allí emergió un tubo de luz blanca y fuerte que se proyectó hacia el suelo.
Por el tubo vi bajar un ser.
Me puse a temblar. El pecho me latía como para reventar ahí mismo.
El ser hizo contacto con la superficie y se me empezó a venir para acá. Tenía formato humanoide: Cabeza, tronco y extremidades. Ni cola ni cuernos ni pico ni escamas. Eso me tranquilizó un poco. No se por qué.
Cuando lo tengo a diez metros, oigo que me grita
— ¿Qué hacés, Turco?
Me agazapé para mirarlo bien, como si de más abajo se viera mejor.
— ¿Carlitos?
— Sí, Carlitos, Carlitos. ¿Cómo andás viejito? Tanto tiempo.
— Pero Carlitos, la puta que te parió. ¿Cómo me bajás así, de un plato volador? ¿Me querés hacer morir de un infarto? ¡Pedazo de pelotudo!
Se lo dije realmente enojado y como descarga natural después de tanta tensión. Al segundo estábamos fundidos en un abrazo.

Después de muchos años de corretaje, uno tiene una barra de amigos en cada pueblo que toca. Con Carlitos nos veíamos cada vez que yo bajaba a Comodoro Rivadavia para tomar los pedidos de zapatos; lo que ocurría con bastante frecuencia porque en la zona, Comodoro es un punto importante.
Nos juntábamos a jugar a la pelota. Después de jugar hacíamos una sobremesa con cerveza y maníes que podía durar hasta las doce de la noche. Hablábamos de todo. Bah, de política, de futbol y de mujeres. Para nosotros, los hombres, hablar de todo es hablar de esas tres cosas. Pero con Carlitos era distinto. A él le gustaba la cosmología y a mí la biología, y muchas veces, cuando se iban yendo todos, nos quedábamos un rato más hablando de esas cosas. El me contaba lo suyo, yo aportaba lo mío y juntos especulábamos con la posibilidad de vida extraterrestre.
Es curioso, pero nunca supe su apellido, ni dónde vivía, ni se me ocurrió agendar su número telefónico.
Un buen día no fue más. Y no hubo forma de contactarlo. Lo había traído un muchacho que hacía tiempo se había ido a vivir a Buenos Aires. Nadie más sabía nada de él.

—Contame todo —le dije—. ¿Qué es esa máquina infernal repleta de marcianos?
—No. Quedáte tranquilo que vengo solo.
Me contó que primero habían sido los avistamientos; después se contactaron con él. Progresivamente le fueron explicando que la galaxia está repleta de mundos muy avanzados, que pueden construir naves interplanetarias capaces de viajar de un mundo a otro en unos cuantos minutitos. Que todos esos mundos son como países donde el tráfico de un mundo a otro es muy frecuente. Que todos juntos forman una gran comunidad. Que la Tierra está próxima a esa tecnología y que por esa razón estaban empezando los primeros contactos con humanos, para que nuestra inminente integración a la comunidad de mundos fuera más armoniosa.
—Ahí nomás me propusieron participar del proyecto —continuó—. El programa era tentador: Yo debía ir con ellos y convivir allí, aprendiendo todo lo que pudiera, hasta que la Tierra estuviera “a punto de caramelo”. Luego junto a muchos otros terrícolas que estaban en lo mismo, seríamos el primer nexo con la Tierra. Así que largué todo y me fui.
Me lo quedé mirando como si lo que acababa de contar fuera de lo más normal. Cualquiera hubiera pensado que estaba loco, pero ahí estaba el cachivache ese, flotando sobre nuestras cabezas.
—Vení , vamos a dar una vuelta que te voy contando.
— ¿Una vuelta dónde? —lo miré con horror.
—A donde vos quieras. Esta nave puede ir a todos lados.
—Estás en pedo. Yo ahí no me subo ni con forceps.
Se rió de mí, como si yo fuera un niño chiquito que le tiene miedo a los aviones.
—Dale, dale. Vení que no pasa nada.
Finalmente accedí.
Nos paramos más o menos debajo de la nave. Carlitos sacó una especie de control remoto de una riñonera que llevaba en el traje, lo apuntó a la nave y oprimió un botón. Inmediatamente se abrieron dos orificios en el piso de la nave y dos tubos de luz se proyectaron sobre nosotros. Sentí como si me jalaran de los hombros. Para mitigar el pánico del ascenso, le grité una broma de un tubo al otro.
— ¡Che! Si yo ahora me cago encima ¿En tu tubo también se siente el olor?
—No. Pero si te cagas encima te bajo y me voy a la mierda.
Nos reímos.
Aterricé sobre un suelo mullido, que parecía de goma espuma forrada con cuerina.
El habitáculo era un gran espacio circular que tenía cuatro efímeras consolas sobre el perímetro, delante de las cuales se destacaban sendas butacas, muy confortables.
—Esta nave es para cuatro. Más chicas no las hacen —comentó—.
En la pared del círculo había doce ventanas circulares que parecían estar abiertas. Me acerqué al descuido y probé sacar la mano por una de ellas, pero me choqué tontamente contra algo sólido, más trasparente que el vidrio.
Carlitos se rió.
—Yo hice lo mismo la primera vez. Parecen ventanas abiertas pero en realidad son pantallas que transmiten justo lo que está del otro lado, con imágenes tridimensionales.
—Que lo parió —musité emulando al Diógenes de Fontanarrosa. En lo sucesivo, diría lo mismo muchas veces: Qué lo parió.
—Che, ¿Y esta nave es tuya? —inquirí.
—No Turco. En estos mundos, la relación entre los objetos y las personas nunca es de pertenencia o propiedad, sino de utilización. Las personas usan las cosas; no las poseen. Todo es de todos y nada es de nadie.
—Uy, que quilombo —pensé.
—Sí —me dijo— parece un gran lío, pero si te ponés a pensar, es mucho mejor. Mirá lo que nos pasa a nosotros. Para que cada persona pueda usar un auto cuando lo quiera, sería necesario fabricar miles de millones de autos. Cada uno tendría el suyo, pero la inmensa mayoría de esos autos estaría en desuso la mayor parte del día. Estos tipos son como diez mil millones, y con un millón de naves alcanza para que todo el mundo que las quiera usar, tenga una. Cuando las dejan de usar las devuelven y unas máquinas se encargan de verificar su funcionamiento y de reacondicionarlas a nuevo, como si fueran la habitación de un hotel, después de que se va uno y viene el otro.
—Claro, es más económico.
—Exacto.
—¿Y si igual vos querés tener una para vos solo digamos que porque se te cantan las pelotas?
—Te operan las cuerdas vocales de las pelotas.
Ambos nos reímos.
La nave, que hacía unos minutitos estaba vibrando un poco, de pronto se detuvo.
—Mirá —dijo— acá vivo yo.
— ¿Cómo? No me digas que la cosa esta estaba andando.
—Ah, sí. Acostumbrate. En unos minutos estás casi en cualquier lado.
Miré por la ventana y vi una playa con arena lila y mar violeta. La gente se bañaba como si estuviera en Mar del Plata. Algunos practicaban deportes acuáticos, otros descansaban en la arena. Había muchos grupitos de gente conversando y todos estaban desnudos.
—¿Están todos en pelotas?
—Sí —me dijo— ¿Qué problema hay? Si no hace ni frío ni calor.
—Dejame de joder, che. ¿Y estos, qué? ¿Están de vacaciones?
No. Esto es lo normal. La vida acá es como estar de vacaciones todo el tiempo. Las máquinas hacen todo. La gente se dedica al esparcimiento, el arte, el estudio, los viajes, y sobre todo, la interacción con los demás. Se desarrollan fuertes lazos afectivos y todo el mundo quiere lo mejor para los otros, como si los demás fueran sus hijos. Esa es la clave de la organización de estos mundos. Y también la llave de la felicidad.
En las siguientes dos horas visitamos cuatro mundos. Todos eran distintos, la gente era distinta, el clima era distinto y las características de los lugares también; pero en todas partes la gente estaba como de vacaciones. Lo que me estaba mostrando era un verdadero paraíso. De algún modo habían logrado que las máquinas hicieran todo: los servicios, el diseño, la detección de necesidades, la producción subsiguiente y el mantenimiento. Prácticamente nadie hacía nada.
Además, los mundos eran maravillosos, como si fueran jardines perfectos, cuidados por jardineros japoneses.
—Esto es como el paraíso —le dije.
—Si, pero además tiene las mejores cosas del infierno. No sabés cómo se coge acá.
—No digas, ché. Mirá vos.
—Sí, son totalmente desinhibidos y hacen todo lo que se les venga en ganas y les guste.
— ¿Y vos cómo hacés? ¿Podés fifar con las marcianas?
—No hace falta. Acá hay muchas humanas haciendo lo mismo que yo. Con ellas interactuamos de lo mejor.
Me quedé pensando en todo eso que estaba viendo. Debía ser realmente maravilloso vivir en esos mundos.
—Vos sí que tuviste suerte ¿eh?
— ¿Viste? —me dijo lacónico.
Después de un rato largo de maravilla tras maravilla, estábamos de vuelta en la Patagonia. Allá abajo pude ver mi auto con el capó levantado.
—Mirá Turco —me dijo ya en tono de revelación mística— Para acceder a esto, además de fabricar naves espaciales, es necesario que los hombres aprendan a ser más afectivos, más cooperativos, más altruistas.
—Ahí estamos fritos —rematé.

La nave se estacionó en el mismo lugar que antes y nos bajamos por los tubos de luz.
—Che, muy lindo todo, eh —comenté.
—Sí ¿viste? —se quedó pensando mientras miraba el horizonte oscuro de la meseta.
—¿Y vos? ¿Cómo andan tus cosas? —me preguntó.
—Mirá, igual que siempre. Viajando de acá para allá, pariendo para que los clientes me hagan los pedidos; después, pariendo para que la fábrica se los entregue y después pariendo para que el cliente me los pague.
— ¿Y siguen yendo a jugar a la pelota?
—Sí. Siempre. Vos sabés que yo juego a la pelota en todos los pueblos de la Patagonia. Siempre la llevo en el baúl.
A Carlitos se le iluminaron los ojos
—¿Tenés una pelota acá, en el baúl?
—Si.
—¡Uy! Dale, sacala un ratito.
Extraje la pelota del baúl del auto y ahí nomás, Carlitos se puso a hacer “jueguito”. Tres, cuatro, cinco, y se le iba para adelante.
—No sabés cuanto hace que no toco una pelota —comentó con verdadero entusiasmo.
Nos pusimos a pelotear un rato al oscuro, bajo la luz insuficiente de una media luna que pegaba de costado.
—Vení —me dijo— vamos a hacer unos arquitos.
El flaco parecía un pibe.
—Pero no se ve una mierda, Carlitos.
— ¿Perdón? —dijo canchereando. Sacó el control remoto de la riñonera, le apuntó a la nave y al momento se encendió una luz como de día, que bajaba desde el piso del artefacto iluminando un círculo de cincuenta metros de terreno.
Hicimos unos arcos con palitos, y allí mismo, en ese vórtice de la Patagonia, nos pusimos a jugar un “cabeza” bajo la luz del plato volador.
Terminamos exhaustos. Nos tiramos en el pasto boca arriba, uno al lado del otro.
—Mi reino por una gaseosa —dijo jadeando.
—¿Vos sabés que no tengo nada fresco en el auto? Llevo el termo con agua caliente para el mate, nada más.
—¡¿Tenés para hacer mate?!
—Sí ¿Querés mate?
—¡Ya mismo, Turco!
Fuimos al auto a buscar las cosas. Mientras yo preparaba el mate, el jugaba a sentarse en la butaca.
Cuando el mate estuvo listo, me dijo
—Vení. Vamos al puentecito aquel, así tomamos mate al lado del arroyo.
Estuvimos un rato mateando y tirando piedritas al agua. Carlitos festejaba cada chupada como si fuera un manjar.
—Che —me dijo— ¿A jugar, siguen yendo todos?
—No, algunos se fueron y vinieron nuevos.
— ¿La garza va?
— No, creo que se casó y no lo vimos más. El que sigue viniendo es el pelado.
— ¡El pelado…!
— Eso sí, cada vez se mueve menos. Es un hijo de puta, juega parado. Parece una estatua. Un día se le va a parar una paloma en el hombro en el medio del partido.
Nos reímos un rato recordando al pelado.
— ¿Y el nene?
— Ese también viene. ¿Vos estabas cuando lo encerramos en el baño?
— ¡Si! Con la gorda Flora que se lo quería voltear.
— ¡Sí! … y el chueco le pasaba los forros a la gorda por abajo de la puerta.
— ¡Sí! … y el nene no quería saber nada.
Se nos pasó el tiempo recordando anécdotas. Carlitos estaba encendido. Se reía a carcajadas. Los dos nos reíamos.
Y ocurrió que después de alguna última historia, la risa se nos fue diluyendo hasta desaguar en un silencio inmenso.
Carlitos se quedó mirando el horizonte asido a la baranda del puentecito.
—Che Turco —dijo después de un silencio largo— ¿Vos sabés que el aire tiene olor?
Lo miré como preguntando.
—Sí, tiene olor. Y es distinto al olor del aire en otros mundos. Este es único. Me trae a mi vieja, ¿Cómo estará? Me fui sin decir una palabra. ¡Que bestia! ¿No?
—Y, sí.
—Y me trae esos domingos, cuando nos juntábamos todos en lo de mi abuela. Iban mis tíos, mis primos. No sabés como jugábamos con mis primos.
Había una película en el aire que veía solo él. Pero se le notaba en los ojos que la estaba mirando. Volvió después de un rato. Me puso la mano en el hombro y me dijo.
—Me tengo que ir, Turquito.
—Si. Ya sé, ya sé.
Nos abrazamos. Pude sentir en la espalda su mano haciéndose una garra en mi pulóver. Eso me desarmó. Se me nublaron los ojos y tuve ganas de quedarme ahí, abrazándolo y abrazándolo.
Después nos separamos. El también tenía los ojos cargaditos.
—Chau Turquito. Cuidate.
—Chau Carlitos, chau.
Giró y marchó hacia el plato volador. Allá, se fue deteniendo despacito, como una pelota que rueda hasta frenarse. Apuntó a la nave con su control remoto y seguro que apretó un botón.
La nave comenzó a girar, se puso roja, después amarilla, después blanca. Zumbaba, brillaba y giraba cada vez más, mientras Carlitos la miraba desde el pasto. En un momento salió disparada hacia arriba a una velocidad incalculable y en tres segundos se perdió entre las estrellas.
Carlitos dio la vuelta y se volvió para el puente.
—Que pasó —grité.
—Nada.
Se detuvo en la baranda, mirando el arroyo. Tiró el control remoto al agua. El aparatito se hundió, hizo unos globitos y no lo vimos más.
Lo miré desesperado.
—Que se vayan a la puta que los parió —dijo con la voz quebrada al medio.
Ahora sí le vi rodar por la mejilla una lágrima entera.
Y aun con la luz tenue de la media luna, la lágrima brillaba más que las estrellas.


jueves, 25 de febrero de 2010

Poesía 4

No es de la calle la belleza
Sino del caminarla
Como no es suave
La piel que no se toca
Ni sacia el agua
Cuando esta en su jarra
No es cómo sea la mujer amada
Sino todo lo que se haga para amarla
No siempre hay que hablar
Para decir las cosas
Ni siempre callar
Es ocultarlas
No siempre se es
Según lo que se hace
Ni es el hacer
Función de lo que seas
No siempre te descansa el sueño
Ni te quema el fuego
Ni te moja el agua
En un cesto inmenso
De basura hecha de ideas
He descartado todos los preceptos
Y ahora voy andando suelto
Libre y desatado
Devorándome la vida
Esa sarta de únicos momentos.

jueves, 18 de febrero de 2010

El Juego de las Baldosas



Imgen gentileza de Aliona
Tal vez como una reminiscencia de los tiempos de la rayuela, siempre me gustó jugar con las baldosas al andar. Al neófito le sorprendería conocer la enorme cantidad de posibilidades lúdicas que existen en ese renglón. Se puede caminar pisando baldosa por baldosa; se puede caminar pisando una sí y otra no; se puede caminar normalmente y tratar de estimar qué fracción de baldosas mide un paso; se puede estimar la velocidad de otros transeúntes en la misma unidad de medida; se puede caminar con la movida del caballo de ajedrez; se puede caminar pisando todas las líneas o intentando no pisar ninguna. Cada hilera de baldosas es un sendero hacia adelante, flanqueado a izquierda y derecha por una multiplicidad de senderos paralelos que arrancan en la línea de las casas y terminan en el cordón de la vereda.
Debe saberse que hay veredas muy molestas para el juego. En ellas cada casa tiene su medida de baldosas y no es posible caminar un trecho razonable manteniendo el mismo diseño de marcha. Peor aún son las veredas con roturas, pozos, montañitas de arena, cerramientos de obra en construcción, cercados de cinta por cemento fresco u otros obstáculos. Uno debe aprender a evitar esas veredas.
Con el tiempo, los cultores de los juegos de baldosa vamos conociendo el barrio y elegimos nuestras rutas por las mejores veredas. A veces ni siquiera es necesaria la existencia de un destino y uno sale a caminar para jugar a las baldosas.

Cuando descubrí aquel sendero de baldosas, mi relación con Florencia llevaba ya tres meses. Parece mentira cuánto se puede deteriorar una relación en tan poco tiempo. Los temas profundos, esos que describen las particularidades de las personas y nos permiten descubrirlas y dejarnos descubrir, ya se habían marchado de las charlas hacía un tiempo, dejando tras de sí unos diálogos monótonos acerca de los sucesos del día, las noticias del diario y el absurdo planeamiento de la rutina.
— ¿Mañana salimos a cenar?
—Dale. ¿Vamos a la cantina esa, linda, que tenía las tablitas de fiambres?
—Ok.
Comeríamos hablando de la comida, de la demora del mozo, de la originalidad de las tulipas y nos iríamos sin pena ni gloria.
Y lo mismo era en la alcoba: la misma secuencia, las mismas posiciones, el mismo final, el mismo cigarrillo. Un culto al “mismisismo”.
Pero no todo era rutina. Dos cosas progresaban día a día: sus celos y sus planes de matrimonio.
Y así fue que al cabo de tres meses Florencia era un ahogo del cual escapar de tanto en tanto para ir en pos de alguna bocanada de libertad.
Como ya era frecuente, habíamos discutido; esta vez fue por una mirada mal disimulada a la chica de la panadería.
—Bueno, chau. Cuando se te pase, llamame —le dije cortante en la puerta de su casa.
Allí la dejé y salí a caminar. Caminé mucho. Era una tarde fresca y soleada. Lentamente se acallaron los pensamientos y sin darme cuenta me puse a jugar a las baldosas.
Buscando los mejores tableros me aventuré por la vereda de una calle larga que enseguida me agradó por la regularidad del tamaño de las baldosas. Uno podía recorrerla toda con el mismo diseño de pasos sin variar la cadencia. Cambiaban de color y de textura, pero no de tamaño, que es lo más importante.
No demoré en descubrir una particularidad en el quinto sendero, contando desde el cordón. Cada vez que marchaba por el quinto sendero, una niebla borroneaba todo el paisaje a más de cien metros. Cuando uno se corría al sendero cuatro o al seis, la neblina se disipaba lentamente y retornaba la visibilidad normal. Mi sorpresa fue mayor cuando me propuse recorrer toda la cuadra sin salirme del quinto sendero. No pude cumplir el objetivo porque en el quinto sendero, la cuadra no tenía fin. Simplemente se repetía la secuencia de casas y edificios una y otra vez sin que uno dejara de caminar hacia delante. Después de la casa con ladrillos a la vista, seguía un chalet grande con cochera doble, después la cortina de un local, y así continuaba hasta llegar al edificio de los macetones, luego del cual reaprecía la casa con ladrillos a la vista y de nuevo toda la secuencia.
Recuerdo que me invadió una emoción absoluta. Me pasé toda la tarde jugando con las particularidades del quinto sendero. Apenas lo abandonaba, la niebla se disipaba y se podía ver la esquina. Pero la casa de la esquina no era siempre la misma y su variación parecía depender del punto en el que se abandonaba el quinto sendero. La situación era la misma independientemente del sentido de la marcha. Lo mismo que ocurría yendo, ocurría viniendo. Todas las hileras eran normales a excepción de la quinta contando desde el cordón.
Al día siguiente no pensé en nada más que la vereda del quinto sendero. No llamé a Florencia ni fui a trabajar. Até a Pantaleón de la correa y lo saqué a pasear. Dejé que orinara todos los postes y me adapté sin protesto a su paso veloz y zigzagueante hasta que llegamos a la cuadra misteriosa. Allí tomé el control. Enfilé por la senda de la quinta línea de baldosas y comencé a recorrerla. Enseguida apareció la niebla. Sujeté con firmeza la correa y marchamos juntos. Mientras yo seguía a rajatabla la quinta hilera de baldosas, Pantaleón marchaba a los tirones entre la cuarta y la tercera. Pero cuando la secuencia de casas comenzó a repetirse, ocurrió algo terrible. Sentí que el tironeo de la correa comenzaba a debilitarse. Miré a Pantaleón y lo vi diluirse en una niebla borrosa, desintegrándose con una intensidad variable que parecía depender de la brisa, como si se fuera evaporando lentamente. Tomó unos pocos segundos para que Pantaleón desapareciera por completo. Me quedé paralizado, con un trozo de la correa colgando de la mano. Me pasé rápidamente a la cuarta línea, pero Pantaleón no aparecía. Lo llamé con desesperación:
— ¡Pantaleón! ¡Pantaleón! Pantapantapanta… —me incliné y seguí llamándolo—. Vamos cachirulo ¿Dónde estás?
Desistí cuando las miradas de la gente comenzaron a picarme en la nuca. A Pantaleón no lo vi nunca más.
Mi torpeza había sido mayúscula. Si mi trayectoria no tenía fin y la del perro, en cambio, era normal, resultaba evidente que la diferencia en la topología de ambos espacios se pondría en evidencia de algún modo cuando él llegara a la esquina y yo no, tornando súbitamente inviable que nos mantuviéramos uno junto al otro.
Por un tiempo seguí frecuentando esa vereda, haciendo experimentos diversos con bolsas de las compras, changuitos, bolsos deportivos y demás objetos que pudieran transitar sobre la línea cuatro o la seis mientras yo marchaba por la cinco. Invariablemente, todo desaparecía en una niebla creciente cuando las casas comenzaban a repetirse.
Mientras tanto, la situación con Florencia se hacía insostenible y difícil de resolver. Ella presentaba un comportamiento cíclico que viraba del enojo irracional por celos a la declaración de su más acérrimo apego hacia mí.
—Si vos te morís, yo me mato —decía.
Yo ya estaba seguro de que no compartiría mi vida con ella “hasta que la muerte nos separe “, pero tampoco me decidía a decírselo por temor al impacto que pudiera causarle. “Si vos te morís, yo me mato”, resonaba en mi cabeza.
Esa tarde tomé una decisión. Le dije que había encontrado una librería espectacular. Ella amaba las novelas románticas y siempre estaba leyendo alguna.
—No queda muy lejos. Podemos ir caminando —la invité.
Accedió. Estaba de buen humor. En el camino me habló de la novela que estaba leyendo y de otras más que no podía conseguir y que esperaba encontrar en mi librería.
La llevé a la vereda del quinto sendero. Tomé la senda sin fin y la mantuve a mi derecha, en la sexta hilera, sujetándola de la cintura. Al cabo de recorrer el primer ciclo de casas comencé a sentir una suavidad en la unión de mi brazo y su cintura. Me detuve y la miré con curiosidad mientras se desintegraba con un horror en la mirada y un sin fin de gritos desesperados que se alejaban hasta hacerse inaudibles. Se fue evaporando con la brisa hasta no quedar nada de ella. Nada.
Sin saber bien lo que había hecho, sentí culpa, me llevé todas las uñas a la boca y emprendí una marcha apurada mirando el piso.
Al día siguiente la fui a buscar a la casa. Me atendió la madre.
— ¿Quién es?
—Soy yo, Pablo.
— ¿Qué Pablo?
—El novio de Florencia.
— ¿Qué Florencia?
— ¡Su hija!
— Tengo dos hijos varones —dijo la madre y cerró de un portazo. Luego entreabrió la puerta y agregó — ¡Y no tienen novio!
Todos mis esfuerzos por hallar vestigios de la vida de Florencia fueron infructuosos. El quinto sendero me había transportado a un universo idéntico al anterior, pero donde nunca había existido la tal Florencia.
Por un tiempo sentí culpa y preferí adoptar la teoría de que ella estaría en un universo simétrico, igual en todo, excepto el mero detalle de mi más absoluta ausencia.

Los asesinos seriales confiesan que el primer asesinato causa terror, el segundo, indiferencia y todos los demás, placer. Un placer que transforma al homicidio en un vicio irrefrenable. No sé hasta qué punto habré padecido esos síntomas, pero lo cierto es que durante los siguientes tres años utilicé el quinto sendero para deshacerme de Mara, de Gimena, de María de los Ángeles, de Carolina y de Patricia.
Que difícil es encontrar una mujer. Meses más, meses menos, todas degeneran a lo mismo: una entidad que se queja, reprocha, te hace encargos, echa culpas y habla y habla y habla.

Pero todo llega en la vida. Y Sofía llegó a mi vida, en una soleada tarde de invierno. Yo acababa de comprarme un libro de Roger Penrose que versaba sobre una teoría cuántica para la mente. Me había costado conseguirlo. Lo hallé en una librería de la Av. Santa Fe. Me senté en un barcito sobre la avenida, en una de las innumerables mesitas que hacinaban la vereda. Pedí un café doble y me puse a hojear el libro. Después de cada tramo de lectura, levantaba la vista y miraba ese paisaje de automóviles y gente yendo y viniendo. Inmediatamente llamó mi atención una chica que transitaba la vereda de enfrente. Su marcha me era familiar en algún modo. La observé unos segundos mientras pasaba a la altura de mi mesa hasta que me di cuenta del secreto: Estaba jugando a las baldosas. Dudé un instante y resolví correr tras ella. Tiré dinero de más sobre la mesa y me lancé a cruzar la calle a la mitad de la cuadra. La perseguí con sigilo hasta alcanzarla a los cien metros. Llevaba un paso simple y elegante: Pie izquierdo sobre línea vertical de la baldosa siguiente, pie derecho sobre línea horizontal de la siguiente; y de tanto en tanto variaba y pisaba la vertical con el derecho y la horizontal con el izquierdo. No miraba el piso ni forzaba movimientos. Marchaba como una gacela y siquiera prestaba atención al paso. La seguí a tres metros un buen trecho solo para admirarla. Luego me puse a la par y le copié el paso. Ella me miró los pies de reojo y se dio cuenta enseguida. Armó una sonrisa leve y me cambió izquierdos por derechos. Me adapté al instante y le seguí el paso. Entonces ensayó un avance alternado de dos y una. Me adapté al instante y le seguí el paso. Cambió y pisó cruces de línea alternados cada dos baldosas. Me adapté al instante y le seguí el paso. Su sonrisa ya era franca. Siguió complicando los diseños sin lograr librarse de mi asedio. Cuando dejó de meter cambios, me animé a variarle yo, cambiando de pié con un saltiqueo de Pantera Rosa. Ella me siguió al momento, y ya éramos amigos entrañables.
Sofía era una niña veinteañera con carita de ángel; la cabellera negrísima, los ojos verdes, la mirada franca, la sonrisa perpetua, el andar grácil, y una piel que invitaba a la caricia. Su discurso nunca ahorraba simpatía y siempre deslumbraba por la claridad de la exposición. En los momentos íntimos era apasionada y cambiante de modo que parecía una mujer distinta cada vez. Sofía era perfecta, y además, jugaba a las baldosas.
Me enamoré de ella ferozmente.
Siguieron los días más felices de mi vida. Yo la pasaba a buscar cuando salía de la clase de danzas; nos parábamos a tomar algo en un barcito de Congreso. Ella hablaba y yo la miraba embelesado.
La llevaba a su casa, me invitaba a pasar, interactuaba con la familia: Mamá, Papá y un hermanito. Jugaba con el perro. De tanto en tanto me invitaban a cenar. Yo era un buen partido: Tenía un buen trabajo, independencia económica y estudiaba Física en la Universidad de Buenos Aires. Sabía que ese era el oculto pensamiento de los padres y a mi me gustaba que así fuera.
A los pocos meses de frecuentar a Sofía, comprendí que quería casarme con ella.
—Tenemos que practicar —recuerdo que me dijo. Y nos fuimos juntos y solitos a veranear a Villa Gesell.
Fue maravilloso jugar al matrimonio. Volvíamos de la playa al mediodía, ella preparaba la comida mientras yo sacudía la arena de los pertrechos playeros. Ella lavaba los platos y yo los secaba. Dormíamos una siesta. Yo me levantaba primero y preparaba el agua para el mate. Nos íbamos a matear a la playa. Era una vida plena de felicidad. Solo oscurecida por las miradas furtivas de los lobos que la devoraban en la playa. De tanto en tanto, cuando yo me apartaba aparecía algún galán a iniciar la charla. Ella nunca abandonaba su sonrisa y yo enfurecía por dentro, y por fuera mostraba indiferencia sin dejar de preguntar
— ¿Qué precisaba el caballero?
—Nada Pablo, solo quería conversar.
—Tenía buen lomo ¿no? —la probaba yo.
—Quedate tranquilo —me decía—. Seguro que no sabe jugar a las baldosas.
Y nos reíamos, ella con naturalidad, yo simulando.
Me percaté de mi problema de celos al segundo día de volver. A pocas cuadras de su casa la vi en el puesto de diarios y revistas conversando asiduamente con el muchacho del puestito, supongo, porque por mi posición no podía verlo. Ella se inclinó y lo saludó con un beso, seguramente en la mejilla, y se marchó con una amplia sonrisa y una revista de tapas brillantes en la mano. La intercepté enseguida.
— ¡Hola! —me saludó sorprendida.
— Te agarré con las manos en la masa —le dije fingiendo bromear mientras le quitaba la revista de la mano.
—Es un semanario español sobre danzas. Me lo consigue Germán, el muchacho del puestito. Es muy gentil —agregó ella con cierto nerviosismo.
—Mirá que bien —le contesté mientras el “gentil” se mezclaba con el “Germán” y juntos me revolvían las tripas.
Cuando me deshice de ella pasé por el puestito para espiar al tal Germán. Era bajo, pelado hasta la mitad de la cabeza, tenía la cara redonda, los ojos juntos y negros, las cejas muy arqueadas, una nariz recta y corta que finalizaba en una curva descendente, un mentón itálico pequeño, respingado y apenas partido y era decididamente obeso.
Me sentí un tonto. ¿Cómo podía celarla con semejante criatura? Entonces supe que tenía un problema.
Pensé mucho sobre mi cuadro de celos. Recordé mis tiempos con Florencia, donde yo era la víctima de sus celos irracionales y decidí que no sometería a Sofía a la misma penuria. Trataría de sobrellevar el peso de mi defecto sin que se notara.
De veras que hice mis mayores esfuerzos, pero creo que ella lo notaba igualmente.
Todo era leve, todo era imperceptible, pero yo la sentía más lejana, más fría. Y de a poco le iba perdiendo el rastro. Me invadía la sospecha de que salía de tanto en tanto sin decirme cuando ni adonde. ¿Cómo puede ser? Si íbamos a casarnos debíamos contarnos todo. No podían existir secretos ni ocultamientos. Pero ¿existían realmente o eran obra de mi imaginación desquiciada?
Mientras tanto seguíamos planeando la vida juntos. Comprábamos cacerolas y juegos de sábanas para nuestra futura casa y nos pasábamos las tardes inventando los detalles. Yo imaginaba una escena con un hijo muy pequeño, sentados los tres en el piso, abrazados y sonrientes, jugando con un millón de peluches gigantes mientras desde un ventanal maravilloso nos iluminaba el sol de una mañana dorada.
Ella sonreía cuando le contaba estas escenas, pero ya no era aquella sonrisa franca sino otra diferente, más apagada, con un dejo de melancolía, como si pensara en otra cosa.
Una tarde salimos a ver vajilla. Caminamos mirando vidrieras y comparando precios y calidades. Ella estaba realmente ausente. Miraba una y otra cosa y no salía de un “sí, esta puede ser”
—Hay otra casa unas cuadras más allá —me dijo. Y yo la seguí.
Nos internamos por una calle ancha y sombría de cuadras largas. Ella marchaba en silencio. A poco de andar me di cuenta que estaba siguiendo un paso, pero no pude entender el diseño. Nada parecía repetirse y sin embargo era evidente que pisaba líneas, plenos y cruces de un modo deliberado. Infructuosamente traté de leer el diseño una y otra vez, pero no me fue posible descubrirlo. Era algo nuevo, elevado, diferente, como si su marcha hablara en otro idioma.
Caminamos en silencio un buen rato hasta que Sofía se detuvo a diez metros de una esquina. Se paró frente a mí, me dirigió una mirada cargada de mensajes incomprensibles, densos, profusos, como si quisiera contarme con los ojos toda la historia del mundo. Me acarició la mejilla con una tristeza indescriptible. Detrás de ella, doblando la esquina apareció una figura conocida. Era el tosco cuerpo de Germán, que se detuvo y esperó mirando el piso. Sofía dio tres saltitos cortos hacia atrás y al costado y una serie de pasitos breves que no pude seguir. En la esquina, Germán describió una voltereta similar. Inmediatamente me invadió el horror, la desesperación y la impotencia cuando ambos comenzaron a desvanecerse. En una neblina, me sonrió como diciendo “lo lamento” o peor, “así son las cosas”. Me saludó con la manito, subiendo y bajando los dedos, se dio vuelta y corrió hacia el gordo. Ya hechos una bruma se abrazaron y se besaron.
Los vi alejarse dando pasos de un diseño indescifrable, saltiqueando parejitos hasta disiparse con la brisa.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Naturaleza Reincidente





En ese barrio el otoño era hermoso. Sobre sus veredas se alternaban árboles de todo tipo. Alineados a un metro del cordón, se erguían hasta confundirse en un ramaje ancho que formaba un techo sobre la calle y acariciaba la fachada de los edificios. Cada especie adquiría un tono diferente que variaba del verde lima al ocre oscuro y otorgaba al paisaje un atuendo maravilloso. Desprendidas al ritmo intermitente de la brisa, las hojas bajaban como copos de una nieve dorada y se amontonaban formando un colchón crujiente en todas las calles y veredas.
Esteban amaba el otoño. Buscaba pretextos para salir a caminar y hundirse en ese paisaje subyugante. Mucho más que la primavera, el otoño lo llamaba a la pasión. Todas las mujeres eran bellas en otoño y casi no había dama transeúnte cuyo cruce ocasional no despertara una historia íntima en su imaginación.
De ningún modo esa muchacha pasaría desapercibida. Era delgada, pequeña y sinuosa. Un cabello marrón claro le caía en bucles hasta los hombros, llevaba un vestido claro y etéreo que le llegaba hasta las rodillas y unas sandalias celestes. Traía varias bolsas de supermercado en cada mano y la señal del esfuerzo en el rostro.
Se detuvo, apoyó las bolsas en el suelo, las soltó con cuidado, se irguió y resopló relajando los hombros, con la mirada ocasionalmente detenida en Esteban, que avanzaba de frente.
—O la muchacha es muy pequeña o las bolsas muy pesadas —le dijo con una sonrisa.
—No importa —dijo ella— casi estoy llegando. Además, no son tan pesadas como parece.
—Tanto mejor. Me costará menos averiguar tu nombre y tu dirección —contestó Esteban mientras levantaba las bolsas frente a la poco convincente negativa de la joven.
En el camino supo que se llamaba Úrsula y que tenía treinta y cinco años, algunos más de los que aparentaba, tal vez debido a su menuda contextura. Comprobó también que la muchacha era sumamente locuaz.
Llegaron a un edificio viejo y un tanto descuidado. Ella abrió la puerta del palier sin dejar de hablar.
—El ascensor no funciona, tendremos que utilizar las escaleras ¿De veras no quieres que te ayude con alguna bolsa?
—No, está bien —contestó mientras rearmaba los hombros y enderezaba la espalda. Las bolsas eran más pesadas de lo que pensaba y el esfuerzo iba trocando la simpatía y el ingenio sutil por unas bocanadas notorias y un sudor que ya se hacía gota en la punta de una ceja.
—Son tres pisos —dijo ella, y comenzó a bajar escaleras.
Era mucho mejor descender que arrastrar esos bultos hacia arriba, pero no dejaba de ser curioso un edificio con apartamentos en un tercer nivel de subsuelo.
Se detuvieron frente a una puerta marrón. Esteban notó que la escalera seguía descendiendo. Ambos entraron: ella hablando, él en silencio.
Desde una habitación interior llegó una voz cascada de mujer mayor.
— ¿Úrsuli, eres tu?
—Sí madre, y he conseguido una ayudita en el camino.
Salió de la cocina una mujer mayor muy desarreglada. Tenía el cabello entrecano, grasiento y notablemente despeinado, y sobre una blusa raída llevaba un batón claro ennegrecido por la añosa acumulación de mancha sobre mancha. Dio unos pasos chancleteando unas zapatillas viejas, agujereadas en los pulgares.
—Ah, muchacho, qué amable. Siéntese. Debe estar cansado. Siéntese. A ver si tengo algo fresco en la heladera. Siéntese, siéntese.
—No quisiera molestar —dijo el joven, que realmente quería eludir el compromiso de sentarse en ese sillón, tan desvencijado y mugriento como el batón de la vieja. Pero la muchacha lo convenció con una leve caricia en la cintura y una amplia sonrisa.
—Vamos, tienes que relajarte un poco.
La caricia lavó el tapizado del sillón y disciplinó sus resortes más temibles, y todo estuvo bien con el mueble; de mil maravillas. La caricia era la señal, la luz al final del camino, la razón de su estancia en esa pocilga absurda, hundida en la tierra y regenteada por una verdadera bruja del medioevo. La caricia era la certeza de que llegaría, y de que llegaría rápido. “Cuánto más rápido llegas, más rápido te vas”, solía decirse, porque la acción está en el vértice de una parábola invertida que porta a izquierda y derecha el acercamiento excelso y el desinterés más abismal, igual que esa biología que llama al agua con la sed y luego la repudia con la saciedad, a diestra y siniestra de la ingesta. Y ella también lo sabía, y porque lo sabía se prestaba al juego, esgrimiendo en ese guiño, todas las fichas y el tablero.
Esteban se sentó y bebió una soda con hielo mientras ella, que se había colocado detrás, le daba masajes en los hombros.
Conversaron un rato, pero a la tercera interrupción de la madre, Úrsula levantó los vasos y lo invitó a su habitación. Estaba hecho. Esteban conocía ese lenguaje que tantas veces había barruntado: la habitación de la dama es la dama, y entrar es entrar.
Por un momento pensó en Marisa, su dulce Marisa. La vio blanca, pura, ingenua, adolescente, dulce, amorosa, lejana, lejana, lejana; escondida tras la neblina de esta urgencia que le calentaba las mejillas y le aceleraba el corazón. Su amor por Marisa no mermaría un ápice con esta y otras aventuras. Y ella no podría sufrir en tanto lo ignorara todo. Así justificado, su abandono a los instintos no tenía inhibición.
Se fugaron por una puerta que daba a un pasillo corto y al final una escalera descendente. Úrsula empezó a bajar mientras Esteban bromeaba con el paralelismo entre el bajo mundo y las bajas pasiones.
—Claro tonto, por eso te llevo a mi habitación —replicó la menuda mujer, cuyas intenciones ya estaban declaradas y reanimaban a Esteban con una eficacia mayor que mil horas de masajes en los hombros.
Continuaron bajando por la escalera angosta. Eran tramos de distinta longitud seguidos de un descanso con giro de 180° y vuelta a bajar. No había ninguna puerta en los niveles intermedios. El aire se tornaba húmedo y difícil de respirar y conforme descendían disminuía la temperatura de manera sensible. Bajaron, bajaron y bajaron.
— ¿Qué clase de edificio es este? —preguntó Esteban al fin.
—Te llevo al infierno porque necesito un demonio —fue la respuesta jocosa. Y rápidamente apareció una puerta justo al final de la escalera.
Ingresaron a una habitación baja, iluminada de rojo y verde. El aire era un bloque de granito y había que respirar muchas veces para obtener una buena dosis de oxígeno. Un ventilador de techo comenzó a girar con un quejido rítmico de roce de metales. No había ventanas, por supuesto. Una puerta entreabierta daba a un baño oscuro y otra más permanecía cerrada al fondo de la habitación.
Úrsula lo tomó del cinturón y lo condujo a la cama. Comenzó a desabrocharle el pantalón y al momento ya estaba sirviéndose su contenido. Esteban estaba excitado y mareado a la vez. Momentos después, la muchacha ya gateaba desnuda sobre la cama.
— ¡Golpéame! —Reclamaba dándose nalgadas—. Más fuerte. Recuerda que estamos en el infierno.
Pero Esteban perdía la excitación cuando intensificaba la golpiza y desatendía la golpiza cuando recuperaba la excitación.
— ¡Vamos! ¿Qué te pasa? Quiero sentirte escarbándome el estómago.
Fueron y vinieron en ese vaivén de reclamos grotescos y respuestas incompletas hasta que Úrsula se puso de pié, lo sujetó de un brazo y lo condujo hacia la puerta del fondo.
—Necesitamos elementos apropiados —dijo simulando pensar.
Abrió la puerta y se internaron en una suerte de túnel acabado con revoque grueso donde una escalera caracol se internaba hacia abajo; siempre hacia abajo. Estaba apenas iluminada por unas lámparas amarillentas desprolijamente escupidas desde la pared, colgando de los cables y dispuestas a intervalos aleatorios, siempre insuficientes. El olor a moho le oprimía el pecho y un mareo leve y persistente lo hacía tambalear. Bajaron muchos metros y se hundieron bajo una arcada pequeña, detrás de una cortina de carnicería. Desembocaron en una habitación sin formas definidas. Las paredes parecían ser de roca y chorreaban un jugo frío y aceitoso. Algunas antorchas pequeñas iluminaban la caverna produciendo el baile alocado de las sombras. Desde el techo colgaban cadenas oxidadas y unas sogas gruesas y percudidas. Sobre una cómoda vieja, una variedad de elementos estaban dispuestos sin ningún orden. Arneses de cuero y metal, látigos de distintos tipos y otros objetos cuyos propósitos aterraba imaginar, yacían desperdigados como si recién hubieran sido utilizados.
Úrsula sujetó uno de los látigos, tomó posición sobre unos almohadones y comenzó a castigarse el cuerpo con vigor mientras lo fulminaba con miradas provocativas.
Esteban estaba sumido en una hipnosis que le atrofiaba toda voluntad, viendo a la mujer bailotear y auto infligirse entre las sombras fantasmales de las cadenas y las sogas y el brillo trémulo del líquido que impregnaba la roca. Simplemente yacía, allí, en una cueva a mil metros bajo tierra frente a una mujer desnuda que danzaba y se retorcía como un personaje dantesco perpetrado para enloquecerlo.
Con un vestigio de conciencia, Esteban comprendió que, en efecto, aquello era el infierno. Quiso huir. Giró y marchó a los tumbos hacia la cortina de la arcada, se frenó al pié de la escalera caracol y se quedó pasmado al comprobar que ya no existía el tramo que subía; en su lugar se continuaba la tosca pared de roca de la habitación. Tanteó el muro intentando verificar que fuera real, se miró las manos, cubiertas del sudor grasiento de la piedra, se paró frente al tramo de bajada, descendió unos cuantos escalones y se asomó por el hueco que se abría tras la baranda. La escalera caracol no tenía fin, simplemente descendía y descendía como una espiral hacia el infierno, tachonada de antorchas desordenadas que se amontonaban contra el infinito. Desde lo profundo del hueco ascendía un hedor putrefacto cuya brisa helada le desgarraba la piel y las vísceras. Bajó meneándose unos cuantos escalones más con la esperanza de encontrar una salida. Fue inútil. Ya no había un aire que pudiera respirarse. Se agazapó apoyando las palmas contra los escalones y quedó tendido sobre la escalera, boca arriba. Entre sueños pudo ver a una Úrsula verdosa y desnuda con las piernas abiertas sobre su cara, meciéndose al ritmo de unos cánticos corales que ascendían reverberando desde el abismo.
— ¿Te quieres ir justo ahora, cuando comienza la diversión? —Se burlaba la mujer— ¿Pero qué nos vas a hacer ahora con la cosita esa, eh? Dile que vuelva. Ya no la recuerdo —reía a carcajadas y continuaba—. ¿Qué ocurre? ¿Te asustan las escaleras? Solo queremos saber cuán bajo puedes caer corriendo detrás de una mujer. Mira —mostró una inscripción sobre la roca— ¡ciento veintisiete metros! ¡Toda una marca, eh! Con más de cincuenta metros ya no dejamos regresar a nadie.
Entonces Esteban comprendió que ya no habría forma de salir de allí. Cerró los ojos, lloró, se lamentó y pensó en Marisa, y la vio blanca y pura, y la vio ingenua y adolescente y dulce y amorosa y lejana y lejana y lejana; escondida detrás de una luz intensísima, habitando en el confín del mundo. ¿Qué podría buscar en esta oscuridad quien había sido poseedor de tanta luz? Entre lágrimas, le juró fidelidad eterna; entre lágrimas se arrepintió de todos sus desvíos; juró por Dios, él, que no creía; y pidió por favor una salida. Ofreció su castidad hasta la muerte; juró abstinencia indeclinable; imploró en el nombre de todos los santos; comprobó que no los conocía. Lloró y no supo cuanto tiempo, hasta qué ya no tuvo lágrimas, entonces comenzó a resignarse. Después de la sentencia corresponde la condena. Y la acusación estaba bien fundada, y la condena era ese abismo de escalones y de antorchas, o peor aun, el mismo infierno; era ver el rostro del demonio; era ese ahogo insoportable oprimiéndole el pecho por el resto de sus días, y también después, en esa eternidad oscura que se extiende más allá de la muerte; porque si existe el infierno, existe el alma.
El volumen de los cánticos aumentaba, como si una multitud de criaturas inconcebibles se acercara marchando desde lo profundo, escaleras arriba, avanzando hacia su presa.
Fue suficiente. La débil voluntad del muchacho ya no pudo resistir tanta locura, Cerró los ojos y quedó inconciente con la cabeza desplomada sobre el vértice de un escalón.
Despertó en la calle, tendido sobre el colchón de hojas, rodeado de caras curiosas y un murmullo bajo. Un hombre muy blanco de camisa verde agua gesticulaba frente a su cara.
— ¿Cuántos dedos puede ver?
—Tres.
— ¿Cómo se llama?
—Esteban.
— ¿En qué año estamos?
—Dos mil diez.
—Bien Esteban, quédese tranquilo. Parece que sufrió algún tipo de intoxicación. Lo vamos a trasladar a una unidad sanitaria. Ahora descanse.
Esteban volvió a la inconciencia y durmió todo el viaje en ambulancia. Durmió y soñó con el infierno; y con unos demonios negros con cabeza de lobo y cornamenta en la frente, y con colas que se retorcían como serpientes sobre un lodo rojizo, y con miembros enormes y erectos, exaltados con movimientos espasmódicos. Detrás, con una túnica blanca, una mujer lo miraba desafiante. Al principio del sueño, ella era Úrsula, pero luego, cuando se acercó flotando y lo señaló con el índice, pudo ver que era el rostro de Marisa.
Se despertó sobresaltado en un pabellón de hospital, rodeado de camas y de cuerpos que se inflaban y desinflaban como focas diseminadas al sol. Se quedó mirando el lugar sin poder pensar en nada. Las camas se alineaban sobre dos paredes enfrentadas dejando un espacioso pasillo en el centro. La pared de enfrente era en verdad una sucesión de ventanales que llegaban hasta el suelo frente a los cuales colgaban dispuestas a distinta altura unas persianas americanas saturadas de polvo.
Una enfermera se acercó al rato. Era morocha y llevaba un guardapolvo muy ceñido debajo del cual no se vislumbraba mucha ropa.
Con afán de estimarle la temperatura, la joven se acercó y colocó la mano sobre la frente del muchacho, dejando su escote generoso a merced de su mirada furtiva.
— ¿Qué me ocurrió? —inquirió el paciente.
—Una intoxicación con… —contestó ella mientras se estiraba para tratar de leer una tarjeta que colgaba al pié de la cama— ¡uf! con un montón de cosas ¿Qué estuvo haciendo? Bueno, no importa. Ahora descanse —le acarició la mejilla con el dorso de los dedos y continuó su recorrida por las otras camas.
Una intoxicación, por supuesto. El médico había dicho lo mismo en la vereda. Pero ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Habría algo en la soda? ¿O en el aire? No podía ser. El había estado en ese sitio. La escalera que salía hacia arriba realmente había desaparecido cuando intentó huir. El había sido examinado y había calificado plenamente para permanecer en el infierno. La realidad de los hechos vividos no dejaba resquicio para la duda.
Esteban recordaba y trataba de rearmar una secuencia razonable en su cabeza mientras seguía mecánicamente los movimientos de la enfermera que saltaba de cama en cama como un colibrí de flor en flor. El delantal era realmente corto y no alcanzaba a volver hacia adentro luego de caer desde los glúteos.
Además, ¿Cómo había aparecido en la calle luego de desfallecer? ¿Qué manos lo habían transportado escaleras arriba hasta devolverlo a la superficie? Ni Úrsula ni su madre parecían capaces de tal ejercicio.
La chica se estiró para abrir unas ventanas sobre la hilera de camas de enfrente, al fondo de la sala, dejando ver unas piernas doradas y perfectas que parecían proceder de una de esas fotografías de las revistas, que son editadas para borrar hasta la última mácula.
Lo cierto es que allí estaba, librado de la más horrible pesadilla y podía sentir lo maravilloso que resulta volver al mundo de los mortales después de haber rozado el infierno eterno. Era maravilloso poder respirar. El aire era maravilloso. Y esa paz de la sala de hospital era como un bálsamo que pronto curaría sus heridas. Y era maravilloso el modo como las piernas de la enfermera se abultaban hasta perderse en el misterio, debajo de la falda.
Seguramente Marisa llegaría de un momento a otro. Cómo la amaba ahora que la tenía de regreso, después de creerla perdida para siempre. Deseaba verla, acariciar su cabello suave, lamer con el dedo sus mejillas, besar su frente de niña y abrazarla y mimarla y sentirla suya y cercana, por fin cercana.
Desde la cama de enfrente llegaban unos ronroneos metálicos. La muchacha estaba ajustando la inclinación de la cama y se había agachado para girar una palanca endurecida. Se irguió sin haber logrado el cometido. Tenía las mejillas rojas por el esfuerzo y el delantal arrugado haciendo un pico a la altura de la cola. Dio un paso atrás y se sentó en la baranda al pié de la cama de Esteban. Recuperó el aliento, se levantó y volvió a intentarlo, ahora con éxito. Cruzó unas palabras con el paciente de esa cama. Se sirvió un vaso de agua, se paró frente al ventanal, apoyó un pie sobre la silla de acompañante y bebió su agua mientras el inconmensurable sol de la tarde la mostraba a trasluz, de perfil, con la cabeza hacia atrás, transparentando toda la energía de su silueta desnuda y sinuosa, como una diosa jugando con su belleza joven y salvaje, ajena a los ojos que la miraban extasiados.
Y todavía reverberaban los cánticos del abismo, y todavía lo ahogaban los vahos del infierno y todavía sentía la presencia del diablo y estaba aun tibia la sensación de perder a Marisa para siempre y aún resonaban sus plegarias de arrepentimiento desesperado y su juramento inapelable cuando Esteban, como un esclavo de sí mismo, acarreando la carga de su naturaleza animal, sintió un llamado ancestral que le calentaba las mejillas y le aceleraba el corazón. Allí, hundido en esa cama de hospital, empequeñecido hasta la nada, escabulló las manos debajo de la manta, cerró los ojos sin darse cuenta, profirió una exhalación profunda y comenzó a fantasear con la enfermera.