jueves, 25 de febrero de 2010

Entre la Patagonia y el Cielo (cuento)



El motor del auto empezó a toser. Lo arrimé a la banquina, hizo un temblequeo y se detuvo. Las luces parpadearon y se apagó todo. Me bajé a las puteadas. Estaba en el medio de la nada, en una ruta provincial, en Chubut, a mil kilómetros del humano más cercano y a treinta metros de un puentecito que salvaba un arroyo ignoto.
Eran las dos de la mañana. Es el hábito que uno tiene de viajar de noche, para ir tranquilo.
Abrí el capó y me quedé mirando ese revoltijo misterioso de hierros y cables que generalmente está debajo. Intenté una llamada por celular, pero estaba huérfano de toda señal.
A lo lejos, aullaron unos perros, graznaron unas aves, rebuznaron unos caballos y el cielo se empezó a iluminar.
Miré para arriba y me quedé con la boca abierta observando el espectáculo.
A cien metros sobre mi cabeza y un poco hacia el norte, flotaba un objeto inmenso, lentejoide, luminoso y giratorio. Hacía un zumbido finito, como de avispa, que iba cambiando de agudo a grave.
Se me erizaron todos los pelos del cuerpo. No atiné a nada, más que a mirar y encomendarme a Dios.
La maquina infernal dejó de girar. De su piso se abrió un agujero circular y desde allí emergió un tubo de luz blanca y fuerte que se proyectó hacia el suelo.
Por el tubo vi bajar un ser.
Me puse a temblar. El pecho me latía como para reventar ahí mismo.
El ser hizo contacto con la superficie y se me empezó a venir para acá. Tenía formato humanoide: Cabeza, tronco y extremidades. Ni cola ni cuernos ni pico ni escamas. Eso me tranquilizó un poco. No se por qué.
Cuando lo tengo a diez metros, oigo que me grita
— ¿Qué hacés, Turco?
Me agazapé para mirarlo bien, como si de más abajo se viera mejor.
— ¿Carlitos?
— Sí, Carlitos, Carlitos. ¿Cómo andás viejito? Tanto tiempo.
— Pero Carlitos, la puta que te parió. ¿Cómo me bajás así, de un plato volador? ¿Me querés hacer morir de un infarto? ¡Pedazo de pelotudo!
Se lo dije realmente enojado y como descarga natural después de tanta tensión. Al segundo estábamos fundidos en un abrazo.

Después de muchos años de corretaje, uno tiene una barra de amigos en cada pueblo que toca. Con Carlitos nos veíamos cada vez que yo bajaba a Comodoro Rivadavia para tomar los pedidos de zapatos; lo que ocurría con bastante frecuencia porque en la zona, Comodoro es un punto importante.
Nos juntábamos a jugar a la pelota. Después de jugar hacíamos una sobremesa con cerveza y maníes que podía durar hasta las doce de la noche. Hablábamos de todo. Bah, de política, de futbol y de mujeres. Para nosotros, los hombres, hablar de todo es hablar de esas tres cosas. Pero con Carlitos era distinto. A él le gustaba la cosmología y a mí la biología, y muchas veces, cuando se iban yendo todos, nos quedábamos un rato más hablando de esas cosas. El me contaba lo suyo, yo aportaba lo mío y juntos especulábamos con la posibilidad de vida extraterrestre.
Es curioso, pero nunca supe su apellido, ni dónde vivía, ni se me ocurrió agendar su número telefónico.
Un buen día no fue más. Y no hubo forma de contactarlo. Lo había traído un muchacho que hacía tiempo se había ido a vivir a Buenos Aires. Nadie más sabía nada de él.

—Contame todo —le dije—. ¿Qué es esa máquina infernal repleta de marcianos?
—No. Quedáte tranquilo que vengo solo.
Me contó que primero habían sido los avistamientos; después se contactaron con él. Progresivamente le fueron explicando que la galaxia está repleta de mundos muy avanzados, que pueden construir naves interplanetarias capaces de viajar de un mundo a otro en unos cuantos minutitos. Que todos esos mundos son como países donde el tráfico de un mundo a otro es muy frecuente. Que todos juntos forman una gran comunidad. Que la Tierra está próxima a esa tecnología y que por esa razón estaban empezando los primeros contactos con humanos, para que nuestra inminente integración a la comunidad de mundos fuera más armoniosa.
—Ahí nomás me propusieron participar del proyecto —continuó—. El programa era tentador: Yo debía ir con ellos y convivir allí, aprendiendo todo lo que pudiera, hasta que la Tierra estuviera “a punto de caramelo”. Luego junto a muchos otros terrícolas que estaban en lo mismo, seríamos el primer nexo con la Tierra. Así que largué todo y me fui.
Me lo quedé mirando como si lo que acababa de contar fuera de lo más normal. Cualquiera hubiera pensado que estaba loco, pero ahí estaba el cachivache ese, flotando sobre nuestras cabezas.
—Vení , vamos a dar una vuelta que te voy contando.
— ¿Una vuelta dónde? —lo miré con horror.
—A donde vos quieras. Esta nave puede ir a todos lados.
—Estás en pedo. Yo ahí no me subo ni con forceps.
Se rió de mí, como si yo fuera un niño chiquito que le tiene miedo a los aviones.
—Dale, dale. Vení que no pasa nada.
Finalmente accedí.
Nos paramos más o menos debajo de la nave. Carlitos sacó una especie de control remoto de una riñonera que llevaba en el traje, lo apuntó a la nave y oprimió un botón. Inmediatamente se abrieron dos orificios en el piso de la nave y dos tubos de luz se proyectaron sobre nosotros. Sentí como si me jalaran de los hombros. Para mitigar el pánico del ascenso, le grité una broma de un tubo al otro.
— ¡Che! Si yo ahora me cago encima ¿En tu tubo también se siente el olor?
—No. Pero si te cagas encima te bajo y me voy a la mierda.
Nos reímos.
Aterricé sobre un suelo mullido, que parecía de goma espuma forrada con cuerina.
El habitáculo era un gran espacio circular que tenía cuatro efímeras consolas sobre el perímetro, delante de las cuales se destacaban sendas butacas, muy confortables.
—Esta nave es para cuatro. Más chicas no las hacen —comentó—.
En la pared del círculo había doce ventanas circulares que parecían estar abiertas. Me acerqué al descuido y probé sacar la mano por una de ellas, pero me choqué tontamente contra algo sólido, más trasparente que el vidrio.
Carlitos se rió.
—Yo hice lo mismo la primera vez. Parecen ventanas abiertas pero en realidad son pantallas que transmiten justo lo que está del otro lado, con imágenes tridimensionales.
—Que lo parió —musité emulando al Diógenes de Fontanarrosa. En lo sucesivo, diría lo mismo muchas veces: Qué lo parió.
—Che, ¿Y esta nave es tuya? —inquirí.
—No Turco. En estos mundos, la relación entre los objetos y las personas nunca es de pertenencia o propiedad, sino de utilización. Las personas usan las cosas; no las poseen. Todo es de todos y nada es de nadie.
—Uy, que quilombo —pensé.
—Sí —me dijo— parece un gran lío, pero si te ponés a pensar, es mucho mejor. Mirá lo que nos pasa a nosotros. Para que cada persona pueda usar un auto cuando lo quiera, sería necesario fabricar miles de millones de autos. Cada uno tendría el suyo, pero la inmensa mayoría de esos autos estaría en desuso la mayor parte del día. Estos tipos son como diez mil millones, y con un millón de naves alcanza para que todo el mundo que las quiera usar, tenga una. Cuando las dejan de usar las devuelven y unas máquinas se encargan de verificar su funcionamiento y de reacondicionarlas a nuevo, como si fueran la habitación de un hotel, después de que se va uno y viene el otro.
—Claro, es más económico.
—Exacto.
—¿Y si igual vos querés tener una para vos solo digamos que porque se te cantan las pelotas?
—Te operan las cuerdas vocales de las pelotas.
Ambos nos reímos.
La nave, que hacía unos minutitos estaba vibrando un poco, de pronto se detuvo.
—Mirá —dijo— acá vivo yo.
— ¿Cómo? No me digas que la cosa esta estaba andando.
—Ah, sí. Acostumbrate. En unos minutos estás casi en cualquier lado.
Miré por la ventana y vi una playa con arena lila y mar violeta. La gente se bañaba como si estuviera en Mar del Plata. Algunos practicaban deportes acuáticos, otros descansaban en la arena. Había muchos grupitos de gente conversando y todos estaban desnudos.
—¿Están todos en pelotas?
—Sí —me dijo— ¿Qué problema hay? Si no hace ni frío ni calor.
—Dejame de joder, che. ¿Y estos, qué? ¿Están de vacaciones?
No. Esto es lo normal. La vida acá es como estar de vacaciones todo el tiempo. Las máquinas hacen todo. La gente se dedica al esparcimiento, el arte, el estudio, los viajes, y sobre todo, la interacción con los demás. Se desarrollan fuertes lazos afectivos y todo el mundo quiere lo mejor para los otros, como si los demás fueran sus hijos. Esa es la clave de la organización de estos mundos. Y también la llave de la felicidad.
En las siguientes dos horas visitamos cuatro mundos. Todos eran distintos, la gente era distinta, el clima era distinto y las características de los lugares también; pero en todas partes la gente estaba como de vacaciones. Lo que me estaba mostrando era un verdadero paraíso. De algún modo habían logrado que las máquinas hicieran todo: los servicios, el diseño, la detección de necesidades, la producción subsiguiente y el mantenimiento. Prácticamente nadie hacía nada.
Además, los mundos eran maravillosos, como si fueran jardines perfectos, cuidados por jardineros japoneses.
—Esto es como el paraíso —le dije.
—Si, pero además tiene las mejores cosas del infierno. No sabés cómo se coge acá.
—No digas, ché. Mirá vos.
—Sí, son totalmente desinhibidos y hacen todo lo que se les venga en ganas y les guste.
— ¿Y vos cómo hacés? ¿Podés fifar con las marcianas?
—No hace falta. Acá hay muchas humanas haciendo lo mismo que yo. Con ellas interactuamos de lo mejor.
Me quedé pensando en todo eso que estaba viendo. Debía ser realmente maravilloso vivir en esos mundos.
—Vos sí que tuviste suerte ¿eh?
— ¿Viste? —me dijo lacónico.
Después de un rato largo de maravilla tras maravilla, estábamos de vuelta en la Patagonia. Allá abajo pude ver mi auto con el capó levantado.
—Mirá Turco —me dijo ya en tono de revelación mística— Para acceder a esto, además de fabricar naves espaciales, es necesario que los hombres aprendan a ser más afectivos, más cooperativos, más altruistas.
—Ahí estamos fritos —rematé.

La nave se estacionó en el mismo lugar que antes y nos bajamos por los tubos de luz.
—Che, muy lindo todo, eh —comenté.
—Sí ¿viste? —se quedó pensando mientras miraba el horizonte oscuro de la meseta.
—¿Y vos? ¿Cómo andan tus cosas? —me preguntó.
—Mirá, igual que siempre. Viajando de acá para allá, pariendo para que los clientes me hagan los pedidos; después, pariendo para que la fábrica se los entregue y después pariendo para que el cliente me los pague.
— ¿Y siguen yendo a jugar a la pelota?
—Sí. Siempre. Vos sabés que yo juego a la pelota en todos los pueblos de la Patagonia. Siempre la llevo en el baúl.
A Carlitos se le iluminaron los ojos
—¿Tenés una pelota acá, en el baúl?
—Si.
—¡Uy! Dale, sacala un ratito.
Extraje la pelota del baúl del auto y ahí nomás, Carlitos se puso a hacer “jueguito”. Tres, cuatro, cinco, y se le iba para adelante.
—No sabés cuanto hace que no toco una pelota —comentó con verdadero entusiasmo.
Nos pusimos a pelotear un rato al oscuro, bajo la luz insuficiente de una media luna que pegaba de costado.
—Vení —me dijo— vamos a hacer unos arquitos.
El flaco parecía un pibe.
—Pero no se ve una mierda, Carlitos.
— ¿Perdón? —dijo canchereando. Sacó el control remoto de la riñonera, le apuntó a la nave y al momento se encendió una luz como de día, que bajaba desde el piso del artefacto iluminando un círculo de cincuenta metros de terreno.
Hicimos unos arcos con palitos, y allí mismo, en ese vórtice de la Patagonia, nos pusimos a jugar un “cabeza” bajo la luz del plato volador.
Terminamos exhaustos. Nos tiramos en el pasto boca arriba, uno al lado del otro.
—Mi reino por una gaseosa —dijo jadeando.
—¿Vos sabés que no tengo nada fresco en el auto? Llevo el termo con agua caliente para el mate, nada más.
—¡¿Tenés para hacer mate?!
—Sí ¿Querés mate?
—¡Ya mismo, Turco!
Fuimos al auto a buscar las cosas. Mientras yo preparaba el mate, el jugaba a sentarse en la butaca.
Cuando el mate estuvo listo, me dijo
—Vení. Vamos al puentecito aquel, así tomamos mate al lado del arroyo.
Estuvimos un rato mateando y tirando piedritas al agua. Carlitos festejaba cada chupada como si fuera un manjar.
—Che —me dijo— ¿A jugar, siguen yendo todos?
—No, algunos se fueron y vinieron nuevos.
— ¿La garza va?
— No, creo que se casó y no lo vimos más. El que sigue viniendo es el pelado.
— ¡El pelado…!
— Eso sí, cada vez se mueve menos. Es un hijo de puta, juega parado. Parece una estatua. Un día se le va a parar una paloma en el hombro en el medio del partido.
Nos reímos un rato recordando al pelado.
— ¿Y el nene?
— Ese también viene. ¿Vos estabas cuando lo encerramos en el baño?
— ¡Si! Con la gorda Flora que se lo quería voltear.
— ¡Sí! … y el chueco le pasaba los forros a la gorda por abajo de la puerta.
— ¡Sí! … y el nene no quería saber nada.
Se nos pasó el tiempo recordando anécdotas. Carlitos estaba encendido. Se reía a carcajadas. Los dos nos reíamos.
Y ocurrió que después de alguna última historia, la risa se nos fue diluyendo hasta desaguar en un silencio inmenso.
Carlitos se quedó mirando el horizonte asido a la baranda del puentecito.
—Che Turco —dijo después de un silencio largo— ¿Vos sabés que el aire tiene olor?
Lo miré como preguntando.
—Sí, tiene olor. Y es distinto al olor del aire en otros mundos. Este es único. Me trae a mi vieja, ¿Cómo estará? Me fui sin decir una palabra. ¡Que bestia! ¿No?
—Y, sí.
—Y me trae esos domingos, cuando nos juntábamos todos en lo de mi abuela. Iban mis tíos, mis primos. No sabés como jugábamos con mis primos.
Había una película en el aire que veía solo él. Pero se le notaba en los ojos que la estaba mirando. Volvió después de un rato. Me puso la mano en el hombro y me dijo.
—Me tengo que ir, Turquito.
—Si. Ya sé, ya sé.
Nos abrazamos. Pude sentir en la espalda su mano haciéndose una garra en mi pulóver. Eso me desarmó. Se me nublaron los ojos y tuve ganas de quedarme ahí, abrazándolo y abrazándolo.
Después nos separamos. El también tenía los ojos cargaditos.
—Chau Turquito. Cuidate.
—Chau Carlitos, chau.
Giró y marchó hacia el plato volador. Allá, se fue deteniendo despacito, como una pelota que rueda hasta frenarse. Apuntó a la nave con su control remoto y seguro que apretó un botón.
La nave comenzó a girar, se puso roja, después amarilla, después blanca. Zumbaba, brillaba y giraba cada vez más, mientras Carlitos la miraba desde el pasto. En un momento salió disparada hacia arriba a una velocidad incalculable y en tres segundos se perdió entre las estrellas.
Carlitos dio la vuelta y se volvió para el puente.
—Que pasó —grité.
—Nada.
Se detuvo en la baranda, mirando el arroyo. Tiró el control remoto al agua. El aparatito se hundió, hizo unos globitos y no lo vimos más.
Lo miré desesperado.
—Que se vayan a la puta que los parió —dijo con la voz quebrada al medio.
Ahora sí le vi rodar por la mejilla una lágrima entera.
Y aun con la luz tenue de la media luna, la lágrima brillaba más que las estrellas.

Poesía 4

No es de la calle la belleza
Sino del caminarla
Como no es suave
La piel que no se toca
Ni sacia el agua
Cuando esta en su jarra
No es cómo sea la mujer amada
Sino todo lo que se haga para amarla
No siempre hay que hablar
Para decir las cosas
Ni siempre callar
Es ocultarlas
No siempre se es
Según lo que se hace
Ni es el hacer
Función de lo que seas
No siempre te descansa el sueño
Ni te quema el fuego
Ni te moja el agua
En un cesto inmenso
De basura hecha de ideas
He descartado todos los preceptos
Y ahora voy andando suelto
Libre y desatado
Devorándome la vida
Esa sarta de únicos momentos.

miércoles, 17 de febrero de 2010

El Juego de las Baldosas



Imgen gentileza de Aliona
Tal vez como una reminiscencia de los tiempos de la rayuela, siempre me gustó jugar con las baldosas al andar. Al neófito le sorprendería conocer la enorme cantidad de posibilidades lúdicas que existen en ese renglón. Se puede caminar pisando baldosa por baldosa; se puede caminar pisando una sí y otra no; se puede caminar normalmente y tratar de estimar qué fracción de baldosas mide un paso; se puede estimar la velocidad de otros transeúntes en la misma unidad de medida; se puede caminar con la movida del caballo de ajedrez; se puede caminar pisando todas las líneas o intentando no pisar ninguna. Cada hilera de baldosas es un sendero hacia adelante, flanqueado a izquierda y derecha por una multiplicidad de senderos paralelos que arrancan en la línea de las casas y terminan en el cordón de la vereda.
Debe saberse que hay veredas muy molestas para el juego. En ellas cada casa tiene su medida de baldosas y no es posible caminar un trecho razonable manteniendo el mismo diseño de marcha. Peor aún son las veredas con roturas, pozos, montañitas de arena, cerramientos de obra en construcción, cercados de cinta por cemento fresco u otros obstáculos. Uno debe aprender a evitar esas veredas.
Con el tiempo, los cultores de los juegos de baldosa vamos conociendo el barrio y elegimos nuestras rutas por las mejores veredas. A veces ni siquiera es necesaria la existencia de un destino y uno sale a caminar para jugar a las baldosas.

Cuando descubrí aquel sendero de baldosas, mi relación con Florencia llevaba ya tres meses. Parece mentira cuánto se puede deteriorar una relación en tan poco tiempo. Los temas profundos, esos que describen las particularidades de las personas y nos permiten descubrirlas y dejarnos descubrir, ya se habían marchado de las charlas hacía un tiempo, dejando tras de sí unos diálogos monótonos acerca de los sucesos del día, las noticias del diario y el absurdo planeamiento de la rutina.
— ¿Mañana salimos a cenar?
—Dale. ¿Vamos a la cantina esa, linda, que tenía las tablitas de fiambres?
—Ok.
Comeríamos hablando de la comida, de la demora del mozo, de la originalidad de las tulipas y nos iríamos sin pena ni gloria.
Y lo mismo era en la alcoba: la misma secuencia, las mismas posiciones, el mismo final, el mismo cigarrillo. Un culto al “mismisismo”.
Pero no todo era rutina. Dos cosas progresaban día a día: sus celos y sus planes de matrimonio.
Y así fue que al cabo de tres meses Florencia era un ahogo del cual escapar de tanto en tanto para ir en pos de alguna bocanada de libertad.
Como ya era frecuente, habíamos discutido; esta vez fue por una mirada mal disimulada a la chica de la panadería.
—Bueno, chau. Cuando se te pase, llamame —le dije cortante en la puerta de su casa.
Allí la dejé y salí a caminar. Caminé mucho. Era una tarde fresca y soleada. Lentamente se acallaron los pensamientos y sin darme cuenta me puse a jugar a las baldosas.
Buscando los mejores tableros me aventuré por la vereda de una calle larga que enseguida me agradó por la regularidad del tamaño de las baldosas. Uno podía recorrerla toda con el mismo diseño de pasos sin variar la cadencia. Cambiaban de color y de textura, pero no de tamaño, que es lo más importante.
No demoré en descubrir una particularidad en el quinto sendero, contando desde el cordón. Cada vez que marchaba por el quinto sendero, una niebla borroneaba todo el paisaje a más de cien metros. Cuando uno se corría al sendero cuatro o al seis, la neblina se disipaba lentamente y retornaba la visibilidad normal. Mi sorpresa fue mayor cuando me propuse recorrer toda la cuadra sin salirme del quinto sendero. No pude cumplir el objetivo porque en el quinto sendero, la cuadra no tenía fin. Simplemente se repetía la secuencia de casas y edificios una y otra vez sin que uno dejara de caminar hacia delante. Después de la casa con ladrillos a la vista, seguía un chalet grande con cochera doble, después la cortina de un local, y así continuaba hasta llegar al edificio de los macetones, luego del cual reaprecía la casa con ladrillos a la vista y de nuevo toda la secuencia.
Recuerdo que me invadió una emoción absoluta. Me pasé toda la tarde jugando con las particularidades del quinto sendero. Apenas lo abandonaba, la niebla se disipaba y se podía ver la esquina. Pero la casa de la esquina no era siempre la misma y su variación parecía depender del punto en el que se abandonaba el quinto sendero. La situación era la misma independientemente del sentido de la marcha. Lo mismo que ocurría yendo, ocurría viniendo. Todas las hileras eran normales a excepción de la quinta contando desde el cordón.
Al día siguiente no pensé en nada más que la vereda del quinto sendero. No llamé a Florencia ni fui a trabajar. Até a Pantaleón de la correa y lo saqué a pasear. Dejé que orinara todos los postes y me adapté sin protesto a su paso veloz y zigzagueante hasta que llegamos a la cuadra misteriosa. Allí tomé el control. Enfilé por la senda de la quinta línea de baldosas y comencé a recorrerla. Enseguida apareció la niebla. Sujeté con firmeza la correa y marchamos juntos. Mientras yo seguía a rajatabla la quinta hilera de baldosas, Pantaleón marchaba a los tirones entre la cuarta y la tercera. Pero cuando la secuencia de casas comenzó a repetirse, ocurrió algo terrible. Sentí que el tironeo de la correa comenzaba a debilitarse. Miré a Pantaleón y lo vi diluirse en una niebla borrosa, desintegrándose con una intensidad variable que parecía depender de la brisa, como si se fuera evaporando lentamente. Tomó unos pocos segundos para que Pantaleón desapareciera por completo. Me quedé paralizado, con un trozo de la correa colgando de la mano. Me pasé rápidamente a la cuarta línea, pero Pantaleón no aparecía. Lo llamé con desesperación:
— ¡Pantaleón! ¡Pantaleón! Pantapantapanta… —me incliné y seguí llamándolo—. Vamos cachirulo ¿Dónde estás?
Desistí cuando las miradas de la gente comenzaron a picarme en la nuca. A Pantaleón no lo vi nunca más.
Mi torpeza había sido mayúscula. Si mi trayectoria no tenía fin y la del perro, en cambio, era normal, resultaba evidente que la diferencia en la topología de ambos espacios se pondría en evidencia de algún modo cuando él llegara a la esquina y yo no, tornando súbitamente inviable que nos mantuviéramos uno junto al otro.
Por un tiempo seguí frecuentando esa vereda, haciendo experimentos diversos con bolsas de las compras, changuitos, bolsos deportivos y demás objetos que pudieran transitar sobre la línea cuatro o la seis mientras yo marchaba por la cinco. Invariablemente, todo desaparecía en una niebla creciente cuando las casas comenzaban a repetirse.
Mientras tanto, la situación con Florencia se hacía insostenible y difícil de resolver. Ella presentaba un comportamiento cíclico que viraba del enojo irracional por celos a la declaración de su más acérrimo apego hacia mí.
—Si vos te morís, yo me mato —decía.
Yo ya estaba seguro de que no compartiría mi vida con ella “hasta que la muerte nos separe “, pero tampoco me decidía a decírselo por temor al impacto que pudiera causarle. “Si vos te morís, yo me mato”, resonaba en mi cabeza.
Esa tarde tomé una decisión. Le dije que había encontrado una librería espectacular. Ella amaba las novelas románticas y siempre estaba leyendo alguna.
—No queda muy lejos. Podemos ir caminando —la invité.
Accedió. Estaba de buen humor. En el camino me habló de la novela que estaba leyendo y de otras más que no podía conseguir y que esperaba encontrar en mi librería.
La llevé a la vereda del quinto sendero. Tomé la senda sin fin y la mantuve a mi derecha, en la sexta hilera, sujetándola de la cintura. Al cabo de recorrer el primer ciclo de casas comencé a sentir una suavidad en la unión de mi brazo y su cintura. Me detuve y la miré con curiosidad mientras se desintegraba con un horror en la mirada y un sin fin de gritos desesperados que se alejaban hasta hacerse inaudibles. Se fue evaporando con la brisa hasta no quedar nada de ella. Nada.
Sin saber bien lo que había hecho, sentí culpa, me llevé todas las uñas a la boca y emprendí una marcha apurada mirando el piso.
Al día siguiente la fui a buscar a la casa. Me atendió la madre.
— ¿Quién es?
—Soy yo, Pablo.
— ¿Qué Pablo?
—El novio de Florencia.
— ¿Qué Florencia?
— ¡Su hija!
— Tengo dos hijos varones —dijo la madre y cerró de un portazo. Luego entreabrió la puerta y agregó — ¡Y no tienen novio!
Todos mis esfuerzos por hallar vestigios de la vida de Florencia fueron infructuosos. El quinto sendero me había transportado a un universo idéntico al anterior, pero donde nunca había existido la tal Florencia.
Por un tiempo sentí culpa y preferí adoptar la teoría de que ella estaría en un universo simétrico, igual en todo, excepto el mero detalle de mi más absoluta ausencia.

Los asesinos seriales confiesan que el primer asesinato causa terror, el segundo, indiferencia y todos los demás, placer. Un placer que transforma al homicidio en un vicio irrefrenable. No sé hasta qué punto habré padecido esos síntomas, pero lo cierto es que durante los siguientes tres años utilicé el quinto sendero para deshacerme de Mara, de Gimena, de María de los Ángeles, de Carolina y de Patricia.
Que difícil es encontrar una mujer. Meses más, meses menos, todas degeneran a lo mismo: una entidad que se queja, reprocha, te hace encargos, echa culpas y habla y habla y habla.

Pero todo llega en la vida. Y Sofía llegó a mi vida, en una soleada tarde de invierno. Yo acababa de comprarme un libro de Roger Penrose que versaba sobre una teoría cuántica para la mente. Me había costado conseguirlo. Lo hallé en una librería de la Av. Santa Fe. Me senté en un barcito sobre la avenida, en una de las innumerables mesitas que hacinaban la vereda. Pedí un café doble y me puse a hojear el libro. Después de cada tramo de lectura, levantaba la vista y miraba ese paisaje de automóviles y gente yendo y viniendo. Inmediatamente llamó mi atención una chica que transitaba la vereda de enfrente. Su marcha me era familiar en algún modo. La observé unos segundos mientras pasaba a la altura de mi mesa hasta que me di cuenta del secreto: Estaba jugando a las baldosas. Dudé un instante y resolví correr tras ella. Tiré dinero de más sobre la mesa y me lancé a cruzar la calle a la mitad de la cuadra. La perseguí con sigilo hasta alcanzarla a los cien metros. Llevaba un paso simple y elegante: Pie izquierdo sobre línea vertical de la baldosa siguiente, pie derecho sobre línea horizontal de la siguiente; y de tanto en tanto variaba y pisaba la vertical con el derecho y la horizontal con el izquierdo. No miraba el piso ni forzaba movimientos. Marchaba como una gacela y siquiera prestaba atención al paso. La seguí a tres metros un buen trecho solo para admirarla. Luego me puse a la par y le copié el paso. Ella me miró los pies de reojo y se dio cuenta enseguida. Armó una sonrisa leve y me cambió izquierdos por derechos. Me adapté al instante y le seguí el paso. Entonces ensayó un avance alternado de dos y una. Me adapté al instante y le seguí el paso. Cambió y pisó cruces de línea alternados cada dos baldosas. Me adapté al instante y le seguí el paso. Su sonrisa ya era franca. Siguió complicando los diseños sin lograr librarse de mi asedio. Cuando dejó de meter cambios, me animé a variarle yo, cambiando de pié con un saltiqueo de Pantera Rosa. Ella me siguió al momento, y ya éramos amigos entrañables.
Sofía era una niña veinteañera con carita de ángel; la cabellera negrísima, los ojos verdes, la mirada franca, la sonrisa perpetua, el andar grácil, y una piel que invitaba a la caricia. Su discurso nunca ahorraba simpatía y siempre deslumbraba por la claridad de la exposición. En los momentos íntimos era apasionada y cambiante de modo que parecía una mujer distinta cada vez. Sofía era perfecta, y además, jugaba a las baldosas.
Me enamoré de ella ferozmente.
Siguieron los días más felices de mi vida. Yo la pasaba a buscar cuando salía de la clase de danzas; nos parábamos a tomar algo en un barcito de Congreso. Ella hablaba y yo la miraba embelesado.
La llevaba a su casa, me invitaba a pasar, interactuaba con la familia: Mamá, Papá y un hermanito. Jugaba con el perro. De tanto en tanto me invitaban a cenar. Yo era un buen partido: Tenía un buen trabajo, independencia económica y estudiaba Física en la Universidad de Buenos Aires. Sabía que ese era el oculto pensamiento de los padres y a mi me gustaba que así fuera.
A los pocos meses de frecuentar a Sofía, comprendí que quería casarme con ella.
—Tenemos que practicar —recuerdo que me dijo. Y nos fuimos juntos y solitos a veranear a Villa Gesell.
Fue maravilloso jugar al matrimonio. Volvíamos de la playa al mediodía, ella preparaba la comida mientras yo sacudía la arena de los pertrechos playeros. Ella lavaba los platos y yo los secaba. Dormíamos una siesta. Yo me levantaba primero y preparaba el agua para el mate. Nos íbamos a matear a la playa. Era una vida plena de felicidad. Solo oscurecida por las miradas furtivas de los lobos que la devoraban en la playa. De tanto en tanto, cuando yo me apartaba aparecía algún galán a iniciar la charla. Ella nunca abandonaba su sonrisa y yo enfurecía por dentro, y por fuera mostraba indiferencia sin dejar de preguntar
— ¿Qué precisaba el caballero?
—Nada Pablo, solo quería conversar.
—Tenía buen lomo ¿no? —la probaba yo.
—Quedate tranquilo —me decía—. Seguro que no sabe jugar a las baldosas.
Y nos reíamos, ella con naturalidad, yo simulando.
Me percaté de mi problema de celos al segundo día de volver. A pocas cuadras de su casa la vi en el puesto de diarios y revistas conversando asiduamente con el muchacho del puestito, supongo, porque por mi posición no podía verlo. Ella se inclinó y lo saludó con un beso, seguramente en la mejilla, y se marchó con una amplia sonrisa y una revista de tapas brillantes en la mano. La intercepté enseguida.
— ¡Hola! —me saludó sorprendida.
— Te agarré con las manos en la masa —le dije fingiendo bromear mientras le quitaba la revista de la mano.
—Es un semanario español sobre danzas. Me lo consigue Germán, el muchacho del puestito. Es muy gentil —agregó ella con cierto nerviosismo.
—Mirá que bien —le contesté mientras el “gentil” se mezclaba con el “Germán” y juntos me revolvían las tripas.
Cuando me deshice de ella pasé por el puestito para espiar al tal Germán. Era bajo, pelado hasta la mitad de la cabeza, tenía la cara redonda, los ojos juntos y negros, las cejas muy arqueadas, una nariz recta y corta que finalizaba en una curva descendente, un mentón itálico pequeño, respingado y apenas partido y era decididamente obeso.
Me sentí un tonto. ¿Cómo podía celarla con semejante criatura? Entonces supe que tenía un problema.
Pensé mucho sobre mi cuadro de celos. Recordé mis tiempos con Florencia, donde yo era la víctima de sus celos irracionales y decidí que no sometería a Sofía a la misma penuria. Trataría de sobrellevar el peso de mi defecto sin que se notara.
De veras que hice mis mayores esfuerzos, pero creo que ella lo notaba igualmente.
Todo era leve, todo era imperceptible, pero yo la sentía más lejana, más fría. Y de a poco le iba perdiendo el rastro. Me invadía la sospecha de que salía de tanto en tanto sin decirme cuando ni adonde. ¿Cómo puede ser? Si íbamos a casarnos debíamos contarnos todo. No podían existir secretos ni ocultamientos. Pero ¿existían realmente o eran obra de mi imaginación desquiciada?
Mientras tanto seguíamos planeando la vida juntos. Comprábamos cacerolas y juegos de sábanas para nuestra futura casa y nos pasábamos las tardes inventando los detalles. Yo imaginaba una escena con un hijo muy pequeño, sentados los tres en el piso, abrazados y sonrientes, jugando con un millón de peluches gigantes mientras desde un ventanal maravilloso nos iluminaba el sol de una mañana dorada.
Ella sonreía cuando le contaba estas escenas, pero ya no era aquella sonrisa franca sino otra diferente, más apagada, con un dejo de melancolía, como si pensara en otra cosa.
Una tarde salimos a ver vajilla. Caminamos mirando vidrieras y comparando precios y calidades. Ella estaba realmente ausente. Miraba una y otra cosa y no salía de un “sí, esta puede ser”
—Hay otra casa unas cuadras más allá —me dijo. Y yo la seguí.
Nos internamos por una calle ancha y sombría de cuadras largas. Ella marchaba en silencio. A poco de andar me di cuenta que estaba siguiendo un paso, pero no pude entender el diseño. Nada parecía repetirse y sin embargo era evidente que pisaba líneas, plenos y cruces de un modo deliberado. Infructuosamente traté de leer el diseño una y otra vez, pero no me fue posible descubrirlo. Era algo nuevo, elevado, diferente, como si su marcha hablara en otro idioma.
Caminamos en silencio un buen rato hasta que Sofía se detuvo a diez metros de una esquina. Se paró frente a mí, me dirigió una mirada cargada de mensajes incomprensibles, densos, profusos, como si quisiera contarme con los ojos toda la historia del mundo. Me acarició la mejilla con una tristeza indescriptible. Detrás de ella, doblando la esquina apareció una figura conocida. Era el tosco cuerpo de Germán, que se detuvo y esperó mirando el piso. Sofía dio tres saltitos cortos hacia atrás y al costado y una serie de pasitos breves que no pude seguir. En la esquina, Germán describió una voltereta similar. Inmediatamente me invadió el horror, la desesperación y la impotencia cuando ambos comenzaron a desvanecerse. En una neblina, me sonrió como diciendo “lo lamento” o peor, “así son las cosas”. Me saludó con la manito, subiendo y bajando los dedos, se dio vuelta y corrió hacia el gordo. Ya hechos una bruma se abrazaron y se besaron.
Los vi alejarse dando pasos de un diseño indescifrable, saltiqueando parejitos hasta disiparse con la brisa.

martes, 9 de febrero de 2010

Naturaleza Reincidente





En ese barrio el otoño era hermoso. Sobre sus veredas se alternaban árboles de todo tipo. Alineados a un metro del cordón, se erguían hasta confundirse en un ramaje ancho que formaba un techo sobre la calle y acariciaba la fachada de los edificios. Cada especie adquiría un tono diferente que variaba del verde lima al ocre oscuro y otorgaba al paisaje un atuendo maravilloso. Desprendidas al ritmo intermitente de la brisa, las hojas bajaban como copos de una nieve dorada y se amontonaban formando un colchón crujiente en todas las calles y veredas.
Esteban amaba el otoño. Buscaba pretextos para salir a caminar y hundirse en ese paisaje subyugante. Mucho más que la primavera, el otoño lo llamaba a la pasión. Todas las mujeres eran bellas en otoño y casi no había dama transeúnte cuyo cruce ocasional no despertara una historia íntima en su imaginación.
De ningún modo esa muchacha pasaría desapercibida. Era delgada, pequeña y sinuosa. Un cabello marrón claro le caía en bucles hasta los hombros, llevaba un vestido claro y etéreo que le llegaba hasta las rodillas y unas sandalias celestes. Traía varias bolsas de supermercado en cada mano y la señal del esfuerzo en el rostro.
Se detuvo, apoyó las bolsas en el suelo, las soltó con cuidado, se irguió y resopló relajando los hombros, con la mirada ocasionalmente detenida en Esteban, que avanzaba de frente.
—O la muchacha es muy pequeña o las bolsas muy pesadas —le dijo con una sonrisa.
—No importa —dijo ella— casi estoy llegando. Además, no son tan pesadas como parece.
—Tanto mejor. Me costará menos averiguar tu nombre y tu dirección —contestó Esteban mientras levantaba las bolsas frente a la poco convincente negativa de la joven.
En el camino supo que se llamaba Úrsula y que tenía treinta y cinco años, algunos más de los que aparentaba, tal vez debido a su menuda contextura. Comprobó también que la muchacha era sumamente locuaz.
Llegaron a un edificio viejo y un tanto descuidado. Ella abrió la puerta del palier sin dejar de hablar.
—El ascensor no funciona, tendremos que utilizar las escaleras ¿De veras no quieres que te ayude con alguna bolsa?
—No, está bien —contestó mientras rearmaba los hombros y enderezaba la espalda. Las bolsas eran más pesadas de lo que pensaba y el esfuerzo iba trocando la simpatía y el ingenio sutil por unas bocanadas notorias y un sudor que ya se hacía gota en la punta de una ceja.
—Son tres pisos —dijo ella, y comenzó a bajar escaleras.
Era mucho mejor descender que arrastrar esos bultos hacia arriba, pero no dejaba de ser curioso un edificio con apartamentos en un tercer nivel de subsuelo.
Se detuvieron frente a una puerta marrón. Esteban notó que la escalera seguía descendiendo. Ambos entraron: ella hablando, él en silencio.
Desde una habitación interior llegó una voz cascada de mujer mayor.
— ¿Úrsuli, eres tu?
—Sí madre, y he conseguido una ayudita en el camino.
Salió de la cocina una mujer mayor muy desarreglada. Tenía el cabello entrecano, grasiento y notablemente despeinado, y sobre una blusa raída llevaba un batón claro ennegrecido por la añosa acumulación de mancha sobre mancha. Dio unos pasos chancleteando unas zapatillas viejas, agujereadas en los pulgares.
—Ah, muchacho, qué amable. Siéntese. Debe estar cansado. Siéntese. A ver si tengo algo fresco en la heladera. Siéntese, siéntese.
—No quisiera molestar —dijo el joven, que realmente quería eludir el compromiso de sentarse en ese sillón, tan desvencijado y mugriento como el batón de la vieja. Pero la muchacha lo convenció con una leve caricia en la cintura y una amplia sonrisa.
—Vamos, tienes que relajarte un poco.
La caricia lavó el tapizado del sillón y disciplinó sus resortes más temibles, y todo estuvo bien con el mueble; de mil maravillas. La caricia era la señal, la luz al final del camino, la razón de su estancia en esa pocilga absurda, hundida en la tierra y regenteada por una verdadera bruja del medioevo. La caricia era la certeza de que llegaría, y de que llegaría rápido. “Cuánto más rápido llegas, más rápido te vas”, solía decirse, porque la acción está en el vértice de una parábola invertida que porta a izquierda y derecha el acercamiento excelso y el desinterés más abismal, igual que esa biología que llama al agua con la sed y luego la repudia con la saciedad, a diestra y siniestra de la ingesta. Y ella también lo sabía, y porque lo sabía se prestaba al juego, esgrimiendo en ese guiño, todas las fichas y el tablero.
Esteban se sentó y bebió una soda con hielo mientras ella, que se había colocado detrás, le daba masajes en los hombros.
Conversaron un rato, pero a la tercera interrupción de la madre, Úrsula levantó los vasos y lo invitó a su habitación. Estaba hecho. Esteban conocía ese lenguaje que tantas veces había barruntado: la habitación de la dama es la dama, y entrar es entrar.
Por un momento pensó en Marisa, su dulce Marisa. La vio blanca, pura, ingenua, adolescente, dulce, amorosa, lejana, lejana, lejana; escondida tras la neblina de esta urgencia que le calentaba las mejillas y le aceleraba el corazón. Su amor por Marisa no mermaría un ápice con esta y otras aventuras. Y ella no podría sufrir en tanto lo ignorara todo. Así justificado, su abandono a los instintos no tenía inhibición.
Se fugaron por una puerta que daba a un pasillo corto y al final una escalera descendente. Úrsula empezó a bajar mientras Esteban bromeaba con el paralelismo entre el bajo mundo y las bajas pasiones.
—Claro tonto, por eso te llevo a mi habitación —replicó la menuda mujer, cuyas intenciones ya estaban declaradas y reanimaban a Esteban con una eficacia mayor que mil horas de masajes en los hombros.
Continuaron bajando por la escalera angosta. Eran tramos de distinta longitud seguidos de un descanso con giro de 180° y vuelta a bajar. No había ninguna puerta en los niveles intermedios. El aire se tornaba húmedo y difícil de respirar y conforme descendían disminuía la temperatura de manera sensible. Bajaron, bajaron y bajaron.
— ¿Qué clase de edificio es este? —preguntó Esteban al fin.
—Te llevo al infierno porque necesito un demonio —fue la respuesta jocosa. Y rápidamente apareció una puerta justo al final de la escalera.
Ingresaron a una habitación baja, iluminada de rojo y verde. El aire era un bloque de granito y había que respirar muchas veces para obtener una buena dosis de oxígeno. Un ventilador de techo comenzó a girar con un quejido rítmico de roce de metales. No había ventanas, por supuesto. Una puerta entreabierta daba a un baño oscuro y otra más permanecía cerrada al fondo de la habitación.
Úrsula lo tomó del cinturón y lo condujo a la cama. Comenzó a desabrocharle el pantalón y al momento ya estaba sirviéndose su contenido. Esteban estaba excitado y mareado a la vez. Momentos después, la muchacha ya gateaba desnuda sobre la cama.
— ¡Golpéame! —Reclamaba dándose nalgadas—. Más fuerte. Recuerda que estamos en el infierno.
Pero Esteban perdía la excitación cuando intensificaba la golpiza y desatendía la golpiza cuando recuperaba la excitación.
— ¡Vamos! ¿Qué te pasa? Quiero sentirte escarbándome el estómago.
Fueron y vinieron en ese vaivén de reclamos grotescos y respuestas incompletas hasta que Úrsula se puso de pié, lo sujetó de un brazo y lo condujo hacia la puerta del fondo.
—Necesitamos elementos apropiados —dijo simulando pensar.
Abrió la puerta y se internaron en una suerte de túnel acabado con revoque grueso donde una escalera caracol se internaba hacia abajo; siempre hacia abajo. Estaba apenas iluminada por unas lámparas amarillentas desprolijamente escupidas desde la pared, colgando de los cables y dispuestas a intervalos aleatorios, siempre insuficientes. El olor a moho le oprimía el pecho y un mareo leve y persistente lo hacía tambalear. Bajaron muchos metros y se hundieron bajo una arcada pequeña, detrás de una cortina de carnicería. Desembocaron en una habitación sin formas definidas. Las paredes parecían ser de roca y chorreaban un jugo frío y aceitoso. Algunas antorchas pequeñas iluminaban la caverna produciendo el baile alocado de las sombras. Desde el techo colgaban cadenas oxidadas y unas sogas gruesas y percudidas. Sobre una cómoda vieja, una variedad de elementos estaban dispuestos sin ningún orden. Arneses de cuero y metal, látigos de distintos tipos y otros objetos cuyos propósitos aterraba imaginar, yacían desperdigados como si recién hubieran sido utilizados.
Úrsula sujetó uno de los látigos, tomó posición sobre unos almohadones y comenzó a castigarse el cuerpo con vigor mientras lo fulminaba con miradas provocativas.
Esteban estaba sumido en una hipnosis que le atrofiaba toda voluntad, viendo a la mujer bailotear y auto infligirse entre las sombras fantasmales de las cadenas y las sogas y el brillo trémulo del líquido que impregnaba la roca. Simplemente yacía, allí, en una cueva a mil metros bajo tierra frente a una mujer desnuda que danzaba y se retorcía como un personaje dantesco perpetrado para enloquecerlo.
Con un vestigio de conciencia, Esteban comprendió que, en efecto, aquello era el infierno. Quiso huir. Giró y marchó a los tumbos hacia la cortina de la arcada, se frenó al pié de la escalera caracol y se quedó pasmado al comprobar que ya no existía el tramo que subía; en su lugar se continuaba la tosca pared de roca de la habitación. Tanteó el muro intentando verificar que fuera real, se miró las manos, cubiertas del sudor grasiento de la piedra, se paró frente al tramo de bajada, descendió unos cuantos escalones y se asomó por el hueco que se abría tras la baranda. La escalera caracol no tenía fin, simplemente descendía y descendía como una espiral hacia el infierno, tachonada de antorchas desordenadas que se amontonaban contra el infinito. Desde lo profundo del hueco ascendía un hedor putrefacto cuya brisa helada le desgarraba la piel y las vísceras. Bajó meneándose unos cuantos escalones más con la esperanza de encontrar una salida. Fue inútil. Ya no había un aire que pudiera respirarse. Se agazapó apoyando las palmas contra los escalones y quedó tendido sobre la escalera, boca arriba. Entre sueños pudo ver a una Úrsula verdosa y desnuda con las piernas abiertas sobre su cara, meciéndose al ritmo de unos cánticos corales que ascendían reverberando desde el abismo.
— ¿Te quieres ir justo ahora, cuando comienza la diversión? —Se burlaba la mujer— ¿Pero qué nos vas a hacer ahora con la cosita esa, eh? Dile que vuelva. Ya no la recuerdo —reía a carcajadas y continuaba—. ¿Qué ocurre? ¿Te asustan las escaleras? Solo queremos saber cuán bajo puedes caer corriendo detrás de una mujer. Mira —mostró una inscripción sobre la roca— ¡ciento veintisiete metros! ¡Toda una marca, eh! Con más de cincuenta metros ya no dejamos regresar a nadie.
Entonces Esteban comprendió que ya no habría forma de salir de allí. Cerró los ojos, lloró, se lamentó y pensó en Marisa, y la vio blanca y pura, y la vio ingenua y adolescente y dulce y amorosa y lejana y lejana y lejana; escondida detrás de una luz intensísima, habitando en el confín del mundo. ¿Qué podría buscar en esta oscuridad quien había sido poseedor de tanta luz? Entre lágrimas, le juró fidelidad eterna; entre lágrimas se arrepintió de todos sus desvíos; juró por Dios, él, que no creía; y pidió por favor una salida. Ofreció su castidad hasta la muerte; juró abstinencia indeclinable; imploró en el nombre de todos los santos; comprobó que no los conocía. Lloró y no supo cuanto tiempo, hasta qué ya no tuvo lágrimas, entonces comenzó a resignarse. Después de la sentencia corresponde la condena. Y la acusación estaba bien fundada, y la condena era ese abismo de escalones y de antorchas, o peor aun, el mismo infierno; era ver el rostro del demonio; era ese ahogo insoportable oprimiéndole el pecho por el resto de sus días, y también después, en esa eternidad oscura que se extiende más allá de la muerte; porque si existe el infierno, existe el alma.
El volumen de los cánticos aumentaba, como si una multitud de criaturas inconcebibles se acercara marchando desde lo profundo, escaleras arriba, avanzando hacia su presa.
Fue suficiente. La débil voluntad del muchacho ya no pudo resistir tanta locura, Cerró los ojos y quedó inconciente con la cabeza desplomada sobre el vértice de un escalón.
Despertó en la calle, tendido sobre el colchón de hojas, rodeado de caras curiosas y un murmullo bajo. Un hombre muy blanco de camisa verde agua gesticulaba frente a su cara.
— ¿Cuántos dedos puede ver?
—Tres.
— ¿Cómo se llama?
—Esteban.
— ¿En qué año estamos?
—Dos mil diez.
—Bien Esteban, quédese tranquilo. Parece que sufrió algún tipo de intoxicación. Lo vamos a trasladar a una unidad sanitaria. Ahora descanse.
Esteban volvió a la inconciencia y durmió todo el viaje en ambulancia. Durmió y soñó con el infierno; y con unos demonios negros con cabeza de lobo y cornamenta en la frente, y con colas que se retorcían como serpientes sobre un lodo rojizo, y con miembros enormes y erectos, exaltados con movimientos espasmódicos. Detrás, con una túnica blanca, una mujer lo miraba desafiante. Al principio del sueño, ella era Úrsula, pero luego, cuando se acercó flotando y lo señaló con el índice, pudo ver que era el rostro de Marisa.
Se despertó sobresaltado en un pabellón de hospital, rodeado de camas y de cuerpos que se inflaban y desinflaban como focas diseminadas al sol. Se quedó mirando el lugar sin poder pensar en nada. Las camas se alineaban sobre dos paredes enfrentadas dejando un espacioso pasillo en el centro. La pared de enfrente era en verdad una sucesión de ventanales que llegaban hasta el suelo frente a los cuales colgaban dispuestas a distinta altura unas persianas americanas saturadas de polvo.
Una enfermera se acercó al rato. Era morocha y llevaba un guardapolvo muy ceñido debajo del cual no se vislumbraba mucha ropa.
Con afán de estimarle la temperatura, la joven se acercó y colocó la mano sobre la frente del muchacho, dejando su escote generoso a merced de su mirada furtiva.
— ¿Qué me ocurrió? —inquirió el paciente.
—Una intoxicación con… —contestó ella mientras se estiraba para tratar de leer una tarjeta que colgaba al pié de la cama— ¡uf! con un montón de cosas ¿Qué estuvo haciendo? Bueno, no importa. Ahora descanse —le acarició la mejilla con el dorso de los dedos y continuó su recorrida por las otras camas.
Una intoxicación, por supuesto. El médico había dicho lo mismo en la vereda. Pero ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Habría algo en la soda? ¿O en el aire? No podía ser. El había estado en ese sitio. La escalera que salía hacia arriba realmente había desaparecido cuando intentó huir. El había sido examinado y había calificado plenamente para permanecer en el infierno. La realidad de los hechos vividos no dejaba resquicio para la duda.
Esteban recordaba y trataba de rearmar una secuencia razonable en su cabeza mientras seguía mecánicamente los movimientos de la enfermera que saltaba de cama en cama como un colibrí de flor en flor. El delantal era realmente corto y no alcanzaba a volver hacia adentro luego de caer desde los glúteos.
Además, ¿Cómo había aparecido en la calle luego de desfallecer? ¿Qué manos lo habían transportado escaleras arriba hasta devolverlo a la superficie? Ni Úrsula ni su madre parecían capaces de tal ejercicio.
La chica se estiró para abrir unas ventanas sobre la hilera de camas de enfrente, al fondo de la sala, dejando ver unas piernas doradas y perfectas que parecían proceder de una de esas fotografías de las revistas, que son editadas para borrar hasta la última mácula.
Lo cierto es que allí estaba, librado de la más horrible pesadilla y podía sentir lo maravilloso que resulta volver al mundo de los mortales después de haber rozado el infierno eterno. Era maravilloso poder respirar. El aire era maravilloso. Y esa paz de la sala de hospital era como un bálsamo que pronto curaría sus heridas. Y era maravilloso el modo como las piernas de la enfermera se abultaban hasta perderse en el misterio, debajo de la falda.
Seguramente Marisa llegaría de un momento a otro. Cómo la amaba ahora que la tenía de regreso, después de creerla perdida para siempre. Deseaba verla, acariciar su cabello suave, lamer con el dedo sus mejillas, besar su frente de niña y abrazarla y mimarla y sentirla suya y cercana, por fin cercana.
Desde la cama de enfrente llegaban unos ronroneos metálicos. La muchacha estaba ajustando la inclinación de la cama y se había agachado para girar una palanca endurecida. Se irguió sin haber logrado el cometido. Tenía las mejillas rojas por el esfuerzo y el delantal arrugado haciendo un pico a la altura de la cola. Dio un paso atrás y se sentó en la baranda al pié de la cama de Esteban. Recuperó el aliento, se levantó y volvió a intentarlo, ahora con éxito. Cruzó unas palabras con el paciente de esa cama. Se sirvió un vaso de agua, se paró frente al ventanal, apoyó un pie sobre la silla de acompañante y bebió su agua mientras el inconmensurable sol de la tarde la mostraba a trasluz, de perfil, con la cabeza hacia atrás, transparentando toda la energía de su silueta desnuda y sinuosa, como una diosa jugando con su belleza joven y salvaje, ajena a los ojos que la miraban extasiados.
Y todavía reverberaban los cánticos del abismo, y todavía lo ahogaban los vahos del infierno y todavía sentía la presencia del diablo y estaba aun tibia la sensación de perder a Marisa para siempre y aún resonaban sus plegarias de arrepentimiento desesperado y su juramento inapelable cuando Esteban, como un esclavo de sí mismo, acarreando la carga de su naturaleza animal, sintió un llamado ancestral que le calentaba las mejillas y le aceleraba el corazón. Allí, hundido en esa cama de hospital, empequeñecido hasta la nada, escabulló las manos debajo de la manta, cerró los ojos sin darse cuenta, profirió una exhalación profunda y comenzó a fantasear con la enfermera.