domingo, 27 de junio de 2010

El Diosecillo

(Microrrelato)

Hace mucho, mucho tiempo, allá en el paraíso, el pequeño hijo de un dios mostró su trabajito a la maestra de Salita Amarilla.
— ¡Qué bonito! —dijo la maestra—. ¿Cómo se llama?
—Tierra —dijo el diosecillo.

sábado, 19 de junio de 2010

El Enigma del Bar de los Viejos y los Gatos





Algunas cosas solo pueden ocurrir de noche. La noche tiene un velo mágico, una corona de estrellas y un ejército de sombras. Y las estrellas son misteriosas, y las sombras, oscuras.
A quien atrae la magia y el misterio, ha de gustarle la noche.
¿Quién puede negar el sabor de una caminata barrial a las dos de la mañana? Allí se escucha el silencio de la luna, se presiente la humedad de los viejos edificios, se oye respirar a los jardines. Los ladridos son distintos por la noche, y el ronquido del motor de un auto aislado. Todo es único, solitario y personal. Las cosas están más cerca de las cosas y uno está más cerca de uno.
Doblé en la esquina y avancé por la vereda rota, humedecida de rocío. Yacía a la derecha la sucesión de locales comerciales, que dormía con sus persianas arrumbadas como párpados cansados. A la izquierda, el empedrado, con sus remolinos de hojas negras trituradas bailoteando sobre el adoquín, mecidas por la corriente que venía acariciando la Pampa hasta abrirse en un delta de brisas al llegar a la ciudad. Por la noche, Buenos Aires vuelve a ser un caserío que interrumpe el campo, una mera llaga en la llanura interminable, donde moran los gusanos que beben del río.
El auto negro cruzó la bocacalle, dos cuadras más arriba. Todos los autos son negros a las dos de la mañana. Los autos y los gatos. Tal vez por curioso, tal vez por aburrido, caminé las dos cuadras y doblé hacia la derecha siguiendo el derrotero del vehículo. Desemboqué en un callejón oscuro y sin nombre. El auto negro había estacionado en frente, junto a un bar viejo que apenas irradiaba luz sobre las baldosas y la calle. Unos cuantos gatos merodeaban en la puerta. Entraban, salían y saltaban a los tejados de las casas linderas. Allí maullaban, corrían, trepaban, asechaban, se encontraban, reñían recortados frente a la luz y copulaban escondidos en las sombras.
Entré al bar. Me ubiqué en una mesita libre junto a la ventana. Hacia fuera no había mucho que mirar, pero entre las paredes y las ventanas, uno siempre elije las ventanas.
Me pareció surrealista un bar abierto de madrugada, a mitad de un callejón, pero ciertamente el sitio estaba bastante concurrido. Se trataba de una vieja construcción restaurada con más gusto que esplendor. Se imponía el piso original de mosaicos alternados en blanco y negro, con una guarda de dos franjas negras trenzadas sobre fondo blanco que recorría el contorno del local. Las paredes estaban ataviadas con un revoque rústico y algún desconchado deliberado que exhibía unos ladrillos grandes consumidos por el tiempo y las batallas, apenas imprimados con barniz mate. Desde el techo invisible bajaban unas cadenas negras rematadas en pantallas abiertas como sombreros chinos, de un material traslúcido que las hacía flotar sobre las mesas, impulsando la luz hacia abajo, dejando a oscuras todo el espacio por sobre los dos metros. No había más de veinte mesas dispuestas con una geometría rectangular, formando una ele ancha y corta en torno a la barra. Al fondo, bajo una arcada importante, estaba el acceso a los sanitarios. Debajo de las figuras de la dama y el caballero, pendían dos cartelitos torcidos que rezaban: “Solo para clientes”. Y —muy curioso— en cada puerta, abajo, había un pasador tipo vaivén para el libre tránsito de mascotas que, rápidamente supe, eran invariablemente gatos.
Percibí al entrar ese roce áspero de las miradas ajenas que lo hacen sentir a uno un forastero. En una mesa contigua, dos ancianas platicaban animadamente mientras tomaban un té de hierbas con tarta de manzanas y lemmon pay.
Llamé al mesero y ordené un capuchino italiano con amaretti y una copita de jerez. Era un hombre mayor, muy ceremonioso que enseguida preparó la mesa y la nutrió de objetos con una rutina lenta y ordenada. Colocó un mantelito individual, un centro de mesa, dos bombones envueltos en papel de aluminio y celofán, una jarra con agua y un vaso corto y cónico de paredes gruesas y estrías verticales.
—Enseguida le sirvo su pedido —dijo. Y se marchó.
Me recosté sobre el respaldo para estudiar a la gente. Enseguida salió del sanitario un hombre octogenario que avanzaba dando pasos trabajosos colgado de un bastón de madera lustrada. Detrás de mi, se levantó un individuo de mediana edad, plegó su periódico y lo asistió rápidamente.
—No sé si le hace bien venir aquí, Don Hipólito —le dijo mientras lo sostenía.
—Es maravilloso —respondió el anciano—. Mañana venimos otra vez.
El asistente meneó la cabeza.
—Esta adicción lo va a llevar a la tumba.
—Yo ya estoy muerto Pepito. Vengo aquí para vivir mis últimos ratos.
Salieron lentamente, se subieron a un vehículo azul que aguardaba a mitad de cuadra y desaparecieron al doblar la esquina.
Mientras pensaba en el enigma de aquel diálogo me fui dando cuenta que casi todos los clientes del bar eran ancianos.
Un gato negro emergió de la puertita vaivén del sanitario de hombres. Salió a la vereda, se acercó a dos o tres gatos más que parecían aguardarlo y juntos se perdieron en la oscuridad del callejón.
Una gata color canela se me acercó con decisión y comenzó a restregarse contra mis pantorrillas. Apoyaba los bigotes y avanzaba refregando con firmeza todo su costado hasta la punta de la cola, luego hacía un ocho entre mis piernas y repetía la operación contra mi otra pantorrilla. Le acaricié la cabeza y entrecerró los ojos con placer. Después de un rato de repetir su rutina mimosa, salió disparada y se perdió tras la portezuela del sanitario de damas, dejando mis medias de lana cubiertas de pelitos amarillos.
El mesero me trajo el capuchino y aprovechó el viaje para cobrarles a las viejas del tecito de hierbas, que tenían cierto apuro por pagar. Apuro que se explicó enseguida porque inmediatamente después se marcharon al baño.
Yo saboreaba mi café mientras miraba la tertulia de los gatos, afuera. Todo el callejón estaba atestado de gatos. Mirando a los techos se los podía ver como sombras recortadas contra el cielo lunado, yendo y viniendo con un extraño frenesí. De tanto en tanto bajaban a la vereda, se reunían de a dos o de a tres y emprendían la marcha en grupo con curso definido, recorriendo el callejón hasta sortear la pared del fondo y caer en los patios traseros de una vieja capilla.
Una anciana coqueta y muy teñida pasó junto a mi mesa, se detuvo un momento, me susurró algo en voz muy baja y continuó su marcha hacia la calle.
—Bonitas medias —me dijo—, sobre todo suavecitas.
Al tiempo, otra anciana entró al local, caminando muy despacio ligeramente inclinada hacia delante. Avanzó apoyándose en cuanta mesa o silla pudiera. Se sentó cerca de mí, me miró un instante y bajó la vista cuando la observé. No podía tener menos de noventa años.
Dos gatas salieron del baño de damas correteando alegremente, la primera esperó un instante a la segunda y ambas se marcharon hacia la fiesta de gatos que parecía discurrir en el callejón.
Un anciano que estaba solo se levantó y se sentó a la mesa junto a la anciana nonagenaria que acababa de entrar. Conversaron, discutieron, el insistió en referir un encuentro anterior.
—Vamos, ¿No la pasaste bien? Si la pasaste bárbaro, no me vas a decir a mí.
Ella lo rechazó una y otra vez y juraría que en un momento me miró pidiendo ayuda.
Cuando el abuelo se puso cargoso y comenzó a jalarle la mano zarandeando a la pobre viejecita hacia delante y hacia atrás, creí conveniente intervenir.
—Disculpe abuelo, pero creo que la señora prefiere estar sola.
El viejo se dio vuelta para mirarme, con un giro aparatoso que mantenía fijo el cuello y rotaba desde la cintura, me espió mirando hacia arriba, dudó un instante y luego levantó ambas manos con las palmas hacia delante.
—Está bien —dijo. Se puso de pié y se dirigió al sanitario con desalineada presteza y colocado mal humor. Casi se cae al tropezar con un gato que salía desde abajo, por la puertita vaivén, pero el animalito lo esquivó con pericia y siguió su curso.
—Gracias joven —dijo la anciana, me acarició una mano y me miró con ternura. Le sonreí y volví a mi mesa para comprobar que la escena no había pasado desapercibida y que todos los ojos me miraban. Hostiles lo viejos, enternecidas las viejas.
—Yo no sé que hace un hombre tan joven en este lugar —oí comentar.
Me quedé un rato más, intrigado ya por el movimiento de aquel sitio. Como marionetas malheridas por la vida, esos personajes pagaban su cuenta y se arrastraban en un crujir de huesos y cartílagos hasta el sanitario superpoblado, del cual salían y entraban gatos por la puertita de abajo. Observé que las ancianas del tecito después de media hora aún no habían salido. Comprobé que, en general, ninguno de los que había entrado, había salido. Salían otros, eso sí; y los gatos, que entraban y salían, pero no de cualquier forma, los machos transitaban el baño de caballeros y las hembras el de damas, y nunca ninguno se equivocaba de puerta.
Por fin la viejita nonagenaria pagó su cuenta y se desplazó hasta el baño gritando por los ojos los múltiples dolores de la vejez.
Llamé al mesero y pedí la cuenta. En el ínterin, un gato gris y negro se me tiró encima y me arañó la cara. Me tiré hacia atrás instintivamente mientras la bestia se retiraba velozmente hacia la puerta. Le pagué al mesero comentando el ataque.
—Lo siento mucho señor, pero comprenderá que no podemos echar a los gatos —me dijo, y guiñó un ojo.
No. No comprendí. Lo que ya se aclaraba con luz de sobra era que allí ocurría algo extraño con los viejos y los gatos, y todas las preguntas me llevaban al sanitario donde unos y otros entraban y salían sin lógica ni razón.
Una gata blanca atravesó la puertita y se me vino a la mesa. Me agazapé esperando otro rasguño, pero la gata blanca se trepó a mi regazo y se enrolló en postura de descanso. La acaricié un poco y la sentí cercana, dulce, diría que excitada. Saltó al piso, me miró con unos ojos grises que me querían contar algo. Se fue hasta la puerta del baño, volvió a mi mesa y volvió al baño. Desde la puerta me miraba, daba un giro y me volvía a mirar. Finalmente enfiló para la puerta de salida y se marchó hacia la calle.
Yo me levanté resuelto y me fui a ese baño “solo para clientes” a fin de pulverizar los acertijos.
A la derecha de un pasillo central, contra un espejo que llenaba toda la pared, había cuatro lavabos impecables de estilo antiguo. A la izquierda, tres puertitas que daban a sendos cubículos. Un gato surgió debajo de una de esas puertas y salió del baño. Me asomé allí a espiar el breve recinto. Ingresé y cerré la puerta. Había un inodoro, un rollo de papel sanitario y un cesto plástico con tapa. En el tabique de la izquierda un cartel pregonaba una recomendación absurda: “Recuerde que no es conveniente prolongar el estado gatuno durante más de dos horas”. Antes de digerir la frase comencé a marearme. Las paredes se alargaron hacia arriba y el inodoro se agigantó súbitamente. Perdí el conocimiento y lo recuperé al momento. Salí del cubículo totalmente desorientado. Transité a los tumbos el pasillo inmenso y deformado, salí al salón y un instinto involuntario me sacó a la calle.
Allí afuera estaban todos, develando el misterio. Abandonados al vicio eterno de la juventud, disfrutando de la agilidad sin dolores, bebiendo el elixir de la pirueta y el salto a los techos, formando grupos, hablando de los antiguos bailes de los clubes de barrio, recitando la formación del Boca del 47, exudando salud y silbatina de tangos de Hugo del Carril y Goyeneche. Reeditando con maullidos feroces las viejas riñas de guapos. Enamorándose de la chica linda de la cuadra que esperaba culposa en su avidez de sexo adolescente, escondida en las sombras, entre los tanques de agua de los techos. Viviendo el minuto abrumadoramente hasta terminar la aventura sentados frente al reloj de la antigua capilla.
Guiado por una excitación exuberante, pegué un salto hasta un alero. Aterricé con el instinto de equilibrar el peso con la cola. Miré la geografía de las tejas extendiéndose agrisadas por la luna, como una selva misteriosa que me llamaba al movimiento, y me hundí en la noche aquella en busca de la gata blanca, para volverla a mi regazo y tenerla allí por las dos horas siguientes, o aun más, si acaso ella prefiriera morir de amor antes que volver a la vejez.