domingo, 23 de mayo de 2010

Cinco Microrrelatos



He enviado a un certamen cinco microrrelatos. Como nada en las bases me lo impide, los publico aquí.


LA INGESTA
Ambos succionaron el largo spaghetti, él de un extremo y ella del otro. Y se vació el plato, y se tensó la cuerda y quedaron labio contra labio. Se miraron un instante, y como un pez que aspira su presa debajo del mar, ella hizo ¡slup!, y se relamió despacio.


EL BESO
Solo de verla me enamoré. Sentada frente a su jugo, debajo de la sombrilla, brillaba como una joya sobre el fondo urbano. Me senté a su mesa y dije no sé qué. Ella contestó con rubor y bajó la vista. Acerqué mi rostro y las miradas se hablaron. En un descuido, me espió los labios. Me acerqué aún más y la besé, primero con ternura, luego con pasión y después con horror, cuando sentí, delgada y bífida, desenrollarse su lengua dentro de mi boca.


EL NOMBRAMIENTO
Pese a la densa andanada de críticas, el hombre dijo su discurso, juró como Ministro de Educación, se abrazó con el Señor Presidente, se sentó frente al ancho Libro de Actas, sujetó el bolígrafo dorado como un mono sujeta una banana y con sumo cuidado y lentitud, dibujó una cruz.


CONSTIPADA RESIGNADA
Hacía ciento noventa y siete días que Haydee no iba de cuerpo. Bebió yogures con bacterias, cambió la dieta siete veces, tomó purgas y laxantes, probó yuyitos de los chamanes andinos, ingirió medicamentos recetados y fue a la iglesia de la Virgen Desatanudos. Finalmente vendió el inodoro.


EL SUEÑO
Soñé que el cirujano me daba por muerto un miércoles a las 14:07. Soñé que me metían en un cajón brillante y me velaban todos los parientes. Soñé que sellaban el cajón y lo hundían en el suelo húmedo, en la entraña oscura de una fosa. Soñé que lo tapaban con tierra y que unos hombres de mameluco gris sembraban un jardín sobre el terreno apisonado de mi tumba. Y al final, soñé que despertaba.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Autobiografía del Maligno





Aquí en el Infierno, el nombre de mi padre es mala palabra. Les tengo prohibido pronunciarlo. Yo mismo siquiera recuerdo que es mi padre. Desde aquel desencuentro fundacional, en los albores de la historia de los mitos, él y yo somos como el agua y el aceite y es la naturaleza de las almas la que define si habrán de hundirse en el abismo o si flotarán eternamente en ese cielo oleaginoso. Así pues, con el propósito de no mencionar su nombre, mi biografía omitirá el principio de la historia. Bastará con que sepan que existo desde hace mucho tiempo y que, según creo, existiré por siempre, porque aunque nada me ha probado que sea yo inmortal, lo más insano que se me ha profetizado es un confinamiento domiciliario apenas milenario.”


Con este párrafo tan absurdo como ingenuo, Federico de la Riera inicia su novela épica Autobiografía del Maligno, donde se dilata en la narración de lugares comunes referidos al Satán del catecismo, estructurada mediante una sucesión de enfrentamientos fabulosos en los que el demonio se lleva la victoria, intercalados en una masa de descripciones absurdas y mundanas, como la necesidad de contar con dos calderas por averno a fin de poder seguir quemando gente en la segunda cuando se descompone la primera.
Y todo esto escrito en quinientas diecisiete páginas de un estilo farragoso que prescinde de los puntos y aparte y que yerra implacablemente la redacción en cada una de las diez o doce ideas ingeniosas que contiene.
Una novela por demás olvidable si no fuera por sus trágicas consecuencias.
Cuando se escribe un relato en primera persona, siempre hay algún idiota que interpreta que la obra narra los hechos, sentimientos y pensamientos reales del autor. En este grupo, los idiotas más ilustrados argumentan que, si bien la historia es ficción, revela aspectos profundos de la psicología del relator; así, si el autor escribe la historia de un parricida en primera persona, el idiota ilustrado sostendrá la tesis de una desencontrada relación entre el autor y el padre del autor. Pero los más peligrosos son los idiotas fundamentalistas, y entre ellos, los fundamentalistas religiosos.
A de la Riera lo emboscaron en El Palomar, en la esquina de Pedriel y Caferata, un lunes a las cinco de la tarde, dos meses después de publicada su novela. Allí, cuatro muchachos en bicicleta, con capuchas franciscanas y muchas cruces cristianas lo hicieron bajar del auto al grito de “¡vade retro!” y, una vez probada la ineficacia del agua bendita, lo mataron clavándole en el pecho una estaca de madera con inscripciones en hebreo. Los atraparon a unas cuantas cuadras de allí, intentando ingresar a la Iglesia de Ciudad Jardín.
Investigaciones posteriores permitieron determinar que se trataba de una secta ultra católica muy reducida, formada por siete ex alumnos del Colegio Sagrado Corazón y un cura excomulgado.
El móvil se estableció sobre la base del testimonio de testigos que afirmaron haber visto a los delincuentes marcharse visiblemente emocionados al grito de
—¡Matamos al diablo! ¡Matamos al diablo!
Aún se desconoce la identidad de quienes proveyeron el arma homicida. Traducida al castellano, la inscripción en la estaca de madera simplemente decía “Hecho en Israel”.
Y dada la escasa calidad literaria de la obra, si es que hay cielo y hay infierno, se desconoce también el paradero de Francisco de la Riera.

domingo, 9 de mayo de 2010

El Probador






—Mira Roberto, qué lindo pantalón.
Liliana y yo paseábamos por el coqueto Shopping recientemente inaugurado. Siempre detesté salir de compras. El centro comercial es para mí el cine y el patio de comidas. Y todo lo demás, solo una espera por el cine y la comida; y las escapadas a fumar en los patios descubiertos.
Pero para la mujer, esos trapos que medran detrás de los vidrios tienen un sentido diferente, un significado misterioso. La ropa es para ellas como la comida: una vez que se come, no se puede volver a comer otra vez y hay que comprar más. Como máximo admiten una sola repitencia, análoga a las sobras de la noche. Luego las digiere el guardarropa, inmerso en ese estado perpetuo de estallido inminente, conjurado por la acumulación de vieja ropa nueva, apelotonada en su intestino grueso.
—Tú necesitas pantalones —insistió Liliana—. El sábado es la reunión en casa de tus tíos y no quiero que vayas hecho un pordiosero.
Y peor que recorrer las vidrieras detrás del trapo ajeno, es ir pos del trapo propio. Una vez finalizado el trámite incordioso de elegir la prenda candidato —consistente en dar al menos una vuelta entera al Shopping—, prosigue el denigrante y molesto procedimiento de prueba.
—Hoy no —aventuré sin muchas esperanzas—. Ignoraba que debía comprarme ropa y no me he duchado.
Ella se dio vuelta y me miró sorprendida, como diciendo “¿cómo no pensaste lo que yo pensé?”
— ¿Y si no es hoy, cuándo? —inquirió.
No había forma racional de sostener el anhelado “nunca”. No obstante insistí
—No se bien qué medias me he puesto. Creo que están agujereadas.
Débil, muy débil.
—Yo te veo limpio y perfumado, y dentro del probador nadie te verá las medias.
A la hora y media avanzaba derrotado hacia la línea de probadores de una inmensa tienda, detrás de un vendedor algo afeminado que se meneaba dentro de unos jeans ajustados con su cabello corto, artificiosamente blanco y su arito de fosa nasal.
—Te lo pruebas y me dices como te queda ¿sí? —Dijo alcanzándome el pantalón—. Yo me quedo por aquí cerquita y tú me llamas.
Entré al probador con la prenda colgando del antebrazo. Era un cubículo agradable con una banqueta, un gran espejo al fondo y varios percheros en la pared. Una cortina muy alta y pesada lo aislaba de exterior. La altura del cortinado le daba mayor amplitud, pero en rigor, no tendría más de un metro por un metro.
El primer problema se me presentó cuando intenté cerrar la cortina. El barral estaba a unos tres metros y medio de altura y por más que jalaba de la cortina para cerrarla, no lograba que las argollas se desplazaran allá arriba. Finalmente me subí al banquito para poder mover el cortinado más cerca de las argollas y así logré cerrarlo un poco. No obstante, no pude resolver una enorme hendija de más de quince centímetros que me dejaba expuesto al mundo, con mis olores y mis medias agujereadas. Después de cierto sentimiento de impotencia ante el problema, logré enganchar la cortina en una rajadura que se abría en el enchapado del panel divisor.
Rápidamente me quité los zapatos y los pantalones. Efectivamente, la media izquierda tenía un agujero sobre el pulgar. Me paré frente al espejo. Los espejos de los probadores tienen la virtud de mostrarlo a uno tal cual es, en toda su humanidad; pero con el tiempo, esa virtud se va transformando en un defecto. Me vi viejo y gordo. El elástico del calzoncillo desaparecía tras el pliegue que formaba el rollo principal de mi estómago y unas arrugas profusas se amontonaban al final del trigémino, justo arriba de la rodilla. Pude ver también que toda la uña del pulgar salía por el condenado agujero de la media. Y pude ver, para mi horror y vergüenza, que un niñito muy pequeño se filtraba gateando por debajo de la cortina.
El diablillo avanzó hasta la mitad del breve recinto y alzó la vista. Nada más grotesco para un niño muy pequeño que hallarse a solas con las piernas velludas de un sesentón desconocido que lo mira en calzoncillos con cara de terror. El niño hizo un gesto de asombro absoluto e irrumpió en llanto. Y en un instante deduje con espanto la siguiente escena: detrás del llanto de un niño pequeño siempre hay una mujer joven que lo buscará por cielo y tierra y a la que no detendrá la mera cortina de un probador.
—¡Nahuel! ¿Dónde te has metido hijo? —dijo la madre como llorando. Y entró al probador.
Sé que miró el agujero en la media y se que desde abajo espió mi bulto achicharrado, escondido debajo de la camisa. Se puso de pié y olió al niño.
—¡Otra vez, Nahuel! —dijo. Y para mi sorpresa, se asomó al pasillo y gritó
—Madre, alcánzame el bolso que debo cambiarlo de nuevo.
Seguidamente, como quien entra a la panadería, ingresó una mujer que apenas pasaba los cincuenta con un bolso floreado verde. Me miró a los ojos de soslayo y fue bajando la vista hasta recorrerme entero, deteniéndose en el agujero de la media. Sentí como si un rayo estremecedor me recorriera el cuerpo. Luego frunció la nariz y se dio vuelta.
Madre e hija se apropiaron del banquito y comenzaron a cambiar al niño sobre pantalón flamante.
A continuación, el vendedor me habló desde el pasillo
— ¿Cómo te ha quedado?
—Tengo un problema aquí —respondí en obvia alusión a los intrusos.
El muchacho abrió el cortinado alegremente, con un ademán amplio que dejó mi paño menor miserablemente expuesto al gentío que transitaba el pasillo. Miró al niño y exclamó
—¡Ay! ¡Que lindo el goldito! ¿Te hito caquita el goldito?
Intercambió sonrisas con la madre y la abuela e ignorándome por completo se marchó dejando el cortinado mal cerrado.
—Señora, podría ir a otro lado a cambiar al nene ¿no? —protesté.
—Todos los probadores están ocupados. Y además, Nahuel eligió este. Sostenga —dijo ella.
Sostuve el objeto húmedo y mullido hasta advertir que era el mismísimo pañal servido, embebido en “caquita del goldito”. Lo tiré inmediatamente debajo del banquito.
— ¡Aj! ¡Que asquerosa, señora!
La abuela mi miró la entrepierna y comentó
—El muerto se ríe del degollado.
Inmediatamente después, una muchacha muy agitada ingresó al probador y sin siquiera mirarnos se aplastó contra el panel divisor y se puso a espiar hacia fuera por la hendija de la cortina. No contaría más de diecisiete años. Tenía el cabello lacio, grasiento, corto, negro y despeinado, rouge y rimel negros de negritud absoluta, dos piercings plateados en una ceja y uno en el labio inferior. Llevaba un chaleco de cuero negro, una minifalda negra, borceguíes militares negros y una pulsera plateada en la pierna, de eslabones anchos, ajustada en la mitad del gemelo. Dos cablecitos salían de sus oídos y se perdían en un bolsillo del chaleco escupiendo un barullito siseante, estilo AC/DC. Súbitamente abandonó la vigilancia, me empujó y se puso detrás de mí, pegada al espejo, con una mezcla de temor y emoción en el rostro, mientras seguía jadeando.
Acto seguido, ingresó su compañero. Era una suerte de híbrido de humano con gorila. No superaba el metro setenta, pero otro tanto habría de medir su espalda. Todo su cuerpo exudaba horas y horas de tiempo libre en el gimnasio. Tenía la cabeza rapada y dos arrugas en la nuca que aparecían y desaparecían conforme movía la cabeza. Su rostro era anguloso y primitivo: pómulos salientes, ojos achinados, cejas finas. Un mono. Musculosa ajustada y bermudas anchas.
Me desplazó con el antebrazo como si yo también fuera una cortina y se coló detrás de mí, aplastando a la chica dark contra el espejo. Comenzaron a insultarse con palabras muy soeces.
—Por favor, que hay criaturas —dijo la abuela de “goldito que hito caquita”.
Fue ignorada.
Llegados a ese punto, ya quedaba claro que no me probaría el pantalón, de modo que atiné a rescatar mi viejo jean pinzado de entre la multitud con disposición a calzármelo y huir.
Pero no fue posible, porque al momento hizo su ingreso al probador un hombre muy gordo de traje perfecto, rostro adusto y calvicie central que venía mirando el piso, con un teléfono celular en el oído.
— A ver ahora… Ahora te escucho. ¿Tu me oyes? Bien. Aquí sí. Aquí hay buena señal.
Y se apostó delante de la madre y la hija, aplastándolas un poco contra el fondo.
— Le decía —dijo el gordo—, si la estrella es suficientemente masiva, hasta diez masas solares, entonces su gravedad la estruja apiñando los protones, haciendo posible la combustión del hidrógeno en helio, como es el caso de nuestro Sol.
Se interrumpió para acomodar mejor su cuerpo pastoso, que quedó incrustado en el estómago de la abuela.
—Disculpe señora —le dijo con respeto.
—No hay problema —respondió ella con una sonrisita y un rubor que evidenciaban su preferencia a perecer aplastada por un gordo culto, antes que morir de vieja.
Mientras esto ocurría, unos movimientos bruscos se produjeron a mi espalda. Miré al piso y observé que las bermudas y el boxer del hombre mono estaban hechos un acordeón, arrugados a la altura de sus tobillos. Giré la cabeza como pude y me quedé pasmado. La chica dark lo había montado abrazándole la espalda con las piernas y él la estaba abordando contra el espejo. El le decía groserías y la chica dark jadeaba y gimoteaba.
—¡Lléname! ¡Lléname! —decía. Y agregaba, para ser más específica— ¡Cómo me llenas toda!
Mientras tanto, desde el pasillo comenzó a llegar en una media lengua castellana el pregón de un vendedor ambulante de golosinas y sándwiches de jamón y queso.
—Me ha dado hambre —dijo la madre de “goldito”—. Y seguramente Nahuel también debe estar hambriento. A ver si ese muchacho tiene alguna galletita rica que el niño pueda comer.
Y dirigiéndose a mí, me dijo.
— ¿No me llama al muchacho, usted que está cerca del pasillo?
Debí haberle dicho que estaba loca. Debí haber dicho que todos estaban locos.
—Por favor —agregó. Y me tomó del antebrazo con su manito suave, casi haciéndome una caricia, mientras me miraba con una ternura irresistible, sentada en el banquito, con el niño en brazos, como si fuera la estatua de una diosa de la fecundidad, provocando al hombre con el producto de su lujuria hecho dulzor sobre su regazo, una diosa que ahora me miraba, me imploraba y era toda mía en esa súplica.
Debí decir que estaban todos locos, pero entreabrí la cortina y llamé al muchacho. Malditas sean las mujeres.
El muchacho era un moreno, indudablemente africano, que apenas hablaba el español. Colgado del cuello con una gruesa correa, portaba una especie de exhibidor escalonado de madera que comenzaba a la altura del pecho y terminaba debajo de la pelvis, emplazándose hacia delante, hacia diestra y siniestra, usurpando el espacio obscenamente.
El ingreso del vendedor de golosinas tornó crítica la situación dentro del probador. No solo sentí la nalga de la abuela apretujarse contra la mía; sentí además su carne fláccida calarme la hendidura. Tenía la pierna derecha de la chica dark debajo de mi axila y todo lo demás era el físico del físico, asfixiándome con su abdomen inmensurable, que ya iba tomando la forma de los huecos vacíos. Conforme se desplazaba el vendedor de golosinas, el hombre mono profundizaba su desempeño, la abuela se abrazaba al físico y éste apretujaba el teléfono contra su oreja como si con ello evitara molestar.
La madre ya había comprado dos sándwiches y ahora estaba buscando una galletita para que “goldito” fabricara más caquita. En su relax postrero, pero sin abandonar la montura, la chica dark preguntó por alguna bebida fresca.
—Sí. Tener beber —dijo el moreno y se asomó al pasillo.
— ¡Germán! —llamó—. Ven. Aquí clientes para beber fresca.
Germán era un joven alto, rubio, de tez bronceada y muy apuesto. Se acercó al probador seguido de un séquito de chicas adolescentes vestidas con uniforme de colegio que esgrimían la excusa de una bebida para acercarse al Adonis.
Y entró el rubio con su heladerita de telgopor repleta de bebidas. El físico tuvo que agacharse un poco para que el muchacho avanzara poco menos que caminando sobre su abdomen. Yo sentí la presión en todo el cuerpo, manifestándose con picos de intensidad aquí y allá. En busca del espacio vital, me había agazapado y mi oreja izquierda estaba pegada al hombro del hombre mono, mientras el resto de mi cuerpo permanecía aplastado contra su espalda, enroscado caóticamente con las piernas de la chica dark. Agazapado el gordo, la porción más prominente de su estómago me apretaba la pelvis con una presión homogénea y compresiva, contra las piernas del mono, trabadas y agarrotadas en su postura de cópula. En un momento pensé que mis testículos aún permanecían en dos piezas solo debido al principio de exclusión de Pauli.
— ¿Tienes cerveza? —Preguntó la chica sin bajarse jamás del hombre mono.
El Adonis revolvió la heladerita y espetó una marca de cerveza rubia.
— Está bien —dijo la chica dark.
Sentí el chasquido de apertura de la lata y que algo de la cerveza helada chorreaba sobre mi espalda.
Detrás del Adonis, comenzaron a entrar al probador las chiquillas colegialas. Eran seis o siete. No las pude ver, pero sentí sus risitas desparramarse por los huecos y alguna patita flaca entrecruzarse entre las mías. Alguna dijo
—Señor, tiene un agujero en la media.
—Sí —apuntó la abuela— y un olor a chivo salvaje que ya no se soporta.
—Hay que ducharse más seguido, Tío —acotó el hombre mono, sin dejar de ir y venir.
Las colegialas estallaron en risitas tontas mientras alguna de ellas escarbaba el agujero en mi media con su dedito flaco. Yo sentí una gran vergüenza. Al fin de cuentas hoy no quería comprarme pantalones. ¿Por qué condenada razón había accedido? Yo no era culpable de la situación. Lo había dejado claro desde el primer momento: “no me he duchado”, “tengo un agujero en la media”. Pero no, que te tienes que comprar el pantalón hoy, que si no es hoy no será nunca, que no puedes ir a la reunión de tu familia hecho un pordiosero, que si vas hecho un pordiosero ¿Qué pensaran de mi?. Y uno accedía y se desnudaba en un probador público, conocedor de sus olores y sus agujeros. Y ahora, cuando ese público reclamaba, no estaba ella para defender la posición.
—Una vez que todo el hidrógeno se ha consumido —seguía el físico con voz ahogada— la reacción se detiene y la presión interna se debilita permitiendo que la gravedad vuelva a ganar la batalla y comprima aún más a la estrella. Cuando la presión gravitatoria alcanza su valor crítico, inicia la combustión del helio.

Al probador seguía entrando gente. Entraban y entraban. Entraban esgrimiendo una parte finita del infinito conjunto de razones que podría tener un individuo para entrar a un probador que está ocupado. Razones variopintas, algunas atendibles; ridículas, la mayoría. Y muchos entraban sin razón alguna. Perdí la cuenta a los doscientos diecisiete, cuando ya comenzábamos a transformarnos en una masa entreverada de carne y huesos deformados por la pugna del espacio, retorcidos como un aquelarre de arañas abrazadas en un bollo ininteligible. Estirados. Entrelazados. Estaba el físico, relatando el nacimiento de la estrella de neutrones, con el teléfono móvil hecho una película delgada, copiando los vericuetos de su oreja. Y allí estaba la chica dark devorando ya íntegramente al hombre mono, que se había quebrado hacia atrás mientras su pelvis completa desaparecía dentro de la chica, y allí estaban las colegialas, entrecruzadas como palillos en el suelo. Y la heladerita del Adonis se había pulverizado y una a una, habían implotado todas las botellas. Y éramos ya las vetas de una masa confusa, como las trazas multicolores de un bizcochuelo marmolado, retorciéndose en variaciones psicodélicas, ajustado siempre a la estricta geometría del paralelepípedo.
Y junto con la fusión de los cuerpos, empecé a sentir las otras almas. Eran como chispazos de sensaciones foráneas invadiendo mi cabeza: Percibí la sensación de penetrar a la chica dark, pero también la de ser penetrado por el hombre mono; me hallé calculando el calendario de mis días femeninos; me pregunté si el espín de los testículos sería semientero; me preocupé por el horario de la leche de Nahuel; me sentí orinar como una chiquilina frente al Adonis desnudo, y sentí ser el Adonis rodeado de lujuria innumerable. Entonces me di cuenta que se estaban fusionando las conciencias, que las mentes de los otros ya estaban dentro de la mía y que pronto yo estaría en otras mentes. Y los otros sabrían mis mentiras, conocerían mis engaños, todas mis bajezas, mis hábitos ocultos, mis instintos primitivos, mis temores y mi estupidez. Y que además del agujero en la media, estaba aquella indecorosa mancha en el interior de mi slip.
Sentí terror.
—Te probaste el pantalón, Roberto —dijo Liliana desde el pasillo.
No contesté. Estaba aterrado por la idea de trascender hasta la mente de los otros, así, absolutamente abierto, indefenso, expuesto inerme a la consideración de cualquiera. Sentí que me moría de vergüenza. ¿Sería posible? Pensé que no. Deseé que no. Supliqué que no.
Liliana entró al probador. Rápidamente fue absorbida por la masa densa que ya éramos, formando una película ovalada que nos tapizó a todos y empezó a deformarse hacia adentro en un millón de espinillas, mientras ganaba los poros que aún quedaban.
La oí decir
—Tenías razón Roberto, tienes un poquito de olor a transpiración.
Entonces, confirmando lo peor de mis temores, escuché la voz de alguien desde el fondo responder:
— ¡Y me cago, Liliana, que te lo he dicho!

sábado, 1 de mayo de 2010

El Velorio de María Elena





Máximo Manducci atendió el teléfono
—Funeraria Manducci, buenos días.
Al otro lado de la línea, una voz quebrada se pronunció.
—Buenos días. Llamo para contratar un servicio fúnebre.
—Comprendo. Dígame ¿Cuándo falleció el difunto?
—María Elena falleció esta mañana, pero…
—En paz descanse —intercaló Manducci con oficio.
—Pero… yo quería saber además si ustedes realizan servicios para mascotas.
Tres segundos demoró el comerciante del cadáver en comprender que allí habría una buena tajada.
—Por supuesto, por supuesto —inventó—. Hemos realizado servicios para perros, gatos y hasta un lorito, pobrecito. La tarifa es un poco más alta por los gastos de ambientación ¿comprende? Pero el servicio se puede realizar perfectamente. ¿De qué raza era el animalito?
—Aberdeen angus.
— ¿Perdón?
—Aberdeen angus. María Elena era nuestra vaca.
Después de la última frase, al deudo se le hizo un nudo en la garganta y a Manducci, uno en el cerebro. Pero el hombre era rápido para desenredar nudos y al momento estaba sumergido en una larga y convincente perorata comercial, siempre con el cuidado de intercalar una buena dosis de pésames entre los números y las tarifas.

Teodoro Linares y Elisa Barrientos formaban un matrimonio ya maduro. Tenían dos hijas, un hijo y trece nietos. Hacía unos años, su cuarto hijo, Emmanuel, el único aún soltero, había fallecido en un accidente automovilístico, clavando una daga mortal en el matrimonio progenitor.
Pero hete aquí que Emmanuel tenía una vaca.
El resto de la historia es evidente: Los padres homenajearon a su hijo desaparecido haciéndose cargo del cuidado del bovino. Con el tiempo, el animal fue llenando los espacios afectivos que Emmanuel había dejado vacíos. Enseguida las anécdotas de María Elena se empezaron a contar por toda la familia. La vaca era muy inteligente, pedía más heno con un revoleo de orejas, mugía cuando llegaban visitantes a la casa, había aprendido en qué exacto sitio del parque debía defecar y se decía que dando pataditas en el suelo, era capaz de contar hasta seis, y aún hasta siete.
María Elena era el juguete mimado de los trece nietos, quienes la montaban como a un caballo y le jalaban la cola sin que el pobre animal los agrediera jamás. Agustín era el más apegado a ella y luego de mucho batallar, había logrado que su padre le comprara un ternerito al que bautizó Jorgito. Pero Jorgito no era como María Elena. No aprendía siquiera lo más simple. Los días de lluvia era común que apareciera sentado en el comedor, debajo de la mesa, y si allí llamaba la naturaleza, allí le respondía con contundente respuesta. El parque era un desastre porque Jorgito solía ramonear cuanta hoja verde se atreviera a nacer en el jardín, incluyendo alguna vez, una camiseta de Ferrocarril Oeste que el viento había desprendido del tendedero.


María Elena era la razón de vivir de Teodoro y Elisa, y todos sus diálogos domésticos desembocaban invariablemente en el relato de las cosas que hacía María Elena.
Tanto la numerosa familia del matrimonio como sus amigos y vecinos estaban al tanto de la situación y saludaban con alegría el modo como la vaca había ayudado a esa gente a sobrellevar la muerte de su hijo. De manera que María Elena no solo era una vaca de su casa, también era vaca popular. Y a nadie que conociera la historia podía sorprenderle que la quisieran velar.

Como a las tres de la tarde, una camioneta trajo el cuerpo hasta la cochería. Ya esfumados los deudos, la descargaron con un autoelevador y la dejaron tirada en el piso.
Manducci dio instrucciones a su gente
—Este es el cajón más grande que tenemos y aquí mismo la pondremos —dijo.
Argañaraz, el más antiguo de los empleados de la casa, y encargado además de preparar los cuerpos para su exposición, se rascó la cabeza en ademán dubitativo y expreso sus reparos con simpleza.
—No va a entrar, don Manducci. Este cajón es para un hombre gordo, y esta es una vaca. Y no es lo mismo: en vez de salir para abajo, las patas salen para el costado.
—Vamos Argaña —contestó el empresario del ataúd—, usted ya sabe como es este trabajo. Los deudos solo querrán verle la cara, y un bulto parecido a un cuerpo debajo de las mantas. Quiébrela hasta que quepa.
Dicho lo cual se marchó.

A eso de las cuatro de la tarde se abrieron las puertas de la sala. La cartelera decía simplemente “María Elena, Sala 1”. Inmediatamente comenzaron a llegar los convocados. Elisa y Teodoro, los primeros.
Teodoro marchó hacia la oficina porque había que resolver dónde se enterraría el cuerpo.
—El problema, señor Linares, es que los cementerios son solo para humanos.
—María Elena era más que una persona —interpuso Teodoro como si el argumento fuera a servir para algo.
—Por supuesto que lo era, pero el cementerio tiene un reglamento respecto al cuerpo donde la persona estaba metida. Ellos no entierran personas, entierran cuerpos ¿Me comprende? Y ahora que María Elena ya no está con nosotros, lo que queda es el cuerpo de una vaca.
Teodoro insistió y machacó hasta que en medio del intercambio, Manducci dejo una puerta abierta.
—Tal vez podamos hablar con alguien para que facilite las cosas a cambio de alguna “atención monetaria” ¿Comprende? Yo podría hacer el intento si usted me autoriza a manejar esa variable.
—Por supuesto que lo autorizo. Haga lo que tenga que hacer. María Elena se entierra en un cementerio —sentenció.

Mientras tanto, Elisa, primera pobladora del salón, se fue derechito a la sala mortuoria para ver a María Elena en su morada definitiva.
Argañaráz había hecho un buen trabajo. El ataúd era ancho y profundo, pero bien proporcionado. Tenía un perfil abovedado y una veta de arrayanes más brillante que el cristal. En su periferia estaban dispuestas doce manijas de bronce labrado y lustrado hasta encandilar, cinco a cada lado, una delante y otra detrás. Dentro del féretro estaba la vaca. Todo su cuerpo permanecía oculto debajo de una manta muy blanca con bordados en dorado, rematado el borde superior con un detalle de gasas y tules vaporosos. Emergiendo entre los tules, como sumida en un dulce sueño celestial, afloraba la cabeza de María Elena recostada hacia la derecha, con la paz de un niñito dormido congelada en su rostro, y a continuación, un tramo de pata delantera asomaba a la altura del hocico, con su pezuña impoluta y refulgente, dispuesta casi en posición fetal. Sobre la manta, recorriendo el cuerpo longitudinalmente, remataba una rosa roja empapada en rocío. Manducci no se había atrevido a colgarle un rosario. De las otras patas nada se sabía, pero era seguro que nadie preguntaría por ellas.
—Parece un angelito —masculló Elisa en tono de oración; y rompió en llanto. Y llorando a la vaca, en lo más profundo de su alma, estaba llorándolo a Emmanuel.
El salón era bastante amplio y una acogedora hilera de sillones y sillas se disponía contra las paredes. Al fondo había una pared con una arcada a la izquierda que daba paso a la sala mortuoria. La pared estaba decorada con lajas volcánicas y una cascada de agua la recorría permanentemente, despeñándose sobre un enorme cantero atestado de helechos y begonias. Desde arriba colgaban las guías de un cordatum verde oliva, cruzando el espacio humedecido hasta reposar sobre la mata de helechos.
Uno a uno fueron llegando los Linares, los Barrientos y una legión de vecinos y conocidos. Cada grupo que llegaba daba su pésame a Elisa y a Teodoro y hacía algún comentario del tipo “cuando ya están así es mejor que se vayan rápido, pobrecitos” o bien el remanido “es la ley de la vida”, u otros aún peores. Luego de saludar a los conocidos y a los medianamente conocidos, comenzaban los cruces intergenealógicos entre parientes casi desconocidos, canalizados siempre por un tercero, familiar y conocido de ambos.
—Te acuerdas del tío Eduardo, el primo de tu padre. Bueno, él es el nieto, Pablo, tu primo segundo, o tercero —decía el pariente canalizador.
—Ah sí. Tu eras un niñito que siempre tenía una gorrita con visera, recuerdo haberte visto algunas veces en la casa del tío Eduardo —decía el primer pariente.
—Sí, ahora me he sacado la gorra, pero los pelos se me han ido solos, mira —respondía el segundo pariente mientras mostraba como el tiempo despiadado se había hecho calvicie sobre su cabeza.
El problema se presentaba cuando llegaba alguien muy desconocido y nadie se acercaba a saludarlo. Entre ellos, como a las tres horas de pésames y sándwiches de miga entró una mujer octogenaria sujeta de un muchacho corpulento y algo lelo.
—La cartelera decía “María Elena” —dijo la anciana—. Yo no me acuerdo bien, pero creo que la hermana de Pedro se llamaba María Elena.
— ¿Está segura que es aquí Abuela? Yo no veo a nadie conocido.
—Tiene que ser aquí, pero no veo a Pedro por ningún lado.
Después de unos minutos de vacilación, la mujer resolvió preguntar.
—Perdón muchacho ¿Este es el velorio de María Elena?
—Sí abuela, es aquí.
—Viste Rubén, es aquí —le dijo al grandote en tono de reproche mientras el muchacho trataba de entender para qué habría servido la pregunta.
— Vayamos a la sala mortuoria que allí debe estar Pedro.
Mientras marchaba, con suma lentitud, la vieja hablaba para no sentirse tan sola entre tantas caras desconocidas
—Mira que lindas coronas —decía—. Nosotros no trajimos ni una flor.
Y leía en voz alta los nombres de las bandas que cruzaban los amasijos florales
—“Los Linares”, “Los Barrientos” ¿Quiénes serán?—pensaba—. “Tus vecinos”, “Tus Amos”, ¡Ay!, que mal gusto.
Finalmente la vieja se hizo estatua de piedra frente a la vaca en el cajón. La mirada le quedó congelada como un vidrio, en gesto de mirar al Diablo. Se puso una mano en el pecho y se persignó con la otra. Con una incredulidad absoluta espió el rostro compungido de los otros y volvió a mirar a la vaca. Luego bajó la vista al piso sin cambiar la expresión.
—Vamos Rubén. Acá no es —dijo sin dejar de mirar escrupulosamente el piso.
Se dio vuelta y se largó rapidito, arrastrando los pies, ya sin mirar a nadie. Salió a la vereda y dobló a la izquierda. Promediando la cuadra reflexionó.
—Cómo ha cambiado todo.

Un buen rato después, todos los presentes se dieron vuelta para ver entrar a Agustín con su ternero Jorgito.
—Insistió en traerlo —dijo el padre—. Y a mi me pareció que al fin de cuentas, en el velorio de una vaca, un ternero no tendría por qué desentonar.
Jorgito impresionó a los presentes durante los primeros cinco minutos, luego se perdió entre la multitud que ya hacinaba la sala.
Los hijos de Teodoro y Elisa aprovecharon la ocasión para ponerse al día de sus mutuas vidas porque el devenir urbano los mantenía alejados, cada uno en lo suyo, y no se reunían desde la Navidad. Entre charla y charla, fueron arreglando una cena para luego del entierro, aprovechando además para distraer un poco a sus padres y alejarlos de la pena.
Entretanto, Jorgito se las había ingeniado para abrirse paso hasta el cantero y estaba devorando parsimoniosamente los helechos, las begonias y el cordatum. De la nada apareció Manducci para interrumpir el estropicio.
—Contamos con un servicio de pasturas para ganado en el patio trasero del local —le dijo al padre de Agustín—. Si me permite, podría conducir hasta allí al animal, donde sin duda estará más a gusto. Y dicho esto, se llevó a Jorgito hacia los fondos y lo tiró en un patiecito de diez por cinco atestado de ataúdes desvencijados, sillas rotas y yuyos altos.
En la sala, un grupo de viejas le hacía gracias a Melina, la más pequeña de las nietas de los Linares.
—Que linda, tan seriecita —decía una.
—Y que bien que se porta, no ha llorado en toda la tarde —decía otra.
—Si —acotó la madre—, es una beba rara. Cuando se expresa es para manifestar algo que de ninguna manera podría saber. Un día, mientras paseábamos por el centro, se estiró con las dos manitos hacia la vidriera de una agencia de juegos. Nos acercamos y la nena empezó a reír a carcajadas mientras señalaba un billete de la Lotería Nacional. Nosotros nunca jugamos, pero igual anotamos el número. ¿Quiere creer que salió al día siguiente? Acertó los cinco dígitos la desgraciada.
—Ah, mi querida amiga —dijo Manducci, que estaba escuchando de soslayo—. Usted debería saber que si un niño señala un número, hay que comprarlo de inmediato.
—Si —respondió la madre— pero no es solo con los números. Escuche esto: Teníamos una niñera muy buena, jovencita, estudiaba para maestra jardinera y la trataba como a un muñequito de peluche. Pero cada vez que se acercaba a Melina, la nena la rechazaba con pataditas y manotazos. Finalmente descubrimos que nos estaba robando la ropita de salir de la beba. Y como esa historia muchas otras. A veces Melina me da miedo.
—Pero es una beba hermosa —acotó Manducci—. Permítame alzarla un poco.
El empresario alzó a la niña, ésta lo miro seria y empezó a hacer fuerza. Dio unas cuantas pataditas al aire acompañando unos movimientos abdominales espasmódicos y luego comenzó a expeler un olor nauseabundo.
—Creo que necesita un cambio de pañales —dijo el hombre con una sonrisita deformada por el asco. Se la devolvió a la madre y se largó de allí.

Hacia las ocho de la noche se apersonaron dos empleados de la casa en la sala mortuoria, ataviados con estricto smoking negro. Uno de ellos solicitó a los familiares y allegados que abandonen la sala, pues era hora de ir preparando el féretro para iniciar el cortejo.
Ante el llanto desconsolado de Teodoro y de todas las mujeres, la tapa del ataúd fue colocada en su sitio, llevándose para siempre la imagen terrenal de María Elena.
Apenas se hubo desocupado el lugar, cerraron la puerta de la arcada y trasladaron el cajón hasta un garaje donde un transporte frigorífico esperaba estacionado de culata. Manducci cruzó unas palabras con el chofer y dio indicaciones a su personal. Los hombres removieron la manta bordada y pudo verse que la pata delantera que asomaba junto al hocico estaba realmente suelta, completamente desprendida del cuerpo, al cual, en suma, le habían mutilado las cuatro patas y el rabo. Sacaron a la vaca del cajón y la subieron trabajosamente al camión frigorífico, dentro del cual ya colgaban diez o doce medias reses. Otro empleado agregó una bolsa con las partes faltantes. El vehículo cerró las puertas y se marchó.
Luego rellenaron el cajón con arena y atornillaron la tapa firmemente. Volvieron a llevar el cajón a la sala mortuoria y abrieron la puerta de la arcada que daba a la sala.
El empleado que oficiaba de maestro de ceremonias solicitó doce familiares masculinos para trasladar el féretro hasta la carroza, que ya esperaba en la vereda. Enseguida doce caballeros se apersonaron para la tarea. Qué desgraciada desventura. Manducci no había calculado bien la carga de arena y el cajón tenía un peso exagerado. Los voluntarios tuvieron que sujetar las manijas con ambas manos para poder mover el féretro. De un modo desprolijo y apurado los doce del patíbulo arrastraron la carga hacia fuera, atropellando viejas y niñitos, y la depositaron pesadamente en la carroza fúnebre con gran sonido de colisión.
Finalmente arrancó la procesión. Iba adelante el vehículo portacoronas rebosante de flores, seguido del coche fúnebre. Más atrás, tres autos de acompañantes de color negro: el primero transportando al matrimonio Linares y los otros dos con las familias de las hijas. Más atrás progresaba la camioneta del padre de Agustín, con toda la familia amontonada en la cabina y Jorgito aterrorizado en la caja. Detrás, siguiendo al ternero, marchaban todos los demás.
El séquito de unos veinte autos en total, avanzó lentamente rindiendo honores al cajón de arena, recorriendo calles y avenidas provocando un caos vehicular. Se dirigió primero a la residencia de los Linares, donde la vaca había vivido sus días más felices. Se detuvo allí unos segundos, que Jorgito aprovechó para mugir y defecar sobre la caja de la camioneta, y prosiguió su marcha al cementerio.
Ingresaron por una puerta secundaria cerca de las diez de la noche. No era horario acostumbrado para entierros, pero era el turno de guardia del funcionario que había sido sobornado. Avanzaron entre la penumbra de las tumbas y el fantasmal resplandor de las almas en pena y estacionaron frente a un edificio grande y cúbico.
Ya anoticiados del inusitado peso del ataúd, dispusieron una mesa con rueditas y así lo movilizaron hasta el nicho.
La tumba era un hueco rectangular dispuesto en una pared plagada de lápidas de mármol distribuidas formando una cuadrícula inmensa, que se perdía en la hondura del pasillo. De tanto en tanto, alguna flor chamuscada designaba el olvido con más eficacia que su ausencia; mostrando más que la inexistencia del culto a los muertos, su implacable inconstancia.
Todas las personas descendieron de los vehículos y se amontonaron en el pasillo, a la vera del cajón.
Al rato llegó un sacerdote con Biblia y rosario. Se situó a un costado de la tumba y comenzó su discurso final. Habló pausadamente con una voz metálica y monótona que invitaba más a la siesta que al llanto. Habló del alma inmortal, del paraíso, de la resurrección de las almas y de un sujeto en una silla, a la derecha de Dios. Parte de su audiencia lloraba sin escucharlo ante la inminencia del momento cúlmine; otra parte bostezaba con disimulo y unos pocos seguían el hilo con rostros extrañados. Cuando el sermón ya promediaba el cuarto de hora, un allegado se acercó al sacerdote y le dijo algo al oído. El religioso lo miró contrariado y protestó en voz baja.
— ¿Una vaca? ¡¿Cómo una vaca?!
Improvisó una última frase, santiguó al cajón de arena, se persignó, dijo amén, dio dos pasos hacia atrás, se tomó ambas manos por delante, giró la cabeza hacia el allegado aquel y con un desconcierto absoluto dibujado en el ceño, murmuró inquiriendo nuevamente.
— ¿Una vaca?

El personal del cementerio empujó el cajón hasta el fondo de la oquedad rectangular y tapó la tumba con un mármol que atornilló ceremoniosamente a la pared.
Los asistentes comenzaron a evacuar el pasillo con innumerables gestos de consuelo a los deudos más cercanos, que lloraban desconsoladamente. Antes de subirse a los autos, los Linares, padres e hijos hicieron ronda en la callejuela que circunvalaba las tumbas y ultimaron detalles para ir a cenar. Alguien propuso una cantina en las afueras, frente a la colectora de la Autopista del Oeste. Volvieron a la funeraria a retirar los autos y marcharon hacia la cantina.
Estacionaron a 45 grados frente al restaurante y descendieron avanzando junto a una vidriera que mostraba unos costillares excelentes asándose sobre un hierro en cruz.
—Cuánto hace que no como carne asada —dijo Elisa.
Rápidamente el personal dispuso las mesas una junto a otra conformando un largo banquete en torno al cual se sentaron los cuatro matrimonios con todos los niños. Por unanimidad decidieron ordenar distintos cortes de carne asada: Costillares, vacío y matambre, luego chorizos, morcillas, intestinos, riñón con limón y molleja. Para acompañar ordenaron guarniciones de distintas ensaladas, timbales de arroz y papas fritas. Los grandes tomarían vino tinto de la casa y los niños gaseosas y agua.
Unos minutos después se acercó el propietario de la cantina y les ofreció soltar a Jorgito para que paste en los jardines que circundaban el local, no tanto por generosidad como por conveniencia. No podía haber mejor publicidad para la frescura de su carne asada que un ternero vivo paciendo en el parque.
Al rato les trajeron lo ordenado, dispuesto en tres parrillas de mesa, con su carbón encendido y sus manjares calientes. Enseguida se animó la reunión. Los mayores sirvieron a los niños y todos comieron carne vacuna hasta reventar.
—La carne de vaca se tiene que acompañar con vino tinto —enseñó Teodoro— porque el alcohol desgrasa y limpia las arterias.
Después de un rato de comer, los chicos se aburrieron y comenzaron a tirarse con los huesitos de costilla, ante la mirada fulminante de sus padres que temían más a los ojos ajenos que a los desmanes de sus hijos. Por su parte, el hijo mayor de Teodoro había bebido demasiado, hablaba groserías a los gritos y se mataba de risa. Elisa, a quien el alcohol le aflojaba el risorio, acompañaba a su hijo en las risotadas y ambos contagiaban al resto.
En un momento, Teodoro se puso de pié en la cabecera de la larga mesa y gesticulando con el tenedor trincado en un trozo de matambre, dijo.
—Propongo un minuto de silencio en honor a nuestra querida y recientemente desaparecida María Elena.
Se hizo el silencio en la larga mesa, y bajo un fondo de tintineos de vajilla y algún murmullo irreverente, todos procesaron la muerte de ambas vacas, la una con el alma, la otra con el vientre. Y nadie sospechó siquiera que en virtud de la trampa de Manducci, hasta pudiera ser la misma vaca, separada en sus mentes como “la comida” por un lado y María Elena por el otro, que en paz descanse. Claro que la probabilidad era muy baja y que si ese fuera el caso, finalmente nadie lo sabría. O tal vez sí, porque allí, ignorada sobre la falda de su madre, promediando el minuto de silencio, Melina tiró las manitos hacia delante, atrapó un pedacito de carne, se lo llevó a la boca, luego lo sacó, lo miró, observó con asombro los rostros de todos los presentes, infló sus pulmones hasta la saturación, cerró los ojos, hizo una mueca de dolor y estalló en un llanto estrepitoso, desconsolado, perturbador.